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Desde el colapso económico hasta el desastre 
ambiental, pasando por el ascenso de Donald 
Trump: el neoliberalismo ha desempeñado un papel
en todos ellos. ¿Cómo es posible que la izquierda
 no haya planteado una alternativa?




La exprimera ministra británica Margaret Thatcher y el expresidente estadounidense Ronald Reagan, en una imagen de 1990. Fiona Hanson/ZUMA Press
La exprimera ministra británica Margaret Thatcher y el expresidente estadounidense Ronald Reagan, en una imagen de 1990. Fiona Hanson/ZUMA Press

Imaginen que los ciudadanos de la Unión Soviética no 
hubieran oído hablar del comunismo. Pues bien, la 
mayoría de la población desconoce el nombre de la ideología 
que domina nuestras vidas. Si la mencionan en una 
conversación, se ganarán un encogimiento de hombros; y, 
aunque su interlocutor haya oído el término con 
anterioridad, tendrá problemas para definirlo. 
¿Saben qué es el neoliberalismo?
Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido 
protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso 
financiero de los años 2007 y 2008, la externalización 
de dinero y poder a los paraísos fiscales (los “papeles de 
Panamá” son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción 
de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la 
pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los 
ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump. Sin 
embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no 
guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son
producto directo o indirecto del mismo factor: una filosofía 
que tiene un nombre; o, más bien, que lo tenía. ¿Y qué da 
más poder que actuar de incógnito?
El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo 
reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos 
asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza 
natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la 
evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada 
de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder.
Para el neoliberalismo, la competencia es la característica 
fundamental de las relaciones sociales.

Afirma que “el mercado” produce beneficios que no 

se podrían conseguir mediante la planificación, y convierte 
a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones 
democráticas se reducen como mucho a comprar y 
vender, proceso que supuestamente premia el mérito y 
castiga la ineficacia. 

Todo lo que limite la competencia es, desde su punto de 

vista, contrario a la libertad. 

Hay que bajar los impuestos, reducir los controles y 

privatizar los servicios públicos. 

Las organizaciones obreras y la negociación colectiva no son 

más que distorsiones del mercado que dificultan la 
creación de una jerarquía natural de triunfadores y 
perdedores. La desigualdad es una virtud: una 
recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que 
beneficia a todos. La pretensión de crear una sociedad
más equitativa es contraproducente y moralmente 
corrosiva. El mercado se asegura de que todos reciban lo que 
merecen.

El neoliberalismo afirma que “el mercado” produce 

beneficios que no se podrían conseguir mediante la 
planificación, y convierte a los ciudadanos en 
consumidores cuyas opciones democráticas se reducen como 
mucho a comprar y vender. El mercado se asegura de que 
todos reciban lo que merecen.
Asumimos y reproducimos su credo. Los ricos se convencen 
de que son ricos por méritos propios, sin que sus 
privilegios (educativos, patrimoniales, de clase) hayan 
tenido nada que ver. 

Los pobres se culpan de su fracaso, aunque no puedan 

hacer gran cosa por cambiar las circunstancias 
que determinan su existencia. 

¿Desempleo estructural? Si usted no tiene empleo, es 

porque carece de iniciativa. 

¿Viviendas de precios desorbitados? Si su cuenta está 

en números rojos, es por su incompetencia y falta de 
previsión. 

¿Qué es eso de que el colegio de sus hijos ya no tiene 

instalaciones de educación física? Si engordan, es culpa 
suya. En un mundo gobernado por la competencia, 
los que caen pasan a ser perdedores ante la sociedad y 
ante sí mismos.
La epidemia de autolesiones, desórdenes alimentarios, 
depresión, incomunicación, ansiedad y fobia social es 
una de las consecuencias de ese proceso, que Paul 
Verhaeghe documenta en su libro What About Me?
No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la 
ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, 
sea la capital europea de la soledad. Ahora, todos somos 
neoliberales.

