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sábado, 3 de octubre de 2026

EL QUINTO PODER – por: IGNACIO RAMONET - CAPITALISMO DE ESPECULACIÓN - CONGLOMERADOS MEDIÁTICOS - GLOBALIZACIÓN NEO-LIBERAL

 




EL QUINTO PODER – por:  IGNACIO RAMONET

Publicado el 28 marzo, 2024 por Colarebo Internacional

 

La prensa y los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de los poderes.

 

En efecto, los tres poderes tradicionales legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer errores. Mucho más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.

 

Pero también en los países democráticos pueden cometerse abusos graves, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia – en teoría – sea independiente del ejecutivo.

 

Puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un inocente (¡cómo olvidar el caso Dreyfus en Francia!); que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población (como han sucedido en los Estados los Unidos durante más de un siglo, respecto de los afro-estadounidenses y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud de la Patriot Act); que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes indocumentados).

 

Cuarto poder –

 

En un contexto democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación, a menudo, han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones a los derechos.

 

A veces, lo han pagado muy caro: atentados, desapariciones, asesinatos, como aún ocurre en Colombia, Guatemala, Turquía, Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Por esta razón, durante mucho tiempo se ha hablado del cuarto poder.

 

Ese cuarto poder era, en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas, aquel del que disponían los ciudadanos para

criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes.

Era, como se ha dicho a menudo, la voz de los sin-voz.

 

Desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la globalización liberal, este cuarto poder fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder.

 

Esta evidencia se impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero.

En suma, un capitalismo de la especulación.

 

En esta etapa de la globalización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre

el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.

 

El verdadero poder, en la era de la globalización liberal, es detentado por

un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales,

 

cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados.

 

Ellos son los nuevos amos del mundo que se reúnen cada año en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran Trinidad globalizadora:

Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio.

 

Es en este marco geoeconómico donde se ha producido una metamorfosis decisiva en el campo de los medios de comunicación masiva, en el corazón mismo de su textura industrial.

 

Conglomerados mediáticos

 

Los medios de comunicación masiva (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, Internet)

tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial.

 

Empresas gigantes como News Corps, Viacom, AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc., tienen ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos.

 

La revolución digital ha derribado las fronteras que antes separaban las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura, imagen. Permitió el surgimiento y el auge de Internet, que representa una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse, de distraerse.

 

Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar grupos para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la comunicación y la información.

 

Estas tres esferas antes eran autónomas:

--- por un lado, la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles;

--- por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión;

--- y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos.

 

Estas tres esferas, antes tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir una sola y única esfera ciclópea, en cuyo seno resulta cada vez más difícil distinguir las actividades concernientes a la cultura de masas, la comunicación o la información.

 

Por añadidura, estas empresas mediáticas gigantes, estos productores en cadena de símbolos multiplican la difusión de mensajes de todo tipo, donde se entremezclan televisión, dibujos animados, cine, videojuegos, CD musicales, DVD, edición, parques temáticos estilo Disneylandia, espectáculos deportivos, etc.

 

Dos características

 

En otras palabras, los grupos mediáticos poseen de ahora en adelante dos nuevas características:

 

--- Primera característica, se ocupan de todo lo concerniente a la escritura, de todo lo concerniente a la imagen, de todo lo concerniente al sonido, y difunden esto mediante los canales más diversos (prensa escrita, radio, televisión hertziana, por cable o satelital, vía Internet y a través de todo tipo de redes digitales).

 

--- Segunda característica, estos grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales, regionales o locales.

 

En 1940, en una célebre película, Orson Welles arremetía contra el superpoder del Ciudadano Kane» (en realidad, el magnate de la prensa de comienzos del siglo XX, William Randolph Hearst). Sin embargo, comparado con el de los grandes grupos mundiales de hoy, el poder de Kane era insignificante. Propietario de algunos periódicos en un solo país,

 

Kane disponía de un poder ínfimo (sin por ello carecer de eficacia a nivel local o nacional en comparación con los archipoderes de los megagrupos mediáticos de nuestro tiempo).

