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sábado, 25 de abril de 2026

LIBERALISMO - ALAIN TOURAINE - RESEÑA BIBLIOGRÁFICA DE ¿CÓMO SALIR DEL LIBERALISMO? Por: ELENA CAMARENA ADAME

 

 

ALAIN TOURAINE, ¿CÓMO SALIR DEL LIBERALISMO?

Trad. Javier Palacio Tauste, Paidós, México, 1999, 123 pp. (Col. Estado y Sociedad). Versión original: Comment sortir du libéralisme? Arthème Fayard, París, 1999. - Reseña bibliográfica Por Ma. Elena Camarena Adame

 

Alain Touraine, sociólogo francés, es Director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y Director del Centro de Análisis y de Intervención Sociológico, y también es investigador del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan: Sociología de la acción; La sociedad posindustrial, la producción de la sociedad; La sociedad invisible; El regreso del actor; América Latina: Política y sociedad; Introducción a la sociología, Movimientos sociales de hoy; Crítica de la modernidad; Qué es la democracia; ¿Podremos vivir juntos? e Iguales y diferentes.

 

La obra ¿Cómo salir del liberalismo? se divide en cinco capítulos y gira en torno a las reflexiones que fundamentan la necesidad de pensar y poner en marcha la creación de un sistema mundial alternativo al liberalismo.

 

¿Por qué razón habría que salir del capitalismo financiero de la actualidad?

 

La respuesta de Touraine es sencilla y directa: para construir “un futuro a nuestra medida”.

 

Sabe bien que se acabaron las izquierdas extremas, que mucha gente se refugia en sus propios problemas, que otros parecen contentarse sólo con la denuncia o incluso avenirse a su propia impotencia.

 

Pero según él, sí hay salida, es decir, sí existe la posibilidad de responder afirmativamente a la pregunta inquietante que aparece al principio del texto:

“¿dispone todavía nuestra sociedad de la capacidad de cambiar, de generar nuevas ideas, nuevas políticas económicas y sociales [...]?”

 

Sin embargo, hay obstáculos o barreras. La primera de ellas la representan quienes nos aconsejan

que depositemos toda nuestra confianza en el mercado, ya que opinan que éste es el único medio posible para solucionar los problemas del mundo actual.

 

No obstante, para Touraine nada hay más alejado de la realidad, pues la experiencia cotidiana nos enseña que

nada existe en las fuerzas y relaciones del mercado que indique que ellas puedan solucionar los problemas mundiales verdaderamente importantes.

 

Otra dificultad para salir de liberalismo es la postura de la izquierda tradicional, que, en opinión del autor,

desde hace varios años se ha limitado a denunciar los males de la llamada globalización, pero sin presentar propuestas diferentes del actual modelo económico.

 

Otras consideraciones del autor nos dejan ver el otro impedimento para el cambio, el cual consiste

en pronunciarse de cierta manera en favor de instituciones cuya lógica del orden y del desorden no permite ni el reconocimiento de los conflictos sociales reales, ni su solución y, por tanto,

se vuelven sistemáticamente en contra de los outsider, marginados o excluidos.

 

Según el autor, las tres posturas, aunque distintas entre sí, están fuertemente interrelacionadas, y dominan el escenario social de hoy día, alimentando la creencia de que en la actualidad no existe ninguna posibilidad de producir cambios sociales ni políticos.

 

Con base en esto, es posible inferir lo que Touraine entiende por liberalismo; esto es:

un pensamiento que entre otras causas precisamente obtiene su fuerza al presentarse como única alternativa posible —

y en este sentido, como algo que en realidad no es una alternativa—,

cuyo fundamento es el sistema (supuestamente anónimo) de mercado y, por tanto,

que tiene el poder de marcar las pautas de la economía “mundializada”.

 

En palabras del propio Touraine:

‘‘[...] el capitalismo significa que la sociedad se ve dominada por la economía [...]’’ (p. 20).

 

Definición que, evidentemente, puede ser suscrita por Carlos Marx. Pero el primero no cree en la necesidad de la revolución.

 

Para salir de las contradicciones que la economía “mundializada” ha creado, Touraine señala que se ha llegado a considerar a los movimientos armados como la única vía posible para evitar la creciente polarización social. Pero es en contra de opiniones de este tipo que él desarrolla una nueva visión, que vamos a tratar de caracterizar de un modo general.

 

En su propuesta Touraine puntualiza algunas características de la “mundialización”.

 

En primer lugar, señala que la libertad de los bienes y el movimiento incontrolado de capitales son dos realidades muy diferentes;

mientras la primera puede ofrecer algunos beneficios materiales a las poblaciones,

el segundo, sin embargo, puede destruir diversas economías en virtud de cálculos puramente financieros.

 

El autor piensa que es cierto que la economía se está liberando, de cierto modo, del control estatal (sin que esto sea algo completamente bueno),

pero cree que es imposible —y al mismo tiempo indeseable— que se libere de la intervención social.

 

Con esta idea nos da a entender que

se puede y se debe combinar la apertura económica con la protección social.

