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martes, 24 de marzo de 2026

DISCRIMNACIÓN POR EL LENGUAJE - “SU MALDITO IDIOMA” – DONALD TRUMP - Por ALVARO GARCIA LINERA - 22 de marzo de 2026

 

Un grupo de personas de pie

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

(AFP/AFP)

 

En una reciente reunión de Trump con algunos presidentes latinoamericanos, con lapidaria sinceridad, les dijo a todos ellos que

no va a «aprender su maldito idioma», refiriéndose al español.

 

Decir esto ante un auditorio donde todos tienen como idioma materno el español y apenas balbucean un inglés rústico -como luego lo demostró Milei-, puede ser visto como una grosería inapropiada. Pero, en realidad, estamos ante un clásico síntoma lacaniano de metáfora y goce (El Seminario, Libro III).

 

El “maldito idioma” es el “sustituto de posición” de un idioma que al presidente Trump le resulta

detestable y molesto porque se le presenta como una infección en el cuerpo social estadounidense imaginado como blanco, monolingüe (inglés) y protestante.

 

Y el goce porque, si bien conscientemente sabe de los costos políticos que pueden arrastrar las humillaciones desplegadas hacia los migrantes latinos y la población latinoamericana en general, hay

una desbordante satisfacción corporal que le provocan las crueldades y agravios que ha ordenado implementar contra ellos.

 

No es tanto un ataque a un idioma como a una población que mayoritariamente habla el idioma español.

 

En 2025, ha firmado la Orden Ejecutiva 14.224, que declara como único idioma oficial de EE.UU. al inglés, a pesar de que el 20% de la población habla español.

 

Esto ha supuesto que todas las oficinas gubernamentales federales suspendan la asistencia en cualquier otro idioma.

 

Pero el golpe más duro contra la presencia latina ha venido de la mano del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, que durante el último año ha desplegado una despiadada persecución de latinos en todo el territorio.

 

Se trata de una persecución racializada contra los migrantes, legales o ilegales, provenientes de Latinoamérica.

 

Como lo expresaba una migrante argentina, el ICE “no busca papeles, busca cuerpos. Es una cacería”.

 

Y más allá de los centenares de miles de detenciones y deportaciones ilegales,

están el miedo y escarmiento como políticas de Estado que se despliega hoy como modo de legitimación política.

 

En esas circunstancias, la crueldad ejercida contra una parte de la población galvaniza la cohesión de la otra parte de sus habitantes.

Así, el “latino” para la mitad de los estadounidenses no solo es el “intruso” que alimenta todas las desquiciadas teorías sobre el “gran reemplazo” de los “verdaderos” norteamericanos (“blancos”): sino que,

también, es el chivo expiatorio del deterioro económico de clases medias y populares “olvidadas” por la globalización neoliberal.

 

Todo esto está llevando a que la “latinidad” comience a presentarse

en las instituciones y en el sentido común dominante como un estigma devaluatorio que quita derechos y ralentiza reconocimientos.

Con el tiempo, en el prejuicio popular, la latinidad ya deviene en un marcador de ‘inferioridad” social.

 

Resulta irrelevante si los sujetos posean una pigmentación de piel semejante a los norteamericanos anglosajones o si su apellido tiene raíz italiana o alemana; igual

son peyorativamente categorizados como “latinos”, “frijoleros”, “spic”, “greaser” (J, Hill, 2008).

De este modo la cadena de desprecios raciales escalonados a nivel nacional alcanza ahora una dimensión global.

 

Los que en España llaman despectivamente “panchitos” a los migrantes latinoamericanos, en Argentina “bolitas” a los migrantes bolivianos o, en Bolivia, “indios de mierda” a las poblaciones indígenas, no bien ponen un pie en Miami o New York, no son más que variantes de latinos provenientes de lo que Trump ha calificado como “shithole countries”.

 

Sin embargo, si uno se fija en los costos y beneficios de carácter económico y político que conlleva esta cruzada antiinmigrante y de sometimiento brutal del sur del continente, las consecuencias pueden resultar contraproducentes para la propia estrategia trumpista de “limpieza” étnica en lo interno y de vasallaje del continente.