 

Estas megaempresas contemporáneas, mediante mecanismos de concentración,

se apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos países, en todos los continentes, y

se convierten de esta manera, por su peso económico y su importancia ideológica, en los principales actores de la globalización liberal.

 

Al haberse convertido la comunicación (extendida a la informática, la electrónica y la telefonía) en la industria estratégica de nuestro tiempo, estos grandes grupos pretenden

ampliar su dimensión a través de incesantes adquisiciones y

presionan a los gobiernos para que anulen las leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución de monopolios o duopolios.

 

La mundialización es también

la mundialización de los medios de comunicación masiva, de la comunicación y de la información.

 

Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico,

ser un cuarto poder ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político.

Tampoco desean ya erigirse en cuarto poder y, menos aún, actuar como un contrapoder.

 

Si, llegado el caso, constituyeran un cuarto poder, éste se sumaría a los demás poderes existentes -político y económico- para

aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos.

 

La cuestión cívica que se nos plantea pues, de ahora en adelante, es la siguiente: ¿cómo reaccionar? ¿cómo defenderse? ¿cómo resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado a los ciudadanos y se ha pasado con todos sus bártulos al enemigo?

 

Quinto poder

 

Es necesario, simplemente,

crear un quinto poder que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante.

 

Un quinto poder cuya función sería

denunciar el superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal.

 

Esos medios de comunicación que, en determinadas circunstancias, no solo dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto, tal como lo comprobamos en Venezuela.

 

El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional, en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, y su nuevo estatuto de poder antipopular y anti-ciudadano.

 

Estos grandes grupos no solo se asumen como poder mediático, constituyen sobre todo el brazo ideológico de la globalización, y su función es contener las reivindicaciones populares que tratan de adueñarse del poder político (como logró hacerlo, democráticamente, en Italia, Silvio Berlusconi, dueño del principal grupo de comunicación transalpino).

 

Medios de comunicación masiva y globalización liberal están íntimamente ligados. Por eso, es urgente desarrollar una reflexión sobre la manera en que los ciudadanos pueden exigir a los grandes medios de comunicación

mayor ética, verdad, respeto a una deontología que permita a los periodistas actuar en función de su conciencia

y no en función de los intereses de los grupos, las empresas y los patrones que los emplean.

 

En la nueva guerra ideológica que impone la globalización, los medios de comunicación son utilizados como un arma de combate.

 

La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra

literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones…….

nos envenena la mente, nos contamina el cerebro, nos manipula, nos intoxica, intenta instilar en nuestro inconsciente ideas que no son las nuestras.

Por eso, es necesario elaborar lo que podría denominarse una ecología de la información.

 

Con el fin de limpiar, separar la información de la marea negra de las mentiras, cuya magnitud ha podido medirse, una vez más, durante la invasión a Irak. Es necesario descontaminar la información.

 

Así como han podido obtenerse alimentos orgánicos, a priori menos contaminados que los demás, debería obtenerse una suerte de información orgánica.

 

Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que

los medios de comunicación pertenecientes a los grandes grupos globales respeten la verdad,

porque solo la búsqueda de la verdad constituye en definitiva la legitimidad de la información.

 

Observatorio Internacional de Medios

 

Por eso, hemos propuesto la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (en inglés: Media Watch Global). Para disponer finalmente de un arma cívica, pacífica, que los ciudadanos podrán utilizar con el fin de oponerse al nuevo superpoder de los grandes medios de comunicación masiva.

 

Este observatorio es una expresión del movimiento social planetario reunido en el marco del Foro Social Mundial en Porto Alegre (Brasil).

En plena ofensiva de la globalización liberal, expresa la preocupación de todos los ciudadanos ante la nueva arrogancia de las industrias gigantes de la comunicación.

