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miércoles, 9 de septiembre de 2026

IA - QUE SIGNIFICA SER HUMANO - MAGNIFICA HUMANITAS DEBEMOS FORTALECER ESPACIOS PROFUNDAMENTE HUMANOS

 


MAGNIFICA HUMANITAS. BERSANO: DEBEMOS FORTALECER ESPACIOS PROFUNDAMENTE HUMANOS

 

Lara Bersano Calot, directora ejecutiva de la Academia Internacional de Lideres católicos, comenta los aportes que ofrece carta encíclica Magnifica humanitas, en la que

“León XIV vuelve a colocar al ser humano en el centro de toda decisión, de toda estructura y de toda capacidad tecnológica”.

Johan Pacheco 

 

“El Papa nos invita a volver a pensar qué significa ser humano en este tiempo histórico y cómo la Doctrina Social de la Iglesia sigue siendo una herramienta viva para discernir los grandes conflictos de nuestra época”,

expresa Lara Bersano Calot, directora ejecutiva de la Academia Internacional de Lideres católicos en entrevista con Vatican News, comentando una primera lectura de la carta encíclica de León XIV, Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

 

--- ¿Cuáles son sus impresiones sobre la Carta Encíclica Magnifica humanitas para la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial?

 

Mis primeras impresiones sobre Magnifica humanitas son profundamente esperanzadoras porque creo que el Papa León XIV logra recuperar de manera extraordinaria el espíritu de Rerum novarum de León XIII y traerlo plenamente al contexto contemporáneo.

 

León XIII, frente al impacto de la revolución industrial, ya advertía

cómo el hombre podía ser explotado, reducido a una pieza del sistema productivo o esclavizado en sus derechos fundamentales.

 

Por eso defendió

la dignidad del trabajo, la centralidad de la persona y la necesidad de proteger al ser humano frente a transformaciones económicas y tecnológicas que podían deshumanizarlo.

 

Lo que hace León XIV de manera magnífica es retomar esos mismos principios y preguntarse

qué sucede hoy, en medio de la revolución digital y de la inteligencia artificial.

 

León XIV vuelve a colocar al ser humano en el centro de toda decisión, de toda estructura y de toda capacidad tecnológica.

 

Antes incluso de hablar de inteligencia artificial, León XIV habla de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos, de sus potencialidades y de su condición de ser creado a imagen y semejanza de Dios.

 

Y eso no es menor, porque las referencias específicas a la inteligencia artificial aparecen recién en el último tercio de la encíclica.

 

Primero el Papa nos invita a volver a pensar

qué significa ser humano en este tiempo histórico

y cómo la Doctrina Social de la Iglesia sigue siendo una herramienta viva para discernir los grandes conflictos de nuestra época.

 

Creo que esa es mi primera gran impresión: la manera profundamente humana, pastoral y actual con la que León XIV

vuelve a poner sobre la mesa la centralidad del hombre en un momento de enormes tensiones globales.

 

El Papa León XIV nos señala que la Doctrina Social de la Iglesia “es un camino de discernimiento comunitario”. ¿Cómo podemos leer esta reafirmación ante las necesidades del mundo actual?

 

Creo que esta reafirmación que hace el Papa León XIV sobre la Doctrina Social de la Iglesia como camino de discernimiento comunitario está íntimamente ligada a toda la estructura de Magnifica humanitas.

 

Cuando León XIV habla del bien común, nos está diciendo que

el desarrollo de la inteligencia artificial no puede estar orientado solamente al mercado, al poder o a la eficiencia, sino que

debe tener como eje la dignidad humana y el bienestar colectivo.

 

Y para alcanzar ese bien común, la encíclica propone varios caminos concretos:

la subsidiariedad, la solidaridad, la justicia social, la participación y la formación.

 

La subsidiariedad, adquiere una enorme actualidad porque implica acercar las decisiones a las personas, fortalecer las instituciones, las comunidades, las familias, las escuelas y generar diálogo real entre todos los actores sociales.

 

El Papa insiste además en algo fundamental: las tecnologías no son moralmente neutras.

