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sábado, 14 de febrero de 2026

REFORMA LABORAL - LA OPERACIÓN SECRETA PARA QUE LOS TRABAJADORES FESTEJEN SU PROPIO AJUSTE - Por: MARIANO QUIROGA

 



 

LA OPERACIÓN SECRETA PARA QUE LOS TRABAJADORES FESTEJEN SU PROPIO AJUSTE

 

Detrás de la reforma laboral que propone la LLA hay una ingeniería de percepciones diseñada para que el que pierde derechos crea que lo están liberando.

12/02/2026


La operación secreta para que los trabajadores festejen su propio ajuste

Por: Mariano Quiroga [PUBLICÓ “TIEMPO ARGENTINO]

 

Hay preguntas que un gobierno nunca debería hacerle a la ciudadanía. Pero hay una que el núcleo duro de La Libertad Avanza no solo se hizo, sino que respondió con una maquinaria de precisión suiza:

¿cómo hacemos para que un trabajador acepte una reforma que lo perjudica?

 

No es una pregunta menor. Los equipos económicos del oficialismo saben, porque sus propios asesores se lo dijeron, que la reforma laboral que impulsan

--- reduce el costo del despido,

--- individualiza la negociación,

--- transfiere riesgo del empleador al empleado.

 

Saben que, en términos materiales, es un retroceso en derechos. Saben que, si el trabajador comprende eso, vota en contra.

 

Entonces el problema no es económico: es comunicacional. Pero ni siquiera. Es más profundo. Es cultural.

 

Lo que el espacio libertario necesita no es explicar mejor la reforma.

Necesita reprogramar el significado del trabajo, del derecho, del perjuicio.

Necesita que el trabajador no solo acepte la pérdida, sino que la festeje como una conquista.

 

Y para eso no alcanza un eslogan. Se necesita un método. Ese método tiene nombre y apellido: Frank Luntz.

 

Luntz no es un teórico de la comunicación ni un académico de salón. Es un mercenario del lenguaje.

 

Durante treinta años enseñó al Partido Republicano que los hechos no importan: importa el marco mental.

 

Su método es empírico, casi quirúrgico.

Juntas votantes indecisos, les coloca un dial en la mano y mide en tiempo real qué palabras activan miedo, bronca, orgullo o culpa.

Después fabrica un diccionario paralelo y lo replica hasta la saturación.

 

No refuta al adversario: cambia el tablero. Y cuando el tablero cambia, el que pierde derechos cree que lo están liberando.

 

Eso es exactamente lo que está pasando con la reforma laboral en Argentina. No es una operación improvisada. Es ingeniería de percepciones aplicada con disciplina militar.

 

El primer movimiento es siempre el mismo: cambiar la palabra central del debate.

Durante décadas, los trabajadores argentinos entendieron que tenían derechos.

 

Eso fue un problema para el mileísmo desde el primer día. Porque no se puede sacar un derecho sin generar rechazo. A menos que ese derecho deje de llamarse derecho y pase a llamarse privilegio. El salto semántico es sutil pero devastador:

el trabajador registrado, el que tiene indemnización, el que negocia colectivamente, deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un privilegiado que le cierra la puerta al pibe que busca su primer empleo.

La bronca se desplaza del patrón al compañero.

El enemigo ya no es el que te explota, es el que tiene algo que vos no tenés.

 

Así, cuando el gobierno dice “vamos a sacarle el privilegio a la casta sindical”, el trabajador activo escucha “privilegio” y piensa en el otro.

El joven sin trabajo escucha “primer laburo” y se siente representado.

 

La gestión libertaria no está reduciendo derechos: está igualando para abajo, pero presentado como justicia social.

El que pierde siente culpa. El que gana siente orgullo. Y ambos celebran.

 

El segundo movimiento es la inversión del perjuicio. Luntz lo enseñó hace décadas:

nunca digas lo que vas a sacar; decí lo que vas a dar.

--- El oficialismo no puede decir “vamos a facilitar el despido”. Eso suena a amenaza. Entonces dice “vamos a dar libertad de contratación”.

--- No dice “vamos a eliminar la indemnización”, dice “vamos a sacar una traba que te impedía conseguir trabajo”. El trabajador no pierde un derecho: pierde una atadura. No es víctima de un recorte: es protagonista de su propia liberación.