 

En una era de globalización económica y de reestructuración mundial de los medios de comunicación a una escala sin precedentes, con la propiedad de los medios concentrándose en las manos de muy pocos, el acompañamiento crítico de los medios se convierte en un elemento central de la democracia.

 

Los grandes medios de comunicación privilegian sus intereses particulares en detrimento

del interés general y confunden

su propia libertad con la libertad de empresa, considerada la primera de las libertades.

 

Pero la libertad de empresa no puede, en ningún caso,

prevalecer sobre el derecho de los ciudadanos a una información rigurosa y verificada,

ni servir de pretexto a la difusión consciente de informaciones falsas o de difamaciones.

 

La libertad de los medios de comunicación es solo

la extensión de la libertad colectiva de expresión, fundamento de la democracia.

Como tal, no puede ser confiscada por un grupo de poderosos.

Implica, por añadidura, una responsabilidad social y, en consecuencia, su ejercicio debe estar, en última instancia, bajo el control responsable de la sociedad

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viernes, 2 de octubre de 2026

LA DEMOCRACIA: CRISIS Y DESAFÍOS TECNOLÓGICO POR BASILIO BELLIARD

 


LA DEMOCRACIA: CRISIS Y DESAFÍOS TECNOLÓGICO

POR BASILIO BELLIARD

Publicó: “GLOBAL”

 

De todos los efectos corrosivos y disruptivos de la tecnología de la comunicación y la información en la vida cultural y social, no escapa la esfera política, con su impacto ineludible sobre la democracia como forma de gobierno.

 

La inteligencia artificial (IA) y las redes sociales representan hoy una paranoia colectiva en lo que respecta a los trastornos y dislocamientos de datos en los procesos electorales, medios legítimos en que los ciudadanos ejercen sus derechos históricos al voto: elegir y ser elegidos principio elemental, origen y esencia de las democracias liberales del mundo occidental.

 

La fragilidad en el juego y las reglas de las leyes del orden social y político del mundo civilizado genera una sensación de impotencia e incertidumbre.

 

La informatización del mundo ya está ejerciendo un enorme efecto en la credibilidad de los procesos democráticos.

 

Hoy, las campañas electorales encierran una batalla informativa no solo en la esfera política, sino también en la esfera psicológica.

 

Las fake news y los bots generan noticias que influyen en el electorado, en una especie de guerra informática, en materia de opinión pública, que puede hacer variar no solo la percepción, sino los resultados de los votantes en fracciones de minutos y en lo que pestañea una serpiente.

 

También, esas noticias falsas pueden crear discursos de odio y resentimiento que podrían entronizarse en la psique popular y generar confusiones y paranoias.

 

De modo que, en efecto, la tecnología de la información y la comunicación (TIC), a través de las redes sociales, puede alimentar teorías de la conspiración y contaminar la propaganda política.

 

Estamos, pues, ante un enemigo invisible, poderoso y sin precedentes,

que atenta contra las libertades y las conquistas históricas de las democracias occidentales

y que prostituye el debate político de las ideas del mundo libre actual.

 

Las campañas de desinformación y descrédito devienen así en medios que amenazan subvertir el orden democrático y la convivencia pacífica.

 

Antes la biopolítica y ahora la psicopolítica amenazan con influir negativamente en el comportamiento electoral.

 

En tal virtud, estos rasgos, cambios y signos del nuevo milenio están poniendo en crisis la democracia:

amenazan su base y esencia de sustentación ideológica, jurídica y política.

 

A este giro o cambio estructural, y su impacto en las democracias, el aclamado filósofo surcoreano Byung-Chul Han llama «infocracia».

Se trata del gobierno —o predominio— de la informática sobre el régimen democrático, cuyo impacto digital ha producido una crisis en la esfera democrática.

 

Ante el avance vertiginoso e inexorable de la información en entornos virtuales, nos sentimos perplejos, impotentes y aterrados por la marea de informaciones y datos —reales o falsos— que irrumpen, como fuerza volcánica, en el mundo político.

