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viernes, 2 de octubre de 2026

LA DEMOCRACIA: CRISIS Y DESAFÍOS TECNOLÓGICO POR BASILIO BELLIARD

 


LA DEMOCRACIA: CRISIS Y DESAFÍOS TECNOLÓGICO

POR BASILIO BELLIARD

Publicó: “GLOBAL”

 

De todos los efectos corrosivos y disruptivos de la tecnología de la comunicación y la información en la vida cultural y social, no escapa la esfera política, con su impacto ineludible sobre la democracia como forma de gobierno.

 

La inteligencia artificial (IA) y las redes sociales representan hoy una paranoia colectiva en lo que respecta a los trastornos y dislocamientos de datos en los procesos electorales, medios legítimos en que los ciudadanos ejercen sus derechos históricos al voto: elegir y ser elegidos principio elemental, origen y esencia de las democracias liberales del mundo occidental.

 

La fragilidad en el juego y las reglas de las leyes del orden social y político del mundo civilizado genera una sensación de impotencia e incertidumbre.

 

La informatización del mundo ya está ejerciendo un enorme efecto en la credibilidad de los procesos democráticos.

 

Hoy, las campañas electorales encierran una batalla informativa no solo en la esfera política, sino también en la esfera psicológica.

 

Las fake news y los bots generan noticias que influyen en el electorado, en una especie de guerra informática, en materia de opinión pública, que puede hacer variar no solo la percepción, sino los resultados de los votantes en fracciones de minutos y en lo que pestañea una serpiente.

 

También, esas noticias falsas pueden crear discursos de odio y resentimiento que podrían entronizarse en la psique popular y generar confusiones y paranoias.

 

De modo que, en efecto, la tecnología de la información y la comunicación (TIC), a través de las redes sociales, puede alimentar teorías de la conspiración y contaminar la propaganda política.

 

Estamos, pues, ante un enemigo invisible, poderoso y sin precedentes,

que atenta contra las libertades y las conquistas históricas de las democracias occidentales

y que prostituye el debate político de las ideas del mundo libre actual.

 

Las campañas de desinformación y descrédito devienen así en medios que amenazan subvertir el orden democrático y la convivencia pacífica.

 

Antes la biopolítica y ahora la psicopolítica amenazan con influir negativamente en el comportamiento electoral.

 

En tal virtud, estos rasgos, cambios y signos del nuevo milenio están poniendo en crisis la democracia:

amenazan su base y esencia de sustentación ideológica, jurídica y política.

 

A este giro o cambio estructural, y su impacto en las democracias, el aclamado filósofo surcoreano Byung-Chul Han llama «infocracia».

Se trata del gobierno —o predominio— de la informática sobre el régimen democrático, cuyo impacto digital ha producido una crisis en la esfera democrática.

 

Ante el avance vertiginoso e inexorable de la información en entornos virtuales, nos sentimos perplejos, impotentes y aterrados por la marea de informaciones y datos —reales o falsos— que irrumpen, como fuerza volcánica, en el mundo político.

 

Operan como una fuerza destructiva que deforma, falsea y distorsiona los límites de la realidad social y la racionalidad discursiva.

 

El tsunami de la digitalización del mundo real afecta enormemente la psicología política:

genera una paranoia nerviosa que trastorna el espectro social y los procesos electorales y democráticos.

 

Hoy, los torneos electorales devienen guerras informativas, libradas en el campo de batalla de las esferas tecnológicas o virtuales, no así en las reales del debate de las ideas.

 

Un ejército de des-informantes opera, noche y día, para producir noticias falsas, falaces y sensacionalistas con el propósito de destruir reputaciones de políticos, líderes y candidatos, desde un discurso de descalificación que puede influir en el sentimiento de los votantes e impactar en la conciencia de la opinión pública.

 

Así pues, la propaganda demagógica y mendaz, articulada por una tribu de bots y de troles, puede conformar teorías conspirativas en el debate libre de las ideas políticas y contaminar su objetividad.

 

Estas guerras informativas, en entornos virtuales, podrían influir en el comportamiento de los electores y trastornar su elección consciente.

 

El juego autónomo de los poderes públicos sirve de legitimidad y sostén institucional a la democracia. Si está en manos humanas y reales, puede llegar al entendimiento y ser creíble; en cambio, en manos artificiales e invisibles, puede volverse líquido, elástico y gelatinoso, y conducir a un pandemónium paranoico del mundo.

 

La democracia ha de estar al servicio del pueblo, de la mayoría, en su acepción etimológica originaria, pero la demagogia, su némesis, la acecha, como un demonio de la mentira.

 

La desinformación ha triunfado sobre la información. La verdad ha sido desplazada por el reino de la mentira, y en la esfera política, podría ser catastrófico, fatal y mortal para la civilización, la convivencia pacífica y la sociedad moderna su uso maligno y perverso en esta época de posverdad.

 

El ruido de la desinformación contamina el silencio y destruye la verdad de la palabra.

La razón política se desintegra, corroída por el humo digital y el viento de la virtualidad.

 

La democracia se alimenta y sostiene con la verdad, los acuerdos y los pactos entre sus ciudadanos, sus protagonistas y sus actores sociales. La demagogia y las mentiras la erosionan.

 

Decir la verdad es esencial en un Estado democrático. De ahí que las noticias falsas (fake news) han sido su peor enemigo, pues contribuyen a destruir sus fundamentos éticos.

 

Cuando se pierda la credibilidad entre sus actores y agentes políticos, todo estará perdido.

