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domingo, 13 de septiembre de 2026

BYUN CHUL HAN - UNA LIBERTAD QUE ESCLAVIZA. EL SUJETO DE RENDIMIENTO Y EL PASO DEL «DEBER» AL «PODER».

 


UNA LIBERTAD QUE ESCLAVIZA.

EL SUJETO DE RENDIMIENTO Y EL PASO DEL «DEBER» AL «PODER».

 

Para Byung Chul Han, la sociedad actual ya no puede comprenderse a partir del modelo de la «sociedad disciplinaria» analizado por Michel Foucault.

 

En el régimen disciplinario de Michel Foucault los recintos como las cárceles, hospitales, fábricas, cuarteles y psiquiátricos representaban espacios característicos de una sociedad fundada en la vigilancia, la prohibición y el mandato.

 

El individuo disciplinario se convertía en un «sujeto de obediencia», es decir, alguien que se encontraba sometido a una autoridad que le decía lo que debía y que no debía hacer.

 

La sociedad disciplinaria era, en este sentido, una sociedad regida por la negatividad del «no». El poder disciplinario imponía límites y prohibiciones, pero en el existía una diferencia entre aquel que mandaba y aquel que obedecía.

 

La sociedad del siglo XXI, por el contrario, se desprende de aquella negatividad disciplinaria. Ya no está constituida por cárceles y fábricas, sino por gimnasios, estéticas, y enormes centros comerciales.

Tampoco está habitada fundamentalmente por «sujetos de obediencia», sino por «sujetos de rendimiento» que

se conciben a sí mismos como sus propios proyectos, alejados de cualquier imposición externa.

Los individuos del régimen del rendimiento se convierten en «emprendedores de sí mismos».

 

Bajo esta lógica,

el «deber» disciplinario es sustituido por el «poder» neoliberal.

Al «tú debes» le sucede el seductor «tú puedes».

 

El famoso «Yes, we can» es , según Han (2012) la máxima que corresponde con esta nueva sociedad.

 

Las palabras

prohibición, obligación y obediencia

son desplazadas por palabras más amables como motivación, iniciativa y superación.

 

Sin embargo, esta transición del «deber» hacia el «poder» no debe interpretarse como el paso de la opresión a la libertad. .

 

La sociedad de rendimiento no elimina la explotación únicamente la vuelve menos visible. El antiguo amo no desaparece por completo, sino que se encarna dentro del propio sujeto. Así entonces, el trabajador ya no necesita obedecer la voz de otro que le mande «debes trabajar más».

 

El sujeto del rendimiento interioriza el imperativo de producir cada vez más.

 

De este modo, el «poder-hacer» resulta más eficiente que el «deber» pues,

mientras la prohibición del «deber» establece un límite, el «poder hacer» no topa con ninguna restricción.

 

Esta ausencia de límites incrementa enorme te el nivel de productividad personal.

 

Desde esta perspectiva,

cuanto más libre se sabe el hombre contemporáneo, más dispuesto se encuentra a explotarse a sí mismo.

 

La explotación tradicional presupone dos figuras distintas:

el explotador y el explotado. Uno manda y el otro obedece.

 

En la «auto-explotación», en cambio,

ambas figuras coexisten dentro de una misma persona.

El sujeto se exige y se obliga a continuar. Es amo y esclavo de sí mismo.

 

En palabras de Han:

“El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse.” (Han, 2017 p. 18)

 

En este sentido, la eficacia de la sociedad de rendimiento se sostiene en que el sujeto no interpreta aquello que hace como una imposición externa, sino como una realización de su propia voluntad.

 

Trabaja hasta el agotamiento convencido de que se está «realizando».

La explotación se disfraza de libertad y se vuelve mucho más difícil de reconocer.

 

La actual cultura de la «superación personal» puede leerse perfectamente desde la lógica del rendimiento neoliberal.

 

El individuo tiene que perfeccionar su cuerpo, su apariencia, sus conocimientos, sus ingresos, su productividad e incluso su personalidad.

