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domingo, 3 de mayo de 2026

CONTROL SOCIAL – TECNOPOLÍTICA - EL PRECIO DE ARABRIRLE LAS PUERTAS A PALANTIR … EXPULSAR PERIODISTAS DE CASA DE GOBIERNO COINCIDIÓ CON NEGOCIACIONES PALANTIR

 



El precio de abrirle las puertas a Palantir

Tolkien escribió sobre los "palantiri" como advertencia. Palantir Tech lo adoptó como modelo de negocios. 02/05/2026

Por: Mariano Quiroga

 

Palantir llegó al sistema de salud británico en 2020 cobrando una libra esterlina. Una. El precio de un chicle. El NHS (Servicio Nacional de Salud), desbordado por la pandemia, aceptó encantado.

 

Cinco años después, esa libra se transformó en más de quinientos millones de libras en contratos que atraviesan hospitales, policías, ministerios de defensa y reguladores financieros.

 

El parlamento británico descubrió, con la parsimonia de quien encontró tarde el manual de instrucciones, que salir de Palantir es como intentar sacar el agua de un edificio que ya se inundó.

 

El vendor lock-in —la dependencia del proveedor—

es la forma técnica de nombrar algo que a historia conoce desde siempre con otro nombre: la deuda que no se puede pagar.

 

En el siglo XX, el Fondo Monetario Internacional prestaba dólares a condición de que

los países abrieran sus mercados, privatizaran sus empresas y desmontaran sus Estados.

 

Nadie con poder para negociar de otra manera aceptaba esas condiciones. Por eso se esperaba siempre la crisis,

el momento en que el desesperado firma lo que no firmaría en circunstancias normales. El mecanismo era burdo, pero funcionaba.

 

El mecanismo actual es más elegante. No espera la crisis: la anticipa. Llega antes. Llega con una solución a un problema que quizás todavía no existe, o que existe pero no requería necesariamente esa solución.

Y una vez que la solución está instalada, el problema original y la solución se vuelven inseparables.

 

¿Cuándo fue la última vez que una institución que adoptó Salesforce, SAP o Microsoft 365 volvió atrás?

Nunca. No porque el proveedor sea irreemplazable en abstracto, sino porque el costo de reemplazarlo es mayor que el costo de seguir pagando.

 

Una empresa que queda atrapada en un proveedor de software de gestión pierde dinero y flexibilidad. Un Estado que queda atrapado en Palantir pierde algo más difícil de cotizar:

la capacidad de decidir quién es peligroso.

Porque Palantir no administra planillas de cálculo ni gestiona turnos médicos.

Palantir decide —con algoritmos entrenados en la lógica de la guerra contra el terrorismo— cómo cruzar datos de satélites, redes sociales, registros financieros, comunicaciones intervenidas y cámaras de vigilancia para producir perfiles de amenaza.

Perfiles que luego alguien usa para tomar decisiones sobre personas reales.

 

¿Quién define los parámetros de ese algoritmo? Palantir.

¿Quién audita el resultado? Nadie, porque el código es propiedad de Palantir.

 

¿Quién decide qué patrones de comportamiento se consideran sospechosos?

La empresa que nació del vientre de la CIA y que acaba de publicar un manifiesto afirmando que ciertas culturas «son disfuncionales y regresivas».

 

El sarcasmo tiene sus límites como herramienta analítica, pero hay situaciones en que es la única respuesta honesta.

 

 Argentina está negociando —o algo que se le parece peligrosamente— integrar Palantir a su aparato de inteligencia en el momento en que el país cumple cincuenta años del golpe de Estado que instaló una dictadura que identificó y eliminó a sus propios ciudadanos como «subversivos».

 

Pero sería demasiado fácil —y demasiado cómodo— circunscribir el problema a Palantir.

Palantir es la versión más dramática de una tendencia que ya está instalada, normalizada y raramente cuestionada.

