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domingo, 16 de agosto de 2026

VIVA LA LIBERTAD, POR PIER PAOLO PASOLINI

 

 

 

VIVA LA LIBERTAD, POR PIER PAOLO PASOLINI

 

Si no se grita viva la libertad

Humildemente

No se grita viva la libertad.

 

Si no se grita viva la libertad

Riendo

No se grita viva la libertad.

 

Si no se grita viva la libertad

Con amor

No se grita viva la libertad.

 

Vosotros, hijos de los hijos

Gritáis con desprecio

Con rabia, con odio

Viva la libertad.

Por eso no gritáis

Viva la libertad

 

sábado, 15 de agosto de 2026

PIERRE BOURDIEU. «LA INTELIGENCIA, AL FONDO A LA IZQUIERDA

 

PIERRE BOURDIEU. «LA INTELIGENCIA, AL FONDO A LA IZQUIERDA» / JOSÉ LUÍS PARDO - Posted on 2011/07/06

 

 

JOSÉ LUIS PARDO. [El País, 09/02/2001]

Nadie como Bourdieu fue capaz de hacer eso que es tan molesto: enseñarnos cuál es el juego al que estamos jugando.

 

PIERRE BOURDIEU 1929-2001 SOCIÓLOGO FRANCÉS

 

El pasado 25 de enero fallecía Pierre Bourdieu. Procedente de la filosofía, formado como sociólogo en Argelia y comprometido con los movimientos contestatarios, el pensador francés centró su obra en el papel social y político de las producciones culturales: de las instituciones de enseñanza al arte pasando por la televisión o la literatura.

 

Los nativos estaban relativamente tranquilos. Les habían quitado muchas cosas, ciertamente. Los médicos habían descrito el funcionamiento de sus organismos como si no fueran suyos. Los economistas habían hecho lo mismo con sus intercambios mercantiles. Hasta los lingüistas formulaban teorías acerca de sus lenguas sin tener para nada en cuenta sus opiniones. Pero había una cosa que no podían quitarles, porque esa cosa era, en el fondo, ellos mismos. Se trataba de sus gustos.

 

Que a uno le guste o no un coche o una casa, que le repugnen las películas de Paul Newman, que encuentre ridícula tal forma de caminar o que prefiera la música de Chopin a la de Wagner, ¿quién puede a uno discutírselo?

En esas cosas manda sólo uno mismo (le podrán a uno afear sus gustos, pero no por ello impedirán que le gusten), son inevitables y absolutamente soberanas, dependen únicamente de nuestra inalienable personalidad.

 

De gustibus non est disputandum, y sobre gustos no hay nada escrito. O no lo había hasta que un sociólogo de humilde origen campesino publicó, en 1979, un libro titulado La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (1979).

El texto se iniciaba con una demoledora encuesta sobre los gustos musicales a propósito de tres obras: el Clave bien temperado de Bach, el Danubio azul de Strauss y Rhapsody in Blue, de Gershwin.

A pesar de la indiscutibilidad, la intimidad y la irrenunciabilidad de los gustos, resulta que los profesores de Enseñanza Superior, intelectuales y artistas escogían masivamente a Bach, la clase media y los cuadros administrativos a Gershwin, y la clase obrera se inclinaba mayoritariamente por el Danubio azul.

 

Aquel día la inalienable personalidad de los nativos sufrió un importantísimo revés. Partiendo de esta desilusión inicial, Pierre Bourdieu mostraba cómo lo indiscutible -el sagrado terreno del gusto- era el campo de batalla de una disputa simbólica en la cual podía descubrirse toda la estructura social de la división de clases, con las estrategias colectivas que intentaban aprovecharla o combatirla, las desigualdades de capital cultural y las enormes dosis de sufrimiento personal engastado en las apuestas «estéticas» aparentemente triviales o superficiales.

 

Aquello que los nativos consideraban su propio ser, aquello que creían ser ellos mismos y llamaban su «naturaleza» era, sin embargo, su sociedad. Nada más y nada menos.