Tiene que aprender otro idioma, hacer ejercicio, emprender, viajar, ahorrar.

 

Bajo esta lógica, el hombre actual tiene

que demostrar continuamente que puede llegar a «ser más» , y de que siempre es posible incrementar el nivel de rendimiento personal.

 

En este sentido, las redes sociales pueden funcionar como un escaparate privilegiado del «sujeto de rendimiento».

Ahí, la vida adquiere

la forma de un proyecto que debe ser expuesto y continuamente mejorado, uno ya no compite solamente con el compañero de trabajo o con el vecino, sino potencialmente con todos.

 

De esta manera, el régimen del rendimiento neoliberal crea una violencia silenciosa pues,

si el sujeto cree que todo depende de sí mismo, interpreta el fracaso como una culpa meramente personal.

 

Pues en el régimen del «todo es posible», aquel que no consigue aquello que desea, no encuentra ninguna instancia exterior a la cual responsabilizar, la violencia es culparse a sí mismo por un bajo déficit de rendimiento persona.

 

El «no puedo» es una expresión de negatividad que debe eliminarse a favor de la positividad del «todo es posible»

 

Según Byung Chul Han, el régimen de rendimiento está definido por el surgimiento de enfermedades de orden neuronal, así es como aparece la depresión como una de las patologías características de la sociedad de rendimiento.

 

Estas enfermedades neuronales son un signo visible producido por el agotamiento de tener que poder-rendir permanentemente

 

El sujeto de rendimiento soporta durante un tiempo el imperativo del *puedo* “Sin embargo, inevitablemente llega un momento en el que el «puedo» encuentra un límite neuronal. La mente se agota de la compulsión por rendir.

Así es como aparece el terrible «no puedo más» como una negatividad humana a la positividad neoliberal.

 

Empero, los sujetos del rendimiento neoliberal huyen constantemente a esta expresión, pues viven obcecados en la positividad del todo es posible.

 

En la pluma de Han:

“El lamento del individuo depresivo, «Nada es posible»,

solamente puede manifestarse dentro de una

sociedad que cree que «Nada es imposible».” (Han, 2017 p. 17)

 

Esta oración expresa la contradicción fundamental de la sociedad de rendimiento.

El «Nada es imposible», aparentemente optimista, contiene escondida una enorme violencia.

Si nada es imposible, cualquier imposibilidad termina convirtiéndose en una responsabilidad personal puesto que, si puedes lograrlo y no lo logras, aparentemente el culpable eres tú.

 

De este modo, la positividad del «puedes hacerlo» se transforma en un mandato mucho más severo y eficiente que el otrora «debes hacerlo».

 

El sujeto del rendimiento se recrimina continuamente por aquello que todavía no ha conseguido.

La comparación permanente entre aquello que «es» y aquello que «podría ser» es una laceración personal inhumana , en ella , el hombre se hace enemigo de sí mismo.

 

En este sentido, la expresión «no poder más» resulta particularmente significativa. No significa solamente estar cansado, sino fracasar ante la obligación de poder.

 

En la sociedad disciplinaria, el límite procedía de afuera. En la sociedad de rendimiento, el sujeto tiene que imponerse sus propios límites, pero justamente ha sido educado para eliminarlos.

«Supera tus límites»,

«sal de tu zona de confort»,

«nunca te rindas»,

«sé tu mejor versión»

son expresiones que confirman el dominio de la positividad neoliberal en los modos de vida.

 

Desde esta perspectiva, detrás de ellas aparece una sospecha:

nunca eres suficientemente bueno porque siempre puedes ser mejor.

La sociedad de rendimiento se alimenta justamente de esta insatisfacción.

 

Un sujeto completamente satisfecho consigo mismo tendría pocas razones para someterse a un proceso infinito de optimización. Por el contrario, el sujeto que considera que siempre le falta algo puede continuar trabajando indefinidamente sobre sí mismo.

El régimen del rendimiento se basa en una permanente insatisfacción personal

 

Bajo esta lógica, uno hace voluntariamente aquello que lo destruye. Precisamente por eso la auto-explotación resulta más eficiente que la explotación ejercida por otro.