 

Cada vez que un municipio argentino migra sus sistemas al cloud de Microsoft, cada vez que un ministerio adopta las herramientas de Google para gestionar su correspondencia, cada vez que una universidad pública firma un convenio con Amazon Web Services porque es «más barato que desarrollar infraestructura propia»,

está ejecutando una pequeña versión del mismo movimiento.

Sin el componente militar.

Sin la carga ideológica explícita.

Con toda la apariencia de una decisión pragmática y razonable. Y con exactamente el mismo resultado estructural:

la capacidad técnica, la memoria institucional y la soberanía operativa del Estado se transfieren, gota a gota, a corporaciones privadas que no rinden cuentas ante ningún electorado.

 

Seis empresas controlan el 68% de la infraestructura cloud global. Ninguna es latinoamericana. Ninguna está sujeta a regulación regional.

Todas están sujetas a la CLOUD Act estadounidense, que autoriza al gobierno de EE UU

a exigir acceso a datos almacenados por empresas americanas, sin importar en qué país físicamente residan esos datos.

Cuando un Estado latinoamericano «moderniza» sus servicios sobre estas plataformas, no está adoptando tecnología neutral:

está firmando un tratado de dependencia que nadie votó y que nadie llama por su nombre.

 

Europa al menos lo discute. Tiene el GDPR (Reglamento General de Protección de Datos), el AI Act, iniciativas como Mistral AI que intentan construir alternativas soberanas, parlamentarios que interpelan ministros y un debate público que reconoce el problema aunque no lo resuelva.

 

La Argentina de este momento histórico tiene un presidente que describe su reunión con el cofundador de Palantir como una charla maravillosa entre anarcocapitalistas, y que expulsó a la prensa del edificio de gobierno el día que ese señor llegó a visitar.

 

Hay una lógica en esa expulsión que vale la pena nombrar. No es solo el autoritarismo de quien no quiere testigos. Es la coherencia perfecta entre la ideología y el acto:

el Estado es el enemigo, si la regulación es un obstáculo, si la soberanía es un concepto anticuado que interfiere con la eficiencia del mercado, entonces abrir la puerta a Palantir no es una rendición. Es una liberación.

El problema es que esa liberación la siente solo quien tiene el código fuente.

 

El lock-in tiene una característica que lo distingue de otras formas de dependencia:

es invisible hasta que se intenta salir.

 

La empresa de software que atiende a un hospital público por veinte años no parece un problema mientras el hospital funcione.

El problema aparece el día que el hospital quiere cambiar de proveedor y

descubre que nadie en la institución sabe ya cómo operar sin ese software, que los datos están en formatos propietarios que nadie más puede leer, y que el costo de la migración supera el presupuesto anual de la institución.

 

Multiplicá ese problema por todo el aparato de inteligencia del Estado. Por todos los datos cruzados de ciudadanos. Por toda la infraestructura de decisión sobre quién es considerado una amenaza.

Y agregá que el proveedor del que querés salir tiene vínculos directos con el Departamento de Defensa de la potencia que financia al gobierno que lo contrató.

 

En la saga literaria de la que Palantir tomó su nombre, los «palantiri» son esferas de vidrio que permiten ver a distancia, comunicarse entre sí y conocer lo que ocurre en lugares remotos. Pero en la historia,

el que mira a través de un palantir no controla lo que ve.

Lo controla quien tiene el palantir más poderoso.

Quien lo tenga puede mostrarle al observador exactamente lo que quiere que vea, guiarlo, manipularlo, convencerlo de que está viendo la realidad cuando está viendo una versión curada de ella.

 

Tolkien escribió eso como advertencia. Palantir Technologies lo adoptó como modelo de negocios.

 

El Estado que instala Palantir en su aparato de inteligencia cree que adquiere la capacidad de ver todo.

Lo que en realidad adquiere es la capacidad de ver exactamente lo que Palantir decide que debe ver, bajo los criterios que Palantir establece, con los datos que Palantir procesa, en los formatos que Palantir controla.

 

Eso es el vendor lock-in en su versión definitiva.

No la dependencia del software. La dependencia de la mirada.

