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miércoles, 30 de diciembre de 2015

MICHEL ONFRAY - UN PENSAMIENTO QUE NO CAMBIA LA VIDA DEL LECTOR ES UN PENSAMIENTO COSMETICO - PENSAMIENTO VITAL Y ANTI-ACADÈMICO - HEDONISMO FILOSOFICO - ATEOLOGIA - ANTI-MANUAL DE FILOSOFIA - CONTRA-HISTORIA - LA REPUTACIÒN - -



Michel Onfray: "Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético"

Es el intelectual más célebre de Francia, impulsor de un pensamiento vital y antiacadémico. Nacido en 1959, ha desarrollado el hedonismo filosófico.

Patricio Tapia15 de noviembre del 2015 / 08:30 Hrs

Michel Onfray (1959) es fundador de la Universidad Popular de Caen.
Si de afirmación de la vida se trata, nadie mejor que alguien que ha tenido la experiencia de estar cerca de perderla para hablar de ella. “Morí a los diez años, una hermosa tarde de otoño, en una luz que provocaba deseos de eternidad”, dice Michel Onfray en uno de sus libros. Esa muerte fue cuando su madre lo internó en un orfanato salesiano: allí había menos amor por el prójimo que miedo, abuso, suciedad y hambre.  
A los 28 años sufrió un infarto y, más tarde, dos derrames cerebrales. Cuando sufrió el infarto, acudió a una nutricionista que le ordenaba no comer sal, ni grasas, no tomar alcohol; así nació su primer libro, El vientre de los filósofos (1989). Una invitación a pensar que el placer de la alimentación era preferible al peligro del mal comer. La muerte de su padre y su pareja por mucho tiempo, han marcado también su último libro, Cosmos. 
Nacido en la pobreza de un pueblo de la Normandía en 1959, hijo de un obrero rural y una mucama, Onfray dejó el orfanato convertido en cualquier cosa menos en un dócil miembro de la sociedad.  Fue trabajador en una fábrica de quesos y empleado ferroviario. Alumno brillante, estudió filosofía en la Universidad de Caen y llegó a ser profesor en un liceo técnico. Luego dejó la educación oficial francesa para fundar la Universidad Popular de Caen, una universidad abierta a cualquiera que quiera asisitir a sus cursos.
En sus libros se cruzan ideas hedonistas y cínicas, la ética y la estética, el liberalismo y el anarquismo  (“Me resulta insoportable la autoridad, invivible la dependencia e imposible la sumisión”). Entre los objetos de su ataque se han contado desde Dios hasta Freud. Además de su Antimanual de filosofía, ha publicado varios volúmenes de una Contrahistoria de la filosofía (de los que se han traducido cuatro), en que se ocupa de filósofos menos conocidos u olvidados de la tradición central. Ha sido muy crítico del sistema educativo y de sus profesores; sin embargo, recuerda de una manera distinta a Lucien Jerphaghon, quien lo introdujo en Lucrecio, el autor de La naturaleza de las cosas, que probablemente deja su impronta en Cosmos, una amplia reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza (y en que dedica una curiosa atención al entomólogo Jean-Henri Fabre).
Autor de un tratado de ateología, un antimanual de filosofía y una contra-historia de ella. ¿Le gusta ir contra la corriente?
Vivimos en un mundo empapado de ideología y nadie se da cuenta, después de mucho haber leído y pensado, analizado y reflexionado. De hecho, parte de mi trabajo consiste en deconstruir mitos y fábulas. Pero eso es sólo una parte de mi trabajo que es, la mayor parte del tiempo, positivo. Una “contrahistoria” es también una historia, pero otro tipo de historia; del mismo modo, un “antimanual” es igualmente un manual, pero un manual de otro tipo.
¿Cree que la filosofía debe cambiar la vida del filósofo y, eventualmente, la de sus lectores?
Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético. Por desgracia, hay un mercado para este tipo de publicaciones inofensivas. Por mi parte, creo que, en el espíritu de la filosofía antigua, la filosofía es la conversión de la existencia después de la unión con un pensamiento.
¿Hay algo equívoco cuando se habla de hedonismo?
Por supuesto. Cuando se habla del placer, cada uno piensa en su propio placer. Y para la mayoría, rara vez es un territorio refrenado y feliz, sereno y apaciguado, calmo y alegre. El placer al que yo invito es el ascetismo y el despojamiento: no una vida ascética, sino una vida en la que el tener está ahí, pero no cuenta para nada. Bien se podría no tener nada. Hace falta el desapego. No: no tener, no ser poseído por lo que tenemos. No tiene nada que ver con el goce desenfrenado, el consumismo sexual, la conquista de mujeres por una noche, el libertinaje trivial, etc.
De joven sintió como amigos a Nietzsche, Marx y Freud. ¿La amistad continúa solamente con Nietzsche?
En efecto. Me mantuve en la izquierda, pero en la tendencia de Proudhon, el socialismo libertario. Creo en la existencia de una parte del ser humano que escapa a la conciencia, por supuesto, pero no creo en el inconsciente freudiano, que era sobre todo el inconsciente de Freud. Nietzsche se ha quedado, pero no necesariamente aquel que me cautivaba cuando tenía 17 años. Soy ahora más sensible a la sabiduría trágica del personaje que a su guerra contra el cristianismo.
¿Por qué Lucien Jerphagnon era un profesor diferente?
En sus cursos era pedagógico y claro, divertido e inteligente, cultivado y erudito, era fluido y transmitía felicidad. El me hizo descubrir la antigua filosofía que me enseñó que se puede ser moral sin el dios de los cristianos. Yo tenía 17 años, fue un rayo en el cielo negro de mi adolescencia. En la universidad, él contrastaba por su estilo.
¿Por qué siente Cosmos como su primer libro?
Porque la muerte de mi padre me puso ante una herencia espiritual que yo quería interrogar porque tenía la intención de serle fiel. La sabiduría de mi padre, que era un sencillo trabajador agrícola, cerca de la tierra, me llegó como un golpe cuando él murió en mis brazos, de pie, en la noche, mientras veíamos las estrellas. Escribí ese libro para ir a su encuentro y no perderlo por completo.
¿Cómo pensar, muy en breve, nuestra relación con el mundo?
Me pregunta por lo que me ha tomado cientos de páginas desarrollar... Para ser breve, es necesario saber que no somos sino un fragmento de un gran todo, que admitir la necesidad nos hace ser sabios y esta sabiduría trae la paz.
Jean-Henri Fabre, ¿podría ser uno de esos escritores olvidados o descuidados que le gustan?
¡Ah, sí! Creo que con él se aprende a mirar a la naturaleza que ya no miramos. Del mismo modo, cuando miramos, no sabemos ver. Un capítulo sobre un nido de Fabre es para mí una mayor lección de filosofía que un libro de Hegel.
¿Cuán importante es la reputación de un filósofo?
La reputación es a menudo la suma de malentendidos que se acumulan en nuestra cuenta. No es nada. Lo que importa, en cambio, es vivir bajo la mirada de la gente que se ama o de la gente que se amó y que está muerta, teniéndolos por testigos de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que decimos. Esta es la única reputación que me importa.