 

Operan como una fuerza destructiva que deforma, falsea y distorsiona los límites de la realidad social y la racionalidad discursiva.

 

El tsunami de la digitalización del mundo real afecta enormemente la psicología política:

genera una paranoia nerviosa que trastorna el espectro social y los procesos electorales y democráticos.

 

Hoy, los torneos electorales devienen guerras informativas, libradas en el campo de batalla de las esferas tecnológicas o virtuales, no así en las reales del debate de las ideas.

 

Un ejército de des-informantes opera, noche y día, para producir noticias falsas, falaces y sensacionalistas con el propósito de destruir reputaciones de políticos, líderes y candidatos, desde un discurso de descalificación que puede influir en el sentimiento de los votantes e impactar en la conciencia de la opinión pública.

 

Así pues, la propaganda demagógica y mendaz, articulada por una tribu de bots y de troles, puede conformar teorías conspirativas en el debate libre de las ideas políticas y contaminar su objetividad.

 

Estas guerras informativas, en entornos virtuales, podrían influir en el comportamiento de los electores y trastornar su elección consciente.

 

El juego autónomo de los poderes públicos sirve de legitimidad y sostén institucional a la democracia. Si está en manos humanas y reales, puede llegar al entendimiento y ser creíble; en cambio, en manos artificiales e invisibles, puede volverse líquido, elástico y gelatinoso, y conducir a un pandemónium paranoico del mundo.

 

La democracia ha de estar al servicio del pueblo, de la mayoría, en su acepción etimológica originaria, pero la demagogia, su némesis, la acecha, como un demonio de la mentira.

 

La desinformación ha triunfado sobre la información. La verdad ha sido desplazada por el reino de la mentira, y en la esfera política, podría ser catastrófico, fatal y mortal para la civilización, la convivencia pacífica y la sociedad moderna su uso maligno y perverso en esta época de posverdad.

 

El ruido de la desinformación contamina el silencio y destruye la verdad de la palabra.

La razón política se desintegra, corroída por el humo digital y el viento de la virtualidad.

 

La democracia se alimenta y sostiene con la verdad, los acuerdos y los pactos entre sus ciudadanos, sus protagonistas y sus actores sociales. La demagogia y las mentiras la erosionan.

 

Decir la verdad es esencial en un Estado democrático. De ahí que las noticias falsas (fake news) han sido su peor enemigo, pues contribuyen a destruir sus fundamentos éticos.

 

Cuando se pierda la credibilidad entre sus actores y agentes políticos, todo estará perdido.

 

En ese vacío de verdad brota el caldo de cultivo para la emergencia de las dictaduras y los regímenes populistas y demagógicos, de izquierda o derecha, en el que todo el mundo tendrá su verdad: la mentira contra el otro o contra todos. Y donde la minoría no se subordine a la mayoría, como ley intrínseca primigenia de la democracia política, que ha sido la clave de su eficacia, permanencia y regeneración o autocorrección.

 

La libertad de expresión, rasgo consustancial de la democracia, podría constituirse en libertad de decir la mentira igual como se dice la verdad.

 

Cuando un algoritmo sea capaz de alterar o transformar la verdad en mentira, todo el orden social estará perdido, y todo ordenamiento jurídico y humano, dominado por los vaivenes y los azares de una falsa inteligencia. Es decir, a un clic capaz de crear una catástrofe política, una debacle social o un cataclismo económico.

 

En esta sociedad de la información, de la hiperconectividad y de la hipervigilancia, desde un panóptico digital, la posibilidad de la privacidad se restringe hasta lo invisible e inimaginable.

 

Esta vigilancia se ha tornado más eficaz desde la invención del smartphone y las pantallas, lo cual ha provocado el fin de la privacidad y de lo propio.

 

Las personas están más vigiladas y, por tanto, son menos libres y más dominadas por los poderes dominantes.