 

La pregunta que queda, y que ningún funcionario entusiasmado con la «modernización tecnológica» está dispuesto a responder públicamente, no es si estas empresas son buenas o malas en abstracto.

La pregunta es quién negocia las condiciones, con qué poder de contraparte, bajo qué marco regulatorio y con qué mecanismos de salida garantizados antes de firmar.

 

CONTROL SOCIAL - PARLANTIR - POLÉMICO MANIFIESTO - TECNOFACISMO

 

 

 

PALANTIR DESATA POLÉMICA CON SU “MANIFIESTO” Y SU PAPEL EN LA SEGURIDAD NACIONAL DE EEUU

1.    publicado 28 abril 2026 - Nueva York/Madrid, 28 abr (EFE) - SWI swissinfo.ch. 28 de abril de 2026. Consultado el 1 de mayo de 2026.

 .-

 

Tecnofascismo, parodia de ‘Robocop’, el Mal con mayúsculas…

estas han sido algunas de las reacciones al «Manifiesto» publicado recientemente por la empresa estadounidense Palantir, en el que propone un servicio militar obligatorio en EEUU, el rearme de Alemania y Japón y apela a que los ingenieros de Silicon Valley participen en la «defensa de la nación».

 

El texto de este manifiesto, dividido en 22 puntos y publicado en la red social X, está basado en el libro ‘The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, an the Future of the West (2025)’, publicado el año pasado por el director ejecutivo de la compañía, Alex Karp, y el asesor legal Nicholas W. Zaminska.

 

Parte de ese libro aparece reflejado en el manifiesto, que sigue agitando las redes, muchos medios especializados y la prensa generalista, ya que Palantir no es sólo una tecnológica al uso, es una compañía focalizada en

desarrollo de software y big data para la defensa y para operaciones militares, con importantes contratos con el Pentágono y múltiples gobiernos occidentales.

 

El primer axioma de Palantir es directo:

Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge, y su élite de ingenieros tiene la obligación de participar en la defensa de la nación.

 

La apelación al patriotismo de las élites tecnológicas de EE.UU. se une a su apuesta por

integrar la Inteligencia Artificial (IA) en las políticas de Defensa ahora que “la era atómica está llegando a su fin y está a punto de comenzar una nueva era de disuasión basada en la IA”.

 

A partir de ahí, el documento desarrolla una visión en la que la tecnología no solo es

una herramienta económica o industrial, sino un instrumento central de poder estatal.

 

En sus puntos más polémicos, el texto sugiere reforzar la cooperación entre

empresas tecnológicas y estructuras militares, así como replantear modelos clásicos de seguridad en las democracias  occidentales frente a amenazas globales.

 

DEBATE FUERA Y DENTRO DE LA EMPRESA

 

La publicación ha reabierto un debate ya latente sobre el papel político de Palantir y su creciente implicación en programas de defensa y seguridad, tanto fuera como dentro de la propia compañía, según una investigación del medio especializado WIRED.

 

Según esta publicación, que cita entrevistas con empleados actuales y antiguos, así como mensajes internos,

parte de la plantilla atraviesa lo que describen como una «crisis de conciencia» por el uso de la tecnología que desarrollan.

 

Algunos trabajadores, según WIRED, han llegado a preguntarse si la empresa está cruzando límites éticos, especialmente

en relación con su colaboración con el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y el polémico Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).

 

Por su parte, la dirección de la empresa ha defendido públicamente que su misión es «servir tanto a gobiernos como a clientes privados en un marco de seguridad nacional y eficiencia tecnológica».

 

El propio Donald Trump ha alabado las capacidades de Palantir, que mantiene desde hace años una relación consolidada con diversas agencias del Gobierno de EE.UU., algunas de ellas vinculadas a la seguridad fronteriza e inmigración.

 

POLÉMICA EN REDES

 

Mientras, en redes, su «Manifiesto» no ha hecho más que intensificar una conversación que ya estaba en marcha: hasta qué punto las grandes tecnológicas deben participar en la arquitectura de la seguridad estatal y qué consecuencias puede tener esa implicación dentro y fuera de sus propias organizaciones.

