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martes, 5 de mayo de 2026

ORTEGA Y GASSET - ARGENTINOS A LAS COSAS

 

 

José Ortega y Gasset, Spain. Flow with DC-4, Sverker Viking SE-BBF. 1950s.

 

 Personajes

 

ORTEGA Y GASSET, LOS ARGENTINOS Y LAS COSAS

 

En 1939, el filósofo español, exiliado en Argentina desde hacía dos décadas, pronunció un discurso en La Plata destacando el empuje y el vigor de nuestros ciudadanos.

Qué quería decir con:

“Yo soy yo y mis circunstancias”?

“Lo que fue un consejo terminó siendo una premonición”, recuerda el autor.

Por Omar López Mato - 9 mayo, 2025

 

Pocas frases impactaron tanto a los argentinos como la expresión del filósofo español, que muchos conocen solo por su encabezado. Pero vale la pena conocerla en su totalidad.

 

En 1939, durante su exilio en nuestro país –que ya conocía desde hacía 20 años–, José Ortega y Gasset pronunció una conferencia en La Plata titulada 

Meditación del pueblo joven.

Allí dijo: 

 

“ARGENTINOS, A LAS COSAS.

“Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos.

No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más,

en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas

sus potencias espirituales –que son egregias–,

su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental, secuestradas por los complejos de lo personal”.

 

Curiosamente, esta expresión no despertó polémica como lo habían hecho, diez años antes, sus artículos La pampa… promesas y El hombre a la defensiva, donde comenzaba a esbozar esa misma descripción que culminaría con la célebre frase “Argentinos, a las cosas”, publicada recién en 1958. Hasta entonces, solo quienes habían asistido aquel día a la conferencia en La Plata recordaban la expresión.

 

Vale destacar que Ortega y Gasset, nacido el 9 de mayo de 1883, había abandonado España después de haber servido como diputado durante la Segunda República.

En dicho cargo, criticó duramente la nueva Constitución y reprobó el rumbo que había tomado la democracia española.

 

Su célebre discurso de 1931, Rectificación de la República, pasó a la historia por su firme denuncia al sectarismo de las Cortes Constituyentes, a la que acusaba de facilitar el avance de los radicales socialistas.

 

Este desencanto político respondía a una convicción filosófica más profunda:

Ortega creía que

cada individuo debía manifestar su propia autenticidad, independientemente de las presiones del entorno.

Esa imprescindible autenticidad estaba magistralmente sintetizada en su apotegma: 

“Yo soy yo y mis circunstancias”. 

 

Una frase repetida muchísimas veces, aunque rara vez se la reproduce en su totalidad:

“Si no la salvo a ella –la circunstancia–, no me salvo yo”.

 

Formado en Alemania, Ortega había adherido inicialmente a la fenomenología,

un amplio movimiento filosófico que proponía

alcanzar el conocimiento a través de la experiencia directa, sin modelos conceptuales previos.

Pero, ni bien volvió a España,

abandonó ese objetivismo por un perspectivismo: la doctrina del punto de vista.

 

Sin caer en el subjetivismo, sostenía que 

“el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia”. 

 

Para Ortega,

las personas no nacen hechas, sino que construyen su existencia a través de lo que hacen con sus circunstancias.

 

Cuando se vio obligado a emigrar, fue justamente por esas “circunstancias” que atravesaba España al inicio de una guerra que prometía no dar cuartel.

 

Su vivencia más traumática ocurrió en julio del 1936, al inicio de las hostilidades. En ese contexto, un grupo de escritores antifascistas se presentó en su casa con un manifiesto que condenaba fervientemente el golpe de Estado y respaldaba al gobierno republicano.

 

Ortega estaba enfermo y no pudo recibir a la comitiva; fue su hija quien debió negociar con los escritores en un diálogo que, por momentos, se puso muy tenso.

 

Aunque rechazaba la rebelión, el filósofo tampoco estaba de acuerdo con el giro extremista que había adoptado la República. Por eso pidió atenuar el tono de la proclama, que finalmente fue modificada y firmada por Ortega.

 

Este episodio le hizo comprender que se venían tiempos de radicalismo violento de los que debía tomar distancia. Arregló sus asuntos y viajó primero a Francia, para luego establecerse en Buenos Aires, donde habitó un departamento en Quintana 520, cerca del Cementerio de la Recoleta.

 

Para entonces, ya había escrito su magistral La rebelión de las masas (1930), donde advertía sobre la aparición de ese particular personaje que definía como “aquel que no debe ni puede dirigir su propia existencia y menos aún regentear la sociedad”. Es el hombre sin nobleza, que solo cree “que tiene derechos y no cree tener obligaciones”. El hombre-masa vive sin “encontrar limitaciones”.

 

En esos años, Ortega desarrollaba su filosofía del “raciovitalismo”, donde

“la cultura es lo que el hombre añade a su natura”.

