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domingo, 20 de marzo de 2016

AMISTAD - Por: LEOPOLDO LEOMOLIN MOLINA (17/03/2016) - VERDADERA AMISTAD - AMISTAD ESENCIAL - AMIGO FALSO -



Don Quijote de la Mancha; Miguel de Cervantes

Dice nuestro texto sagrado, en algún Salmo o pasaje evangélico (¿quizás en ese libro maravilloso que lleva por título el nombre filosófico por excelencia: “Sophia”?) que la amistad auténtica es una gema preciosa en estado puro, y quien la encuentra ha de vender cuánto tenga para adquirir la propiedad en la cual estaría escondida. Se da por supuesto, claro está, que quien así deba obrar, posea algo de valor para llevar a cabo dicha transacción.

Un verdadero amigo nada pide ni exige a cambio de su amistad; por el contrario, todo lo da; no lo de menos valor que es su tesoro más preciado: su propia vida.

A los llamados “amigos” se les considera seres raros y enigmáticos pues contradicen una regla social dada por supuesta:

“Aparece como amigo, pero no lo seas, parece serlo.”.

De acuerdo a tal regla un amigo ha de ser falso por necesidad de la situación o las circunstancias; es decir, ha de serlo por otras razones que esas supremas y transcendentales, aristotélicamente defendidas: la defensa de la verdadera amistad o de la amistad esencial.

Huelga decir que un amigo falso lo es por conveniencia y por necesidad de sobrevivencia. De ahí que muchos de nuestros amigos en realidad sean nuestros secuaces, aliados, testaferros, encubridores, correligionarios. Y peor aún, nuestros camaradas o hermanos y compañeros de secta política o religiosa.

Un amigo es un tesoro, claro que sí.

Pero si fuera fácil encontrar un amigo, sólo uno, y de hallarlo, tenerlo y retenerlo, ni aquel libro sagrado diría lo que dice, ni Aristóteles hubiera escrito en su “Ética” ese capítulo dedicado a su propio hijo (¿era su amigo?), en el cual interpreta esencialmente la amistad. Y lo mejor de todo: no nos hubiese dado las pistas filosóficas para identificar a un amigo auténtico y la amistad que dice profesar(nos).

Muchos hemos creído a lo largo de nuestras ya largas vidas, tener muchos amigos, y por ellos arriesgamos lo poco que teníamos. Nos faltó, quizás, entregarles nuestra propia vida física para que de ella se apropiaran.

Hoy sabemos que nos la hubieran arrebatado sin una pizca de lealtad a la virtud aristotélica, hecha un tesoro bíblico llamado “amistad”. Hoy estamos convencidos que muchos amigos lo eran, pero únicamente de utilería.

Hoy a todos esos “amigos” los tenemos apilados, haciéndole compañía al vestuario, los disfraces y las máscaras, en la parte trasera de ese gran escenario llamado “sociedad”.

lmp. 17.03.2016