 

Desde el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, que dijo que

“si el mal pudiera tuitear, esto es lo que haría” (en referencia al manifiesto), hasta la diputada británica Victoria Collins, que considera que se trata de desvaríos de “un supervillano”, las críticas han sido muchas y variadas.

 

El filósofo belga Mark Coeckelberg tachó el texto de

un “ejemplo de tecnofascismo”, mientras que el ideólogo ruso Alexander Dugin alertó sobre esta peligrosa visión ultratecnológica para el nuevo mundo.

 

«Palantir no está cambiando, solo está dejando de disimular», opinó un usuario en X, mientras que otros defienden que la empresa en realidad «solo construye software» y el problema es cómo lo usan los gobiernos.

 

Fundada en 2003 por Alex Karp, Peter Thiel y otros socios, Palantir nació enfocada en análisis de datos, aunque con el tiempo amplió su negocio a sectores privados como banca, energía, salud, manufactura y logística, beneficiándose del auge inversor en IA, lo que disparó su visibilidad y valor en bolsa.

 

En el plano financiero, algunos analistas apuntan a que la expansión de Palantir en

el sector militar, su creciente exposición mediática y su posicionamiento político han convertido a la empresa en un «actor singular» dentro del ecosistema tecnológico, pero podría afrontar «riesgos regulatorios» ante un hipotético escenario de mayor escrutinio sobre el uso de la IA en vigilancia y seguridad. EFE

jco-jcg/vnz

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

PODER Y ABSOLUTISMO EN TIEMPOS ACTUALES

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SOCIEDAD DE CONTROL - PIEDRA, PAPEL Y ALGORITMO - PODER - Por: Ramiro Carlos. H. Caggiano Blanco

 



 

SOCIEDAD DE CONTROL - PIEDRA, PAPEL Y ALGORITMO

 

Del Código de Hammurabi a Palantir: cómo llevamos siglos fabricando máquinas para moldear conciencias

 

Por: Ramiro Carlos. H. Caggiano Blanco

 

Piedra: el Código de Hammurabi y el teatro griego

 

El Museo Británico guarda un objeto extraordinario: una estela de diorita negra de 2,25 metros de altura, tallada hacia 1750 a.C. Es el Código de Hammurabi. 282 leyes escritas en escritura cuneiforme.


 

La elección de la piedra era todo un mensaje,

la garantía de la inmutabilidad: lo que está escrito en piedra no se discute. O se discute muy lentamente.

 

Pero la piedra no es solo escritura. Siglos después, en Atenas, los griegos inventaron otro dispositivo: el teatro. 

Las grandes tragedias y comedias no eran entretenimiento de fin de semana. 

Eran una liturgia cívica, financiada con impuestos a los ricos, de asistencia casi obligatoria.

 

¿Su función? Según Aristóteles, 

la catarsis: purgar el miedo y la compasión. Pero esa purga no era neutral.

 

Al final de la función, el espectador volvía a casa reintegrado al orden. 

Había visto a Edipo castigado por su hybris. 

Había visto a Medea cometer el horror.

Había reído de los políticos corruptos, pero sin cuestionar el marco de la democracia ateniense.

 

El teatro griego era, en los hechos, una industria cultural preindustrial:

producía ciudadanos dóciles pero críticos dentro de ciertos límites.

 

 

No hacía falta un decálogo escrito. 

Bastaba con ver a Edipo arrancarse los ojos para entender que el destino no se burla.

 

Papel: la imprenta y el nacimiento de la opinión pública

 

Avancemos dos milenios. 1450. Gutenberg no sabía que estaba pariendo una revolución. Los chinos ya habían inventado la imprenta siglos antes, pero en Europa el contexto era otro:

una Iglesia que tenía el monopolio de la interpretación.

 

De pronto, cualquier ciudadano con dinero podía imprimir un panfleto, traducir la Biblia o contradecir al Papa.

