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lunes, 23 de noviembre de 2015

BORGES TRASCENDENCIA Y AGNOSTICISMO - EL ATRIO DE LOS GENTILES - MISTICISMO Y MISTERIO - LA INMORTALIDAD - LA RELIGIÒN Y LA METAFÌSICA SON TEMAS DE LA LITERATURA FANTÀSTICA - Para Borges no hay una cortina de hierro entre la teología y la literatura fantástica"

"Para Borges no hay una cortina de hierro entre la teología y la literatura fantástica"

En el marco de una iniciativa ecuménica iniciada por Benedicto XVI y continuada por el papa Francisco, el académico Pedro Barcia, el cardenal Gianfranco Ravasi, la periodista María Eugenia Estenssoro debatieron sobre la dimensión espiritual del escritor argentino
LA NACION
VIERNES 06 DE NOVIEMBRE DE 2015 • 17:46



Jorge Luis Borges, en 1977
Jorge Luis Borges, en 1977.Foto:Sophie Bassouls
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LA PLATA.- Más allá de su agnosticismo y su falta de fe, Jorge Luis Borges evidentemente mantenía una conexión muy profunda con los Evangelios y con el mensaje de Cristo. Esa fue una de las imágenes más fuertes que se transmitió anoche durante un debate que, bajo el nombre de "Borges, trascendencia y agnosticismo", se llevó a cabo en la sala Astor Piazzolla, en el Teatro Argentino de esta capital.
La mesa redonda formó parte de "El atrio de los gentiles", una iniciativa nacida en el Vaticano, que comenzó con el papa emérito Benedicto XVI, que es continuada por el papa Francisco, y que ya se realizó en diversas ciudades de Europa y América.
María Kodama, secretaria y compañera del escritor desde mediados de los años 70, se hizo presente en el simposio a través de un video, en el que, entre otros conceptos sostuvo que "el misticismo y el misterio están presentes en la obra de Borges, que reflejó que un estado místico inefable, no puede explicarse ni definirse a alguien que no haya vivido esa experiencia", ya que "interesa especialmente al intelecto, porque aquel que atravesó una experiencia así no puede expresarlo en palabras, pero está convencido de que ha accedido a un universo totalmente distinto". Y agregó: "Creo que se podría hablar, respecto a su obra, sobre una mística de la creación. Si el camino de la mística implica el rigor del ascetismo para llegar a la iluminación, que culminará en la fusión con Dios, podríamos decir que en esa experiencia Borges queda detenido en la iluminación".

Acerca de la inmortalidad

Por su parte, el lingüista Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Educación, señaló que "en lo personal, no pareciera que la cuestión de la trascendencia del espíritu humano hubiera generado en él algún tipo de angustia. Pero lo que sí atraviesa toda su obra, es el tema de la inmortalidad, sobre todo en lo que se refiere al espíritu humano individual".
En tanto, enfatizó que "para él, la teología era una rama de la literatura fantástica. Y aunque parezca una broma, en realidad no lo era. En alguna entrevista se encargó de aclarar que cuando afirmó que la religión y la metafísica son temas de la literatura fantástica no lo dijo hostilmente, sino que al contrario -aseguró-. Qué más quisiera Santo Tomás, por ejemplo, ser el mayor poeta del mundo".
Por su parte, el cardenal Gianfranco Ravasi, representante del Pontificio Consejo para la Cultura, expresó que siempre le atrajeron "esas preguntas que formulaba Borges, acerca de por qué el universo es fluido y cambiante", por lo que "uno se siente capturado por esa telaraña de su suave escepticismo, de su farragoso enciclopedismo y de su ecumenismo ecléctico".
Agregó que "para Borges, las fronteras siempre son móviles y sutiles. No hay nunca una cortina de hierro entre verdad y ficción, entre vigilia y sueño, entre realidad e imaginación, entre racionalidad y sentimiento, entre concreto y abstracto. O entre teología y literatura fantástica".
Finalmente, la periodista y ex senadora María Eugenia Estenssoro, no dudó en afirmar que el poema "Cristo en la cruz" "Es uno de los más conmovedores, en relación a la trascendencia y a la figura de Jesús", y que "aunque Borges lo negara, está demostrado que él sabía mucho sobre cristianismo, tal vez más que tantos fieles formales".

domingo, 8 de noviembre de 2015

BORGES, ENTRE LA VERDAD Y LO FANTÀSTICO -Por: EDUARDO D`ARGENTO - TRASCENDENCIA Y AGNOSTICISMO - TEOLOGIA Y LITERATURA FANTÀSTICA -


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Borges, entre la verdad y lo fantástico