 

La población hispanohablante del mundo es de 635 millones, la tercera más hablada del planeta (Instituto Cervantes, 2025).

 

En EE.UU. los “latinos” -que es como llaman a los hispanohablantes- son 68 millones de personas, por encima de los “asiáticos” (21 millones) y los “negros” (39 millones). De ese total de latinos, 45 millones han nacido en EE.UU.; 8.6 millones son migrantes ciudadanizados y 14 millones (21 %), son no ciudadanos (Pew Research Center, 2025).

 

Económicamente, los latinos generan una actividad económica anual de 4 billones de dólares, más que Alemania o la India. Pagan cerca de 300.000 millones de dólares en impuestos (USLatinGDP, 2025), y más del 80% de lo que generan se queda en el país (Sheinbaum, 2025).

 

Dada esta importancia demográfica y económica de la migración latina,

¿cómo entender, entonces, esta gramática de la crueldad racializada que el Gobierno norteamericano está desplegando?

 

Es probable que el presidente Trump y la oligarquía que lo acompaña confíen en la capacidad seductora de la fuerza bruta de la dominación. Es una norma que se repite en la historia de todos los países del mundo que los migrantes de una región o país más pobre que se dirigen a otro más próspero tengan como modelo aspiracional a las élites exitosas de ese país o región de destino.

 

Es lo que Hegel, en la fase primera de la dialéctica del amo y el esclavo, llamó

la “conciencia servil” del dominado ante el temor absoluto a la muerte que le puede infligir el amo. En este caso, el temor a la deportación o la exclusión.

 

Algunos datos apuntan a este camino de aceptación silenciosa de los agravios. En EE.UU., los migrantes latinos tienden a integrarse económica y culturalmente rápido a las estructuras sociales. Son los más propensos a creer en el “sueño americano” y están dispuestos a cualquier sacrificio para lograrlo (Noah Smith, 31, II, 2023).

 

Pero también hay dos aspectos gravitantes que pueden bloquear este calvario migrante que aspira a una futura redención integradora.

 

--- El primero, es que el latino en EE.UU. no es una minoría más que podría esperar su dilución en la sociedad dominante. 

Los latinos son la segunda mayoría poblacional del país, la más joven y la de mayor crecimiento. Además, un 94 % se define a sí misma como hispana (Pew Research Center, 2025).

 

Se trata de una densidad social que, tarde o temprano, va a dar lugar a una acción colectiva por la construcción de algún tipo de nación multicultural y de institucionalidad estatal multiétnica, tal como lo hizo la población norteamericana afrodescendiente con el poderoso movimiento por los derechos civiles, entre los años 50 y 70 del siglo XX.

 

--- El segundo, que el racismo es un tipo de fuerza económica que devalúa el trabajo y los bienes de los sujetos racializados. 

Bloquea oportunidades de ascenso social de los segregados y sobrevalúa artificialmente la posición y los recursos de los sujetos que racializan a los demás.

Estamos ante modalidades de transferencia económica por vía de la jerarquización discursiva de los cuerpos. Y ello, ejercido violentamente contra una población numerosa que posee un patrimonio económico relevante, no puede pasar desapercibido en la conciencia de los usurpados.

 

Lo propio puede afirmarse respecto a los países hoy arrastrados al vasallaje por sus elites políticas. Con el tiempo, la sumisión resignada que acepta la despiadada expropiación de fuerza de trabajo y recursos naturales puede transformarse en una explosiva insurgencia anticolonial orientada a la recuperación de sus riquezas.

 

¿Se expresará todo esto en el desplazamiento del voto latino en las elecciones de medio término de noviembre de 2026? Es muy probable. 

Pero me inclino a pensar que lo más importante viene del lado de una intensificación de las ya elevadas frustraciones y resentimientos explosivos que vive la sociedad estadounidense, con el consiguiente aumento de la polarización política y la anomia social que prevalece desde el asalto al Capitolio en 2021.

 

+ Artículo publicado en simultáneo con Diario Red, de España. https://www.diario-red.com/opinion/alvaro-garcia-linera/su-maldito-idioma/20260321203857066237.html?utm_source=social&utm_medium=whatsapp&utm_campaign=share_buttonAlvaro Garcia Linera, Vice President of the MAS party votes at the Agusitn Aspiazu school in La Paz, Bolivia on November 17th, 2005.