 

En ese vacío de verdad brota el caldo de cultivo para la emergencia de las dictaduras y los regímenes populistas y demagógicos, de izquierda o derecha, en el que todo el mundo tendrá su verdad: la mentira contra el otro o contra todos. Y donde la minoría no se subordine a la mayoría, como ley intrínseca primigenia de la democracia política, que ha sido la clave de su eficacia, permanencia y regeneración o autocorrección.

 

La libertad de expresión, rasgo consustancial de la democracia, podría constituirse en libertad de decir la mentira igual como se dice la verdad.

 

Cuando un algoritmo sea capaz de alterar o transformar la verdad en mentira, todo el orden social estará perdido, y todo ordenamiento jurídico y humano, dominado por los vaivenes y los azares de una falsa inteligencia. Es decir, a un clic capaz de crear una catástrofe política, una debacle social o un cataclismo económico.

 

En esta sociedad de la información, de la hiperconectividad y de la hipervigilancia, desde un panóptico digital, la posibilidad de la privacidad se restringe hasta lo invisible e inimaginable.

 

Esta vigilancia se ha tornado más eficaz desde la invención del smartphone y las pantallas, lo cual ha provocado el fin de la privacidad y de lo propio.

 

Las personas están más vigiladas y, por tanto, son menos libres y más dominadas por los poderes dominantes.

 

Lo paradójico de la hipermodernidad consiste en que

somos más modernos:

vivimos más confortables, más informados, pero somos menos libres.

La libertad que anhelamos, disfrutamos y defendemos, en el orden democrático,

está cada vez más amenazada, y es más frágil y deleznable.

 

LA INFORMACIÓN ES MÁS LIBRE Y MÁS TRANSPARENTE….

 

Vivimos en una prisión voluntaria, invisible y virtual.

 

Esta libertad aparente está vigilada por un régimen de la información para garantizar su seguridad y funcionamiento, más allá del poder represor e intimidatorio de los aparatos coercitivos del Estado.

 

La hipervigilancia se vuelve, pues, totalitaria. Así nos convertimos en lo que Ortega y Gasset llamó, en La rebelión de las masas, «hombre-masa».

 

Vivimos en un proceso vertiginoso de digitalización en todos los órdenes de la vida social, que dicta las reglas –invisibles o visibles– de nuestra relación con la realidad.

 

Esta percepción nos aturde y perturba.

«Entretanto, se ha apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático.

La democracia está degenerando en infocracia», afirma Byung-Chul Han.

 

De un mundo utópico, desde el «mundo feliz» de Huxley, de control del placer, hasta el «estado de vigilancia» de Orwell, de control del dolor, hasta un mundo distópico.

 

Vivimos en una época en que las noticias falsas y sensacionalistas concitan más atención, acaso por su morbosidad, que las noticias reales,

y donde los memes han impuesto un reino cómico de la verdad.

Un tuit, con una falsa información, despierta más likes o es más eficaz que una idea bien argumentada.

 

Las redes sociales y las pantallas representan, en el fondo,

una fábrica de mentiras y noticias falsas que distorsionan el escenario político: dinamitan la paz espiritual y psíquica, individual y colectiva.

 

En el mundo de la infocracia, los torneos electorales se vuelven una guerra informativa e informática.

--- Se crean opiniones inexistentes, percepciones falsas y seguidores fantasmas que pueden cambiar –o variar– la realidad objetiva, los hechos reales y la verdad.

--- Los memes contagian el aire político: contaminan los sentimientos y los afectos de la comunicación digital.

--- Se vuelven virales: virus que atacan la salud de la sociedad.

--- Crean una atmósfera enrarecida, sin discurso, sin fundamento y sin sustancia intelectual.

--- Las noticias falsas son información, pero falsa: no forman ni educan, sino que trastornan la sensibilidad.

--- En ocasiones, la desinformación corre de modo más rápido que la información verídica.

 

Hoy la democracia y sus ideales son una ilusión del futuro. El flujo de información del ciberespacio tiene un efecto disruptivo o destructivo sobre la lógica democrática.

«La crisis de la democracia es ante todo una crisis del escuchar», dice Han.

 

En el mundo actual de las sociedades democráticas, se ha perdido la capacidad de escuchar al otro que disiente.

 

El narcisismo nos impide oír la voz del otro, la palabra del otro, porque hay un culto al yo que nos enceguece, y un desdén al otro.

 

Y esa incapacidad de tolerar la disidencia y la alteridad del otro está provocando una erosión en las leyes y la lógica de la democracia.

 

La generalización de la palabra de la tribu trivializa los discursos.

 

La opinión de la masa se ha impuesto no sobre la base de las ideas, sino sobre el esquema del dogma o la palabra hueca, sin sustancia conceptual, sin racionalidad argumentativa, lo cual pone en peligro la democracia misma.

 

Vivimos en un mundo que ha perdido la otredad, es decir, insensible a la diferencia y la alteridad. De ahí que la sociedad se esté desintegrando vertiginosamente en sus identidades particulares, sin la presencia de la alteridad.

 

Se ha perdido su sentido comunitario y gregario: se ha extinguido la memoria primitiva y ancestral que le daba continuidad en el tiempo.

 

No nos oímos porque vivimos en un autismo narcisista de la cotidianidad, y

porque, al elevar nuestras voces, no podemos oír al otro, a los demás,

produciéndose un diálogo de sordos o un carnaval donde, al tratar de oírnos, no nos oímos entre nosotros mismos.

 

Sin comunidad dialógica no hay democracia. Ni sin una sociedad de oyentes. La comunicación virtual nos aleja, nos ensimisma: destruye el diálogo.

 

La conversación se volvió un soliloquio. De ahí que estemos viviendo el fin de la mirada a los ojos del otro, la muerte del espejo del alma, que son nuestros ojos.