 

Lo paradójico de la hipermodernidad consiste en que

somos más modernos:

vivimos más confortables, más informados, pero somos menos libres.

La libertad que anhelamos, disfrutamos y defendemos, en el orden democrático,

está cada vez más amenazada, y es más frágil y deleznable.

 

LA INFORMACIÓN ES MÁS LIBRE Y MÁS TRANSPARENTE….

 

Vivimos en una prisión voluntaria, invisible y virtual.

 

Esta libertad aparente está vigilada por un régimen de la información para garantizar su seguridad y funcionamiento, más allá del poder represor e intimidatorio de los aparatos coercitivos del Estado.

 

La hipervigilancia se vuelve, pues, totalitaria. Así nos convertimos en lo que Ortega y Gasset llamó, en La rebelión de las masas, «hombre-masa».

 

Vivimos en un proceso vertiginoso de digitalización en todos los órdenes de la vida social, que dicta las reglas –invisibles o visibles– de nuestra relación con la realidad.

 

Esta percepción nos aturde y perturba.

«Entretanto, se ha apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático.

La democracia está degenerando en infocracia», afirma Byung-Chul Han.

 

De un mundo utópico, desde el «mundo feliz» de Huxley, de control del placer, hasta el «estado de vigilancia» de Orwell, de control del dolor, hasta un mundo distópico.

 

Vivimos en una época en que las noticias falsas y sensacionalistas concitan más atención, acaso por su morbosidad, que las noticias reales,

y donde los memes han impuesto un reino cómico de la verdad.

Un tuit, con una falsa información, despierta más likes o es más eficaz que una idea bien argumentada.

 

Las redes sociales y las pantallas representan, en el fondo,

una fábrica de mentiras y noticias falsas que distorsionan el escenario político: dinamitan la paz espiritual y psíquica, individual y colectiva.

 

En el mundo de la infocracia, los torneos electorales se vuelven una guerra informativa e informática.

--- Se crean opiniones inexistentes, percepciones falsas y seguidores fantasmas que pueden cambiar –o variar– la realidad objetiva, los hechos reales y la verdad.

--- Los memes contagian el aire político: contaminan los sentimientos y los afectos de la comunicación digital.

--- Se vuelven virales: virus que atacan la salud de la sociedad.

--- Crean una atmósfera enrarecida, sin discurso, sin fundamento y sin sustancia intelectual.

--- Las noticias falsas son información, pero falsa: no forman ni educan, sino que trastornan la sensibilidad.

--- En ocasiones, la desinformación corre de modo más rápido que la información verídica.

 

Hoy la democracia y sus ideales son una ilusión del futuro. El flujo de información del ciberespacio tiene un efecto disruptivo o destructivo sobre la lógica democrática.

«La crisis de la democracia es ante todo una crisis del escuchar», dice Han.

 

En el mundo actual de las sociedades democráticas, se ha perdido la capacidad de escuchar al otro que disiente.

 

El narcisismo nos impide oír la voz del otro, la palabra del otro, porque hay un culto al yo que nos enceguece, y un desdén al otro.

 

Y esa incapacidad de tolerar la disidencia y la alteridad del otro está provocando una erosión en las leyes y la lógica de la democracia.

 

La generalización de la palabra de la tribu trivializa los discursos.

 

La opinión de la masa se ha impuesto no sobre la base de las ideas, sino sobre el esquema del dogma o la palabra hueca, sin sustancia conceptual, sin racionalidad argumentativa, lo cual pone en peligro la democracia misma.

 

Vivimos en un mundo que ha perdido la otredad, es decir, insensible a la diferencia y la alteridad. De ahí que la sociedad se esté desintegrando vertiginosamente en sus identidades particulares, sin la presencia de la alteridad.

 

Se ha perdido su sentido comunitario y gregario: se ha extinguido la memoria primitiva y ancestral que le daba continuidad en el tiempo.