 

El giro es magistral. El que queda desprotegido no se siente desprotegido. Se siente liviano. Se siente libre. Agradece.

 

Pero el framing no funciona solo con palabras bonitas. Necesita un villano.

 

Luntz lo comprobó en los años noventa:

la bronca social no se dirige al que tiene más, se dirige al que tiene algo que yo no tengo y no merece.

 

En Argentina, la figura del empleador es difusa, lejana, a veces incluso abstracta. La figura del sindicalista, en cambio, es concreta, visible, a menudo con privilegios reales y ostentosos. La estrategia libertaria entendió eso mejor que nadie. Por eso no hablan de empresarios que se quieren enriquecer. Hablan de la casta sindical que vive de tus derechos.

 

El trabajador deja de ver al sindicato como su herramienta de defensa. Lo ve como su carcelero. Cuando la reforma elimina un derecho, no lo percibe como una pérdida: lo percibe como un golpe al sindicalista. El oficialismo no le está sacando nada al laburante: le está sacando herramientas al enemigo del laburante. Y el laburante celebra.

 

--- Después viene el frame del mérito.

Luntz descubrió que, para ciertos segmentos, la palabra “mérito” es más poderosa que “igualdad”.

El mileísmo lo traslada al mundo del trabajo con eficacia letal:

el empleo protegido es “asistencialismo”, “plan”, “no te esforzás”.

El empleo desregulado es “te la jugás”, “emprendés”, “sos libre”.

Se construye el arquetipo del pibe que quiere laburar pero no puede porque las leyes se lo impiden.

Se contrapone al empleado público o sindicalizado que vive de privilegios.

El trabajador precarizado deja de querer un empleo formal: empieza a despreciar al que lo tiene.

 

Ahí la operación alcanza su punto más alto.

Porque la reforma laboral ya no es una herramienta para que las empresas contraten más barato. Es una herramienta de justicia social.

Iguala hacia abajo, sí, pero lo hace en nombre del mérito:

ahora todos vamos a tener que esforzarnos igual. El que pierde derechos no exige, aplaude.

 

El momento más brillante de Luntz, sin embargo, es otro:

cuando logra que la gente vote contra sus propios intereses materiales y lo sienta como una victoria moral.

 

La gestión libertaria replica esa mecánica con precisión. El frame es siempre el mismo:

la casta política y sindical te tiene dominado mediante derechos que te convierten en un esclavo dorado.

Te saco esos derechos, pero te doy libertad.

 

El trabajador que pierde estabilidad no se siente perjudicado:

se siente protagonista de su propio rito de pasaje. Aceptar la precarización es probar que sos un adulto que no necesita tutela estatal.

Es, de algún modo, un acto de hombría.

 

Esto ya no es comunicación política. Es batalla cultural en estado puro. Transformar una derrota material en una victoria simbólica. Hacer que el esclavo ame sus cadenas. O mejor: hacer que las llame alas.

 

Javier Milei, además, no delega. Él mismo es el frameador en jefe.

--- Repite “casta sindical” en cada cadena nacional.

--- Contrapone “trabajadores libres” a “esclavos del Estado”.

--- Nunca dice “reforma laboral”, dice “Ley de Empleo Joven” o “Ley de Libertad de Contratación”.

--- Asocia derecho laboral con costo, con desempleo, con pobreza. El votante internaliza que defender derechos es defender la pobreza.

--- La única forma de ser ético, entonces, es aceptar la desregulación.

 

Cuando el presidente siembra, la militancia riega. El frame se replica en cuentas libertarias, en memes, en TikToks.

--- Un pibe en moto dice “yo no quiero indemnización, quiero laburar”.

--- Un gráfico explica que “un empleado con indemnización le cuesta cuarenta por ciento más a la empresa, ese cuarenta por ciento es tu aguinaldo que le das al sindicalista”.

Una consigna se vuelve viral: “Que laburen todos, no que mantengamos vagos”.

 

El trabajador que acepta la reforma no lo hace por convicción técnica. Lo hace porque su grupo de pertenencia —el espacio libertario— define la aceptación como un acto de lealtad identitaria. Rechazar el frame es ser un tibio, un zurdo, un casta. Y nadie quiere ser eso.

 

El objetivo estratégico de La Libertad Avanza, en esto, no es ganar una votación en el Congreso. Es mucho más ambicioso:

volver impensable la defensa del derecho laboral.