El término neoliberalismo se acuñó en París, en una 

reunión celebrada en 1938. Su definición ideológica es 
hija de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, dos 
exiliados austríacos que rechazaban la democracia 
social (representada por el New Deal de Franklin 
Roosevelt y el desarrollo gradual del Estado del 
bienestar británico) porque la consideraban una 
expresión colectivista a la altura del comunismo y del 
movimiento nazi.
En Camino de servidumbre (1944), Hayek afirma 
que la planificación estatal aplasta el individualismo y 
conduce inevitablemente al totalitarismo. Su libro, que 
tuvo tanto éxito como La burocracia de Mises, llegó a 
ojos de determinados ricos que vieron en su 
ideología una oportunidad de librarse de los 
impuestos y las regulaciones. En 1947, cuando 
Hayek fundó la primera organización encargada de 
extender su doctrina (la Mont Perelin Society), 
obtuvo apoyo económico de muchos millonarios y de 
sus fundaciones.
Gracias a ellos, Hayek empezó a crear lo que Daniel
Stedman Jones describe en Amos del universo como “una
especie de Internacional Neoliberal”, una red 
inter-atlántica de académicos, empresarios, periodistas 
y activistas. Además, sus ricos promotores financiaron
una serie de comités de expertos cuya labor consistía en
perfeccionar y promover el credo; entre ellas, el American 
Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato 
Institute, el Institute of 
Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y 
el Adam Smith Institute. También financiaron 
departamentos y puestos académicos en muchas 
universidades, sobre todo de Chicago y Virginia.
Cuanto más crecía el neoliberalismo, más estridente era. 
La idea de Hayek de que los Gobiernos debían 
regular la competencia para impedir monopolios dio 
paso entre sus apóstoles estadounidenses −como Milton 
Friedman− a la idea de que los monopolios venían a ser 
un premio a la eficacia. Pero aquella evolución tuvo 
otra consecuencia: que el movimiento perdió el nombre.
En 1951, Friedman se definía neoliberal sin tapujo 
alguno. Poco después, el término empezó a desaparecer.
Y por si eso no fuera suficientemente extraño en una 
ideología cada vez más tajante y en un movimiento cada
vez más coherente, no buscaron sustituto para el nombre 
perdido.
Ideología en la sombra
A pesar de su dadivosa financiación, el neoliberalismo 
permaneció al principio en la sombra. El 
consenso de posguerra era prácticamente universal: las
recetas económicas de John Maynard Keynes se aplicaban
en muchos lugares del planeta; el pleno empleo y la 
reducción de la pobreza eran objetivos comunes de los 
Estados Unidos y de casi toda Europa occidental; los 
impuestos al capital eran altos y los Gobiernos no se 
avergonzaban de buscar objetivos sociales mediante 
servicios públicos nuevos y nuevas redes de apoyo.
Pero, en la década de 1970, cuando la crisis económica 
sacudió las dos orillas del Atlántico y el keynesianismo 
se empezó a derrumbar, los principios neoliberales se 
empezaron a abrir paso en la cultura dominante. 
En palabras de Friedman, “se necesitaba un cambio
(…) y ya había una alternativa preparada”. Con 
ayuda de periodistas y consejeros políticos adeptos a la 
causa, consiguieron que los Gobiernos de Jimmy 
Carter y Jim Callaghan aplicaran elementos del 
neoliberalismo (sobre todo en materia de política 
monetaria) en los Estados Unidos y Gran Bretaña, 
respectivamente.
El resto del paquete llegó enseguida, tras los triunfos 
electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: 
reducciones masivas de los impuestos de los ricos, 
destrucción del sindicalismo, desregulación, 
privatización y tercerización y subcontratación de los
servicios públicos. La doctrina neoliberal se impuso en 
casi todo el mundo −y, frecuentemente, sin consenso 
democrático de ninguna clase− a través del FMI, el Banco 
Mundial, el Tratado de Maastricht y la 
Organización Mundial del Comercio. Hasta partidos que 
habían pertenecido a la izquierda adoptaron sus 
principios; por ejemplo, el Laborista y el Demócrata. 
Como afirma Stedman Jones, “cuesta encontrar otra 
utopía que se haya hecho realidad de un modo tan absoluto”.
Puede parecer extraño que un credo que prometía libertad y
capacidad de decisión se promoviera con este lema: 
“No hay alternativa”. Pero, como dijo Hayek 
durante una visita al Chile de Pinochet (uno de los 
primeros países que aplicaron el programa de forma 
exhaustiva), “me siento más cerca de una dictadura 
neoliberal que de un gobierno democrático sin 
liberalismo”.
La libertad de los neoliberales, que suena tan bien 
cuando se expresa en términos generales, es libertad 
para el pez grande, no para el pequeño. 
Liberarse de los sindicatos y la negociación 
colectiva significa libertad para reducir los salarios. 
Liberarse de las regulaciones estatales significa 
libertad para contaminar los ríos, poner en peligro 
a los trabajadores, imponer tipos de interés 
inicuos y diseñar exóticos instrumentos financieros. 
Liberarse de los impuestos significa liberarse de las 
políticas redistributivas que sacan a la gente de la 
pobreza.