Son creadas, diseñadas y utilizadas por seres humanos, y por lo tanto

requieren discernimiento ético permanente, regulación, monitoreo y responsabilidad social.

 

Y creo que allí aparece uno de los puntos más profundos de toda la encíclica: la necesidad de una verdadera revolución educativa.

 

León XIV entiende que ya no alcanzan las viejas dinámicas de formación para esta nueva humanidad atravesada por pantallas, hiperconectividad, redes sociales y estímulos permanentes.

 

La compulsividad digital, la saturación informativa y el aislamiento progresivo requieren nuevas formas de educar, formar y acompañar.

 

Por eso dedica varios párrafos a desarrollar el rol de la escuela, de la familia y de las instituciones educativas, porque entiende que el gran desafío no es solamente tecnológico, sino profundamente humano.

 

Desde mis investigaciones sobre inteligencia artificial, comunicación y habilidades humanas, veo justamente que

las capacidades más importantes para el futuro serán aquellas que fortalezcan el discernimiento, la creatividad, el pensamiento crítico, la empatía y la construcción comunitaria.

 

La dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, es uno de esos principios que resalta el Papa en la encíclica. ¿Qué debemos hacer como cristianos para fortalecer ese valor de la dignidad de la persona?

 

Vivimos en una época donde muchas veces las personas son reducidas a

datos, métricas, productividad, perfiles digitales o capacidad de consumo.

 

Y el Papa León XIV nos recuerda algo esencial:

la dignidad humana no depende de la eficiencia, de la utilidad ni del rendimiento.

La persona vale por sí misma porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios.

 

Como cristianos, creo que debemos fortalecer espacios profundamente humanos:

la familia, la escuela, las comunidades, las parroquias, el encuentro interpersonal, la escucha y el acompañamiento.

 

Francisco hablaba de “tocar la carne del que sufre”. León XIV retoma esa idea de manera muy fuerte.

La tecnología jamás puede reemplazar completamente la mirada, el abrazo, la escucha y la presencia.

 

Y aquí también aparece un enorme desafío educativo. Tenemos que enseñar a las nuevas generaciones no solamente a usar inteligencia artificial, sino también a desarrollar aquello que ninguna máquina puede reemplazar plenamente:

la conciencia moral, la sensibilidad espiritual, la capacidad de amar, de sufrir con el otro y de construir comunidad.

 

Desde la Doctrina Social el Papa promueve la custodia del hombre y la mujer en la era de la Inteligencia Artificial.

 

--- ¿Cuál es el compromiso de la Iglesia luego de las diversas indicaciones que ofrece la encíclica, como la formación, la regulación legal, la postura ética y la opción por la paz?

 

Creo que la encíclica plantea un compromiso enorme para toda la Iglesia. Y ese compromiso tiene varias dimensiones.

 

Primero, la formación. El Papa dedica varias secciones de la encíclica a destacar el rol de la escuela, la familia y las instituciones educativas.

Necesitamos formar personas capaces de comprender críticamente las tecnologías que utilizan.

 

Segundo, la ética. León XIV insiste en que la inteligencia artificial no es moralmente neutra.

Detrás de cada algoritmo existe una idea de persona, de sociedad y de poder.

Por eso la Iglesia debe seguir promoviendo espacios de diálogo ético interdisciplinario.

Tercero, la regulación. El Papa es muy claro respecto a

los peligros de la concentración tecnológica, los monopolios digitales, la vigilancia invasiva y los algoritmos opacos.

 

Creo que aquí la Iglesia tiene una enorme capacidad de promover reflexión global sobre regulación humanista de la tecnología.

 

Y finalmente, la paz. Me impactó cómo León XIV retoma la crítica a la guerra en la era algorítmica.

El Papa dice claramente que

ningún algoritmo puede volver moralmente aceptable una guerra.

 

Uno de los aspectos más profundos y novedosos de Magnifica humanitas aparece en los parágrafos 110 al 113, donde el Papa León XIV desarrolla el concepto de “desarmar” en la era tecnológica.

 

Y no se refiere solamente al desarme militar tradicional, sino a algo mucho más amplio y contemporáneo:

desarmar la lógica de poder que convierte a la tecnología

en instrumento de control, dominación y competencia global.