 

Cuando un pibe de veinte años diga “la indemnización es un curro”, cuando un empleado en negro diga “yo soy más libre que el de blanco”, cuando un despedido diga “no me echaron, me liberaron”, la reforma ya no necesitará ser aprobada por ley. Ya estará aprobada en las cabezas.

 

Y cuando la mayoría cree que el derecho es un privilegio, ningún gobierno futuro podrá restaurarlo sin ser acusado de volver a esclavizar al pueblo.

 

Eso es lo que está en juego. No es una reforma. Es la deslegitimación del contrato social que Argentina construyó durante un siglo.

 

El oficialismo busca instalar, con el método Luntz, que

el trabajo no es un derecho sino una mercancía, que el Estado no debe proteger al débil sino liberarlo del Estado mismo, que la desigualdad no es un problema sino un resultado del mérito.

 

La gestión libertaria sabe que la reforma perjudica al trabajador individual en el corto y mediano plazo. Sabe que reduce su poder de negociación, que aumenta su incertidumbre, que abarata su despido. Pero eso no importa. Porque la batalla no es económica: es simbólica.

El trabajador no debe sentir que perdió un derecho. Debe sentir que se sacó de encima un privilegio ajeno. Debe sentir que ahora es más libre, más adulto, más argentino de bien.

 

Cuando Luntz dice

“no importa la verdad, importa el marco mental”, está describiendo exactamente esto:

la verdad material del perjuicio es irrelevante si la percepción emocional es de liberación.

 

La Libertad Avanza no busca que el pueblo entienda la reforma. Busca que el pueblo celebre su propio perjuicio como un triunfo moral contra la casta.

 

Y si lo logra, habrá ganado la batalla cultural más profunda de la historia argentina:

la que convence al esclavo de que sus cadenas son alas.

 

sábado, 7 de febrero de 2026

MINISTERIO DE LA VERDAD - CONTRA LA PRENSA. CON LA TUYA: EL GOBIERNO CREÓ SU MINISTERIO DE LA VERDAD PARA "DESMENTIR OPERACIONES DE LOS MEDIOS"

 




 

Con un comunicado insólito el Gobierno anunció la creación de una cuenta de X que será la Oficina de Respuesta Oficial que tendrá como objetivo

"desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política".

 

Asociaciones como Adepa (que agrupa a más de 180 empresas periodísticas) y Fopea (que nuclea a cientos de periodistas) expresaron su rechazo.

 

El Gobierno se autopercibe como dueño de la verdad y busca atacar la libertad de expresión con fondos públicos para imponer sus dogmas y su relato.

Juan Manuel Astiazarán

Juan Manuel Astiazarán@juanmastiazaran -Jueves 5 de febrero 21:54

 

 

 

El Gobierno nacional no pierde el tiempo. Este miércoles sorprendió a propios y extraños cuando anunció, con bombos y platillos, la flamante Oficina de Respuesta Oficial.

 

Se trata de una cuenta "oficial" en redes sociales que cuenta con el respaldo de la Rosada y que tendrá por objetivo "desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política".

 

Una reedición del Ministerio de la Verdad de Orwell en su famosa novela 1984, pero que se volvió realidad dentro del multiverso libertario.

 

"Vamos a combatir la desinformación brindando más información, todo lo contrario a lo que los sectores políticos vinculados a la izquierda hacen cuando gobiernan, donde buscan censurar a los opositores tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales.

Esta decisión es contundente: estamos sumando una voz oficial para desmentir operaciones, lo contrario a la censura", asegura el comunicado.

 

Una nueva herramienta del aparato digital oficialista para controlar la verdad, aunque sin ningún tipo de oficialización (hasta el momento no existen rastros de su creación en el Boletín Oficial) y de dudoso financiamiento, algo que se repite con muchos de los otros engranajes del sistema de medios afines a LLA.

 

El debut del Ministerio de la Verdad mileísta no tardó en llegar. La primera acción fue contestar una nota del diario Clarín sobre el programa Volver al Trabajo (VAT), acusando al medio de una "burda operación" y asegurando que el programa sigue vigente. No solo eso: celebraron en redes la supuesta eliminación del artículo por parte del diario, aunque en verdad solo se había modificado el título, algo que Clarín mismo aclaró.