 

viernes, 27 de febrero de 2026

CAPITALISMO . LIBERTAD - JOSEPH STIGLITZ - LA LIBERTAD DE TRUMP ES UN CAOS

 






LA LIBERTAD DE TRUMP ES CAOS

| por Joseph Stiglitz

 

Premio Nobel de Economía en 2001, Joseph E. Stiglitz (Gary, Indiana, 1943) es uno de los economistas más influyentes del mundo.

En su último libro, ‘Camino de libertad. La economía y la buena sociedad’ (Taurus, 2025), propone una visión de la libertad basada en la justicia social y la igualdad de oportunidades.

Entrevista realizada por la revista Ethic, septiembre. 2025.

 

--- En una época de fragilidad emocional y social, hablar de libertad casi suena utópico.

¿Por qué decidió escribir este libro ahora?

¿Qué le llevó a repensar la libertad como tema central del debate económico?

 

RESPUESTA: Escribí el libro antes de las elecciones de 2024 en Estados Unidos. Era consciente de que la libertad sería un tema central y por un momento así fue.

 

Kamala Harris usó «Yes She Can» como himno de su campaña, y hubo debates sobre los derechos reproductivos y otras libertades clave.

 

Algunas de las cuestiones que se planteaban, como la libertad de portar un arma, trataban de algo que es central en el libro:

el reconocimiento de que la libertad de una persona puede restringir la de otra.

Estos temas surgieron, pero no dominaron la campaña.

 

Fueron unas elecciones en las que mucha gente sentía que no iba bien y

Donald Trump prometía un cambio. No creo que entendieran completamente que sería un caos y una desestabilización de las instituciones.

Pero fue una elección sobre el cambio y Harris representaba la continuidad.

 

Los valores de la libertad están tan arraigados en la cultura estadounidense que pensé que merecía un debate más profundo. Porque lo que representaba el Partido Demócrata era la libertad de cada individuo de desarrollar su potencial.

 

Si pudiera cambiar la conversación sobre lo que los republicanos llaman libertad —hacer lo que uno quiera sin importar las consecuencias—, pensé que podría convencer a la mayoría de que mi concepción de la libertad es la que ellos realmente desean.

 

Quienes defendemos posturas progresistas tenemos en realidad una agenda que expande la libertad.

 

Durante mucho tiempo ha sido la derecha la que ha reclamado la agenda de la libertad. Yo quería recuperar eso y convertirlo en una parte central del debate intelectual y político.

 

--- Usted critica la noción individualista de libertad, en gran medida formulada por pensadores como Hayek y Friedman.

¿Cómo entiende la libertad real?

¿Por qué reducir la intervención del Estado no es suficiente para garantizar que las personas sean verdaderamente libres?

 

RESPUESTA: Abordo este tema desde la perspectiva económica. Cuando los economistas hablan de libertad suelen preguntarse:

 

«¿Cuándo eres libre para actuar?».

Alguien al borde de la inanición no tiene libertad.

La libertad real depende del conjunto de oportunidades que una persona tiene, y eso rara vez se amplía de forma individual.

 

Pongo ejemplos donde cooperar amplía la libertad. Incluso una pequeña restricción puede en realidad ampliar la libertad. Por ejemplo, los semáforos: en una ciudad como Nueva York son una limitación; no puedes avanzar hasta que se ponga en verde. Pero si no existiera ese semáforo habría caos. Así que una simple regulación nos permite avanzar.

 

Lo mismo ocurrió durante la pandemia. La vacuna de ARN mensajero se desarrolló gracias a recursos públicos. Ningún individuo por sí solo podría haberlo hecho. Requirió inversión estatal, que se financia con impuestos. Esa obligación —pagar impuestos— es una restricción menor frente a la libertad de vivir que nos dio esa vacuna.

 

Cooperar implica aceptar ciertas limitaciones, pero

en el panorama general, esas limitaciones amplían enormemente nuestras posibilidades y nuestra libertad real.