 

Mediante el concepto de habitus -las estructuras sociales imbricadas en las prácticas y confundidas hasta con las reacciones musculares aparentemente más automáticas de los agentes sociales-, Bourdieu no conseguía solamente otorgar objetividad a todo aquello que los individuos consideramos inalienablemente «subjetivo» y a lo cual los teóricos con inclinaciones metafísicas y poéticas quisieran llamar «el ser», sino que prevenía a la sociología contra su vicio más acusado -el de atenerse exclusivamente a esa objetividad tan difícilmente ganada- porque mostraba que esas «ilusiones» subjetivas que los agentes se hacen sobre sí mismos no son en absoluto una ‘cantidad despreciable’ que el sociólogo deba pasar por alto para ser más «científico», sino un elemento indispensable para la descripción de la sociedad.

 

De este modo, los hallazgos del teórico alcanzaban también un significado político: el conocimiento de las estructuras sociales de dominación simbólica -es decir, de esas «ilusiones» que se hacen los nativos, y que constituyen una herramienta necesaria para su propia dominación material- se convierte en un a priori para cualquier intento de reformarlas, combatirlas, denunciarlas o neutralizarlas.

 

Estas «razones prácticas» operan ya, aunque inconscientemente, en los movimientos sociales que se oponen a ellas, y deben contar conscientemente en los programas políticos que aspiren a una acción social eficaz.

 

Pierre Bourdieu no había llegado por casualidad a estas conclusiones. Procedente de la filosofía, que siempre fue uno de sus referentes polémicos -se recordará su importante ensayo sobre La ontología política de Martin Heidegger (1976)-, después de licenciarse con sendas tesis sobre las objeciones de Leibniz contra Descartes y las estructuras temporales de la afectividad, se formó como sociólogo en Argelia: una sociedad en la cual no es difícil (con un mínimo de sensibilidad) convertirse en un «intelectual de izquierda».

 

Desde el principio sus intereses, aunque aparentemente diversos, estuvieron fuertemente orientados.

 

Gran defensor de la «teoría» frente al sociologismo instrumental y estadístico, su obra siempre se centró en el papel social de las producciones «culturales» y de los bienes «simbólicos», desde las instituciones de enseñanza -soberbiamente analizadas en Homo academicus– hasta las bellas artes, pasando por una «sociología de la sociología» y una profunda investigación sobre las raíces y la significación de la figura del «intelectual».

 

En la que fue probablemente su última obra de gran ambición teórica, Las reglas del arte (1992),

Bourdieu expresó a la perfección otra de sus nociones-clave, la de campo social.

 

Tomando como eje La educación sentimental, de Flaubert, describió de forma insuperable la formación histórica del «campo literario» y la emergencia del personaje del escritor, sus obligaciones estéticas y sus responsabilidades públicas, sus máscaras y sus metamorfosis, sentando las bases para una «ciencia de las obras» que supere la estéril alternativa entre la crítica «interna» o textual y la crítica «externa» o sociológica.

 

Convertido ya en una de las grandes figuras de la sociología de la segunda mitad del siglo XX y en uno de los intelectuales de referencia en el debate internacional, creador de una escuela de sociólogos que lleva su impronta y animador infatigable de una de las principales revistas europeas de sociología, Bourdieu dedicó especialmente sus últimos años a lo que consideraba que era la antes aludida «responsabilidad pública» del intelectual: invertir su prestigio como científico y corredor de fondo a favor de la causa de la izquierda o, como él decía, de una izquierda de izquierdas, comprometida con los nuevos movimientos sociales europeos en lo práctico y, en lo teórico, con la utopía de una «Europa de los intelectuales» capaz de resistir a los efectos negativos de la globalización cultural.

 

Nadie como él fue capaz de hacer eso que es tan difícil, tan molesto y necesario: enseñarnos a los nativos cuál es el juego al que estamos jugando. Le echaremos de menos.