Pero el dato estaba lanzado:

la Oficina, desde el minuto uno, mostró que no busca el debate ni el intercambio, sino marcarle la cancha a los medios de comunicación e influir en los contenidos que producen.

 

Pero eso no fue todo: también arremetió contra la legisladora porteña del Frente de Izquierda Vanina Biasi y contra los trabajadores del Garrahan, asegurando que la persecución con sanciones y suspensiones a 11 trabajadores se debe a que "pusieron en riesgo el funcionamiento del Hospital y agredieron al personal que cumplía tareas críticas".

 

Una mentira vergonzosa para enmascarar la persecución y el disciplinamiento que quieren llevar adelante contra quienes llevaron adelante una lucha histórica que contó con una enorme simpatía popular y que lograron un importante triunfo contra el desfinanciamiento.

 

LA "BATALLA CULTURAL" Y LA CONSTRUCCIÓN DE ENEMIGOS

 

 La creación de esta "oficina" no es un invento argentino. El propio Milei y sus asesores se jactan de mirar modelos de Trump, Bolsonaro o Vox: todos gobiernos de derecha que usaron y usan las redes para rodear, hostigar o intentar directamente borrar del mapa al periodismo. De hecho la idea copia el modelo del trumpismo con su cuenta Rapid Response que reúne más de 1.4 millones de seguidores en X y que tiene como objetivo "apoyar la agenda del presidente de los Estados Unidos" y "exigir que las fake news rindan cuentas".

Interfaz de usuario gráfica, Texto, Aplicación

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

 

Desde su asunción el presidente no se ha privado de insultos como "mentirosos", "ensobrados", "corruptos" y una frase repetida hasta el hartazgo: "No odiamos lo suficiente a los periodistas".

 

Una política orquestada desde la Casa Rosada que busca silenciar voces incómodas, vaciar los medios públicos y perseguir a quienes piensan distinto o se animan a informar casos como el escándalo de las coimas en la Agencia de Discapacidad, la estafa de la criptomoneda $LIBRA y muchos otros casos que salpican a varios funcionarios del oficialismo.

 

Ahora crea esta oficina y pone al frente de la misma a Juan Pablo Carreira, conocido en redes sociales por el seudónimo Juan Doe, un reconocido tuitero libertario que siempre renegó de estar relacionado a trabajar para el Estado pero que parece haber cambiado de opinión.

Interfaz de usuario gráfica, Texto, Aplicación

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

 

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DERECHO A LA INFORMACIÓN BAJO ATAQUE

 

La creación de la Oficina generó un fuerte rechazo, pero no solo entre opositores.

--- Adepa, la entidad que agrupa a empresas periodísticas, advirtió sobre el peligro de que se convierta en una herramienta de vigilancia y disciplinamiento.

--- Fopea, que nuclea a los periodistas, también emitió un comunicado asegurando que "el gobierno no puede erigirse como un ’tribunal de la verdad’".

Las críticas llegaron, incluso, desde integrantes del PRO como Laura Alonso, quien señaló su rechazo a

"usar el aparato estatal para imponer la verdad oficial" y pidió que "esta ’oficina’ se agote en un olvidable mensaje de X".

 

Pero no se trata de una simple cuenta de redes. Es una política ejecutada con fondos del Estado para blindar el relato oficial, financiando a influencers y operadores afines al Gobierno en los principales canales de TV y redes sociales.

Fondos públicos usados para vigilar, señalar y disciplinar en momentos donde el Gobierno empieza a exhibir todas sus contradicciones luego de la euforia electoral.

 

No es casualidad que los ataques a la prensa vayan de la mano del ajuste y la represión en las calles, incluso dirigida muchas veces contra periodistas. El ejemplo de Pablo Grillo, que aún atraviesa una larga recuperación, funciona como un recordatorio permanente de quienes hablan de "libertad" pero apuntan contra el periodismo.

 

En la célebre novela de Orwell, el Ministerio de la Verdad no informaba:

reescribía la historia, borraba hechos, y perseguía el pensamiento libre.

Controlar el relato para perpetuar el poder, ese era su objetivo.

No se trata de "desenmascarar mentiras", sino de un nuevo intento por disciplinar, borrar voces, y blindar un relato que solo tiene ajuste, represión y escándalos de corrupción por donde se mire.