 

Cuando existe un amo, todavía es posible identificar al responsable del sometimiento. Cuando uno mismo ocupa el lugar del amo, cualquier rebelión tendría que dirigirse contra uno mismo.

 

Así entonces, la libertad se vuelve paradójica.

La libertad neoliberal no desata las cadenas, hace que el sujeto las sostenga sin estar esposado.

La violencia deja de presentarse bajo la forma visible de la prohibición y adopta el rostro amable de la posibilidad.

 

El resultado final no es necesariamente una sociedad de hombres libres, sino una sociedad de sujetos cansados que, mientras se agotan y violentan a sí mismos, continúan creyendo que realizan libremente aquello que desean

 

¿Somos realmente más libres cuando nadie nos obliga exteriormente a producir?

¿En qué momento el deseo de «superarse» deja de ser una decisión personal y se transforma en una obligación?

¿Puede uno descansar sin sentir que está perdiendo el tiempo?

 

Bibliografía.

Han, Byung Chul (2017). La sociedad del cansancio (2.ª ed. Ampliada; A. Saratxaga Arregi & A. Ciria, Trads.). Herder Editorial.

 

MALVINAS ARGENTINAS - LEOPOLDO FORTUNATO MILEI - POR: HORACIO ROVELLI

 


LEOPOLDO FORTUNATO MILEI

 

¡Feliz domingo soleado! Aunque parezca mentira, el invierno nos recuerda que todavía estamos bajo su reinado. Lo que no olvidamos es que las Malvinas son argentinas. Que tengas una linda semana!

 

Cuando los jugadores argentinos desplegaron la famosa bandera sobre las Malvinas, el presidente, la ministra de seguridad y algunos militantes digitales libertarios tomaron distancia de la actitud.

 

Era lógico: si el presidente es pro Occidente y admirador de Thatcher, no tenía sentido salirse de los carriles de lo deportivo. Pero luego pasaron cosas…

 

Aunque parezca mentira, esto ocurrió hace escasos 50 días. Después entramos en la polémica sobre la final del Mundial y la supuesta campaña anti Argentina, a lo cual el Javo le dio entidad cuando fue a Brasil a un acto de Bolsonaro Jr., y nos puso en tensión diplomática.

 

Ahora la oportunidad la dio el amigo americano. La circunstancia: un persistente mal humor en la mayoría de la opinión pública basado, sobre todo, en una economía de calle que no arranca, y que dispara interrogantes sobre el resultado electoral de 2027.

 

¿Fue una jugada astuta la de subirse al ring aprovechando la fibra popular? Sin duda.

 

Es una versión aggiornada del famoso “Si no le podemos dar pan, por lo menos démosle presos”. En este caso sería reivindicación soberanista. 

 

Distrajo la agenda de lo esencial, se la impuso a la oposición que se sintió incómoda (un rato). Algunas voces llegaron a decir que la cadena nacional había sido:

“una de las acciones políticas más inteligentes de su mandato”

 

¿Será así? Para sostener semejante afirmación (y no perder la objetividad periodística), se deben analizar los hechos en el mediano y largo plazo, y en una diversidad de enfoques.

 

La primera cuestión es cómo impacta en la opinión pública. Evaluado el tema en grupos focales propios en las últimas 48 horas, alumbran que hubo más oportunismo que elogios. El informe de la consultora Reputación Digital, que dirige el colega José Norte, sobre lo acontecido en redes tampoco vislumbra un balance positivo. La angustia económica no se anula con un gesto de política exterior. 

 

La segunda cuestión es que, más allá de que el presidente anunció que iba a aplicar lo que ya estaba establecido, veremos qué hace el bueno de Donald, acostumbrado a fuertes oscilaciones en política exterior (solo como ejemplo, ya lleva varias decenas respecto a Irán desde que empezó el conflicto).

La frase “siempre reviso todas las posiciones” es un arma de doble filo.

¿Qué garantiza que mañana no apoye a Gran Bretaña? En definitiva, es muy pronto para evaluaciones temerarias.