La autora canadiense Naomi Klein explica que los neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, como se hizo tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina.


La autora canadiense Naomi Klein explica que los neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, como se hizo tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina.










En La doctrina del shockNaomi Klein demuestra 

que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las 
crisis para imponer políticas impopulares, 
aprovechando el desconcierto de la gente; por ejemplo, 
tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán 
Katrina, que Friedman describió como “una oportunidad 
para reformar radicalmente el sistema educativo” de 
Nueva Orleans. Cuando no pueden imponer sus 
principios en un país, los imponen a través de 
tratados de carácter internacional que incluyen 
“instrumentos de arbitraje entre inversores y 
Estados”, es decir, tribunales externos donde las 
corporaciones pueden presionar para que se eliminen
las protecciones sociales y medioambientales. Cada vez
que un Parlamento vota a favor de congelar el precio 
de la luz, de impedir que las farmacéuticas 
estafen al Estado, de proteger acuíferos en peligro 
por culpa de explotaciones mineras o de restringir
la venta de tabaco, las corporaciones lo denuncian y, 
con frecuencia, ganan. Así, la democracia queda 
reducida a teatro.
La afirmación de que la competencia universal 
depende de un proceso de cuantificación y 
comparación universales es otra de las paradojas del 
neoliberalismo. Provoca que los trabajadores, las 
personas que buscan empleo y los propios servicios 
públicos se vean sometidos a un régimen opresivo de
evaluación y seguimiento, pensado para identificar a 
los triunfadores y castigar a los perdedores. Según Von 
Mises, su doctrina nos iba a liberar de la pesadilla 
burocrática de la planificación central; y, en lugar de 
liberarnos de una pesadilla, creó otra.
Menos sindicalismo y más privatizaciones
Los padres del neoliberalismo no lo concibieron como 
chanchullo de unos pocos, pero se convirtió rápidamente
en eso. El crecimiento económico de la era neoliberal 
(desde 1980 en GB y EEUU) es notablemente más bajo
que el de las décadas anteriores; salvo en lo tocante
a los más ricos. Las desigualdades de riqueza e ingresos, 
que se habían reducido a lo largo de 60 años, se 
dispararon gracias a la demolición del sindicalismo, las 
reducciones de impuestos, el aumento de los precios de 
vivienda y alquiler, las privatizaciones y las 
desregularizaciones.
La privatización total o parcial de los servicios públicos 
de energía, agua, trenes, salud, educación, carreteras y 
prisiones permitió que las grandes empresas 
establecieran peajes en recursos básicos y cobraran 
rentas por su uso a los ciudadanos o a los Gobiernos. El 
término renta también se refiere a los ingresos 
que no son fruto del trabajo. Cuando alguien paga un 
precio exagerado por un billete de tren, sólo una parte 
de dicho precio se destina a compensar a los operadores 
por el dinero gastado en combustible, salarios y 
materiales, entre otras partidas; el resto es la 
constatación de que las corporaciones tienen a los 
ciudadanos contra la pared.




Carlos Slim se convirtió en el hombre más rico del mundo tras hacerse con el control de casi toda la red de telefonía de México. EFE
Carlos Slim se convirtió en el hombre más rico del mundo tras hacerse con el control de casi toda la red de telefonía de México. EFE