En el Atrio de los Gentiles se discutió su obra

LA NACION
DOMINGO 08 DE NOVIEMBRE DE 2015


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LA PLATA.- Más allá de su agnosticismo y su falta de fe, Jorge Luis Borges mantenía una conexión muy profunda con los Evangelios y con el mensaje de Cristo. 
Ésa fue una de las imágenes más fuertes que se transmitió anoche durante un debate que, bajo el nombre de Borges, trascendencia y agnosticismo, se llevó a cabo en la sala Astor Piazzolla del Teatro Argentino de esta capital. 
La mesa formó parte de Atrio de los Gentiles, una iniciativa nacida en el Vaticano, que comenzó con el papa emérito Benedicto XVI, que es continuada por el papa Francisco, y que ya se realizó en diversas ciudades de Europa y América.
María Kodama, viuda del escritor, se hizo presente en el simposio en un video en el que sostuvo que "el misticismo y el misterio están presentes en la obra de Borges, que reflejó que un estado místico inefable no puede explicarse ni definirse a alguien que no haya vivido esa experiencia". 
Y agregó: "Creo que se podría hablar, respecto a su obra, sobre una mística de la creación. Si el camino de la mística implica el rigor del ascetismo para llegar a la iluminación, que culminará en la fusión con Dios, podríamos decir que en esa experiencia Borges queda detenido en la iluminación".

Acerca de la inmortalidad

Por su parte, el lingüista Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Educación, señaló que "en lo personal, no pareciera que la cuestión de la trascendencia del espíritu humano hubiera generado en él algún tipo de angustia. Pero lo que sí atraviesa toda su obra es el tema de la inmortalidad". 
Dijo además que para él "la teología era una rama de la literatura fantástica. Y aunque parezca una broma, en realidad no lo era. En alguna entrevista se encargó de aclarar que cuando afirmó que la religión y la metafísica son temas de la literatura fantástica no lo dijo hostilmente, sino al contrario".
Por su parte, el cardenal Gianfranco Ravasi, representante del Pontificio Consejo para la Cultura, expresó que siempre le atrajeron "esas preguntas que formulaba Borges acerca de por qué el universo es fluido y cambiante". 
Agregó que "para Borges, las fronteras siempre son móviles y sutiles. No hay nunca una cortina de hierro entre verdad y ficción, entre vigilia y sueño, entre realidad e imaginación, entre racionalidad y sentimiento, entre concreto y abstracto. O entre teología y literatura fantástica".
Finalmente, la periodista y ex senadora María Eugenia Estenssoro, no dudó en afirmar que el poema "Cristo en la cruz" es "uno de los más conmovedores, en relación con la trascendencia y con la figura de Jesús", y que "aunque Borges lo negara, está demostrado que él sabía mucho sobre cristianismo, tal vez más que tantos fieles formales"

jueves, 30 de julio de 2015

LA ETERNIDAD DE FRANZ KAFKA SEGÚN JORGE LUIS BORGES

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La eternidad de Kafka: Borges sobre el autor de “La metamorfosis”



En 1915, hace 100 años, el escritor checo que escribía en alemán, publicó la novela que marcaría un hito en la literatura universal. (Ilutración: The Nation)

Al cumplirse 100 años de la publicación de la novela más popular de Franz Kafka y de mayor influjo en la literatura universal, rescatamos este texto del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien aclara que dicha obra se debió titular en español La transformación –tal como la tradujo él– y no La metamorfosis. Además, sostiene que de Kafka lo que más le gusta son sus cuentos y que alguna vez trató de imitarlo.