 

León XIV llama a desarmar

la complacencia armamentística y la idea de que quien posee mayor capacidad tecnológica posee automáticamente derecho a gobernar o decidir sobre los demás.

 

El Papa advierte especialmente sobre

la concentración de datos, algoritmos y capacidades tecnológicas en pocas manos, muchas veces opacas y difíciles de controlar democráticamente.

 

Por eso insiste en que las tecnologías deben ser transparentes, debatibles, regulables y sometidas al discernimiento ético comunitario.

 

Este concepto de desarme también implica romper la asociación entre

poder tecnológico y superioridad humana,

porque la encíclica recuerda permanentemente que ninguna

innovación puede estar por encima de la dignidad de la persona.

 

En un contexto mundial atravesado por guerras, tensiones geopolíticas y desarrollo acelerado de inteligencia artificial aplicada a defensa, vigilancia y manipulación, León XIV realiza un llamado profundamente actual:

desarmar no solamente las armas,

sino también las estructuras culturales, económicas y tecnológicas

que convierten al ser humano en objeto de poder y no en sujeto de dignidad.

 

En el custodiar lo humano en la transformación digital, ¿cuál es el papel de la formación de los pastores, laicos y líderes católicos para promover la verdad, el trabajo y la libertad?

 

No alcanza solamente con conocer tecnología. Necesitamos personas capaces de comprender el impacto cultural, social, político y espiritual de estas transformaciones.

 

El Papa insiste en el lenguaje, la comunicación y la verdad. Y esto es clave porque

hoy gran parte de la construcción de realidad pasa por sistemas digitales, redes sociales y algoritmos que moldean imaginarios colectivos.

 

Por eso la formación de pastores, laicos y líderes católicos debe incluir pensamiento crítico, ética digital, discernimiento comunicacional y comprensión de inteligencia artificial.

 

En mis investigaciones sobre inteligencia artificial y comunicación siempre aparece la misma conclusión:

cuanto más tecnológica se vuelve una sociedad, más importantes se vuelven las habilidades humanas:

la escucha, la empatía, la creatividad, la reflexión, la contemplación, la capacidad de diálogo, la construcción de comunidad.

 

Creo que el gran desafío de la Iglesia será justamente formar líderes capaces de custodiar la humanidad en medio de la transformación digital.

 

Y finalmente, ante la cultura del poder que impera en el mundo, el Papa plantea la civilización del amor. ¿Cómo forjar en la vida cristiana ese gesto humano que supera la IA desde la proximidad y el encuentro con el otro para el bien común?

 

La civilización del amor de la que hablaban San Pablo VI, San Juan Pablo II y ahora León XIV implica

volver a construir una cultura del encuentro

en medio de una civilización extremadamente individualista y muchas veces dominada por la lógica del poder.

 

La inteligencia artificial puede ayudarnos muchísimo: Puede acelerar procesos. Puede ampliar acceso al conocimiento. Puede mejorar áreas enormes de la vida humana. Pero jamás podrá reemplazar completamente

la experiencia del encuentro humano auténtico. Nunca podrá reemplazar plenamente la compasión, la misericordia, el perdón, el abrazo, la escucha profunda o la entrega amorosa al otro.

 

Y creo que allí está el gran desafío cristiano de este tiempo:

no permitir que la hiperconectividad nos vuelva interiormente desconectados.

 

El Papa León XIV habla del lenguaje, de la comunicación y de la necesidad de una ecología comunicacional.

Porque la palabra construye cultura y también construye humanidad.

 

Por eso creo que hoy evangelizar también significa acompañar humanamente. Crear comunidad. Generar espacios de escucha. Recuperar el silencio. Defender la dignidad humana. Y enseñar a las nuevas generaciones que el valor más grande jamás podrá ser automatizado: el amor. Y quizás justamente allí esté la misión más importante de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial.

 

martes, 8 de septiembre de 2026

JUICIO POLÍTICO - PROCESO DE DESTITUCIÓN - IMPEACHMENT

 

JUICIO POLÍTICO - PROCESO DE DESTITUCIÓN

Proceso de destitución, no debe confundirse con moción de censura o revocatoria del mandato.