 

No nos oímos porque vivimos en un autismo narcisista de la cotidianidad, y

porque, al elevar nuestras voces, no podemos oír al otro, a los demás,

produciéndose un diálogo de sordos o un carnaval donde, al tratar de oírnos, no nos oímos entre nosotros mismos.

 

Sin comunidad dialógica no hay democracia. Ni sin una sociedad de oyentes. La comunicación virtual nos aleja, nos ensimisma: destruye el diálogo.

 

La conversación se volvió un soliloquio. De ahí que estemos viviendo el fin de la mirada a los ojos del otro, la muerte del espejo del alma, que son nuestros ojos.

 

Al contrario, el exceso de información nos intoxica, pues el ritmo de datos es tan raudo y acumulativo que es imposible metabolizarlos y asimilarlos por el entendimiento.

 

La comprensión humana es finita y la generación de datos, en cambio, es infinita.

Por tanto, es imposible procesar el cúmulo de información que produce el mundo digital y que desborda nuestra interpretación, es decir, nuestra capacidad de atención y asimilación real.

 

Asistimos a una posdemocracia, en un mundo digital en el que

los líderes políticos dejarán su liderazgo mesiánico, sin ideas propias, y

donde los políticos serán desplazados por gestores y estrategas internacionales de fama mundial.

 

Han dice, de modo categórico y triste:

«Desde la perspectiva dataísta, la democracia de partidos dejará de existir en un futuro próximo.

Dará paso a la infocracia como posdemocracia digital.

Los políticos serán, entonces, sustituidos por expertos e informáticos que administrarán la sociedad más allá de los principios ideológicos, independientemente de los intereses del poder.

La política será reemplazada por la gestión de sistemas basada en datos.

Las decisiones socialmente relevantes se tomarán utilizando el big data y la IA.

Seguirá habiendo discursos políticos, pero serán algo secundario».

 

¿Serán, en el futuro, los asesores de campaña política y los estrategas de líderes y jefes de Estado inteligencias artificiales?

 

Como se ve, el discurso apocalíptico de Han pone en vilo y en crisis el pensamiento político tradicional.

«Los análisis de los datos mediante la IA sustituyen a la esfera pública discursiva, lo que significaría el fin de la democracia», sentencia.

 

La crisis de la democracia es, a la vez,

una crisis de la verdad, o de la conciencia.

La facticidad está en cuestionamiento.

 

En esta era de la virtualidad hemos perdido la fe en la verdad, víctima de la guerra de desinformación, de teorías conspirativas, de paranoias futuras.

 

Se han perdido las ideas en estado sólido: las utopías del progreso y de un mundo mejor. El nihilismo ha renacido: se ha convertido en un síntoma, en una enfermedad social del presente.

 

Ha surgido un nuevo nihilismo pos-nietzscheano.

Ya la verdad no ejerce el poder y la fuerza de gravedad,

como cuando orbitaba en nuestras vidas, cuando unificaba y

era signo de razón y la lógica del pensamiento.

 

Al revés: la desinformación tiene hoy un poder destructivo que pone en crisis la cohesión de la sociedad.

«El nuevo nihilismo se gesta dentro del proceso destructivo en el que

el discurso se desintegra en información,

lo que conduce a la crisis de la democracia», afirma el pensador surcoreano.

 

Las mentiras políticas e ideológicas hoy se convierten en las verdades con las que se difaman y se destruyen reputaciones y liderazgos: socavan los cimientos de la verdad, cinceladas a golpe de razón.

 

Los límites –o bordes– entre la verdad y la mentira se diluyen como el agua en la arena del desierto.

 

La mentira hoy se impone no con razón y argumentos, sino con manipulaciones y con una retórica reiterativa para diluir el hilo que la separa de la verdad.

 

El mentiroso persiste con más ahínco en su mentira, en ocasiones, mucho más que el enemigo de la mentira y amante de la verdad.

 

El manipulador político nunca pierde la fe en su palabra. No ceja. No cede. No cuestiona la verdad, sino que postula su mentira como una verdad absoluta.