Por Jorge Luis Borges*
Mi primer recuerdo de Kafka es del año 1916, cuando decidí aprender el idioma alemán. Antes lo había intentado con el ruso, pero fracasé. El alemán me resultó mucho más sencillo y la tarea fue grata. Tenía un diccionario alemán-inglés y al cabo de unos meses no sé si lograba entender lo que leía, pero sí podía gozar de la poesía de algunos autores. Fue entonces cuando leí el primer libro de Kafka que, aunque no lo recuerdo ahora exactamente, creo que se llamaba Once cuentos.
Me llamó la atención que Kafka escribiera tan sencillo, que yo mismo pudiera entenderlo, a pesar de que el movimiento impresionista, que era tan importante en esa época, fue en general un movimiento barroco que jugaba con las infinitas posibilidades del idioma alemán. Después, tuve oportunidad de leer El Proceso y a partir de ese momento lo he leído continuamente. La diferencia esencial con sus contemporáneos y hasta con los grandes escritores de otras épocas, Bernard Shaw o Chesterton, por ejemplo, es que con ellos uno está obligado a tomar la referencia ambiental, la connotación con el tiempo y el lugar. Es también el caso de Ibsen o de Dickens.
Kafka, en cambiotiene textos, sobre todo en los cuentos, donde se establece algo eterno. A Kafka podemos leerlo y pensar que sus fábulas son tan antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otra época sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia. El hecho de haber escrito un texto que trasciende el momento en que se escribió, es notable. Se puede pensar que se redactó en Persia o en China y ahí está su valor. Y cuando Kafka hace referencias es profético. El hombre que está aprisionado por un orden, el hombre contra el Estado, ese fue uno de sus temas preferidos.
PortadaLametamorfosisYo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es La trasformación y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate,yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba a Kafka. Creo que los cuentos son superiores a sus novelas. Las novelas, por otra parte, nunca concluyen. Tienen un número infinito de capítulos, porque su tema es de un número infinito de postulaciones.
A mí me gustan más sus relatos breves y aunque no hay ahora ninguna razón para que elija a uno sobre otro, tomaría aquel cuento sobre la construcción de la muralla. Yo he escrito también algunos cuentos en los cuales traté ambiciosa e inútilmente de ser Kafka. Hay uno, titulado La biblioteca de Babel y algún otro, que fueron ejercicios en donde traté de ser Kafka. Esos cuentos interesaron pero yo me di cuenta que no había cumplido mi propósito y que debía buscar otro camino. Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso.
Empecé siendo barroco, como todos los jóvenes escritores y ahora trato de no serlo. Intenté también ser anónimo, pero cualquier cosa que escriba se conoce inmediatamente. Kafka no quiso publicar mucho en vida y encargó que destruyeran su obra. Esto me recuerda el caso de Virgilio que también le encargó a sus amigos que destruyeran la inconclusa Eneida. La desobediencia de estos hizo que, felizmente para nosotros, la obra se conservara. Yo creo que ni Virgilio ni Kafka querían en realidad que su obra se destruyera. De otro modo habrían hecho ellos mismos el trabajo. Si yo le encargo la tarea a un amigo, es un modo de decir que no me hago responsable. Mi padre escribió muchísimo y quemó todo antes de morir.
Kafka ha sido uno de los grandes autores de toda la literatura. Para mí es el primero de este siglo. Yo estuve en los actos del centenario de Joyce y cuando alguien lo comparó con Kafka dije que eso era una blasfemia. Es que Joyce es importante dentro de la lengua inglesa y de sus infinitas posibilidades, pero es intraducible. En cambio Kafka escribía en un alemán muy sencillo y delicado. A él le importaba la obra no la fama, eso es indudable. De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños fueran conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria. Nosotros sabemos cuáles son sus fechas, cuál es su vida, que es de origen judío y demás, todo eso va a ser olvidado, pero sus cuentos seguirán contándose.

*Texto publicado el 3 de julio de 1983 en el diario español El País con el título de Un sueño eterno.


viernes, 8 de mayo de 2015

JORGE LUIS BORGES - TRADUCCIÓN DE UN INCIDENTE


La amistad une; también el odio sabe juntar. 

Dos nombres hermanados por una fraternidad belicosa como de espadas que en ardimiento de contienda se cruzan son los de Gómez de la Serna y Rafael Cansinos Asséns. 

La discordia eterna del arte se ha incorporado en esos adversarios tácitos y entrañalmente opuestos: en el madrileño tupido, espeso y carnal que sumergido en la realidad —en esa enconadísima dureza que nombran realidad los castellanos — quiere desamarrarse de ella mediante pormenores, grabazones y voluntariosos caprichos y en el andaluz, alto como una llamarada de amotinada hoguera e inhábil en el ademán como un árbol, cuyas palabras lentas y eficaces oyen siempre la pena. 

Entre ambos hombres y mejor aún entre ambos espíritus, vaciló durante algún tiempo la mocedad literalizada de España. 

En la ajustada y casi carcelaria botillería de Pombo estableció Gómez de la Serna su conventículo, en tanto el sevillano juntó a los suyos en el Colonial, café de espejos abismáticos que lejos de deformar la vida, la aceptan y repiten y comentan con insistencias generosas de salmo. 

Ambas reuniones se realizaban el sábado, ya superada la ritual media noche: circunstancia propicia al fervor y a las divagaciones y achacable no a prestigio alguno de hechicería sino a la gran costumbre nocharniega del vivir español y a la provechosa y aprovechada ociosidad del consecutivo domingo. 

Ambas tertulias eran privativas; quien frecuentaba la una era exclaustrado religiosamente de la contraria y sólo el admirable Eugenio Montes logró, mediante una destreza intelectual que fue voceado escándalo entre sus compañeros, alternar su discutidora presencia en ambas banderías. 