 

Es bajo estos tres conceptos orteguianos –las circunstancias, la historia y la formación de la cultura– que debemos analizar este “Argentinos a las cosas” como una advertencia contra la diletancia, la suspicacia, la discusión radicalizada que tantos males le habían ocasionado a España y temía se repitiesen en nuestro país. Fue un consejo generoso a sus huéspedes, en un país que por entonces vivía un momento de prosperidad que no supo capitalizar.

 

El consejo pasó inadvertido, pero terminó convirtiéndose en una espina clavada en el narcisismo nacional, en un país que creía en un Dios vistiendo la celeste, en una nación predestinada a la grandeza.

 

Sin embargo, la expresión “Yo, argentino” era sinónimo de

una neutralidad inoperante y convertía al país en un remiendo de alambres que evolucionaba obstinadamente hacia su declinación, a pesar de su generosa naturaleza y las oportunidades que desaprovechaba, incluida esta advertencia de uno de los pensadores más distinguidos del siglo XX.

 

Lo que comenzó siendo un consejo, terminó convertido en una premonición.

 

ORTEGA Y GASSET Y LA REFORMA DEL PENSAMIENTO - LA RAZÓN VITAL - Por Fernando Adrián Bermúdez [autor]

 

José Ortega y Gasset

JOSÉ ORTEGA Y GASSET - 2 de mayo de 2026

 

ORTEGA Y GASSET Y LA REFORMA DEL PENSAMIENTO

 

El genial filósofo español, José Ortega y Gasset. insiste en varias de sus obras en que el primer principio de la filosofía, la primera verdad indubitable de la que tiene que partir, la verdad radical no es

ni la existencia de las cosas fuera de mí, ni la existencia del propio pensamiento, sino ‘mi vida’.

 

Este es el primer problema filosófico: mi vida, realidad radical y constitutivamente circunstancial. De allí que su frase más conocida sea:

“Yo soy yo y mi constancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

 

Los Andes | Fernando Adrián Bermúdez

Por Fernando Adrián Bermúdez [autor]

 

El pasado 18 de octubre se cumplieron setenta años del fallecimiento de uno de los intelectuales más importantes e influyentes de España y del mundo hispano en el siglo XX: Don José Ortega y Gasset, oriundo de Madrid y uno de sus más queridos hijos. 

 

Respecto a su trascendencia se podría citar la infinidad de discípulos que formó, cuyos nombres figuran intelectuales como Julián Marías, María Zambrano, Xavier Zubiri, José Luis Aranguren y Manuel García Morrente, entre otros, que son conocidos como la “Escuela de Madrid” o la “Generación del 25”.

 

Con esto bastaría para quedar en la historia, pero no podemos dejar de lado su producción oral y escrita que transita la filosofía, la política, el arte, las biografías, la universidad, la educación, la sociedad, la mujer y el amor; no dejo temas casi por tratar. 

 

Además de conferencista y profesor universitario, fue publicista y coordinador de empresas intelectuales como, por ejemplo, la Revista de Occidente, tan cara y gravitante para todos los argentinos de la primera parte del siglo pasado.

 

Para poner en valor su figura, se puede ver en los testimonios de dos de sus discípulos. Xavier Zubiri dice:

Fuimos más que discípulos, hechura suya, en el sentido de que él nos hizo pensar, o por lo menos nos hizo pensar en cosas y en formas en que hasta entonces no habíamos pensado”.

 

Y el otro testimonio es de Don Manuel García Morrente: 

“La obra de Ortega y Gasset significa nada menos que la incorporación del pensamiento español a la universalidad de la cultura.

Esa incorporación no podía hacerse más que por medio de la filosofía…, esto es lo que don José ha hecho entre nosotros”.

 

En la presente nota, además de rendirle homenaje al escritor madrileño, quisiéramos detenernos en el pensador y su visión de la vida intelectual;

de esta vida superior del espíritu humano llamada Pensamiento, y la reforma que propone

 

De esta manera, sopesar su alcance y vigencia en circunstancias actuales que nos interpelan en varios sentidos.

 

Previo al tópico propuesto, es muy importante observar el recorrido que hace el pensador español para proponer su reforma intelectual y moral de España por medio de la cultura, la ciencia y la universidad.

 

Como sabemos, el autor insiste en varias de sus obras en que el primer principio de la filosofía, la primera verdad indubitable de la que tiene que partir,

la verdad radical no es ni la existencia de las cosas fuera de mí, ni la existencia del propio pensamiento, sino ‘mi vida’

 

Este es el primer problema filosófico: 

mi vida, realidad radical y constitutivamente circunstancial. 

 

De ahí que en su primer libro Meditaciones del Quijote aparezca la frase más conocida de él: 

“Yo soy yo y mi constancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. 