 

viernes, 31 de julio de 2026

OPINIÓN PÚBLICA - COMO SE FORMA LA OPINIÓN PÚBLICA / PIERRE BOURDIEU


 



COMO SE FORMA LA OPINIÓN PÚBLICA / PIERRE BOURDIEU

Posted on 2012/01/17 – publicó: SOCIOLOGÍA CRÍTICA


Pierre Bourdieu 1929-2001 Sociólogo francés

Pierre Bourdieu // sociólogo francés,† 2002, presidente del College de France

 

Un hombre oficial es un ventrílocuo que habla en nombre del Estado: toma una postura oficial –habría que describir la puesta en escena de lo oficial–, habla a favor y en nombre del grupo al que se dirige, habla por y en nombre de todos, habla en tanto que representante de lo universal.

 

Aquí llegamos a la noción moderna de opinión pública. ¿Qué es esta opinión pública que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, sociedades en las cuales el Derecho existe?

 

Tácitamente, es la opinión de todos, de la mayoría o de aquellos que cuentan, de aquellos que son dignos de tener una opinión.

 

Pienso que la definición patente en una sociedad que se dice democrática, es decir donde la opinión oficial es la opinión de todos, oculta una definición latente, a saber, que la opinión pública es la opinión de los que son dignos de tener una opinión.

 

Hay una especie de definición censitaria de la opinión pública como opinión ilustrada, como opinión digna de ese nombre.

 

La lógica de las comisiones oficiales es crear un grupo así constituido que exhiba todos los signos exteriores, socialmente reconocidos y reconocibles, de la capacidad de expresar la opinión digna de ser expresada, y en las formas establecidas.

 

Uno de los criterios tácitos más importantes para seleccionar a los miembros de la comisión, en especial a su presidente, es la intuición que tiene la gente encargada de componer la comisión de que la persona considerada conoce las reglas tácitas del universo burocrático y las reconoce: en otras palabras, alguien que sabe jugar el juego de la comisión de manera legítima, que va más allá de las reglas del juego, que legitima el juego; nunca se está más en el juego que cuando se va más allá del juego.

 

En todo juego existen las reglas y el fair-play. A propósito del hombre kabil (1), o del mundo intelectual, yo había empleado la fórmula: la excelencia, en la mayoría de las sociedades, es el arte de jugar con la regla del juego, haciendo de ese juego con la regla del juego un supremo homenaje al juego.

 

El transgresor controlado se opone completamente al herético.

 

El grupo dominante coopta miembros a partir de índices mínimos de comportamiento, que son el arte de respetar la regla del juego hasta en las transgresiones reguladas de la regla del juego: el decoro, la compostura.

 

Es la célebre frase de Chamfort:

“El Gran Vicario puede sonreír sobre un tema contra la Religión, el Obispo reír con ganas, el Cardenal agregar lo que tenga que decir” (2).

 

Cuanto más se asciende en la jerarquía de las excelencias, más se puede jugar con la regla del juego, pero ex officio, a partir de una posición que no admita ninguna duda. El humor anticlerical del cardenal es supremamente clerical.

 

LA VERDAD DE TODOS

 

La opinión pública siempre es una especie de doble realidad. Es lo que no puede dejarse de invocar cuando se quiere legislar sobre terrenos no constituidos.

 

Cuando se dice “Hay un vacío jurídico” (expresión extraordinaria) a propósito de la eutanasia o de los bebés de probeta, se convoca a gente que trabajará aplicando toda su autoridad.

 

Dominique Memmi (3) describe un comité de ética [sobre la procreación artificial], compuesto por personas disímiles –psicólogos, sociólogos, mujeres, feministas, arzobispos, rabinos, eruditos, etc.– cuyo objetivo es transformar una suma de idiolectos (4) éticos en un discurso universal que llene un vacío jurídico, es decir que aporte una solución oficial a un problema difícil que trastorna a la sociedad –legalizar el alquiler de vientres, por ejemplo–.

 

Si se trabaja en ese tipo de situación, debe invocarse una opinión pública.