Yo milité en la de Cansinos y aún perdura en mí la añoranza de la sabática reunión y de los corazones hoy sueltos cuya vigilia de poesía era unánime frente a la enredada ciudad, que arreciaba como una fuerte lluvia en los cristales del café. 

Advertirá el lector que están situados en el pasado los verbos y con ello quiero indicar que se ha desbaratado ya esa disputa, vehementísima hace cuatro o cinco años. 

La indiferencia no ha rematado esa rivalidad. Las travesuras leves abaten las austeras lamentaciones; la greguería ha quebrantado el salmo y los paladeadores de apasionadas imágenes que fervorizaban antaño junto a la sombra luminosa de Cansinos Asséns, hoy aventuran chascarrillos en Pombo. 

A las veladas y a la orientación de Cansinos —ya de hombres graves que el desengaño hizo ribereños del arte— no acuden otros jóvenes que yo, regresado eventual a quienes esconderán mañana las leguas. 

Tal es el incidente; veamos luego la significación que éste implica. 

Antes, quiero adelantar una salvedad. No es intención de estos renglones el comparar, en menoscabo de cualquiera de ellos, las personalidades verdaderas de los dos escritores. 

Son dos países muy distintos y enmarañados que distan un incaminado trecho el uno del otro, tan bravamente incomparables como lo pueden ser, por ejemplo, la perfección de dejadez y huraño vivir que en todo arrabal porteño me agrada y la nerviosa perfección de codicia que alborota las calles céntricas. 

Yo sé muy bien que Gómez de la Serna es trágico en ese duro forcejear con su índole reseca de castellano y en esa voluntad de fantasía que inflige a su visión. (Ramón, queriendo hacer labor fantástica, ha realizado la autobiografía de nosotros todos.) 

Yo sé que en la rebusca de metáforas que a Cansinos suele atarear, hay sospechas de juego. Pero la igualación del escritor madrileño a la travesura y del sevillano a la trágica seriedad permanece incólume, pues corrobora la significación banderiza que en ellos ve la juventud y que rige su preferencia. 
  
En eso está lo sintomático. La literatura europea se desustancia en algaradas inútiles. 

No cunde ni esa dicción de la verdad personal en formas prefijadas que constituye el clasicismo, ni esa vehemencia espiritual que informa lo barroco. 

Cunden la dispersión y el ser un leve asustador del leyente. 

En la lírica de Inglaterra medra la lastimera imagen visiva; en Francia todos aseveran — ¡cuitados!— que hay mejor agudeza de sentir en cualquier Cocteau que en Mauriac; en Alemania se ha estancado el dolor en palabras grandiosamente vanas y en simulacros bíblicos. Pero también allí gesticula el arte de sorpresa, el desmenuzado, y los escribidores del grupo Sturm hacen de la poesía empecinado juego de palabras y de semejanza de sílabas. 

España, contradiciendo su historia y codiciosa de afirmarse europea, arbitra que está muy bien todo ello. 

No hablaré de culturas que se pierden. La constancia de vida, la duradera continuidad de la vida, es una certidumbre de arte. Aunque las apariencias caduquen y se transformen como la luna, siempre perdurará una esencia poética. La realidad poética puede caber en una copla lo mismo que en un verso virgiliano. También en formas dialectales, en asperezas de jerigonza de cárcel, en lenguajes aun indecisos, puede caber. 

Europa nos ha dado sus clásicos, que asimismo son de nosotros. Grandioso y manirroto es el don; no sé si podemos pedirle más. Creo que nuestros poetas no deben acallar la esencia de anhelar de su alma y la dolorida y gustosísima tierra criolla donde discurren sus días. Creo que deberían nuestros versos tener sabor de patria, como guitarra que sabe a soledades y a campo y a poniente detrás de un trebolar.

Jorge Luis Borges

martes, 14 de abril de 2015

JORGE LUIS BORGES - MILONGA DE MANUEL FLORES - SOBRE LA MUERTE Y SU MISTERIO

Milonga de Manuel Flores

Milonga de Manuel Flores by Carlos Ferreyra, 2006.Milonga de Manuel Flores by Carlos Ferreyra, 2006.

Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
Morir es una costumbre
Que sabe tener la gente.
 
Y sin embrago me duele
Decirle adiós a la vida,
Esa cosa tan de siempre,
Tan dulce y tan conocida.
 
Miro en el alba mis manos,
Miro en las manos las venas;
Con extrañeza las miro
Como si fueran ajenas.
 