 



Bill Clinton (a la derecha) y Donald Trump en la Torre Trump en 2000. Ambos presidentes fueron investigados y enviados a juicio por la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (el primero en 1998 y el segundo en 2019 y 2021) y absueltos por el Senado. Trump es el único presidente sometido dos veces al proceso en lahistoria de los Estados Unidos.

La presidenta brasileña Dilma Rousseff y su par surcoreana Park Geun-hye . Ambas fueron juzgadas y destituidas al año siguiente.

 

Un proceso de destitución[1] (o simplemente destitución),[2] juicio político,[1] impeachment[1][3][4] (pronunciado en inglés /ɪmˈpiːtʃmənt/),[5] procedimiento de destitución,[1] juicio de desafuero[1] o proceso político[1] designa

una figura del derecho en países con un modelo de gobierno presidencialista —tanto en países anglosajones como Estados Unidos como en aquellos basados en el derecho continental

por la que se puede hacer efectivo el principio de responsabilidad de los servidores o funcionarios públicos,

particularmente de los más altos cargos o autoridades —jefes de Estadojefes de Gobiernoministrosmagistrados de los tribunales superiores de justicia, generales o almirantes de las fuerzas armadas—,

que se realiza ante el Parlamento o Congreso.

 

La condena o declaración de culpabilidad del acusado puede ocasionar su destitución e incluso su inhabilitación para funciones similares, autorizar que sea juzgado por los tribunales ordinarios de justicia o tener efectos meramente políticos. En cualquier caso, la sanción o sus efectos depende de la Constitución del país.

 

En el ámbito anglosajón, se refiere a la acusación o impugnación y suele ser el inicio de un proceso de enjuiciamiento político (generalmente en la Cámara Baja) y posteriormente juicio del acusado (en la Cámara Alta).

 

El individuo que ha sido objeto de un proceso de destitución deberá hacer frente a la posibilidad de ser condenado por una votación del órgano legislativo, lo cual ocasionaría su destitución e inhabilitación para funciones similares. Así, por ejemplo, aunque Bill Clinton fue objeto de impeachment, no fue depuesto del cargo ya que fue exonerado por el Senado.

 

En América Latina es típico de sus sistemas presidencialistas y su origen está vinculado al mencionado impeachment del derecho anglosajón y al juicio de residencia del derecho indiano.

 

Otros nombres con los que se conoce al proceso en el mundo hispano son procedimiento de destitución,[1] proceso de revocación del mandato,[6][7][8] moción de censuraimpugnaciónproceso político, juicio de desafuerojuicio públicoresidenciamiento,[9] impedimentoremociónde posiciónacusación públicaacusación constitucionalacusación en juicio políticovacancia o reprobación.

 

ETIMOLOGÍA DE IMPEACHMENT

 

La palabra impeachment proviene del inglés medio empēchement, que, según el Middle English Dictionary, significaba ‘estorbo’ (hindrance), ‘impedimento’ (impediment), ‘obstáculo’ (obstacle), ‘obstrucción’ (obstruction), ‘acusación legal o cargo’ (legal accusation or charge), ‘acto de cuestionar o desacreditar’ (act of calling into question or discrediting), ‘impugnación de un reclamo o derecho’ (challenge to a claim or right).[10] 

 

Este vocablo tiene dos posibles orígenes:

1.  Del inglés medio empechenempeschenempescheenpechenimpechen ‘hacer que se atasque’ (to cause to get stuck), ‘encallar un barco’ (of a ship: to run aground), ‘bloquear, obstruir’ (to block, obstruct), ‘obstaculizar, impedir’ (to hinder, impede), ‘prevenir, interferir con, dañar’ (to prevent; to interfere with, harm), ‘criticar, menospreciar’ (to criticize, disparage), ‘presentar cargos contra’ (to bring charges against), ‘acusar formalmente de traición u otro delito grave’ (to formally accuse of treason or another high crime) → del anglonormando empecher → del francés antiguo empechierempeechier.[11] 

Se añade el sufijo -ment, que forma sustantivos de acción, sustantivos concretos y sustantivos que indican un resultado o una condición o estado.