 

Por otra parte, él señala que la concepción de la homogeneización social es falsa, como lo demuestra el hecho de que

la “mundialización” ha creado movimientos de resistencia y defensa, por lo cual han surgido diversas comunidades de integración que

se refugian en la historia, la lengua y la cultura para

protegerse en la medida de sus posibilidades de los efectos negativos de la tendencia a la polarización social.

 

Para Touraine, entonces, es importante señalar una característica necesaria de las acciones futuras:

la coherencia entre la idea y la realidad: ‘‘[...]

las medidas niveladoras puestas en práctica han sido inspiradas por la noción de equidad, cuando apelar de manera general a la igualdad no reduce en nada las desigualdades reales[...]’’ (p. 38).

 

Para nuestro autor es importante destacar que en Francia se tiene la opinión extendida de que quienes llegan a ese país deben asimilar la nacionalidad, integrándose a la cultura francesa, pues esa nación cree identificarse con una tradición de valores universales, que le daría el derecho a proclamarse como el territorio de la libertad.

 

Lo mismo parecen pensar, por otras razones, los ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica.

 

Pero para los extranjeros esto significa nada menos que la renuncia a su identidad particular, produciéndose algo que no se entiende: ‘‘[...] como si integración y defensa de la identidad, fueran dos lógicas enfrentadas[...]’’ (p. 38).

 

Y por supuesto, a raíz de lo señalado, el Estado produce situaciones violentas que afectan mayormente a los grupos de extranjeros más golpeados por la pobreza y la discriminación, cuando emprenden manifestaciones por la reivindicación de sus derechos legales y sus derechos humanos.

 

Para el sociólogo francés los hechos están a la vista, y generan preguntas muy preocupantes: “[...] nuestro principal problema es y será durante largo tiempo, el siguiente:

¿cómo pasar de la marginación a la protesta,

del aislamiento a la defensa de los derechos por todos reconocidos,

de la revuelta ocasional a una acción política constante?’’ (p. 43).

 

En otras palabras: ¿qué hacer? En el análisis de los retos que enfrentan los movimientos sociales, Touraine aconseja

no dejarse dirigir por quienes motivan a mirar al pasado, para defender los intereses y los valores de la pequeña burguesía de Estado,

estar alerta contra el populismo, pues éste proclama que el pueblo es incapaz de dirigirse sólo, por lo cual, según sus predicadores, se necesita un guía, individual o colectivo, para alcanzar la liberación.

En lugar de los malos caminos, por decirlo así, es mejor imitar los buenos.

 

Dado que Touraine está más familiarizado con los problemas sociales en Francia que en otros países, es natural que se refiera más detalladamente a los diversos movimientos de este país, incluso como ejemplos a seguir, tales como el de los ‘‘sin hogar’’, los ‘‘sin techo’’ y los ‘‘sin papeles’’ —que son nuestros indocumentados, nuestros niños de la calle, etcétera—.

 

Tales ejemplos, evidentemente, tienen una conexión con la necesidad de salir o librarse del liberalismo. Es preciso comprender que estos movimientos sociales apelan a la conciencia moral contra

la exclusión de la que son objeto, de tal modo que cada una de estas agrupaciones, al defender sus derechos, también están aportando elementos para que todos los demás grupos en lucha, en el mundo entero, puedan proteger los suyos.

 

En mi opinión, en el caso de México, el movimiento zapatista ejemplificaría una organización de grupos sociales —etnias indígenas—, que, al luchar por el derecho a la diferencia, aunque de modo peculiar, aportan, no obstante, elementos para la defensa de los derechos de los demás, mexicanos o miembros de otras comunidades nacionales.

 

Hay, pues, un cierto sentido de universalidad, expresado en el “para todos”: ‘‘la democracia para todos’’. De este modo las luchas tradicionales por

la defensa laboral y del salario se han sumado a los movimientos en defensa de “asuntos” más amplios: la cultura, la identidad, la historia...

 

Y esos otros “asuntos”, sin embargo, pueden producir comunidades cerradas, que no quieran ver el mundo y lo que pasa en él, corriendo el peligro de perecer aisladamente:

‘‘La defensa de los derechos culturales y sociales de los individuos y de las minorías es, actualmente, el objetivo primordial de los movimientos sociales que se oponen tanto al imperio del mercado como a la dominación de los movimientos de inspiración comunitaria [cerrada]”1 (p. 58).

 

Asimismo, el autor destaca los movimientos de la defensa de las mujeres, de la protección al medio ambiente, de los que promueven los derechos de los niños, y otras acciones similares.

Son agrupaciones que defienden la potestad a una identidad individual, profesional, lingüística, moral, religiosa, etcétera.

El problema de fondo sigue siendo el de las diferencias.

 

Ahora bien, en el caso de las escuelas y universidades, de acuerdo con el autor, para llegar al pleno reconocimiento de las diversidades es necesario

que la enseñanza no quede centrada exclusivamente en el valor del conocimiento;

por el contrario, debe estar al servicio de la libertad creadora de los estudiantes, considerando su situación y personalidad concreta.

 

 

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