Vendrán los cuatro balazos
Y con los cuatro el olvido;
Lo dijo el sabio Merlín:
Morir es haber nacido.
 
¡Cuánta cosa en su camino
Estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
Después que me juzgue cristo.
 
Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
Morir es una costumbre
Que sabe tener la gente.

   
Jorge Luis Borges

jueves, 2 de abril de 2015

JORGE LUIS BORGES Y LA GUERRA DE MALVINAS - LA DE MALVINAS FUE UNA GUERRA DE DOS CALVOS POR UN PEINE - GUERRA PARA INMORTALIZARSE EN EL PODER - PERON, GALTIERI - MILITARES - DEMAGOGOS Y SÍMBOLOS -

Jorge Luis BorgesJorge Luis Borges

Cuando terminó la guerra de Malvinas, Jorge Luis Borges hacía ya tiempo que había descubierto un nuevo pasatiempo para divertirse a través de las entrevistas periodísticas, un oficio considerado menor por el notable escritor argentino, y en la que a menudo contaba con la complicidad y la benevolencia del escriba de turno.

Entre 1982 y 1985, en los interludios de sus conferencias consagradas aun en plena decadencia física, Borges entregó en varios reportajes jugosas y cínicas frases sobre el conflicto bélico que enfrentó a la Argentina con Gran Bretaña, país por el cual sentía especial devoción (su abuela paterna era inglesa), plasmada en su vasta obra literaria y en el universalismo que escudriñó desde niño en la Enciclopedia Británica.

"Las Malvinas fue una guerra de dos calvos por un peine", es tal vez la frase más conocida, actualizada recientemente por el músico Roger Waters, quien erróneamente le otorgó su autoría a un "comentarista chileno". En rigor, esa sentencia se ubica en el final de la contestación a una pregunta en un reportaje al diario Clarín, publicado el 2 de febrero de 1983, en pleno desbande de los militares.

Ante la consulta puntual sobre la guerra, Borges contesta: "En otros tiempos yo estaba muy inquieto por mi país, pero ahora estoy desesperado. Los militares que nos gobiernan son tan incompetentes, tan ignorantes... Nadie conocía esas islas. Hizo falta que nuestros militares la desenterraran para hacer la guerra; los militares nuestros son mucho más peligrosos para nuestros compatriotas que para el enemigo. Las Malvinas fue una guerra de dos calvos por un peine".

Dos meses antes, el 30 de diciembre de 1982, ya con la censura caída, Borges da su primera impresión sobre la guerra en otra entrevista de Clarín. "En nuestro país un demagogo convocó a la gente a la Plaza de Mayo y declaró la guerra sin medir las consecuencias", inicia su reflexión el escritor, y seguidamente refiere, sin nombrarlos, a la conversación alcoholizada entre el dictador Leopoldo Galtieri y el periodista José Gómez Fuentes: "Aunque a mí me dijeron que el culpable había sido un periodista. Parece que el presidente salió de la Casa de Gobierno y un periodista que lo fue a entrevistar le dijo: «Se dice que los ingleses enviarán la flota; en tal caso, ¿qué actitud se asumirá, señor presidente». El presidente a su vez interrogó al periodista: «Usted, ¿qué haría?» Y el periodista respondió: «Presentarle batalla, señor presidente». «Eso es lo que haremos nosotros», contestó el presidente. Al otro día se empezó la guerra con Inglaterra".

Demagogos y símbolos. 

A casi un año de iniciada la guerra, el 3 de abril de 1983, Borges es entrevistado por el diario La Nación, en la que hace gala de su antiperonismo visceral al establecer una comparación "estética" entre Galtieri y Perón. "Galtieri quiso parecerse a Perón y salió al balcón de la Casa Rosada... Faltaba que cantaran «Galtieri, Galtieri, qué grande sos»". Un año más tarde, en un reportaje del diario La Razón, en mayo de 1984, vuelve sobre este asunto: "La ambición mayor del general Galtieri era parecerse a Perón. Es imposible imaginar una ambición mayor más modesta".

En la misma nota, que lleva el título "Diálogos con Borges", el escritor aborda en forma simultánea el tema de los desaparecidos y los soldados muertos en el crucero General Belgrano: "Estoy triste... Mandaron a esos pobres muchachos de veinte años a morir al sur. Tener veinte años y pelear contra soldados veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que les convenga ese argumento".

Fuera de la glosa periodística, Borges hizo referencia a la guerra en un breve poema con el título de "Juan López y John Ward" (ver aparte), que lo contiene en el libro "Los conjurados", de 1985. Ese mismo año, en una entrevista al diario La Razón, sostuvo: "La decisión de invadir Malvinas fue una estupidez que debió ser tomada por media docena de militares borrachos".