 

Al contrario, el exceso de información nos intoxica, pues el ritmo de datos es tan raudo y acumulativo que es imposible metabolizarlos y asimilarlos por el entendimiento.

 

La comprensión humana es finita y la generación de datos, en cambio, es infinita.

Por tanto, es imposible procesar el cúmulo de información que produce el mundo digital y que desborda nuestra interpretación, es decir, nuestra capacidad de atención y asimilación real.

 

Asistimos a una posdemocracia, en un mundo digital en el que

los líderes políticos dejarán su liderazgo mesiánico, sin ideas propias, y

donde los políticos serán desplazados por gestores y estrategas internacionales de fama mundial.

 

Han dice, de modo categórico y triste:

«Desde la perspectiva dataísta, la democracia de partidos dejará de existir en un futuro próximo.

Dará paso a la infocracia como posdemocracia digital.

Los políticos serán, entonces, sustituidos por expertos e informáticos que administrarán la sociedad más allá de los principios ideológicos, independientemente de los intereses del poder.

La política será reemplazada por la gestión de sistemas basada en datos.

Las decisiones socialmente relevantes se tomarán utilizando el big data y la IA.

Seguirá habiendo discursos políticos, pero serán algo secundario».

 

¿Serán, en el futuro, los asesores de campaña política y los estrategas de líderes y jefes de Estado inteligencias artificiales?

 

Como se ve, el discurso apocalíptico de Han pone en vilo y en crisis el pensamiento político tradicional.

«Los análisis de los datos mediante la IA sustituyen a la esfera pública discursiva, lo que significaría el fin de la democracia», sentencia.

 

La crisis de la democracia es, a la vez,

una crisis de la verdad, o de la conciencia.

La facticidad está en cuestionamiento.

 

En esta era de la virtualidad hemos perdido la fe en la verdad, víctima de la guerra de desinformación, de teorías conspirativas, de paranoias futuras.

 

Se han perdido las ideas en estado sólido: las utopías del progreso y de un mundo mejor. El nihilismo ha renacido: se ha convertido en un síntoma, en una enfermedad social del presente.

 

Ha surgido un nuevo nihilismo pos-nietzscheano.

Ya la verdad no ejerce el poder y la fuerza de gravedad,

como cuando orbitaba en nuestras vidas, cuando unificaba y

era signo de razón y la lógica del pensamiento.

 

Al revés: la desinformación tiene hoy un poder destructivo que pone en crisis la cohesión de la sociedad.

«El nuevo nihilismo se gesta dentro del proceso destructivo en el que

el discurso se desintegra en información,

lo que conduce a la crisis de la democracia», afirma el pensador surcoreano.

 

Las mentiras políticas e ideológicas hoy se convierten en las verdades con las que se difaman y se destruyen reputaciones y liderazgos: socavan los cimientos de la verdad, cinceladas a golpe de razón.

 

Los límites –o bordes– entre la verdad y la mentira se diluyen como el agua en la arena del desierto.

 

La mentira hoy se impone no con razón y argumentos, sino con manipulaciones y con una retórica reiterativa para diluir el hilo que la separa de la verdad.

 

El mentiroso persiste con más ahínco en su mentira, en ocasiones, mucho más que el enemigo de la mentira y amante de la verdad.

 

El manipulador político nunca pierde la fe en su palabra. No ceja. No cede. No cuestiona la verdad, sino que postula su mentira como una verdad absoluta.

 

No niega, pues no es un nihilista. Miente para afirmar su verdad. Quien promueve noticias falsas lo hace conscientemente, con perversidad racional, y ataca la realidad real.

 

Joseph Goebbels manipulaba en nombre de la verdad: lo hacía desde su íntima convicción, pese a que sabía de sus consecuencias fatales y destructivas.

 

Sus discursos iban dirigidos a una ideología fanática, que explotaba el odio racial y el resentimiento de las emociones.

«Una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad»,

dijo el infame y perverso ministro de propaganda del Tercer Reich.

 

La mentira política crea otra realidad: moldea la percepción popular.

En esta sociedad de la información estamos más conectados y comunicados, pero acaso más vacíos de sentido.

 

Mejor informados, pero quizás más desorientados. La crisis de la democracia es una expresión de la crisis de civilización que vivimos, en que la mentira desintegra la unidad y la cohesión social: desorienta y destruye las relaciones humanas y las amistades.

 

Los valores humanos se han mercantilizado y han reemplazado a la verdad.

 

En este mundo de la «modernidad líquida» –como la llamó Bauman–, la verdad, que representaba el bien, y la mentira, que representaba el mal, se han relativizado. Todo se ha vuelto líquido. Vivimos, pues, la licuefacción de lo real.

 

Después de la emergencia pandémica continúa la emergencia climática y ahora la inminencia de una guerra global. Siempre vivimos en una incertidumbre mundial. Al borde del caos que imponen las potencias políticas hegemónicas. Es decir, a un tris de una catástrofe, una hecatombe o en los límites del abismo, producto de una voluntad o un capricho de un gobernante megalómano y criminal.

 

Hay así una crisis de orientación y una paranoia planificada. Y todo porque

existe una crisis de la verdad.

Falta una utopía discursiva que sea una promesa de salvación o

que represente el nacimiento de un orden,

en medio del caos y de la crisis de paradigmas.

 

La democracia siempre ha tenido muchos enemigos. El de hoy es el gobierno de la tecnología que la amenaza. Por tanto, urge un acto de heroísmo, una verdad que la salve y la rescate de la mentira.

 

Acaso será la libertad como categoría filosófica, no como categoría política, la que la salve de las mentiras de sus manipuladores y demagogos, de los populistas de izquierda y de derecha que, en el fondo, la odian: son autoritarios y aman la fuerza sobre la razón.