 

--- Esto está conectado con la visión utilitarista, en el sentido de que tus acciones deben realizarse de una forma que beneficie al mayor número de personas.

¿En qué se distingue de lo que, por ejemplo, John Stuart Mill quería transmitir?

 

RESPUESTA: John Stuart Mill vivió en una época marcada por la intolerancia y por eso centró su defensa de la libertad en el derecho a creer y pensar libremente, siempre que eso no afectara a otros. Fue un gran defensor de la tolerancia.

 

Yo también trato ese tema, aunque su enfoque sobre lo que hoy llamamos «externalidades» era secundario.

Pero casi 200 años después vivimos en sociedades densas e interconectadas.

Y en estas economías lo que una persona hace tiene un impacto mucho mayor sobre los demás.

Por eso, el problema no es solo

la tolerancia sino también de qué manera las acciones de una persona pueden afectar a los demás.

 

Un monopolista que fija precios altos le quita a otro la libertad, quizás incluso la posibilidad de comprar un medicamento vital. Eso es una compensación. Y los economistas trabajamos precisamente con compensaciones.

 

En el libro argumento que una sociedad razonable,

tras una buena deliberación, concluirá que es más importante preservar los derechos de los explotados que los del explotador.

Que la libertad de vivir sin miedo es más importante que la libertad de portar un arma automática.

 

Habrá desacuerdos, claro, pero creo que puede lograrse un consenso amplio. En los casos más complejos, propongo que pensemos como lo haría el «espectador imparcial» de Adam Smith o bajo el «velo de la ignorancia» de John Rawls.

 

Cuando pensamos en qué tipo de sociedad queremos vivir, deberíamos hacerlo desde la perspectiva de que no sabemos en qué lugar vamos a nacer dentro de esa sociedad.

Y creo que la mayoría de la gente estaría de acuerdo en que un sistema impositivo progresivo bien diseñado es el sistema contractual que todos apoyaríamos.

 

--- Las contribuciones de John Rawls no han tenido el impacto que una gran filosofía como la suya debería haber tenido.

¿Por qué cree que está ocurriendo esto en Estados Unidos, donde se ha vuelto tan difícil transmitir estos mensajes al público y a los líderes políticos?

 

RESPUESTA: El debate en Estados Unidos ha sido secuestrado por una visión muy egoísta del individualismo, promovida por sectores del Partido Republicano.

 

Es un individualismo que no considera el velo de la ignorancia de Rawls ni el espectador imparcial de Adam Smith.

 

El peor ejemplo son Elon Musk y Donald Trump. Tenemos ahora una oligarquía destruyendo las reglas del juego.

Porque el Congreso es el único que puede redactarlas y ellos simplemente las están ignorando mientras arrasan con los distintos departamentos del gobierno.

 

Ni siquiera están prestando atención a las salvaguardas, a las normas establecidas por congresos anteriores.

Estas son las acciones más antidemocráticas que hemos enfrentado en la historia de nuestra nación.

 

La naturaleza de los oligarcas es que les resulta muy difícil entender realmente la vida de los estadounidenses comunes, que en toda su vida ganan lo que ellos ganan en una hora.

No pueden comprender sus necesidades ni preocupaciones.

 

Al desmantelar el papel del Estado,

eliminan servicios que no valoran porque no los necesitan, pero que son esenciales para millones de personas.

 

--- ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué ha fallado por parte de los demócratas?

 

RESPUESTA: Es un tema que traté en mi libro El precio de la desigualdad, publicado en 2012, basado en un artículo que escribí en 2011 titulado “Of the 1%, by the 1%, for the 1%”. Allí advertía que Estados Unidos había permitido que la desigualdad creciera de forma excesiva y percibida —con razón— como injusta.

 

No acompañamos adecuadamente a quienes quedaron rezagados en la transición de una economía agraria hacia una basada en servicios y conocimiento. Muchos quedaron sin oportunidades ni esperanza.

 

Aunque los demócratas mostraban más compasión, terminaron aceptando muchas de las mismas políticas neoliberales que los republicanos, solo que con algo más de empatía. Eso nos dejó con más de 40 años de creciente desigualdad.

 

En ese contexto, advertí que era terreno fértil para un demagogo.

