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sábado, 7 de noviembre de 2026

YUVAL NOAH HARARI – REFLEXIONES - IA - Por. NEL GÓMEZ

 



YUVAL NOAH HARARI – REFLEXIONES


Yuval Noah Harari, el historiador al que recomienda leer Pedro Sánchez:

“Quienes controlen los datos dominarán el futuro, no solo de la humanidad, sino de la vida misma”

 

Autor de libros como ‘Sapiens: De animales a dioses’, este autor mezcla diferentes disciplinas para analizar el pasado y el futuro de la especie humana

Por Nel Gómez

El historiador Yuval Noah Harari. (Reuters)

28 Oct, 2026 10:34 a. m. EST

 

La precampaña de Pedro Sánchez de cara a las elecciones generales ya ha llevado al presidente del Gobierno a aparecer en diferentes entrevistas. Si la semana pasada el líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) aparecía en La Resistencia, este miércoles se ha presentado en el pódcast de Keep It Cutre, presentado por Ángela Henche y Albanta San Román. En este espacio, han hablado de la vivienda, el feminismo o las redes sociales.

 

Ha sido abordando este último tema cuando Pedro Sánchez ha confesado haber estado leyendo a uno de los historiadores más conocidos del mundo. Se trata de Yuval Noah Harari, convertido en una referencia internacional tras la publicación de Sapiens: De animales a dioses, con el que ha logrado vender cerca de 25 millones de ejemplares.

 

En este y otros libros, Noah Harari aborda grandes periodos de la historia conectando disciplinas como la biología, la antropología, la arqueología, la economía y la ciencia política para explicar el pasado y el futuro de la humanidad.

 

Más concretamente, Pedro Sánchez ha estado leyendo su último ensayo, Nexus: Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA.

 

“Está bastante bien”, ha reconocido el presidente del Gobierno, que ha reflexionado sobre cómo las redes sociales y las aplicaciones digitales, customizando sus servicios, acaban aislando a las personas en vez de conectarlas.

 

Esto no solo tiene consecuencias a nivel individual, sino que, como sociedad, se vincula con otra conocida reflexión de Yuval Noah Harari:

“Quienes controlen los datos dominarán el futuro, no solo de la humanidad, sino de la vida misma”.

 

ENTREVISTA CON YUVAL NOAH HARARI.

LA PARADOJA DEL CONOCIMIENTO HUMANO

 

Esta frase, mencionada tanto en entrevistas como en conferencias, es una de las tesis centrales de la obra del autor, quien advierte en Nexus que

la inteligencia artificial ha supuesto

una revolución que ya no deja el poder en manos de los seres humanos.

 

“La bomba atómica no podía decidir ni inventar la bomba atómica”, decía en la rueda de presentación del libro. “En algunas de las plataformas más importantes del mundo, como X o Facebook, el papel del editor ya ha sido asumido por la IA: son los algoritmos los que deciden cuál será la historia recomendada o qué estará en la parte alta del feed”.

 

En uno de sus libros anteriores, Homo Deus, Harari sostiene que los datos se están convirtiendo en el recurso más valioso de nuestra era, de la misma forma que la tierra lo fue en la época agrícola y las máquinas y fábricas en la industrial.

 

Con suficientes datos y algoritmos potentes,

una empresa o un gobierno podría conocerte mejor de lo que tú te conoces a ti mismo: saber qué vas a votar, de quién te vas a enamorar o qué enfermedad vas a desarrollar.

 

Eso concede un poder enorme para orientar decisiones individuales y colectivas, a menudo sin que nos demos cuenta.

 

“En el pasado, la censura funcionaba bloqueando el flujo de información.

En el siglo XXI, la censura funciona inundando a la gente con información irrelevante”,

añade en este libro.

 

“En la antigüedad, tener poder significaba tener acceso a los datos.

Hoy, tener poder significa saber qué ignorar”.

 

Al mismo tiempo, el historiador ve precisamente una paradoja en el conocimiento adquirido a lo largo de la historia.

“El conocimiento que no cambia el comportamiento es inútil.