 

Necesitamos volver a Sócrates, quien murió por decir la verdad, pues «decir la verdad» tiene sus riesgos, y así lo supo Jesucristo. Y Gandhi y Luther King.

 

Quien aboga por la paz se halla de enemiga la guerra, y quien promueve la igualdad encuentra de adversarios o enemigos a los apologistas de la desigualdad.

 

Quien busca la verdad arriesga su vida, lo sabemos, pero queda el coraje como signo de verdad, justicia y razón. El precio a pagar siempre es convertir la mentira en verdad.

 

Platón, en su alegoría de la caverna, buscó la verdad en la luz, es decir, al hombre que, para encontrar la luz de la verdad, tiene que liberarse de la oscuridad, o sea, salir de la caverna de la mentira.

 

En la sociedad actual vivimos en una cárcel digital como prisioneros, privados de la libertad de la luz: encadenados al ciberespacio del mundo digital, embelesados frente a las pantallas digitales, intoxicados de imágenes virtuales.

 

Al parecer,

desapareció la época en que reinaba la verdad.

Ha terminado el largo imperio de la verdad.

Decir la verdad, hoy, es contrarrevolucionario cuando debería ser una acción revolucionaria.

El ruido de la mentira está sepultando con polvo la música y las palabras de la verdad del mundo.

Notas

1.    Han, Byung-Chul, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Madrid, Taurus, 2022, p. 25.

2.    Ibid., p. 48.

3.    Ibid., p. 63.

4.    Ibid., p. 69.

5.    Ibid., p. 73.

 

IA - IGNACIO RAMONET ADVIERTE QUE UNO DE LOS MAYORES DESAFÍOS DE LA IA ES LA PÉRDIDA DE EMPLEOS

 


IA - IGNACIO RAMONET ADVIERTE QUE UNO DE LOS MAYORES DESAFÍOS DE LA IA ES LA PÉRDIDA DE EMPLEOS

 

El periodista y analista español advierte que la automatización impulsada por la IA podría reemplazar millones de puestos de trabajo en todo el mundo

Jesús VásquezJesús VásquezJesús Vásquez - Twitter

Santo Domingo – DIARIO LIBRE

 

La irrupción acelerada de la inteligencia artificial (IA) está transformando las dinámicas laborales a nivel global.

 

Según el periodista y analista español Ignacio Ramonet, uno de los principales desafíos de la sociedad moderna es el riesgo de pérdida masiva de empleos ante el avance de esta tecnología.

 

"La inteligencia artificial inexorablemente está sustituyendo la inteligencia.

Según la ONU, en un año 980 millones de empleos serán sustituidos por la inteligencia artificial.

¿Qué representa 980 millones de empleos? Es el 28 % de todo el empleo planetario", dijo.

 

Durante su participación este martes en la conferencia-panel: “Democracia frente a los efectos de la manipulación informática”, Ramonet explicó que,

a diferencia de las revoluciones industriales previas, la actual transformación tecnológica no solo sustituye el trabajo físico, sino también tareas intelectuales y creativas.

 

Explicó que la huelga de guionistas en Hollywood en 2023 ilustra cómo la IA ya afecta sectores tradicionalmente vinculados a la creatividad humana.

 

"Algunos analistas en Estados Unidos nos hablan de que estamos viviendo un apocalipsis del empleo. Los robots intelectuales van a sustituir a decenas de millones de empleos", agregó.

 

CONSECUENCIAS PARA LA CLASE MEDIA

 

El periodista advierte que esta revolución tecnológica impactará de forma directa en la clase media, base de la estabilidad social y política en las democracias contemporáneas.

 

"Por consiguiente, la inteligencia artificial podría golpear el corazón de una de las principales fuentes de estabilidad social en nuestra democracia, que son los trabajadores de clase media", expresó.

 

Afirmó que empresas globales como Amazon o Ford ya experimentan procesos de automatización que reducen la necesidad de mano de obra humana.

 

El analista subrayó la urgencia de recuperar el control social y político sobre el desarrollo tecnológico,

advirtiendo que la desinformación y la manipulación digital podrían debilitar los fundamentos democráticos.

jueves, 1 de octubre de 2026

LA OPINIÓN PÚBLICA NO EXISTE* PIERRE BOURDIEU

 


LA OPINIÓN PÚBLICA NO EXISTE* PIERRE BOURDIEU

 

Quisiera señalar, en primer lugar, que mi propósito no es denunciar de manera mecánica y fácil las encuestas de opinión, sino proceder a un análisis riguroso de su funcionamiento y sus funciones. Lo que implica que se cuestionen los tres postulados que implícitamente suponen.

 

Toda encuesta de opinión supone

que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras palabras, que la producción de una opinión está al alcance de todos.

 

Aun a riesgo de contrariar un sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado.

 

Segundo postulado:

se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso.

 

Pienso que se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido.

 

Tercer postulado implícito:

en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas,

entre otras palabras, que hay un acuerdo sobre las preguntas que vale la pena plantear.

 

Estos tres postulados implican, me parece, toda una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.

 

A menudo se le hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cuestiona la representatividad de las muestras. Pienso que, en el estado actual de los medios utilizados por las empresas que realizan encuestas, la objeción apenas tiene fundamento.

 

También se les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación: esto ya es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la pregunta.

 

Así, por ejemplo, transgrediendo el precepto elemental de la construcción de un cuestionario que exige que se les "dé sus oportunidades" a todas las respuestas posibles, frecuentemente se omite en las preguntas o en las respuestas propuestas una de las opciones posibles, o incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes.

 

Hay toda clase de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por las condiciones sociales de aparición de estos sesgos.