No sabía quién sería, pero finalmente fue alguien tan peligroso como Trump, que supo aprovechar el malestar, ampliarlo y polarizar a la sociedad.

Y me preocupaba el hecho de que el mundo tiene una gran oferta de demagogos potenciales.

 

Lo preocupante es que esto puede agravarse con la inteligencia artificial y otras crisis.

 

Trump propone destruir nuestras instituciones educativas e imponer aranceles que no generarán empleos y elevarán la inflación. Así que mi lectura de lo que ocurrirá es que, mientras la retórica sea airada y haya una guerra cultural contra los demócratas, el resultado será el empeoramiento de las mismas fuerzas que lo llevaron al poder.

 

--- Sostiene que la verdadera libertad requiere de un acceso efectivo a la educación, a la sanidad, a la vivienda, a la seguridad económica.

¿Cómo podemos garantizar estas condiciones sin caer en el paternalismo?

 

RESPUESTA: Ante todo, no se trata de quitar la libertad de elegir. La libertad de elección es fundamental, y la agenda progresista que propongo busca ampliarla.

 

Por ejemplo, en Estados Unidos la mayoría solo tiene acceso a una o dos aseguradoras privadas de salud, muchas de las cuales obtienen beneficios negando la atención médica, lo que ha generado una gran frustración.

Lo que propongo es una opción pública, pero no obligatoria. Una aseguradora sin fines de lucro.

Su objetivo no sería explotar a los individuos, sino mejorar sus vidas y ofrecer una buena atención médica.

Ese es un ejemplo de cómo podemos fomentar mejores decisiones y dar más opciones.

 

Lo mismo con la vivienda. En 2008 vimos cómo las hipotecas mal diseñadas destruyeron el patrimonio de millones.

Una opción pública podría ofrecer condiciones más humanas: flexibilidad ante la pérdida de empleo, reglas más justas y sin afán de lucro.

Sería una alternativa segura, no una imposición.

 

Por último, nuestro sistema educativo debería enseñarnos a tomar mejores decisiones. Porque las decisiones son complejas, tienen consecuencias para toda la vida.

Y ahora mismo quienes tienen un interés particular en que

elijas lo que les conviene son los principales proveedores de información.

Sería bueno que la información viniera de alguien sin ese tipo de conflicto de intereses.

 

--- Usted aboga por un capitalismo progresista con instituciones que restauren la confianza pública y protejan el bien común. Lo que Donald Trump está haciendo es erosionar y desmantelar las principales instituciones. Tengo dos preguntas al respecto. Primero: ¿ve suficiente resistencia desde la sociedad civil y la academia?

Segundo: ¿cree que ese sector sigue siendo lo suficientemente fuerte como para combatir esta guerra?

Y si no es así, ¿qué futuro ve para Estados Unidos en los próximos años?

 

RESPUESTA: Tienes toda la razón. Hay una guerra en marcha ahora mismo por parte de la administración Trump contra las instituciones que sostienen la democracia.

Una democracia es más que elecciones cada cuatro años.

Muchos tememos que en 2026 no vayamos a tener unas elecciones justas y libres.

Trump ataca todas las instituciones que ofrecen salvaguardas, como la prensa, a la que llama «enemigo del pueblo», las universidades y el sistema judicial.

 

Estamos al borde de una crisis constitucional. En cuanto a las universidades, Trump fue tan lejos que Harvard dijo «Hasta aquí» y todas las demás universidades estuvieron de acuerdo.

Primero fue una intromisión, pidiendo solo un poco,

y Columbia cedió. Muchos de nosotros dijimos que había sido un error porque los regímenes autoritarios primero piden un poco, luego piden mucho.

 

El aspecto más decepcionante ha sido la actitud de los despachos de abogados, porque se esperaría que los bufetes defendieran la ley. Pero cedieron y accedieron a ofrecer lo que se estima que serán hasta mil millones de dólares en honorarios y servicios legales para promover la agenda ilegal de Trump. Afortunadamente, no todos lo hicieron.

 

Las universidades están siendo atacadas porque son fuente de pensamiento independiente.

No se trata solo de proteger a los individuos, sino de proteger nuestra democracia.