2.  Directamente del francés antiguo empechementempeechementempeschement ‘obstáculo’ (obstacle), de empeechier ‘encadenar, obstaculizar’ (to fetter; to hinder), empescher ‘inhibir, prevenir’ (to inhibit, prevent) + -ment.

En el francés moderno permanece como empêchement ‘impedimento, obstáculo’ (impediment, obstacle).[12][13]

 

De acuerdo al Oxford English Dictionary, las voces empechierempeechier y empescher en francés antiguo (así como el francés moderno empêcher ‘prevenir’ [to prevent]) derivan del latín tardío impedicāre ‘atrapar, enredar’ (to catch; to entangle), presente infinitivo activo del latín impedicō ‘enredar, encadenar’ (to entangle; to fetter), a partir de im- (variante de in-) + pedica ‘grillos, grillete, lazo, trampa’ (fetter, shackle; snare, trap), de pēs ‘pie’ (foot), en última instancia, surgido del protoindoeuropeo *ped- ‘pisar, caminar, caer, tropezar’ (to step, walk; to fall, stumble) + la partícula de tercera declinación .[14] La misma obra advierte que en las definiciones de accusation, charge («acusación, cargo») y accusation and prosecution of a person of treason of other high crime or misdemeanour before a competent tribunal («acusación y enjuiciamiento de una persona de traición de otro delito grave o delito menor ante un tribunal competente»), la voz impeachment era relacionada con el latín medieval impetītio, a partir de impetere, presente infinitivo activo de impetō ‘asaltar, atacar, apresurarse’ (to assail, attack, rush upon); sin embargo, ambas palabras no tienen conexión etimológica.[12][13][14]

 

HISTORIA

 

El impeachment es una antigua institución del common law que surgió en el siglo XIV en Inglaterra, una monarquía parlamentaria donde la Corona nunca podía ser procesada en casos penales o civiles.

 

Esta inviolabilidad real se expresaba con el popular aforismo «el rey no puede actuar ilegalmente» (the king can do no wrong en inglés, rex non potest peccare en latín), protección que se extendía a los agentes de la Corona, por lo que era imposible en ese momento presentar un cargo contra la Corona en la corte del monarca (tribunal de justicia ordinaria).[a][b] 

 

El impeachment era una elusión de esta regla: se podía presentar una apelación ante el king in parliament (formación política del Curia Regis).

 

Cuando el agente del rey estaba causando daño a los súbditos, mientras ejercía sus poderes en nombre del soberano, el monarca podía juzgar a su ministro.[17] De esta manera, en 1376 el Parlamento acusó de corrupción e incapacidad a algunos ministros del rey Eduardo III y su amante Alice Perrers.[18] 

 

Pronto surgió la idea de que se podía criticar la política del rey mediante una imputación ficticia de responsabilidad: se suponía que el agente del rey lo había desaconsejado cuando estaba tomando su decisión.[17]

 

Durante el reinado de Eduardo IV el recurso de impeachment cayó en desuso y fue suprimido a la llegada de los reyes Tudor.[19] 

 

Cuando Jacobo I quiso restablecer la monarquía absoluta en 1621, Edward Coke, líder de la oposición parlamentaria, redescubrió los procedimientos.

 

Debido a que el rey puede juzgar a su ministro durante el king in parliament, Coke reconoció el riesgo de que el monarca fuese juez y parte en el proceso.

 

Desde el momento en que Jacobo I aceptó no presidir el juicio, la oposición parlamentaria pudo sistematizar los ataques contra él y su política a través de sus ministros, sin que el rey tuviese ningún poder de control o fuese capaz de defenderse.[20] 

 

El uso del impeachment se convirtió en un arma política que a largo plazo cambió la distribución del poder entre el Parlamento y el rey.

 

Lentamente, el régimen monárquico moderado se transformó a lo largo de las revoluciones en un sistema parlamentario con la aparición de la responsabilidad política del gobierno ante el Parlamento —en 1782, los parlamentarios obtuvieron la renuncia colectiva del gobierno dirigido por Frederick North—,[21] que desvaneció el poder real antes de la era victoriana (1824-1834).[22]

 

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