 

En muchos casos se deben a las condiciones en las que trabajan las personas que producen los cuestionarios. Pero, sobre todo, se deben al hecho de que

las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular.

 

Así, cuando emprendimos el análisis de una gran encuesta nacional sobre la opinión de los franceses respecto al sistema de enseñanza, extrajimos de los archivos de una serie de gabinetes de estudios las preguntas referentes a la enseñanza. Esto nos permitió constatar que desde mayo de 1968 se habían planteado más de doscientas preguntas sobre el sistema de enseñanza, frente a menos de veinte entre 1960 y 1968.

 

Eso significa que

las problemáticas que se le imponen a este tipo de organismos están profundamente ligadas a la coyuntura y dominadas por un tipo determinado de demanda social.

 

La cuestión de la enseñanza, por ejemplo,

sólo puede ser planteada por un instituto de opinión pública cuando se convierte en problema político.

 

Se ve enseguida la diferencia que separa a estas instituciones de los centros de investigación que generan sus problemáticas, si no en un universo puro, en todo caso con una distancia mucho mayor respecto a la demanda social en su forma directa en inmediata.

 

Un análisis estadístico sumario de las preguntas planteadas nos puso de manifiesto que la inmensa mayoría estaban directamente vinculadas a las preocupaciones políticas del "personal político".

 

Si nos entretuviéramos esta tarde jugando a los papelitos y si yo les dijera que escribieran las cinco cuestiones que les parecen más importantes en el tema de la enseñanza, seguramente obtendríamos una lista muy diferente de la que obtenemos al sacar las preguntas que fueron efectivamente planteadas por las encuestas de opinión.

 

La pregunta: "¿Hay que introducir la política en los institutos"? (o variantes de la misma) se hizo muy a menudo, mientras que la pregunta: "¿Hay que modificar los programas?" o "¿Hay que modificar el modo de transmisión de los contenidos?" apenas se planteó. Lo mismo con "¿Hay que reciclar a los docentes?" Preguntas que son muy importantes, al menos desde otra perspectiva.

 

Las problemáticas que proponen las encuestas de opinión

están subordinadas a intereses políticos,

y esto pesa enormemente tanto sobre la significación de las respuestas como sobre la significación que se le confiere a la publicación de los resultados.

 

La encuesta de opinión es, en el estado actual, un instrumento de acción política;

su función más importante consiste, quizá,

en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales;

en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media.

 

La "opinión pública" que aparece en las primeras páginas de los periódicos en forma de porcentajes (el 60% de los franceses están a favor de...),

esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es

disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que

no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje.

 

Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso

que lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que se disimula como tal.

 

En suma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: "Dios está de nuestra parte".

El equivalente de "Dios está de nuestra parte" es hoy en día "la opinión pública está de nuestra parte".

 

He aquí el efecto fundamental de la encuesta de opinión:

constituir la idea de que existe una opinión pública unánime y,

así, legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.

 

Tras haber dicho al principio lo que quería decir al final, voy a tratar de señalar muy rápidamente cuáles son las operaciones mediante las que se produce este efecto de consenso.

 

La primera operación, que tiene como punto de partida

el postulado de que todo el mundo debe tener una opinión consiste en ignorar los no-contestan (1).

 

Por ejemplo, le preguntas a la gente: "¿Está usted a favor del gobierno Pompidou?" Registras un 30% de no-contestan, un 20% de sí, un 50% de no. Puedes decir: la parte de personas en contra es superior a la parte de personas a favor y después queda este residuo del 30%.

 

También puedes volver a calcular los porcentajes a favor y en contra excluyendo los no-contestan. Esta simple elección es una operación teórica de una importancia fantástica sobre la que quisiera reflexionar con ustedes.

 

Eliminar los no-contestan es hacer lo que se hace en una consulta electoral donde hay papeletas en blanco o nulas; es imponerle a la encuesta de opinión la filosofía implícita de la consulta electoral.

 

Si se mira con mayor atención, se observa que la tasa de no-contestan es más elevada de forma general entre las mujeres que entre los hombres, que la distancia entre mujeres y hombres se eleva a medida que los problemas planteados son más específicamente políticos.

 

Otra observación: cuanto más trata una pregunta sobre problemas del saber, de conocimiento, mayor es la distancia entre las tasas de no-contestan de los más instruidos y las de los menos instruidos. A la inversa, cuando las preguntas tratan de problemas éticos las variaciones de los no-contestan por nivel de instrucción son pequeñas (ejemplo: "¿Hay que ser severo con los hijos?").

 

Otra observación: cuanto más se trata una pregunta sobre problemas conflictivos, sobre un nudo de contradicciones (por ejemplo, una pregunta sobre la situación en Checoslovaquia para personas que votan comunista), cuantas más tensiones le genera una pregunta a una categoría determinada, más frecuentes son los no-contestan en esta categoría.

 

Por consiguiente, el simple análisis estadístico de los no-contestan proporciona una información sobre lo que significa la pregunta, así como sobre la categoría considerada, hallándose ésta definida tanto por la probabilidad que tiene de tener una opinión, como por la probabilidad condicional de tener una opinión a favor o en contra.

 

El análisis científico de las encuestas de opinión muestra que

no existe prácticamente problema ómnibus

ni pregunta que no sea reinterpretada en función de los intereses a quienes se plantea,

por lo que el primer imperativo es preguntarse a qué pregunta creyeron responder las distintas categorías de encuestados.

 

Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste precisamente en

conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado.