El sistema de contrapesos no solo existe dentro del gobierno. Se trata también de un conjunto de equilibrios dentro de la sociedad donde los medios de comunicación y el mundo académico desempeñan un papel absolutamente central.

Donald Trump simplemente no entiende esto, y quiere aplastar la libertad académica.

 

No lo vamos a permitir. Nuestros estudiantes, nuestro profesorado, están unidos en este valor fundamental.

 

--- Muchos académicos están pensando en mudarse a Europa. ¿Qué futuro ve para la Unión Europea en los próximos años? ¿Y cómo cree que las guerras comerciales van a afectar la economía europea?

 

RESPUESTA: Europa es hoy el principal bastión de la democracia y los derechos humanos. Y eso está atrayendo a muchos profesionales y académicos desde Estados Unidos. Es irónico: durante el siglo XX, el mundo académico estadounidense se fortaleció gracias a quienes huyeron de Europa por la pérdida de libertad. Ahora, el movimiento es inverso. En muchos sentidos, es aún peor que eso, porque una de las fortalezas de Estados Unidos siempre ha sido el poder blando, el respeto que nos tenían, y eso se ha perdido.

 

La cuestión comercial es más simple. Casi con certeza perderemos la guerra comercial. Estados Unidos representa solo el 20% del PIB mundial. Los productos que Estados Unidos exporta a China son productos agrícolas, que puede comprar a cualquier otro país. En cambio, los productos que Estados Unidos importa de China son muy específicos y no pueden adquirirse fácilmente en otros países. En particular, las tierras raras solo pueden comprarse en China. En ese sentido, Trump ha cometido un error aún mayor. Cree que, porque el volumen de importaciones chinas es mayor, tenemos más poder de negociación. En realidad, los aranceles estadounidenses son un shock de demanda para China, pero los aranceles chinos representan un shock de oferta para nosotros, y responder a eso es mucho más difícil y costoso.

Para empeorar aún más las cosas, dos de nuestras principales industrias exportadoras son el turismo y la educación. Él no entiende que en una economía del siglo XXI las exportaciones no son solo bienes, sino también servicios. Pero ¿quién querría venir a estudiar o hacer turismo a un país donde puedes ser detenido sin explicación? Estas son acciones propias de gobiernos autoritarios.

Pero ni siquiera los peores gobiernos autoritarios del mundo hacen esto, porque no quieren dañar su reputación.

Lo que hemos visto en Estados Unidos es lo peor de lo peor, y se hace de forma aleatoria. Es una revolución cultural improvisada, con gente actuando sin pensar, sin ninguna conciencia de las consecuencias de sus actos.

 

--- ¿Qué ha aprendido a lo largo de su vida sobre la conexión entre la libertad y el sufrimiento? ¿Y qué diría a quienes desde su vulnerabilidad luchan e intentan mantener la esperanza en una sociedad buena?

 

RESPUESTA: Tenemos la capacidad de crear una sociedad mejor. No es fácil, y lamentablemente hay fuerzas que empujan en contra. Las cosas son frágiles, más frágiles de lo que nos gustaría. Cuando comencé mi carrera, hace más de 60 años, me preocupaban los derechos civiles. Marché con Martin Luther King en 1963 en Washington D.C. Hice mi posgrado en parte porque quería ver qué podíamos hacer los economistas, los científicos sociales, para mejorar el mundo. Durante un tiempo, las cosas mejoraron, pero luego empeoraron. Y aunque entendimos mejor las dinámicas que generaban desigualdad, esas mismas fuerzas se intensificaron. La creciente concentración de riqueza y de poder terminó creando el caldo de cultivo perfecto para los demagogos. Y aquí estamos. Así que mi respuesta es que tenemos que seguir luchando. Recientemente apareció un artículo precioso en la portada de un periódico mostrando a Bernie Sanders, un hombre de 83 años como yo, junto a Alexandria Ocasio-Cortez, una joven política muy inteligente, recorriendo el país. Están reuniendo multitudes de 40.000 personas o más. Hay mucho entusiasmo por un nuevo progresismo, y eso es lo que me da esperanza. Creo que, al final, vamos a ganar.