 

¿Fueron la cadena nacional y las decisiones derivadas un triunfo interno del joven maravilla? Posiblemente. Sin embargo, volvamos a lo apuntado en el párrafo anterior: ¿cuánto impacto positivo dejará finalmente en la sociedad lo acontecido, luego del impacto inicial, que tampoco parece haber sido muy halagüeño? 

 

Ya no estamos en 1982. La vorágine informativa y las redes pueden barrer todo lo logrado en cuestión de horas.

 

El león libertario encontró en el fondo de la lata más de 360.000 millones de pesos para aumentar la presencia argentina en el Atlántico Sur en la misma semana que incrementó los sueldos militares y de las fuerzas de seguridad (que siguen perdiendo personal calificado todos los meses debido a los bajos salarios).

 

También nos enteramos de que la recaudación de agosto se mantuvo neutra, aunque sigue bajando el IVA, que es coparticipable, lo que delata el frío en el consumo.

 

La base en Ushuaia seguramente se podrá financiar a expensas de las transferencias a las provincias, las cuales disminuyeron un 64 % en los primeros ocho meses del año. 

 

Toto dijo que 2027 “va a ser un año super tranquilo”. Pero por las dudas hizo tres cosas:

1.  está dejando que circulen más pesos en el mercado, lo cual ha bajado las tasas (para que no se incrementen los morosos);

2.  relajó el techo del dólar un poquito (¿le preocupan las importaciones?);

3.  reforzó los subsidios energéticos (las 3 provincias de la región centro tomaron medidas al respecto para que sus industrias no estén tan ahorcadas).

 

Parece que los “campeones” siguen viendo al dólar barato porque el mes de julio tuvo récord de compra de verdes por parte de los particulares. El colchón se está convirtiendo en somier.

 

En esta semana malvinera acontecieron tres cosas importantes que quedaron naturalmente opacadas por la expectativa de la cadena nacional presidencial.

--- Una fue el día de la industria, lo cual generó controversias públicas esperables.

Está claro que ese sector empresarial está lejos de su capacidad de lobby histórico frente a un gobierno que se considera refundacional, y que tiene su mirada en el boom energético y minero.

De todos modos, bajo la superficie ocurren otras cosas para hacer “sana, sana, colita de rana”.

Solo podemos anticipar que la mirada es: si cierran más fábricas,

hay más desempleo, menos consumo, menos recaudación de impuestos y

dolores de cabeza para mantener el superávit fiscal.

 

--- La segunda cuestión adicional es la celeridad con que se pusieron a trabajar algunos personajes de la justicia (¡Mahiques conducción!).

Esta semana hubo fallo a favor del gobierno respecto

al caso Libra, lo salvaron a Toto (y de paso a Mauricio) por la causa del préstamo del FMI y, como si esto fuera poco,

se estableció que no hubo estafa al Estado en el uso de subsidios en el transporte de colectivos por parte de la empresa La Nueva Metropol, sino “desvíos operativos”. 

¿Quién del gobierno, pero que no es funcionario, tiene intereses en ese negocio? ¡Pero qué maravilla!

 

--- La tercera cuestión es el conflicto eterno de Cris vs. Kicillof. Esta semana pletórica de fervor nacionalista hubo documento y acto a favor de la jefa para sondear su candidatura.

La juventud maravillosa volvió a cantarle a Axel que 

“si querés otra canción, vení te presto la mía”.

O sea, diría Led Zeppelin“la canción sigue siendo la misma” (curiosamente el tema fue lanzado en aquel “glorioso” 1973).

 

Ya tuvimos un presidente que creyó que era un niño mimado del gobierno americano de turno y cometió un error trágico con MalvinasPor suerte, con todos sus defectos, ahora la democracia está vigente en la Argentina.