 

Así, por ejemplo, las preguntas que giran en torno a problemas de moral, ya se trate de preguntas sobre la severidad de los padres, las relaciones entre profesores y alumnos, la pedagogía directiva o no directiva, etc., problemas cuya percepción como problemas éticos aumenta a medida que se desciende en la jerarquía social, al tiempo que pueden ser problemas políticos para las clases superiores: uno de los efectos de la encuesta consiste en transformar respuestas éticas en respuestas políticas por el simple efecto de imposición de problemática.

 

En realidad, hay varios principios a partir de los cuales se puede generar una respuesta.

 

Tenemos, en primer lugar, lo que se puede llamar la competencia política en referencia a una definición a la vez arbitraria y legítima, es decir, dominante y disimulada como tal, de la política.

 

Esta competencia política no se halla universalmente distribuida. Varía grosso modo como el nivel de instrucción. En otras palabras, la probabilidad de tener una opinión sobre todas las cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo.

 

Se observan diferencias fantásticas: donde un estudiante comprometido en un movimiento izquierdista percibe quince divisiones a la izquierda del PSU, para un mando intermedio no hay nada.

 

En la escala política (extrema-izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha, etc.) que las encuestas de "ciencia política" emplean como algo sin vuelta de hoja, algunas categorías sociales utilizan intensamente un pequeño rincón de la extrema izquierda; otras utilizan únicamente el centro; otras utilizan toda la escala.

 

Al final, una elección es la agregación de espacios completamente distintos; se suma a personas que miden en centímetros con personas que miden en kilómetros o, más bien, a personas que puntúan de 0 a 20 con personas que puntúan entre 9 y 11.

 

La competencia se aprecia, entre otras cosas, por el grado de finura de percepción (ocurre lo mismo en estética, algunos pueden distinguir los cinco o seis estilos sucesivos de un solo pintor).

 

Podemos llevar la comparación un poco más lejos. En materia de percepción estética, tenemos en primer lugar una condición de posibilidad: es preciso que las personas piensen la obra de arte como una obra de arte; a continuación, habiéndola percibido como una obra de arte, es preciso que posean las categorías de percepción para construirla, estructurarla, etc.

 

Supongamos una pregunta formulada así: "¿Está usted a favor de una educación directiva o por una educación no directiva?"

 

Para algunos, esta pregunta puede constituirse como política, al integrarse la representación de las relaciones padres-hijos en una visión sistemática de la sociedad; para otros, es una pura cuestión de moral.

 

Así, el cuestionario que hemos elaborado y en el que le preguntamos a la gente si, para ellos, es o no política hacer huelga, llevar el pelo largo, participar en un festival pop, etc., pone de manifiesto variaciones muy amplias por clases sociales.

 

La primera condición para responder de forma adecuada a una cuestión política es, por tanto, ser capaz de construirla como política; la segunda, tras haberla construido como política, es ser capaz de aplicarle categorías específicamente políticas, que pueden ser más o menos adecuadas, más o menos refinadas, etc.

 

Estas son las condiciones específicas de producción de opiniones, las que la encuesta de opinión supone que se cumplen de forma universal y uniforme con el primer postulado según el cual todo mundo puede producir una opinión.

 

Segundo principio a partir del cual las personas pueden producir una opinión: lo que llamo el "ethos de clase" (por no decir "ética de clase"), es decir, un sistema de valores implícitos que las personas han interiorizado desde la infancia y a partir del cual generan respuestas a problemas extremadamente distintos.

 

Las opiniones que las personas pueden intercambiar a la salida de un partido de fútbol entre Roubaix y Valenciennes le deben una buena parte de su coherencia, de su lógica, al ethos de clase.

 

Una multitud de respuestas a las que se considera respuestas políticas se producen en realidad a partir del ethos de clase y pueden asumir, a la vez, una significación completamente distinta cuando se las interpreta en el terreno político.

 

Aquí he de referirme a una tradición sociológica, muy extendida sobre todo entre determinados sociólogos de la política en Estados Unidos, que hablan habitualmente de un conservadurismo y autoritarismo de las clases populares.

 

Estas tesis se basan en la comparación internacional de encuestas o de elecciones, que tienden mostrar que cada vez que se interroga a las clases populares, sea en el país que sea, sobre problemas referentes a las relaciones de autoridad, la libertad individual, la libertad de prensa, etc., dan respuestas más "autoritarias" que las otras clases; y se concluye de manera global que existe un conflicto entre los valores democráticos (en el autor en que pienso, Lipset, se trata de los valores democráticos americanos) y los valores que han interiorizado las clases populares, valores de tipo autoritario y represivo.

 

De ahí sacan una especie de visión escatológica: elevemos el nivel de vida, elevemos el nivel de instrucción y, como la propensión a la represión, al autoritarismo, etc., va unida a bajos ingresos, a bajo nivel de instrucción, etc., produciremos así buenos ciudadanos de la democracia americana.

 

En mi opinión, lo que está en cuestión es la significación de las respuestas a determinadas preguntas.

 

Supongamos un conjunto de preguntas de este tipo: ¿Está usted a favor de la igualdad entre los sexos? ¿Está usted a favor de la libertad sexual de los cónyuges? ¿Está usted a favor de una educación no represiva? ¿Está usted a favor de la nueva sociedad?, etc.

 

Supongamos otro conjunto de preguntas del tipo: ¿Deben hacer huelga los profesores cuando ven amenazada su situación? ¿Deben ser solidarios los docentes con el resto de los funcionarios en los períodos de conflicto social?, etc.

 

Estos dos conjuntos de preguntas arrojan respuestas de estructura estrictamente inversa en relación con la clase social:

--- el primer conjunto de preguntas, que se refiere a un determinado tipo de innovación en las relaciones sociales, en la forma simbólica de las relaciones sociales, suscita tantas más respuestas a favor cuanto más nos elevamos en la jerarquía social y en la jerarquía según el nivel de instrucción;

--- a la inversa, las preguntas que tratan sobre las transformaciones reales de las relaciones de fuerza entre las clases suscitan cada vez más respuestas en contra a medida que nos elevamos en la jerarquía social.