 

Setenta años después, Lutero clava sus 95 tesis en una puerta de Wittenberg. La imprenta no causó la Reforma protestante, pero la hizo imparable.

 

La libre interpretación de la Biblia 

debilitó el monopolio de la verdad religiosa. 

Y ese hábito de discutir lo sagrado se trasladó a la economía, a la política, a la filosofía, a la ética y a la ciencia.

 

Nació el Iluminismo. Dos siglos y medio después, estalló la Revolución Francesa. Una máquina de papel puede derribar tronos. Y nadie lo vio venir.

 

Pero el papel también tuvo sus gárgolas. En la Edad Media, mientras la piedra de las catedrales enseñaba a los analfabetos,

 

las gárgolas eran terror teológico materializado.

Representaban al pecado, al demonio, al castigo. 

Estaban ahí para que el campesino levantara la mirada y viera lo que le esperaba si desobedecía.

No hacían falta sermones. Una mirada hacia arriba bastaba.


 

Y luego estaban los santos: los primeros influencers de la historia. Cada uno con su especialidad: San Antonio para objetos perdidos, Santa Rita para lo imposible, San Jorge para la guerra. Las peregrinaciones eran el tráfico de esa economía simbólica. Las indulgencias, el primer micropago por salvación.

 

La aceleración: radio, televisión, redes

 

Cuando la radio permite a Hitler hablar a 50 millones de alemanes en los años treinta, no inventa al líder carismático: 

lo amplifica hasta volverlo íntimo, susurrándole al oído a cada oyente en su cocina. 

Mussolini entendió esto antes que nadie: la radio era el quirófano acústico donde se operaban las almas.

 

Después vino la televisión. Umberto Eco distinguió dos etapas. 

La paleotelevisión era pedagógica, señalaba: "esto es la realidad".

La neotelevisión, que explota en los años 80, solo habla de sí misma. Mezcla noticias con entretenimiento, verdad con espectáculo.

De repente, ya no sabemos bien dónde termina el periodismo y empieza el show.

 

Llegaron las redes sociales. Y con ellas, un cambio de paradigma total: 

cualquiera emite, cualquiera viraliza, sin filtro, sin fact-checking. 

Cambridge Analytica nos mostró que con tus datos y tus emociones se puede diseñar una mentira a tu medida.

 

En 2016, el diccionario Oxford eligió "posverdad" como palabra del año.

No es que ya no existan hechos. Es que los hechos dejaron de importar más que las emociones. 

Y eso no es un accidente tecnológico: es un negocio.

 

Algoritmo: Palantir y la decisión sin duda

 

Y ahora estamos aquí, con la Inteligencia artificial. No me refiero a ChatGPT escribiendo poemas. Me refiero a 

Palantir cuyo dueño acaba de “poner” al vicepresidente de la nación más poderosa de la tierra y

de reunirse con Milei en la Casa Rosada, un presidente que no cree en la democracia.

 

Peter Thiel tampoco. Una empresa paraguas que trabaja con la CIA, el Pentágono y los cinco ojos del espionaje mundial. 

Palantir entrena algoritmos para recomendar objetivos militares.

En contextos como el de Irán, esa tecnología ya no es ciencia ficción: ayuda a decidir a quién bombardear.

 

Lo siniestro no es que la máquina sea cruel. Lo siniestro es que

los humanos delegamos en ella la decisión de matar sin juicio, sin piedad, sin historia. 

La guerra se vuelve un problema de optimización. 

Y la inteligencia artificial, por primera vez, empieza a reemplazar lo más humano de la guerra: la duda.

 

Las gárgolas no tomaban decisiones. Los santos no lanzaban misiles. El teatro griego no aprendía solo. La diferencia entre un vitral de Chartres y un algoritmo de Palantir es que

el vitral nos recordaba nuestro lugar en el cosmos. 

El algoritmo, en cambio, empieza a decidir quién tiene lugar en el mundo… ¡y cómo será ese mundo!