Los dueños y directivos de los servicios públicos privatizados o
semi-privatizados de Gran Bretaña ganan fortunas 
gigantescas mediante el procedimiento de invertir poco y 
cobrar mucho. En Rusia y la India, los oligarcas adquieren 
bienes estatales en liquidaciones por incendios. En México, 
Carlos Slim obtuvo el control de casi toda la red de telefonía
fija y móvil y se convirtió en el hombre más rico del mundo.
Andrew Sayer afirma en Why We Can’t Afford the Rich que la 
financiarización ha tenido consecuencias parecidas: “Como 
sucede con la renta, los intereses son (…) un ingreso 
acumulativo que no exige de esfuerzo alguno”. Cuanto más 
se empobrecen los pobres y más se enriquecen los ricos, más 
control tienen los segundos sobre otro bien crucial: el dinero. 
Los intereses son, sobre todo, una transferencia de dinero de 
los pobres a los ricos
Los precios de las propiedades y la negativa de los Estados a 
ofrecer financiación condenan a la gente a cargarse de deudas 
(piensen en lo que pasó en Gran Bretaña cuando se cambiaron 
las becas escolares por créditos escolares), y los bancos y sus 
ejecutivos hacen el agosto.
Sayer sostiene que las cuatro últimas décadas se han 
caracterizado por una transferencia de riqueza que no es sólo 
de pobres a ricos, sino también de unos ricos a otros: de los 
que ganan dinero produciendo bienes o servicios a los 
que ganan dinero controlando los activos existentes y 
recogiendo beneficios de renta, intereses o capital. 
Los ingresos fruto del trabajo se han visto sustituidos por 
ingresos que no dependen de este.
El hundimiento de los mercados ha puesto al neoliberalismo 
en una situación difícil. Por si no fuera suficiente con los 
bancos demasiado grandes para dejarlos caer, las 
corporaciones se ven ahora en la tesitura de ofrecer 
servicios públicos. Como observó Tony Judt en Ill 
Fares the Land, Hayek olvidó que no se  puede 
permitir que los servicios nacionales de carácter 
esencial se hundan, lo cual implica que la 
competencia queda anulada. Las empresas se llevan 
los beneficios y el Estado corre con los gastos.
A mayor fracaso de una ideología, mayor 
extremismo en su aplicación. Los Gobiernos utilizan 
las crisis neoliberales como excusa y oportunidad
para reducir impuestos, privatizar los servicios 
públicos que aún no se habían privatizado, abrir 
agujeros en la red de protección social, 
desregularizar a las corporaciones y volver a regular 
a los ciudadanos. El Estado que se odia a sí mismo 
se dedica a hundir sus dientes en todos los órganos 
del sector público.
De la crisis económica a la crisis política
Es posible que la consecuencia más peligrosa del 
neoliberalismo no sea la crisis económica que ha 
causado, sino la crisis política. A medida que se 
reduce el poder del Estado, también se reduce 
nuestra capacidad para cambiar las cosas 
mediante el voto. Según la teoría neoliberal, la 
gente ejerce su libertad a través del gasto; pero 
algunos pueden gastar más que otros y, en la gran 
democracia de consumidores o accionistas, los votos 
no se distribuyen de forma equitativa. El resultado es 
una pérdida de poder de las clases baja y media. 
Y, como los partidos de la derecha y de la antigua 
izquierda adoptan políticas neoliberales parecidas,
la pérdida de poder se transforma en pérdida de 
derechos. Cada vez hay más gente que se ve 
expulsada de la política.
Chris Hedges puntualiza que “los movimientos 
fascistas no encontraron su base en las personas 
políticamente activas, sino en las inactivas; en los 
‘perdedores’ que tenían la sensación, frecuentemente 
correcta, de que carecían de voz y espacio en el 
sistema político”. Cuando la política deja de dirigirse 
a los ciudadanos, hay gente que la cambia por 
consignas, símbolos y sentimientos. Por poner un 
ejemplo, los admiradores de Trump parecen 
creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes.




Los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes. EFE
Los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes. EFE