La curtida a los militares y a su improvisación para armar una guerra con el solo fin de una perpetuidad política lo esgrimió en una nota publicada en la revista La Semana el 10 de febrero de 1983: "Me dijeron que los militares vacilaron entre varias posibilidades. Una era por el Beagle, contra Chile. Y también deben de haber planificado otras operaciones, contra Brasil, Uruguay, Bolivia... Y consideraron que la menos peligrosa era la operación Malvinas. Fue, claro, un error de perspectiva. Pensaron que Inglaterra estaba muy lejos. De hecho está al norte, en otro hemisferio. Lejísimo. Es raro dejarse engañar así por la perspectiva".

La misma idea, con dos o tres variaciones de concepto, la expuso en una entrevista con María Esther Vázquez en el diario La Nación, en agosto de 1984: "Si se hubieran reconquistado las Malvinas posiblemente los militares se hubieran perpetuado en el poder y tendríamos un régimen de aniversarios, de estatuas ecuestres, de falta de libertad total. Además, creo que la guerra se hizo para eso. Y hasta me inclino a creer que vacilaron entre una guerra con Chile o con Inglaterra. Claro que como Inglaterra queda lejos, pensaron que no iba a darse cuenta".

En otra entrevista concedida al mismo medio, pero en enero de 1983, Borges tilda de ignorantes a los militares y esgrime el mismo argumento por el que Argentina fue condenada en las Naciones Unidas: "Los militares debieron consultar un abogado antes de iniciar la guerra de Malvinas... Confundieron el derecho que asiste a la Argentina respecto de estas islas con el derecho de invadirlas, y son dos cosas distintas".

Walter Palena | La Capital, abril 1 de 2012.

sábado, 28 de marzo de 2015

EL HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA - JORGE LUIS BORGES


Sabía llegar de lo más paquete,
En un oscuro, con las prendas de plata;
Los hombres y los perros lo respetaban
Y las chinas también;
Nadie ignoraba que estaba debiendo dos muertes
Era de los que pisaba fuerte;
La suerte lo mimaba.
Los mozos de la Villa le copiábamos
Hasta el modo de escupir.

El tango hacía su voluntad con nosotros
Y nos arriaba y nos perdía,
Nos ordenaba y nos volvía a encontrar.
El Tango...

Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte.
Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero.
Yo les he consentido a estos infelices
Que me alzaran la mano,
Porque lo que estoy buscando
Es un hombre.
Quiero encontrarlo
Pa´ que me enseñe a mí,
Que soy naides,
Lo que es un hombre de coraje y de vista.
¡Vayan abriendo cancha, señores,
que la llevo dormida!

Lindo al ñudo la noche,
Traía olor a madreselvas
El viento...
Había estrellas
Como para marearse mirándolas,
Como para marearse mirándolas.

Ajuera estaba queriendo clariar.
Los postes de ñandubay
Sobre una lomada
Estaban como sueltos.
Ajuera estaba queriendo clariar.
 
Jorge Luis Borges

martes, 5 de agosto de 2014

JORGE LUIS BORGES Y LA POLITICA



JORGE LUIS BORGES Y LA POLÍTICA

EL OTRO LADO DEL GENIO LITERARIO


PUBLICADO: 2014-08-01
En noviembre de 2010, la revista cultural mexicana “Letras Libres”, publicó un artículo escrito por Mario Vargas Llosa titulado: “Borges, político”. En este artículo, el Premio Nobel analizó los vaivenes políticos de este escritor inmortal. El texto es extenso y rico en datos, por eso creo necesario reseñarlo, sobre todo pensando en aquellos jóvenes que en estos momentos tienen entre sus manos su primer libro de Borges y que al mismo tiempo se preguntarán -como también lo hice yo- por el hombre detrás del gigante literario, por el ser de carne y hueso que estuvo siempre perseguido por sus inclinaciones políticas -y sus declaraciones-.
Esta columna, entonces, intentará -a partir del artículo del Nobel peruano- abordar el pensamiento político de quien si bien es cierto luchó contra el fascismo y el comunismo por igual, también aceptó condecoraciones de Pinochet y la Junta Militar argentina. 
¿Despreció Borges la política, como algunos afirman? Según Vargas Llosa, en una entrevista que el maestro argentino le concedió en 1964, este le dijo lo siguiente: “la política es una de las formas del tedio”.

Pero esa frase no debe llevarnos a equívoco, ya que este apunte en sí mismo no lo convierte en un hombre apolítico, ya que como bien lo apunta el Nobel: “despreciar la política es una toma de posición política tan política como adorarla”.
¿Cómo interpretar, entonces, la frase de Borges?