Pero el conocimiento que cambia el comportamiento pierde rápidamente su relevancia.

Cuantos más datos tengamos y mejor comprendamos la historia, más rápido la historia alterará su curso y más rápido quedará obsoleto nuestro conocimiento”.

 

 

LEON XIV EN URUGUAY – TRABAJO EN FUNCIÓN DEL HOMBRE, NO EL HOMBRE EN FUNCIÓN DEL TRABAJO – IA – LIBERTAD – SENTIDO DE LA ECONOMÍA – BIEN COMÚN – ORDEN JURÍDICO

 

LEON XIV EN URUGUAY – TRABAJO EN FUNCIÓN DEL HOMBRE, NO EL HOMBRE EN FUNCIÓN DEL TRABAJO  – IA – LIBERTAD – SENTIDO DE LA ECONOMÍA – BIEN COMÚN – ORDEN JURÍDICO

El clima permanecería favorable ante la llegada del papa León XIV

 

Señor presidente de la República, distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático, señoras y señores: …….

 

Unas palabras que pronunció Artigas ante los representantes orientales reunidos en el Congreso de abril de 1813:

«Mi autoridad —dijo— emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana» (Oración inaugural: Archivo Artigas, t. XI, doc. 82).

 

En una frase unía el origen de la autoridad y la responsabilidad de quien la ejerce:

recibirla de una comunidad concreta y responder ante ella.

 

En 2025 se cumplieron cuarenta años de democracia ininterrumpida en Uruguay, durante los cuales se sucedieron distintos gobiernos por decisión de los ciudadanos.

La autoridad pública encuentra su razón de ser

en el servicio al bien común y

está llamada a ejercerse dentro del orden jurídico,

respetando la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 74).

 

De ahí el valor de los cauces que permiten participar en la vida pública, delimitar con claridad las competencias de las instituciones y elegir a quienes asumen el encargo de gobernar (cf. ibíd., 75).

 

El bien común comprende también la responsabilidad de transmitir a quienes vendrán después los bienes que hoy hemos recibido. Como recordó mi Predecesor, el Papa Francisco,

«la noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras» (Carta enc. Laudato si’, 159).

 

Esta responsabilidad se traduce en las decisiones que

afectan al uso de los recursos naturales y a las fuentes de energía.

 

En las últimas décadas Uruguay ha transformado profundamente su matriz de generación eléctrica, que hoy se apoya casi enteramente en fuentes renovables. Es un resultado notable que ha requerido decisiones sostenidas durante años y la participación de diversos sectores del país. El paso dado plantea ahora nuevos desafíos en el transporte, la producción y el uso responsable de la tierra, el agua y la energía.

Pensar a largo plazo significa precisamente administrar estos bienes sin comprometer las posibilidades futuras.

 

La mirada hacia el futuro alcanza también a quienes habrán de habitar esta tierra: a las condiciones en que podrán nacer y crecer, y a las oportunidades que encontrarán a lo largo de su vida.

 

La evolución demográfica del Uruguay hace especialmente concreta esa preocupación. En uno de los frisos que se encuentran en el monumento, se representa a una mujer que lleva en brazos a un bebé. Lo sostiene estrechamente mientras a su alrededor continúa la marcha.

 

Ese gesto de protección nos lleva a pensar en la vida que comienza, también en aquella que todavía crece en el seno materno.

 

Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo. Su dependencia absoluta de la madre no disminuye la dignidad que le corresponde ni la protección que merece.

 

Jesús mismo quiso asumir esta condición al encarnarse. Acoger una nueva vida requiere que el padre se comprometa junto a la madre, que la familia preste su apoyo y que existan unas condiciones sociales que permitan a ambos criar y cuidar a sus hijos.

 

La protección de quien va a nacer y el apoyo de quienes lo acogen son inseparables. La familia sigue siendo el primer ámbito en el que cada persona es acogida y aprende a vivir con los demás.

 

San Juan Pablo II, que también tuvo la alegría de visitar esta tierra, lo expresó con una frase que conserva toda su fuerza:

«el futuro de la humanidad se fragua en la familia» (Exhort. ap. Familiaris consortio, 86).