Por Carlos Fara

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sábado, 12 de septiembre de 2026

PODEMOS EDUCAR PARA QUE NUESTROS HIJOS SEPAN VIVIR CON Y SIN TECNOLOGÍA Por: Patricia Ávila

 


PODEMOS EDUCAR PARA QUE NUESTROS HIJOS SEPAN VIVIR CON Y SIN TECNOLOGÍA

Por: Patricia Ávila{publicó “ethic” 10/9/2026}

    

Videojuegos, móviles, redes sociales y, ahora, inteligencia artificial se han incorporado a la vida cotidiana mientras padres, educadores e instituciones averiguan cómo acompañar a las nuevas generaciones.

En medio de un debate dominado por las posiciones enfrentadas, María Zabala (Madrid, 1975) propone recuperar los matices.

Periodista especializada en ciudadanía digital, responsable de la plataforma iWomanish y autora de ‘Ser padres en la era digital’ (Plataforma Editorial), colabora con familias e instituciones en iniciativas de cultura digital y defiende una educación basada en el acceso gradual, la autonomía progresiva y, sobre todo, la implicación de los adultos.

Porque educar en el mundo digital, sostiene, consiste en preparar a niños y adolescentes para desenvolverse en la realidad que les ha tocado vivir.


Su libro parte de una idea que parece sencilla, pero que cambia la perspectiva:

no se trata de educar contra la tecnología, sino de educar para vivir con ella.

 

¿Qué hemos entendido mal durante estos años de debate sobre las pantallas?

 

Más que entenderlo mal, creo que nos movemos como un péndulo. Durante muchos años hemos adoptado la revolución digital de una manera poco reflexiva, como usuarios pasivos:

surge algo, lo utilizamos y no necesariamente entendemos su impacto, cómo funciona, cómo nos afecta o qué consecuencias puede tener.

 

En el caso de los menores, además, hemos permitido que los dispositivos y los entornos digitales sustituyeran buena parte de su ocio analógico.

 

Ahora hemos pasado de esa enorme inercia a una desconfianza total y queremos prohibir o erradicar las «pantallas».

 

Yo intento plantear que podemos educar para que nuestros hijos sepan vivir con y sin tecnología.

 

Hay cosas que necesariamente tienen que seguir siendo desconectadas y otras en las que podemos aprovechar los beneficios del mundo conectado.

 

Pero para eso primero los adultos tenemos que entender cómo funciona la tecnología que nosotros mismos utilizamos. Por eso el libro no se llama Cómo educar en la era digital, sino Ser padres en la era digital.

 

La pregunta es qué significa ser padres hoy y qué cosas necesitamos saber para ejercer esa responsabilidad.

 

«Hemos adoptado la revolución digital de una manera poco reflexiva, como usuarios pasivos»

 

Insiste en que la educación digital empieza por los adultos. ¿Estamos exigiendo a los menores un uso responsable de la tecnología que nosotros mismos todavía no hemos aprendido?

 

En parte, sí. Conforme crecen, pedimos a niños y adolescentes que sean responsables, que piensen antes de publicar o compartir y que entiendan el alcance de lo que hacen en internet, cuando nosotros no necesariamente hemos realizado ese mismo viaje.

 

Se habla mucho de alfabetización digital y mediática de las nuevas generaciones y de las competencias digitales de docentes y estudiantes, pero queda mucho trabajo por hacer con la ciudadanía adulta.

 

Y eso es fundamental para evitar pasar de la inercia, usar y permitir usar sin pensar demasiado a la desconfianza absoluta y la prohibición.

 

El mejor ejemplo digital que podemos dar a nuestros hijos no consiste solamente en que no nos vean utilizar el móvil. También tienen que vernos utilizar la tecnología con propósito, intención y capacidad de aprendizaje: para usos positivos, solidarios, creativos o de formación. El ejemplo también consiste en que nos vean utilizar pantallas.

 

Muchas familias sienten que llegan tarde a todo: nuevas redes sociales, videojuegos, móviles…

 

¿Qué riesgos tiene educar desde el miedo o desde la sensación de ir siempre un paso por detrás?

 

Proteger a nuestros hijos de los riesgos asociados a productos y servicios digitales no implica solamente conseguir que no corran esos riesgos. También significa

que aprendan a detectarlos, a identificar cuándo pueden convertirse en un daño, a pedir ayuda y a saber a quién acudir.