Ese desdén es consecuencia del escepticismo del creador del “Aleph”, de su poca capacidad para adherirse a cualquier fe, religiosa o ideológica.

Sobre este punto, nos advierte Vargas Llosa, debemos recordar que Borges jugaba con este tema de su vida apolítica y su aversión por todos aquellos que la practicaban, y que el juego de proclamar la inexistencia de la realidad material, de lo objetivo, de lo concreto, y del sueño y la ficción como la sola realidad, se convirtió para él en una creencia seria que no sólo le dio a su obra un tema recurrente y original; sino que también llegó a incrustarse en su concepción de la realidad, sino basta con recordar el título de una de sus geniales obras: “Ficciones”.


Sin embargo, a pesar de su agnosticismo y su incapacidad para creer en Dios y en todo tipo de entusiasmo o militancia colectiva de la política, Borges expresó en muchos de los textos que publicó en la Revista Sur -esa joya cultural dirigida por Victoria Ocampo-, preferencias y rechazos políticos perfectamente identificables.

Y es que luego de leer estos textos, afirma Vargas Llosa, uno puede decir que Borges fue un individualista recalcitrante, constitutivamente alérgico a ceder un ápice de su independencia y a disolverla en lo gregario, lo que, de hecho lo convertía en un enemigo declarado de toda doctrina y formación política colectivista, como el fascismo, el nazismo o el comunismo, de los que fue adversario sistemático y pugnaz toda su vida.
Es decir, aunque a menudo se empeñara en declarar su falta de interés y su carencia de "toda vocación de heroísmo, de toda facultad política", Borges no cesó durante los años treinta y cuarenta, de denunciar en sus textos la "pedagogía del odio" y el “racismo de los nazis”, de defender a los judíos y manifestar su solidaridad con la causa de los aliados en la guerra contra Alemania.
Por ello, por "ser partidario de los aliados", fue sancionado por la dictadura de Perón, que lo degradó, removiéndolo del modesto cargo que ocupaba -auxiliar tercero en una biblioteca municipal del barrio Sur- a inspector de aves de corral.

Como dice Vargas Llosa, pasó de funcionario de biblioteca a inspector de gallineros. Ese fue el precio que Borges tuvo que pagar por atreverse a decir en la Argentina de Perón que el verdadero peligro para la libertad individual era la ideología fascista que tanto seducía al esposo de Evita.


Con gran sentido histórico, Borges vio en el nazismo la excrecencia de un mal mayor y más, mucho más extendido: el nacionalismo.

A menudo, nos lo recuerda Vargas Llosa, se mofaba en su soledad o con algunos amigos de esos "turbios sentimientos patrióticos", chauvinistas y chabacanos mejor dicho, que servían para justiciar la mediocridad artística: "Idolatrar un adefesio porque es autóctono, dormir por la patria, agradecer el tedio cuando es de elaboración nacional”, me parece absurdo todo eso, decía Borges.
Sin embargo, y contra lo que muchos creen, Vargas Llosa afirma, que a Borges nada le indignada más como que lo acusaran a él y a Victoria Ocampo, de "falta de argentinidad".

Esa acusación, decía Borges, "la hacen quienes se llaman nacionalistas, es decir, quienes por un lado ponderan lo nacional, lo argentino y al mismo tiempo tienen tan pobre idea de lo argentino, que creen que los argentinos estamos condenados a lo meramente vernáculo y somos indignos de tratar de considerar el universo".

Por ello, en un homenaje póstumo a Victoria Ocampo, su gran compañera de trabajo y mejor amiga, Borges explicó su vocación de ciudadano del mundo, diciendo lo siguiente:

" Ser cosmopolita no significa ser indiferente a un país, y ser sensible a otros, no. Significa la generosa ambición de querer ser sensible a todos los países y a todas las épocas, el deseo de eternidad y trascendencia”.
Todo ello, explica su horror al nacionalismo, su odio profundo a la dictadura de Perón, consistente y combativo durante los doce años que duró (años de odio y oprobio, los llamó, años de vergüenza nacional para el pueblo argentino, dice Vargas Llosa).

El "dictador encarnó el mal", escribió alguna vez Borges, y muchas veces recordó, la felicidad que dijo sentir, aquella mañana de septiembre, cuando triunfó la revolución que lo depuso.

Borges jamás imaginó que lo que vendría después de Perón sería otro autoritarismo, pero esa es otra historia.