 

En otra parte del friso, vemos a varios niños que caminan junto a los adultos. Ellos forman parte del pueblo incluso antes de poder participar en sus decisiones o contribuir con su trabajo. Quienes entonces avanzaban junto a los adultos acabarían recibiendo, a su vez, la responsabilidad de continuar la vida común. Por eso, cuidar a los más pequeños incluye necesariamente asegurarles una educación adecuada.

 

El hogar en el que un niño crece, la alimentación que recibe y la presencia de adultos que lo acompañan sostienen sus primeros años; la educación prolonga esa tarea, desarrolla sus capacidades, forma su juicio y lo prepara para participar con libertad y responsabilidad en la vida de la sociedad (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decl. Gravissimum educationis, 1).

 

La formación recibida ha de abrir también oportunidades concretas para incorporarse a la vida laboral, poner en práctica lo aprendido y adquirir autonomía mediante el propio esfuerzo.

 

El trabajo se convierte así en uno de los cauces

que permiten a cada persona desarrollar sus capacidades y contribuir al bien de los demás. Conviene recordar que

«el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”» (S. JUAN PABLO II, Carta enc. Laborem exercens, 6).

 

Este criterio conserva toda su actualidad ante

los rápidos cambios de la tecnología y de la inteligencia artificial.

El desarrollo de estas tecnologías debe ampliar las capacidades humanas, facilitar tareas y crear nuevas posibilidades, procurando que la persona que trabaja no quede reducida a una simple pieza prescindible dentro del proceso productivo.

 

Entre las figuras del monumento encontramos también a una anciana encorvada, que avanza con dificultad apoyándose en un bastón. En torno a una de las carretas, varias personas se acercan unas a otras y extienden los brazos; algunas parecen más pendientes de ayudarse entre sí que de apresurar el paso.

También quienes necesitaban apoyo para continuar formaban parte de aquel pueblo. Su pertenencia no dependía de la fuerza, la autonomía o la capacidad de aportar.

 

Tampoco hoy puede medirse el valor de una persona

por lo que produce, por su trabajo o por su capacidad de valerse por sí misma.

«La dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (Carta enc. Magnifica humanitas, 53).

 

El bronce conserva sus rostros y sus gestos, pero nada nos dice de lo que cada uno llevaba dentro mientras avanzaba entre los demás. También hoy podemos vivir rodeados de personas, compartir con ellas el trabajo, la calle o incluso el propio hogar, y desconocer el peso que llevan consigo. La soledad, la angustia y la pérdida de esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo.

Ante la dolorosa realidad del suicidio,

la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables.

 

Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia.

 

Otras formas de sufrimiento se manifiestan en el cuerpo o en las condiciones de vida.

La enfermedad, la discapacidad, el dolor físico, la pérdida de autonomía, la pobreza, la falta de trabajo o la exclusión pueden hacer especialmente necesaria la ayuda de los demás.

 

Recientemente he experimentado en primera persona las limitaciones que impone la enfermedad y he recibido cuidados por los que estoy profundamente agradecido. Esta experiencia me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener un diagnóstico oportuno o recibir los tratamientos que necesitan.

Procurar que la atención sanitaria esté al alcance de cada persona, independientemente de sus recursos, es una responsabilidad que interpela a toda sociedad.

Quien atraviesa cualquiera de estas situaciones no deja por ello de ser miembro pleno de la sociedad ni pierde nada del valor de su vida. En esas circunstancias, su fragilidad hace más urgente que reciba la asistencia, los recursos y el acompañamiento que necesita.

 

La atención debida a quienes sufren compromete a toda la familia humana.

Para la Iglesia, este deber encuentra una razón particular en el mandato de Jesucristo de reconocerlo y servirlo en los más necesitados (cf. Mt 25,40).

 

Como recordó Benedicto XVI,

«la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre» (BENEDICTO XVI, Carta enc. Spe salvi, 38).

 

De ahí que a todos corresponda procurar que

cada persona pueda vivir con dignidad, recibir los cuidados que necesita y ser acompañada hasta el término natural de su vida.