 

No queremos que sean víctimas de ciberacoso, por ejemplo, pero también queremos que sepan reconocer una situación de acoso, denunciarla y pedir ayuda si la están sufriendo.

 

Por eso no podemos hacer llegar a las familias únicamente el mensaje del miedo.

La advertencia sobre los riesgos es necesaria, pero tiene que ir acompañada de herramientas.

 

También debemos aprender a diferenciar.

Querer retrasar el acceso a un smartphone o a las redes sociales no significa prohibir que un menor escuche música en una plataforma, oiga un podcast o utilice una aplicación para afinar una guitarra.

 

Hablamos de prohibir el móvil, las redes o la tecnología en las aulas como si todo fuera lo mismo. Tenemos que definir exactamente de qué estamos hablando, porque, si no, corremos el riesgo de pasarnos de frenada.

 

«El mejor ejemplo digital que podemos dar a nuestros hijos no consiste solamente en que no nos vean utilizar el móvil»

 

La tecnología suele abordarse desde la lógica del control: limitar, vigilar, prohibir.

¿Qué cambia cuando el punto de partida pasa a ser la confianza?

 

La desconfianza hacia las plataformas y las empresas que desarrollan productos y servicios digitales es legítima.

 

Tenemos que seguir reclamando que diseñen esos productos de manera ética, con seguridad desde el diseño y con mecanismos que protejan a los menores.

Pero, en el ámbito de la familia,

hay que trabajar más que nunca la confianza interpersonal, el vínculo y la comunicación con nuestros hijos.

 

Y eso no es fácil. Sin embargo, en el discurso público muchas veces nos centramos en prohibir las pantallas como si eso fuera a conseguir que nuestros hijos dejaran de tener problemas o malestar.

 

Yo hablo de acceso gradual y autonomía progresiva. Los adultos debemos decidir qué puertas digitales abrimos, en qué momentos y para qué actividades.

 

Un niño de 3 años no necesita una pantalla para ser más listo. Y tampoco tiene sentido que niños de 9, 10 o 12 años hagan más cosas solos en internet que las que les permitiríamos hacer solos en la calle.

 

Hoy buena parte de la socialización, el aprendizaje y el ocio transcurren en entornos digitales. ¿Qué significa educar para ejercer una ciudadanía responsable en esos espacios?

 

Lo primero es entender que no hay un mundo digital y otro real en términos de conducta, respeto, empatía, tolerancia o consecuencias de nuestros actos.

 

Hay que intentar ser buena gente y educar a nuestros hijos para que sean buena gente tanto en la calle como en una red social.

 

Eso significa

poner límites y hablar en familia sobre qué está bien y qué está mal. También implica buscar un equilibrio.

 

Podemos explicarles que es maravilloso tener acceso al mundo digital, pero que estar permanentemente conectados puede convertirse en una esclavitud y que hay que saber parar.

 

Uno puede escuchar música en un vinilo y también en Spotify; hablar con sus amigos por WhatsApp y también quedar con ellos en una terraza.

 

No necesitamos educar para que nuestros hijos vivan sin pantallas ni para que vivan permanentemente con ellas porque eso supuestamente vaya a facilitarles el futuro. Necesitamos que sepan vivir con y sin ellas.

 

«Concienciar a las familias sobre los riesgos de internet es necesario, pero eso no es alfabetización»

 

¿Existe el riesgo de que estemos poniendo demasiado el foco en enseñar a utilizar herramientas digitales y muy poco en

desarrollar criterio para comprender cómo funcionan y qué intereses hay detrás de ellas?

 

Es muy fácil culpar al algoritmo de que ya no sabemos pensar, pero tenemos que recuperar nuestra asertividad y nuestra autoconfianza para entender que todavía hay decisiones que dependen de nosotros.

 

Como adultos tenemos la obligación de hablar con nuestros hijos de las dificultades y también de las maravillas del mundo actual.