 

En ese contexto, resulta muy clara la función impartida a las encuestas. Decir “las encuestas están de nuestra parte”, equivale a decir “Dios está de nuestra parte”, en otro contexto.

 

Pero el tema de las encuestas es engorroso, porque a veces la opinión ilustrada está contra la pena de muerte, mientras que los sondeos están más bien a favor. ¿Qué hacer?

 

Se forma una comisión. La comisión constituye una opinión pública esclarecida que instituirá la opinión ilustrada como opinión legítima en nombre de la opinión pública –que, por otra parte, dice lo contrario o no piensa nada (lo que suele ocurrir a propósito de muchos temas)–.

 

Una de las propiedades de las encuestas consiste en plantearle a la gente problemas que ella no se plantea, en sugerir respuestas a problemas que ella no se ha planteado; por lo tanto, a imponer respuestas.

 

No es cuestión de sesgos en la construcción de las muestras, es el hecho de imponer a todo el mundo preguntas que se le formulan a la opinión ilustrada y, por este hecho, producir respuestas de todos sobre problemas que se plantean sólo algunos; por lo tanto, dar respuestas ilustradas, puesto que han sido producidas por la pregunta: se han creado para la gente preguntas que no existían para ella, cuando lo que realmente le importaba, era la cuestión en sí.

 

Voy a traducirles sobre la marcha un texto de Alexander Mackinnon de 1828 extraído de un libro de Peel sobre Herbert Spencer (5).

 

Mackinnon define la opinión pública; da la definición que sería oficial si no fuera inconfesable en una sociedad democrática.

 

Cuando se habla de opinión pública, siempre se juega un doble juego entre la definición confesable (la opinión de todos) y la opinión autorizada y eficiente que se obtiene como subconjunto restringido de la opinión pública democráticamente definida:

“Es ese sentimiento sobre cualquier tema que es cultivado, producido por las personas más informadas, más inteligentes y morales de la comunidad.

Esta opinión se extiende gradualmente y es adoptada por todas las personas con alguna educación y sentimiento que conviene a un Estado civilizado”.

La verdad de los dominantes deviene la de todos.

 

CÓMO LEGITIMAR UN DISCURSO

 

En los años 1880, en la Asamblea Nacional se decía abiertamente lo que la sociología tuvo que redescubrir, es decir, que el sistema escolar debía eliminar a los niños de las clases más desfavorecidas.

 

Al principio se planteaba la cuestión, pero luego fue totalmente reprimida ya que, sin que se lo pidiera, el sistema escolar se puso a hacer lo que se esperaba de él. Entonces, no hubo necesidad de hablar sobre el tema.

 

El interés del retorno sobre la génesis es muy importante, porque en los comienzos hay debates donde se dicen con todas las letras cosas que, después, aparecen como provocadoras revelaciones de los sociólogos.

 

El reproductor de lo oficial sabe producir –en el sentido etimológico del término: produce significa “hacer avanzar”–, teatralizándolo, algo que no existe (en el sentido de lo sensible, visible), y en nombre de lo cual habla. Debe producir eso en nombre de lo que tiene el derecho de producir.

 

No puede no teatralizar, ni dar forma, ni hacer milagros. Para un creador verbal, el milagro más común es el milagro verbal, el éxito retórico; debe producir la puesta en escena de lo que autoriza su decir, dicho de otra manera, de la autoridad en nombre de la cual está autorizado a hablar.

 

Encuentro la definición de la prosopopeya que estaba buscando:

“Figura retórica por la cual se hace hablar y actuar a una persona que es evocada, a un ausente, a un muerto, un animal, una cosa personificada”.

 

Y en el diccionario, que siempre es un formidable instrumento, se encuentra esta frase de Baudelaire hablando de la poesía:

“Manejar sabiamente una lengua es practicar una especie de hechicería evocatoria”.

 

Los letrados, los que manipulan una lengua erudita –como los juristas y los poetas–, tienen que poner en escena el referente imaginario en nombre del cual hablan y que ellos producen hablando en las formas; tienen que hacer existir eso que expresan y aquello en nombre de lo cual se expresan.