 

Por medio de sus diócesis y comunidades y de tantas personas dedicadas al servicio de los demás, la Iglesia desea colaborar con cuantos trabajan por aliviar el dolor cuando es posible y por sostener a la persona cuando este no puede ser eliminado.

 

A esta tarea común aporta lo que le es propio: una esperanza que no se extingue cuando los recursos humanos encuentran su límite y que recuerda a quien atraviesa la prueba que su vida conserva siempre un sentido y un valor, que no está́ solo y que tampoco en la oscuridad ha dejado de ser amado por Dios.

 

Aquella multitud que avanzaba junto a Artigas reunía también a personas de muy diversa condición. En el relieve, una mujer de atuendo distinguido sigue a pie una carreta, mientras otros conducen los animales o transportan sus pertenencias. Aquellas diferencias también forman parte de la historia del Uruguay, donde generaciones de hombres y mujeres de distintas procedencias y condiciones sociales hicieron de esta tierra una patria común.

 

Quienes forman parte de un mismo pueblo pueden partir de situaciones muy diferentes y disponer de recursos desiguales. Por ello,

la manera en que se organiza y orienta la economía termina repercutiendo

directamente en las condiciones de vida de las personas y

en sus posibilidades de construir su propio futuro.

 

La creación de riqueza, la inversión y la iniciativa económica —tanto pública como privada— son necesarias para el desarrollo de un país, pero sus frutos

han de traducirse también en bienes y oportunidades que alcancen efectivamente a todos, pues

«son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias» (Carta enc. Magnifica humanitas, 58).

 

La convivencia entre personas de distintas procedencias y tradiciones forma parte también de la historia del Uruguay.

 

Esa pluralidad se expresa hoy en las creencias y convicciones de sus ciudadanos. El carácter laico del Estado está llamado a garantizar un espacio en el que creyentes y no creyentes puedan convivir con libertad y respeto, porque hay valores que son universales. Esta neutralidad no exige que la dimensión religiosa quede confinada al ámbito privado.

 

Como enseña el Concilio Vaticano II,

nadie debe ser obligado a obrar contra su conciencia ni impedido de actuar conforme a ella,

tanto en privado como en público,

individualmente o en asociación con otros, dentro de los debidos límites (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decl. Dignitatis humanae, 2-3).

 

Desde esta libertad, las personas y las comunidades religiosas pueden contribuir al bien común, respetando la autonomía de las instituciones civiles.

 

El respeto y la convivencia que se procuran dentro de una nación han de orientar también sus relaciones con otros pueblos.

 

La propia Constitución uruguaya dispone que, en los tratados internacionales, la República procure que las controversias sean resueltas mediante el arbitraje u otros medios pacíficos y promueva la integración social y económica de los Estados latinoamericanos (cf. art. 6).

Que Montevideo sea además sede de la Secretaría del Mercosur da particular concreción a esa vocación de favorecer espacios de entendimiento y cooperación en la región.

 

En tiempos en que las diferencias pueden convertirse fácilmente en motivo de enfrentamiento, perseverar en el respeto al derecho, en la negociación y en la búsqueda paciente de acuerdos constituye un servicio que Uruguay puede seguir ofreciendo a sus vecinos.

 

Quisiera volver, antes de concluir, a aquella marcha representada en el centro de esta plaza. La Redota ocupa un lugar singular en la memoria uruguaya: recuerda a un pueblo puesto a prueba, que debió dejar atrás mucho de lo que tenía y procuró permanecer unido en medio de la incertidumbre.

 

Los relieves de este monumento se prolongan por las cuatro caras del pedestal. Desde un solo lugar apenas podemos contemplar una parte de aquella multitud. Para descubrir a los demás es necesario acercarse, recorrerlo y detener la mirada en sus personajes. El pueblo aparece precisamente en el conjunto. En aquella multitud podemos reconocer algo que permanece en la vida del Uruguay:

la responsabilidad de unos hacia otros, que permite a personas de distintas generaciones y condiciones continuar construyendo una historia común.