 

En suma, la proposición "las clases populares son represivas" no es ni verdadera ni falsa. Es verdadera en la medida en que, ante todo un conjunto de problemas como los que atañen a la moral doméstica, a las relaciones entre generaciones o entre sexos, las clases populares tienen tendencia a mostrarse mucho más rigoristas que las otras clases sociales.

 

Por el contrario, en las cuestiones de estructura política, que ponen en juego la conservación o la transformación del orden social, y no sólo la conservación o transformación de los modos de relación entre los individuos, las clases populares son mucho más partidarias de la innovación, es decir, de una transformación de las estructuras sociales.

 

Podemos ver cómo algunos de los problemas planteados --y a menudo mal planteados-- en mayo de 1968, en el conflicto entre el partido comunista y los izquierdistas, están relacionados de forma muy directa con el problema central que he tratado de plantear esta tarde, el de la naturaleza de las respuestas, es decir, del principio a partir del cual se producen.

 

La oposición que he establecido entre estos dos grupos de preguntas nos remite, en efecto, a la oposición entre dos principios de producción de opiniones: un principio específicamente político y un principio ético, siendo el problema del conservadurismo de las clases populares producto de la ignorancia de esta distinción.

 

El efecto de imposición de problemática, efecto ejercido por toda encuesta de opinión y por toda interrogación política (comenzando por la electoral), deriva del hecho de que las preguntas planteadas en una encuesta de opinión no son preguntas que se les planteen realmente a todas las personas interrogadas, así como del hecho de que las respuestas no son interpretadas en función de la problemática por referencia a la cual han respondido las diferentes categorías de encuestados.

 

Así, la problemática dominante --de la que proporciona una imagen la lista de preguntas planteadas en los dos últimos años por los institutos de opinión--, es decir, la problemática que les interesa esencialmente a las personas que detentan el poder y que quieren estar informadas sobre los medios de organizar su acción política, la dominan de manera muy desigual las diferentes clases sociales.

 

Y, cuestión importante, éstas se hallan más o menos capacitadas para producir una contra-problemática. Con motivo del debate televisado entre Servan-Schreiber y Giscard d'Estaing, un instituto de sondeos de opinión hizo preguntas del tipo: "¿Depende el éxito escolar de los dones, de la inteligencia, del mérito?"

 

Las respuestas recogidas ofrecen de hecho una información (ignorada por los que la producían) sobre el grado de conciencia que las diferentes clases sociales tienen de las leyes de la transmisión hereditaria del capital cultural: la adhesión al mito del don y del ascenso social por la escuela, de la justicia escolar, de la equidad de la distribución de los puestos en función de las titulaciones, etc., es muy diferente en las clases populares.

 

La contra-problemática puede existir para algunos intelectuales, pero no tiene fuerza social a pesar de haber sido recogida por algunos partidos y grupos.

 

La verdad científica está sometida a las mismas leyes de difusión que la ideología. Una proposición científica es como una bula papal sobre el control de la natalidad, sólo predica a convertidos.

 

Se suele asociar la idea de objetividad en una encuesta de opinión al hecho de hacer la pregunta en los términos más neutros posibles con el fin de darles todas sus oportunidades a todas las respuestas.

 

En realidad, la encuesta de opinión se hallaría sin duda más próxima a lo que ocurre en la realidad si, transgrediendo completamente las reglas de la "objetividad", se les ofreciera a las personas los medios para situarse como se sitúan realmente en la práctica real, es decir, en referencia a opiniones ya formuladas; si en lugar de decir, por ejemplo, "algunas personas están a favor del control de la natalidad, otras están en contra, ¿y usted?...", se enunciaran una serie de posicionamientos explícitos de los grupos autorizados para constituir y difundir las opiniones, de manera que la gente pudiera situarse en referencia a respuestas ya constituidas.

 

Se suele hablar de "tomas de posición"; hay posiciones que ya están previstas y que se toman. Pero no se las toma al azar.

Se toman las posiciones que se está predispuesto a tomar en función de la posición que se ocupa en un campo determinado.

 

Un análisis riguroso tiene como objetivo explicar las relaciones entre la estructura de las posiciones a tomar y la estructura del campo de las posiciones objetivamente ocupadas.

 

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión y, más exactamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la que aprenden las opiniones es completamente artificial.

 

En las situaciones en que se constituye la opinión, en particular las situaciones de crisis, las personas se hallan ante opiniones constituidas, ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos.

 

Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos.

 

De hecho, lo que me parece importante es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada.

 

En las situaciones reales,

las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre los grupos.

 

Otra ley se desprende de estos análisis:

se tienen más opiniones sobre un problema cuanto más interesado se está por este problema.

Por ejemplo, en relación con el sistema de enseñanza la tasa de respuestas está íntimamente unida al grado de proximidad respecto al sistema de enseñanza, y

la probabilidad de tener una opinión varía en función de la probabilidad de tener poder sobre aquello de lo que se opina.

 

La opinión que se afirma como tal, espontáneamente,

es la opinión de personas cuya opinión tiene peso, como se suele decir.

 

Si un ministro de educación actuase en función de una encuesta de opinión (o, al menos, a partir de una lectura superficial de la encuesta), no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de las llamadas de teléfono que recibe, de la visita de tal responsable sindical, de tal decano, etc.

 

En realidad, actúa en función de estas fuerzas de opinión realmente constituidas que sólo se manifiestan a su percepción en la medida en que tienen fuerza y en que tienen fuerza porque están movilizadas.