Hasta aquí, como afirma Vargas Llosa, parece existir una coherencia política absoluta en Borges que, sin embargo, se rompería con brusquedad con el apoyo franco que este gigante de las letras latinoamericanas prestó a dos de las dictaduras militares más feroces de la historia argentina: 1) La que derrocó a Perón (nos referimos a la de Aramburú y Rojas); y 2) La que puso fin al gobierno de Isabelita Perón (nos referimos a la de Videla y compañía).
Este apoyo constituyó una contradicción en sí misma, fue un respaldo que no congenió para nada con su identificación con la causa aliada contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Una apuesta que resulta hasta ahora extraña, teniendo en cuenta aquella frase que Borges profirió alguna vez sobre las dictaduras:

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez".
¿Qué decir ante ello? ¿Cómo justificar tamaño desliz? Se pregunta Vargas Llosa. Borges, dice el escritor de “La Conversación en la Catedral”, era ante todo un ser humano como todos nosotros, era un ser falible y por eso se equivocó. Pero haciendo un esfuerzo por comprender el porqué de tal apoyo al régimen dictatorial de Aramburú y Rojas, y al de Videla y compañía, Vargas Llosa ensaya la siguiente hipótesis, él dice: “hubo una ilusión en la mente y alma que embargó a Borges, la sana creencia de que el final del peronismo trajera consigo la democracia, esto pudo explicar su inicial entusiasmo con el régimen militar, del que además y, esto es bueno señalar, aceptó distinciones y nombramientos sin la menor reticencia”. En otras palabras, Borges pasó de ser un perseguido por la dictadura de Perón a un afanado colaborador de la dictadura de Aramburú y Rojas, primero, y de Videla y compañía, después.


Ahora bien, sobre este punto en particular, Vargas Llosa hace un deslinde que también a nosotros nos parece justo hacer. Es verdad que cuando Borges defendió a los miembros de la Junta Militar, y compartía cenas y sesiones de té con ellos en la Casa Rosada, era todavía en los comienzos de la dictadura, antes de que la represión alcanzará los niveles de salvajismo que años más tarde tendría, convirtiéndose en una de las dictaduras más desalmadas y sanguinarias que haya padecido América Latina, una dictadura que torturó, asesinó, censuró y reprimió con mayor ferocidad y falta de escrúpulos que todas las que le habían precedido. Luego, como se sabe, sobre todo a partir de la diferencia de Argentina con Chile sobre el Beagle, Borges tomó distancia con el régimen militar y lo censuró abiertamente. Declaró que los militares deberían retirarse del gobierno "porque pasarse la vida en los cuarteles y en los desfiles, no capacita a nadie para gobernar", apunta Vargas Llosa.
A pesar de ello, ese deslinde con los militares, con aquellos que aniquilaron toda posibilidad de renacimiento democrático en Argentina, fue para muchos tardío, y no lo bastante claro como para borrar de la memoria de los argentinos el espaldarazo de Borges al régimen dictatorial, el mismo que causó no sólo en sus enemigos, sino en especial en sus más entusiastas admiradores, que como Vargas Llosa aprendieron lo que significaba escribir y ser un escritor a través de su figura, prosa y ejemplo, una desazón que a pesar del transcurso de los años sigue motivando encendidas polémicas en los círculos académicos de su país.

¿Cómo se explica esta ceguera política y ética en quien, respecto del peronismo, al nazismo, al marxismo, al nacionalismo, se había mostrado tan sensato? Es la pregunta que no sólo Vargas Llosa, sino miles lectores alrededor del mundo, se siguen haciendo hasta nuestros días.
Tal vez, propone Vargas Llosa, eso ocurrió porque su adhesión a la democracia fue no sólo cauta sino lastrada por el escepticismo que le merecían su país y América Latina.

No bromeaba Borges cuando decía que “la democracia era un abuso de la estadística”, o cuando se preguntaba si alguna vez los argentinos, los latinoamericanos, merecerían el sistema democrático.

En su secreta intimidad, es obvio que se respondía que no, que la democracia era un don de aquellos países antiguos y lejanos, que él admiraba tanto, como Inglaterra y Suiza, pero difícilmente aclimatable en esos países a medio hacer como el que descubrió -el suyo- al volver a América Latina hacia 1921: "Un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura".
Habiendo llegado al término de esta columna, y antes del punto final, debo decir, de modo muy personal –pues sé que muchos no comparten esta opinión-, que dicho desliz político, horror monumental, y ceguera política mayúscula, no desmerecerán jamás el impecable y eterno sello de su prosa y la originalidad de su obra, esa limitación, como dice Vargas Llosa: “estaba en su manera de ver y entender la vida de los otros, la vida suya enredada con la de los demás, en esa cosa tan despreciada por él y, a menudo, tan justamente despreciable: la política”.