 

No niega, pues no es un nihilista. Miente para afirmar su verdad. Quien promueve noticias falsas lo hace conscientemente, con perversidad racional, y ataca la realidad real.

 

Joseph Goebbels manipulaba en nombre de la verdad: lo hacía desde su íntima convicción, pese a que sabía de sus consecuencias fatales y destructivas.

 

Sus discursos iban dirigidos a una ideología fanática, que explotaba el odio racial y el resentimiento de las emociones.

«Una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad»,

dijo el infame y perverso ministro de propaganda del Tercer Reich.

 

La mentira política crea otra realidad: moldea la percepción popular.

En esta sociedad de la información estamos más conectados y comunicados, pero acaso más vacíos de sentido.

 

Mejor informados, pero quizás más desorientados. La crisis de la democracia es una expresión de la crisis de civilización que vivimos, en que la mentira desintegra la unidad y la cohesión social: desorienta y destruye las relaciones humanas y las amistades.

 

Los valores humanos se han mercantilizado y han reemplazado a la verdad.

 

En este mundo de la «modernidad líquida» –como la llamó Bauman–, la verdad, que representaba el bien, y la mentira, que representaba el mal, se han relativizado. Todo se ha vuelto líquido. Vivimos, pues, la licuefacción de lo real.

 

Después de la emergencia pandémica continúa la emergencia climática y ahora la inminencia de una guerra global. Siempre vivimos en una incertidumbre mundial. Al borde del caos que imponen las potencias políticas hegemónicas. Es decir, a un tris de una catástrofe, una hecatombe o en los límites del abismo, producto de una voluntad o un capricho de un gobernante megalómano y criminal.

 

Hay así una crisis de orientación y una paranoia planificada. Y todo porque

existe una crisis de la verdad.

Falta una utopía discursiva que sea una promesa de salvación o

que represente el nacimiento de un orden,

en medio del caos y de la crisis de paradigmas.

 

La democracia siempre ha tenido muchos enemigos. El de hoy es el gobierno de la tecnología que la amenaza. Por tanto, urge un acto de heroísmo, una verdad que la salve y la rescate de la mentira.

 

Acaso será la libertad como categoría filosófica, no como categoría política, la que la salve de las mentiras de sus manipuladores y demagogos, de los populistas de izquierda y de derecha que, en el fondo, la odian: son autoritarios y aman la fuerza sobre la razón.

 

Necesitamos volver a Sócrates, quien murió por decir la verdad, pues «decir la verdad» tiene sus riesgos, y así lo supo Jesucristo. Y Gandhi y Luther King.

 

Quien aboga por la paz se halla de enemiga la guerra, y quien promueve la igualdad encuentra de adversarios o enemigos a los apologistas de la desigualdad.

 

Quien busca la verdad arriesga su vida, lo sabemos, pero queda el coraje como signo de verdad, justicia y razón. El precio a pagar siempre es convertir la mentira en verdad.

 

Platón, en su alegoría de la caverna, buscó la verdad en la luz, es decir, al hombre que, para encontrar la luz de la verdad, tiene que liberarse de la oscuridad, o sea, salir de la caverna de la mentira.

 

En la sociedad actual vivimos en una cárcel digital como prisioneros, privados de la libertad de la luz: encadenados al ciberespacio del mundo digital, embelesados frente a las pantallas digitales, intoxicados de imágenes virtuales.

 

Al parecer,

desapareció la época en que reinaba la verdad.

Ha terminado el largo imperio de la verdad.

Decir la verdad, hoy, es contrarrevolucionario cuando debería ser una acción revolucionaria.

El ruido de la mentira está sepultando con polvo la música y las palabras de la verdad del mundo.

Notas

1.    Han, Byung-Chul, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Madrid, Taurus, 2022, p. 25.

2.    Ibid., p. 48.

3.    Ibid., p. 63.

4.    Ibid., p. 69.

5.    Ibid., p. 73.