Judt explicó que, si la tupida malla de 
interacciones entre el Estado y los ciudadanos queda
reducida a poco más que autoridad y obediencia, sólo 
quedará una fuerza que nos una: el poder del 
propio Estado. Normalmente, el totalitarismo que 
temía Hayek surge cuando los gobiernos pierden la 
autoridad ética derivada de la prestación de 
servicios públicos y se limitan a “engatusar, amenazar 
y, finalmente, a coaccionar a la gente para que obedezca”.
El neoliberalismo es un dios que fracasó, como 
el socialismo real; pero, a diferencia de este, su 
doctrina se ha convertido en un zombie que sigue 
adelante, tambaleándose. Y uno de los motivos 
es su anonimato. O, más exactamente, un racimo 
de anonimatos.
La doctrina invisible de la mano invisible tiene 
promotores invisibles. Poco a poco, lentamente, 
hemos empezado a descubrir los nombres de algunos. 
Supimos que el Institute of Economic Affairs, que se 
manifestó rotundamente en los medios contra el 
aumento de las regulaciones de la industria del tabaco,
recibía fondos de British American Tobacco 
desde 1963. Supimos que Charles y David Koch, dos 
de los hombres más ricos del mundo, fundaron el 
instituto del que surgió el Tea Party. Supimos lo que 
dijo Charles Kock al crear uno de sus laboratorios 
de ideas: “para evitar críticas indeseables, 
debemos abstenernos de hacer demasiada 
publicidad del funcionamiento y sistema directivo 
de nuestra organización”.
Las palabras que usa el neoliberalismo tienden más 
a ocultar que a esclarecer. “El mercado” suena a 
sistema natural que se nos impone de forma 
igualitaria, como la gravedad o la presión 
atmosférica, pero está cargado de relaciones 
de poder. “Lo que el mercado quiere” suele ser 
lo que las corporaciones y sus dueños quieren. 
La palabra inversión significa dos cosas muy 
diferentes, como observa Sayer: una es la financiación 
de actividades productivas y socialmente útiles; 
otra, la compra de servicios existentes para 
exprimirlos y obtener rentas, intereses, dividendos y 
plusvalías. Usar la misma palabra para dos 
actividades tan distintas sirve para “camuflar 
las fuentes de riqueza” y empujarnos a confundir 
su extracción con su creación.
Franquicias, paraísos fiscales y desgravaciones
Hace un siglo, los ricos que habían heredado sus
fortunas despreciaban a los nouveau riche; hasta 
el punto de que los empresarios buscaban 
aceptación social mediante el procedimiento de hacerse
pasar por rentistas. En la actualidad, la relación se 
ha invertido: los rentistas y herederos se hacen 
pasar por emprendedores y afirman que sus riquezas 
son fruto del trabajo.
El anonimato y las confusiones del neoliberalismo se 
mezclan con la ausencia de nombre y la deslocalización
del capitalismo moderno: Modelos de franquicias 
que aseguran que los trabajadores no sepan para 
quién trabajan; empresas registradas en redes de paraísos 
fiscales tan complejas y secretas que ni la policía 
puede encontrar a sus propietarios; sistemas de 
desgravación fiscal que confunden a los propios 
Gobiernos y productos financieros que no entiende nadie.
El neoliberalismo guarda celosamente su anonimato. Los 
seguidores de Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar
el término con el argumento, no exento de razón, de que 
en la actualidad sólo se usa de forma peyorativa. Algunos
se describen como liberales clásicos o incluso libertarios, 
pero son descripciones tan engañosas como curiosamente
modestas, porque implican que no hay nada 
innovador en Camino de servidumbreLa burocracia o 
Capitalismo y libertad, el clásico de Friedman.

Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la

catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría 
económica completa para sustituirlas. En el año 2008, 
cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada.
A pesar de todo, el proyecto neoliberal tuvo algo 
admirable; al menos, en su primera época: fue un conjunto 
de ideas novedosas promovido por una red coherente de 
pensadores y activistas con una estrategia clara.
Fue paciente y persistente. El Camino de servidumbre se 
convirtió en camino al poder.
El triunfo del neoliberalismo también es un reflejo del 
fracaso de la izquierda. Cuando las políticas económicas de 
laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes 
desarrolló una teoría económica completa para 
sustituirlas. Cuando el keynesianismo encalló en la década de
1970, ya había una alternativa preparada. Pero, en el 
año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada. 
Ese es el motivo de que el zombie siga adelante. La 
izquierda no ha producido ningún marco económico nuevo 
de carácter general desde hace ochenta años.
Toda apelación a lord Keynes es un reconocimiento 
implícito de fracaso. Proponer soluciones keynesianas para 
crisis del siglo XXI es hacer caso omiso de tres problemas obvios:
que movilizar a la gente con ideas viejas es muy difícil; que 
los defectos que salieron a la luz en la década de 1970 no han
desaparecido y, sobre todo, que no tienen nada que decir sobre 
el peor de nuestros aprietos, la crisis ecológica. El 
keynesianismo funciona estimulando el consumo y 
promoviendo el crecimiento económico, pero el consumo 
y el crecimiento económico son los motores de la destrucción 
ambiental.
La historia del keynesianismo y el neoliberalismo demuestra 
que no basta con oponerse a un sistema roto. Hay que proponer
una alternativa congruente. Los laboristas, los demócratas y 
el conjunto de la izquierda se deberían concentrar en el 
desarrollo de un programa económico Apollo; un intento 
consciente de diseñar un sistema nuevo, a medida de las 
exigencias del siglo XXI.
Artículo publicado orginalmente en The Guardian. Traducción 
de Jesús Gómez.