 

A ese Uruguay he venido como Sucesor de Pedro y como pastor, con el deseo de encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra y de acercarme, con afecto, a todo su pueblo. Los vínculos entre la Santa Sede y el Uruguay se remontan a los primeros años de su vida independiente. En ese contexto, mi Predecesor, el Papa Gregorio XVI, confirmó las facultades del Padre Dámaso Antonio Larrañaga y lo designó Vicario Apostólico de la República mediante un breve apostólico del 14 de agosto de 1832. Aquel acto, de naturaleza eclesiástica, ha sido interpretado también como un reconocimiento implícito de la independencia del nuevo Estado oriental, que entonces procuraba afianzar su posición entre las naciones.

 

Con una historia de fe y servicio que se remonta a siglos atrás, la Iglesia desea seguir ofreciendo al pueblo uruguayo aquello que ella misma ha recibido —a Jesucristo y la esperanza de su Evangelio— y colaborar desde su propia misión con cuantos trabajan por el bien común y la dignidad de cada persona.

 

Que estos días nos permitan fortalecer cuanto nos une y renovar la confianza con la que se afrontan las dificultades y se prepara lo que está por venir. Que Dios bendiga al Uruguay y que María Santísima, a quien este pueblo se confió en las horas de su nacimiento, siga acompañándolo a lo largo de su historia. Muchas gracias.

jueves, 5 de noviembre de 2026

EL FIN DE LA ERA DEL TRABAJO HUMANO - por: Alejandro Zenker Hackett

 

EL FIN DE LA ERA DEL TRABAJO HUMANO

 

¿EL FIN DE LA ERA DEL TRABAJO HUMANO? APUNTES SOBRE UN FUTURO PRÓXIMO PROBABLE



Alejandro Zenker Hackett  - Director general de Ediciones del Ermitaño - 15 de enero de 2026

 

Me imagino que esto no está en tu radar inmediato, pero lo que se está discutiendo con cada vez más urgencia en círculos especializados es un futuro inminente que, en realidad, ya comenzó y que se acelerará a lo largo de este 2026.

 

Se trata del desplazamiento masivo de los humanos como fuerza laboral y su sustitución progresiva —y en muchos casos definitiva— por sistemas de inteligencia artificial y robots.

 

Suena a ciencia ficción, ¿verdad? Sin embargo, muchos en mi círculo profesional ya lo están resintiendo de manera directa: traductores, diseñadores, editores, ilustradores, fotógrafos.

Decenas de miles de personas ya están perdiendo el empleo debido a la IA, y esto no es una hipótesis: es un fenómeno observable.

 

 

Bajo esta óptica, discutir si el humano “sigue traduciendo mejor” resulta casi irrelevante. La IA traduce cada vez mejor, mucho más rápido y a un costo infinitamente menor.

 

El capital no busca la perfección romántica ni la excelencia artesanal: busca eficiencia implacable.

 

Hoy estamos inundados de contenidos sintéticos: música, artículos, libros, imágenes y videos.

 

Pero el 2026 promete ser para la robótica lo que el 2023 fue para la IA generativa: el año del despegue exponencial.

 

Las proyecciones más agresivas que circulan entre analistas, fondos de inversión y centros de investigación hablan de cifras inquietantes: en ciertos sectores,

entre el 60 y el 85% del trabajo humano podría ser desplazado en los próximos años.

 

En un horizonte de una o dos décadas, algunos escenarios extremos

incluso rozan el reemplazo casi total de la fuerza laboral tradicional.

 

LA MUERTE DE LA “MAQUILA” Y EL FIN DEL VOLANTE

 

La futurología suele fallar, es cierto. Pero cuando quienes hacen las predicciones

son las mismas corporaciones que están desarrollando y financiando la tecnología que provocará el cambio, la cosa se pone seria.

 

Así como hoy caen los traductores, pronto los robots se harán cargo del campo, la construcción, la logística y la manufactura pesada.