 

Tratándose de prever lo que va a ser de la universidad en los próximos diez años, pienso que la opinión movilizada constituye la mejor base.

 

De todas formas, el hecho, del que dejan constancia los no-contestan, de que las disposiciones de determinadas categorías no accedan al estatuto de opinión --es decir de discurso constituido que pretende una coherencia, que pretende ser escuchado, imponerse, etc.--, no debe llevarnos a concluir que en situaciones de crisis las personas que no tenían ninguna opinión elegirían al azar: si el problema se halla constituido políticamente para ellos (problemas de salario, de cadencias de trabajo para los obreros), elegirán en términos de competencia política; si se trata de un problema que para ellos no está constituido políticamente (relaciones represivas en el interior de la empresa) o si está en vías de constitución, se guiarán por el sistema de disposiciones profundamente inconsciente que orienta sus elecciones en los ámbitos más diferentes, desde la estética o el deporte hasta las preferencias económicas.

 

La encuesta de opinión tradicional ignora al mismo tiempo

los grupos de presión y las disposiciones virtuales que pueden no expresarse en forma de discurso explícito.

 

Por ello es incapaz de generar la menor previsión razonable sobre lo que pasaría en situación de crisis.

 

Supongamos un problema como el del sistema de enseñanza. Se puede preguntar: "¿qué piensa usted de la política de Edgar Faure?" Es una pregunta muy parecida a una consulta electoral, en el sentido de que es la noche en que todos los gatos son pardos: todo el mundo está en general de acuerdo sin saber sobre qué; sabemos lo que significó el voto por unanimidad de la ley Faure en la Asamblea Nacional.

 

A continuación, se pregunta: "¿está usted a favor de la introducción de la política en los institutos?" Aquí se observa un corte muy claro. Ocurre lo mismo cuando se pregunta: "¿pueden hacer huelga los profesores?" En este caso, los miembros de las clases populares, por una transferencia de su competencia política específica, saben qué responder.

 

Se puede preguntar, además: "¿hay que transformar los programas? ¿Está usted a favor de la evaluación continua? ¿Está usted a favor de la introducción de los padres de los alumnos en los consejos de profesores? ¿Está usted a favor de la supresión del examen de agregación?, etc.".

 

Bajo la pregunta "¿está usted a favor de Edgar Faure?" subyacían todas estas preguntas y las personas han tomado posición de golpe sobre un conjunto de problemas que un buen cuestionario sólo podría plantear mediante al menos sesenta preguntas en las que se observarían variaciones en todos los sentidos.

 

En un caso, las opiniones estarían asociadas positivamente a la posición en la jerarquía social; en otro, negativamente; en algunos casos, la asociación sería muy fuerte; en otros, muy débil, o incluso no se daría en absoluto.

 

Basta con pensar que una consulta electoral representa el límite de una pregunta como "¿está usted a favor de Edgar Faure?" para comprender que los especialistas de sociología política puedan afirmar que la relación que se observa habitualmente, en casi todos los ámbitos de la práctica social, entre la clase social y las prácticas o las opiniones, es muy pequeña cuando se trata de fenómenos electorales, hasta el punto de que algunos no dudan en concluir que no hay ninguna relación entre la clase social y el hecho de votar derechas o izquierdas.

 

Si tienen en cuenta que una consulta electoral plantea en una única pregunta sincrética lo que sólo se podría aprehender razonablemente en doscientas preguntas, que unos miden en centímetros, otros en kilómetros, que la estrategia de los candidatos consiste en plantear mal las cuestiones y en jugar al máximo con el disimulo de las divergencias para ganarse los votos indecisos, y tantos otros efectos, llegarán a la conclusión de que quizás haya que plantear al revés la cuestión tradicional de la relación entre el voto y la clase social y preguntarse cómo es posible que a pesar de todo se constate una relación, aunque sea pequeña; e interrogarse sobre la función del sistema electoral, instrumento que, por su propia lógica, tiende atenuar los conflictos y las divergencias.

 

Lo que es verdad es que estudiando el funcionamiento de la encuesta de opinión uno puede hacerse una idea de la manera en que funciona este tipo particular de encuesta de opinión que es la consulta electoral, así como del efecto que produce.

 

En suma, he querido decir que la opinión pública

no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia.

 

He dicho que existen, por una parte,

opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y,

por otra, disposiciones que, por definición, no son opinión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede formularse discursivamente con una cierta pretensión a la coherencia.

 

Esta definición de opinión no es mi opinión sobre la opinión. Es simplemente la explicitación de la definición que ponen en juego las encuestas de opinión cuando le piden a la gente que tome posición respecto a opiniones formuladas y cuando producen, por simple agregación estadística de las opiniones así producidas, este artefacto que es la opinión pública.

 

Simplemente digo que la opinión pública en la acepción implícitamente admitida por los que hacen encuestas de opinión o por los que utilizan sus resultados, simplemente digo que esta opinión no existe. *

 

Conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972 y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de 1973, pp. 1292-1309. Ver, también: P. Bourdieu, Questions de sociologie, París, Minuit, 1984, pp. 222-250. Hay versión en castellano de Enrique Martín Criado en: Cuestiones de Sociología, Istmo, España, 2000, pp. 220-232, Col. Fundamentos, no. 166. NOTAS (1) Les non-réponses: bajo esta denominación están comprendidos, en francés, los "no sabe" y los "no contesta" de las encuestas. Para no sobrecargar el texto con siglas hemos preferido traducirla por "no-contestan", dando por entendido que se corresponde con estos dos apartados (NS/NC) (Nota de Enrique Martín Criado.).