 

Deben simultáneamente producir un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producción sensible (en el sentido de evocar los espíritus, los fantasmas –el Estado es un fantasma…–) de esa cosa que garantizará lo que ellos hacen:

“la nación”, “los trabajadores”, “el pueblo”, “el secreto de Estado”, “la seguridad nacional”, “la demanda social”, etc.

 

Percy Schramm mostró cómo las ceremonias de coronación eran la transferencia, en el orden político, de ceremonias religiosas (6).

 

Si el ceremonial religioso puede transferirse tan fácilmente a las ceremonias políticas mediante la ceremonia de la coronación, es porque en ambos casos se trata de hacer creer que hay un fundamento del discurso que sólo aparece como auto-fundador, legítimo, universal porque hay teatralización –en el sentido de evocación mágica, de brujería– del grupo unido y que consiente el discurso que lo une.

 

De allí el ceremonial jurídico. El historiador inglés E. P. Thompson insistió en el rol de la teatralización jurídica en el siglo XVIII inglés –las pelucas, etc.–, que no puede comprenderse en su totalidad si no se considera que no es un simple artefacto, en el sentido de Pascal, que vendría a agregarse: es constitutiva del acto jurídico (7).

 

Impartir justicia en un traje convencional es arriesgado: se corre el riesgo de perder la pompa del discurso. Siempre se habla de reformar el lenguaje jurídico sin nunca hacerlo, porque es la última de las vestiduras: los reyes desnudos ya no son carismáticos.

 

PURO TEATRO

 

Una de las dimensiones más importantes de la teatralización es la teatralización del interés por el interés general; es la teatralización de la convicción del interés por lo universal, del desinterés del hombre político –teatralización de la creencia del sacerdote, de la convicción del hombre político, de su fe en lo que hace–.

 

Si la teatralización de la convicción forma parte de las condiciones tácitas del ejercicio de la profesión del clérigo –si un profesor de filosofía tiene que aparentar creer en la filosofía–, es porque ello constituye el homenaje esencial del oficial-hombre a lo oficial; es lo que hay que agregarle a lo oficial para ser un oficial: hay que agregar el desinterés, la fe en lo oficial, para ser un verdadero oficial.

 

El desinterés no es una virtud secundaria: es la virtud política de todos los mandatarios.

 

Las locuras de los curas, los escándalos políticos, son el desmoronamiento de esta especie de creencia política en la cual todo el mundo actúa de mala fe, ya que la creencia es una suerte de mala fe colectiva, en el sentido sartreano: un juego en el cual todo el mundo se miente y miente a los otros sabiendo que se mienten. Esto es lo oficial…

 

1. Alusión a un estudio etnológico que Bourdieu realizó sobre los beréberes kabiles. 2. Nicolas de Chamfort, Maximes et pensées, París, 1795. 3. Dominique Memmi, “Savants et maîtres à penser. La fabrication d’une morale de la procréation artificielle”, Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 76-77, 1989, p. 82-103. 4. Del griego idios, “particular”: discurso particular. 5. John David Yeadon Peel, Herbert Spencer. The Evolution of a Sociologist, Londres, Heinemann, 1971. William Alexander Mackinnon (1789-1870) tuvo una larga carrera como miembro del Parlamento británico. 6. Percy Ernst Schramm, Der König von Frankreich. Das Wesen der Monarchie von 9 zum 16. Jahrhundert. Ein Kapital aus Geschichter des abendlischen Staates (dos volúmenes), H. Böhlaus Nachf, Weimar, 1939. 7. Edward Palmer Thompson, “Patrician society, plebeian culture”, Journal of Social History, vol. 7, Nº 4, Berkeley, 1976, p. 382-405.

* Sociólogo (1930-2002). Este texto se extrajo de «Sur l’Etat. Cours au collège de France 1989-1992», Raisons d’Agir – Le Seuil, París, que aparecerá el 5 de enero.