 

Tenemos que enseñarles que hay momentos en los que la tecnología permite hacer cosas extraordinarias y otros en los que necesitamos parar. Y ahí la implicación de los adultos es fundamental.

 

No puede limitarse a entregar un dispositivo. Tenemos que saber qué tecnología ponemos en sus manos, atrevernos a configurarla y también interesarnos por lo que hacen con ella.

 

Igual que un padre puede aprenderse las posiciones de baloncesto porque su hijo juega cada sábado, podemos interesarnos por los videojuegos a los que juega, las redes que utiliza o las personas a las que sigue.

Pero hay que hacerlo desde un interés genuino, no desde el juicio.

 

A menudo se presenta la infancia digital desde la nostalgia de un pasado analógico. ¿Idealizamos esa infancia o realmente hemos perdido algo esencial?

 

Todos tendemos a recordar lo mejor de nuestra infancia. Hay cosas de la mía que me encantaron y otras que veo ahora y que me habría gustado poder disfrutar, como el acceso a determinados contenidos e información.

 

Lo que no sirve de nada es

decirles a nuestros hijos qué mala suerte han tenido porque les haya tocado vivir ahora o que queremos que tengan nuestra infancia.

 

No podemos volver al pasado, incluso aunque prohibamos las pantallas, porque el mundo ya no es el mismo.

 

Creo que hay mucha nostalgia y que esa nostalgia muchas veces nos impide conectar, porque enseguida se convierte en prejuicio. Cuando decimos que «la juventud está peor que nunca» deberíamos preguntarnos quién educa a esa juventud. Los niños y adolescentes crecen en la sociedad que los adultos construimos para ellos.

 

«Especialmente en el caso de los menores,

los algoritmos no deberían utilizar su actividad para perfilarlos con fines comerciales»

 

Más allá de las decisiones individuales de cada familia, ¿qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas y las instituciones públicas en la protección y educación digital de los menores?

 

Las plataformas tienen que trabajar más y mejor en la seguridad desde el diseño y añadir una protección específica para los menores.

 

También necesitan informar mejor a los usuarios sobre cómo configurar sus perfiles y ser transparentes sobre cómo utilizan nuestros datos.

 

Especialmente en el caso de los menores, los algoritmos no deberían utilizar su actividad para perfilarlos con fines comerciales.

 

Las administraciones tienen que regular determinados aspectos y hacer cumplir las leyes que ya existen, pero también tienen una responsabilidad que todavía no está suficientemente cubierta: la alfabetización digital de los adultos.

 

Concienciar a las familias sobre los riesgos de internet es necesario, pero eso no es alfabetización.

 

Necesitamos adultos que sepan crear buenas contraseñas y puedan enseñarlo, padres y madres que sepan configurar dispositivos o que entiendan que el tiempo de pantalla no es solamente una cuestión de minutos, sino de qué actividad está realizando su hijo durante ese tiempo.

 

Necesitamos ir un paso más allá de la advertencia sobre los riesgos.

 

En muy poco tiempo hemos pasado de preocuparnos por el móvil a hacerlo por la inteligencia artificial. ¿Qué revela esta sucesión de alarmas sobre nuestra relación con la tecnología?

 

Revela que vivimos tiempos de enorme incertidumbre.

Todo cambia muy deprisa y no siempre tenemos la información o el tiempo necesarios para comprender los cambios que se están produciendo. Y eso genera mucho vértigo.

 

También vivimos una época en la que

existe un temor enorme a que les pase algo a nuestros hijos sin que nos demos cuenta, mientras, al mismo tiempo, queremos saberlo todo sobre ellos.

 

Creo que necesitamos una cierta serenidad.

--- Lo primero es trabajar el vínculo y la cercanía con nuestros hijos para que, cuando haya un problema, nos lo cuenten.

--- Después podremos pedir ayuda a quien haga falta. Como padres no tenemos que saber de todo; tenemos que ser capaces de detectar que algo no va bien.

 

Con la tecnología ocurre lo mismo: necesitamos mantener abierto ese puente para que, cuando vean algo extraño en internet o tengan un problema, puedan contárnoslo.