 

Los automóviles, por ejemplo, ya están dejando de ser simples máquinas para convertirse en robots autónomos sobre ruedas. No sería descabellado imaginar que, en un futuro no tan lejano, manejar manualmente sea visto como hoy vemos fumar dentro de un avión: una práctica peligrosa, socialmente inaceptable y eventualmente prohibida.

 

¿Qué significa todo esto para nosotros? Algo que casi no se está discutiendo con suficiente crudeza:

los países “maquiladores” dejan de ser necesarios.

 

Si la robótica elimina la ventaja comparativa del bajo costo laboral, Estados Unidos

ya no tendrá incentivos reales para producir en China, México o Vietnam.

 

El impacto para economías como la nuestra sería sísmico, no gradual.

 

¿HUMANOS PARÁSITOS O CIUDADANOS DEL OCIO?

 

La pregunta incómoda es inevitable:

¿de qué vivirá ese enorme porcentaje de población desplazada?

 

Se habla del Ingreso Básico Universal como si fuera una solución técnica neutra, pero pocas veces se formula la pregunta clave:

¿de dónde saldrá ese dinero en un mundo donde el trabajo asalariado —y por lo tanto la recaudación fiscal tradicional— se ha evaporado?

 

Resulta ingenuo pensar que Musk, Huang, Zuckerberg o Altman —los nuevos dueños de los medios de producción— se dedicarán voluntariamente a sostener a una población global de ocho mil millones de personas improductivas.

 

De hecho, el propio discurso tecnocrático ya empieza a deslizar una idea peligrosa:

la del humano como costo, como lastre, como variable prescindible.

El fantasma del “humano parásito” no es una postura ética, sino un riesgo sistémico.

 

Lo que visualizo no es

un idílico “reino del ocio creativo”, sino

un panorama de desorden, desigualdad extrema y pauperización.

 

Los gobiernos, privados de ingresos fiscales provenientes del trabajo, verán mermada su capacidad operativa. Y el hambre, como sabemos,

no es filosófica ni paciente:

suele venir acompañada de estallidos violentos.

 

El “comunismo técnico” que se perfila —una situación en la que la producción es casi gratuita y el dinero pierde buena parte de su sentido— encierra una trampa fundamental:

el control de la infraestructura productiva no se distribuye, se concentra.

 

El poder seguirá en manos de los mismos capitalistas de siempre, ahora

reconvertidos en una suerte de señores feudales de la tecnología, dueños de los sistemas, los datos y los algoritmos.

 

EL LIBRO Y LA CRISIS DE LA LECTURA LINEAL

 

Como editor, mi visión no es optimista. Se avecina una crisis profunda, probablemente terminal, de la industria editorial tal como la conocemos.

 

En un contexto de empobrecimiento generalizado y con generaciones jóvenes volcadas casi por completo a las pantallas y a la gratificación instantánea, la lectura lineal de largo aliento —el libro— enfrentará su mayor desafío histórico.

 

A esto se suma otro factor que suele mencionarse en voz baja:

los implantes cerebrales.

Hoy todavía parecen experimentos marginales, pero ya existen pruebas funcionales exitosas.

 

La posibilidad de asimilar información sin pasar por la lectura tradicional dejará de ser una fantasía.

Cuando el conocimiento pueda “descargarse” directamente al cerebro, la pregunta será brutal: ¿para qué leer un texto lineal durante horas o días?

 

SURVIVAL DE LO EVENTUAL

 

A muchos todo esto les parecerá una jalada, una exageración o un ejercicio de paranoia tecnófoba.

 

Quienes visualizamos estos escenarios corremos el riesgo de quedar en ridículo o de ser etiquetados como visionarios incómodos. Lo bueno —o lo malo— es que no se trata de predicciones a cincuenta años: en muy poco tiempo sabremos hacia dónde se inclina la balanza.

 

Mientras tanto, lo más sensato no es esperar soluciones mágicas del Estado ni refugiarse en nostalgias improductivas, sino imaginar y diseñar escenarios personales de supervivencia ante un entorno radicalmente inestable.

 

La balsa no se construye cuando el agua ya te llega al cuello, sino cuando todavía parece exagerado hacerlo. La marea ya empezó a subir.