 

Este primer principio lo llevó al problema de España y su proyecto de la regeneración intelectual y moral, introduciendo la ciencia y la cultura europea de la época.

 

En esta línea, publica el 26 de abril de 1925 un artículo en el diario La Nación, titulado “Reforma de la Inteligencia”, donde, entre otros aspectos, plantea cómo llevar a cabo la reforma del pensamiento.

 

Complementario a este, publica otro en la Revista Logos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1941, titulado “Apuntes sobre el pensamiento, su teúrgia y su demiurgia”, donde habla de la crisis intelectual y de la inteligencia.

 

FORMAS DE INTELECTUALIDAD

 

Si reflexionamos sobre la inteligencia, dirá Ortega, veremos dos formas o dos actividades diferentes: 

“Por un lado, el entendimiento sirve para la vida, inventa medios prácticos, es útil.

Por otro, construye los edificios más oscuros y superfluos.

Así, del enorme bloque de conocimientos que integran la ciencia actual, solo una mínima parte da un rendimiento útil.

La ciencia aplicada, la técnica, representa tan solo un apéndice del enorme volumen que ocupa la ciencia pura, la ciencia que se crea sin propósitos ni resultados utilitarios.

Nos encontramos, pues, con que es la inteligencia una función predominantemente inútil, un maravilloso lujo del organismo, una inexplicable superficialidad”.

 

Respecto de la jerarquía de ambas formas de intelectualidad, Ortega defiende la teoría respecto del saber útil: 

“Lejos de mí todo desdén a la técnica, al pensamiento práctico, pero es evidente que le corresponde supeditarse a la pura teoría.

Sin ésta, aquella no podría dar un paso”. 

 

Por eso, no hay nada que perturbe tanto, concluye Ortega, la obra de la inteligencia

como introducir en ella propósitos de utilidad,

que la paraliza y la deja ciega.

 

IDEALISMO, ESCEPTICISMO Y RACIONALISMO

 

Reflexionando sobre el Renacimiento y la Edad Moderna, Ortega observa que la inteligencia se siente tan segura de sí misma que olvida

la conciencia de sus límites,

invalidando las otras potencias como la voluntad, el sentimiento y el cuerpo. 

 

Afirma: 

“Se siente complacencia en las ideas hasta el punto de olvidar que la misión de la idea es reflejar la realidad.

La razón comete entonces su gran pecado, su grave transgresión;

quiere mandar sobre el mundo y hacerlo su imagen y semejanza.

En vez de contentarse con ser contemplación de lo real, decide ser inspiración”.

 

Por eso critica a Kant, porque

el entendimiento ya no tiene que regirse por el objeto, sino el objeto por el entendimiento,

dando la espalda, junto a otros intelectuales, a pensar en las cosas, sino en el deber ser, vacío e insustancial.

 

Junto al idealismo, será muy crítico del relativismo y del racionalismo.

 

Respecto del primero, dirá que,

además de ser una contradicción, niega la fe en la verdad, que es un hecho radical de la vida humana;

además, a la postre, el relativismo se convierte

en escepticismo, y este último, en una teoría suicida.

 

En definitiva, el relativismo,

tratando de salvar la vida, renuncia a la verdad.

Por su parte, el racionalismo será un proceso justamente inverso, porque,

tratando de recuperar la verdad, renuncia a la vida.

Quedando ambas tendencias en una especie de patología intelectual, renunciando a la razón y a la vida.

 

Por esto, Ortega recupera ambos y propone como reforma: 

la razón vital, que supera a la razón pura.

 

DE LA RAZÓN PURA A LA RAZÓN VITAL

 

Su propuesta de reforma del pensamiento, además de superar

el idealismo, el escepticismo y el racionalismo, será pasar de la razón pura, instrumental y utilitaria, a la razón vital que,

junto al concepto de vida como realidad radical,

encontramos en Ortega como dos de los tópicos más importantes y uno de sus mayores aportes a la filosofía. 

 

En su crítica al racionalismo, el autor español no cae en una posición irracional; todo lo contrario, su propuesta es desde la razón.

 

En Las meditaciones del Quijote anticipaba que

el concepto no puede ser una cosa destinada a desalojar la intuición ni la impresión real;

por esto, la razón no puede sustituir la vida.

 

En su libro El tema de nuestro tiempo, afirma: 

“La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital,

donde aquella se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación”. 

Como se puede leer, al sustantivo razón le adjuntó el adjetivo vital.

 

Por todo esto, el pensar para Ortega será

poner ante nuestra individualidad las cosas según ellas,

siendo su misión reflejar ese mundo, acomodarse a ellas de uno u otro modo.

Por eso: 

“…pensar es pensar la verdad, como digerir es asimilar los manjares”.

* El autor es docente universitario UM - UNCuyo.