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viernes, 31 de julio de 2026

OPINIÓN PÚBLICA - COMO SE FORMA LA OPINIÓN PÚBLICA / PIERRE BOURDIEU


 



COMO SE FORMA LA OPINIÓN PÚBLICA / PIERRE BOURDIEU

Posted on 2012/01/17 – publicó: SOCIOLOGÍA CRÍTICA


Pierre Bourdieu 1929-2001 Sociólogo francés

Pierre Bourdieu // sociólogo francés,† 2002, presidente del College de France

 

Un hombre oficial es un ventrílocuo que habla en nombre del Estado: toma una postura oficial –habría que describir la puesta en escena de lo oficial–, habla a favor y en nombre del grupo al que se dirige, habla por y en nombre de todos, habla en tanto que representante de lo universal.

 

Aquí llegamos a la noción moderna de opinión pública. ¿Qué es esta opinión pública que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, sociedades en las cuales el Derecho existe?

 

Tácitamente, es la opinión de todos, de la mayoría o de aquellos que cuentan, de aquellos que son dignos de tener una opinión.

 

Pienso que la definición patente en una sociedad que se dice democrática, es decir donde la opinión oficial es la opinión de todos, oculta una definición latente, a saber, que la opinión pública es la opinión de los que son dignos de tener una opinión.

 

Hay una especie de definición censitaria de la opinión pública como opinión ilustrada, como opinión digna de ese nombre.

 

La lógica de las comisiones oficiales es crear un grupo así constituido que exhiba todos los signos exteriores, socialmente reconocidos y reconocibles, de la capacidad de expresar la opinión digna de ser expresada, y en las formas establecidas.

 

Uno de los criterios tácitos más importantes para seleccionar a los miembros de la comisión, en especial a su presidente, es la intuición que tiene la gente encargada de componer la comisión de que la persona considerada conoce las reglas tácitas del universo burocrático y las reconoce: en otras palabras, alguien que sabe jugar el juego de la comisión de manera legítima, que va más allá de las reglas del juego, que legitima el juego; nunca se está más en el juego que cuando se va más allá del juego.

 

En todo juego existen las reglas y el fair-play. A propósito del hombre kabil (1), o del mundo intelectual, yo había empleado la fórmula: la excelencia, en la mayoría de las sociedades, es el arte de jugar con la regla del juego, haciendo de ese juego con la regla del juego un supremo homenaje al juego.

 

El transgresor controlado se opone completamente al herético.

 

El grupo dominante coopta miembros a partir de índices mínimos de comportamiento, que son el arte de respetar la regla del juego hasta en las transgresiones reguladas de la regla del juego: el decoro, la compostura.

 

Es la célebre frase de Chamfort:

“El Gran Vicario puede sonreír sobre un tema contra la Religión, el Obispo reír con ganas, el Cardenal agregar lo que tenga que decir” (2).

 

Cuanto más se asciende en la jerarquía de las excelencias, más se puede jugar con la regla del juego, pero ex officio, a partir de una posición que no admita ninguna duda. El humor anticlerical del cardenal es supremamente clerical.

 

LA VERDAD DE TODOS

 

La opinión pública siempre es una especie de doble realidad. Es lo que no puede dejarse de invocar cuando se quiere legislar sobre terrenos no constituidos.

 

Cuando se dice “Hay un vacío jurídico” (expresión extraordinaria) a propósito de la eutanasia o de los bebés de probeta, se convoca a gente que trabajará aplicando toda su autoridad.

 

Dominique Memmi (3) describe un comité de ética [sobre la procreación artificial], compuesto por personas disímiles –psicólogos, sociólogos, mujeres, feministas, arzobispos, rabinos, eruditos, etc.– cuyo objetivo es transformar una suma de idiolectos (4) éticos en un discurso universal que llene un vacío jurídico, es decir que aporte una solución oficial a un problema difícil que trastorna a la sociedad –legalizar el alquiler de vientres, por ejemplo–.

 

Si se trabaja en ese tipo de situación, debe invocarse una opinión pública.

 

En ese contexto, resulta muy clara la función impartida a las encuestas. Decir “las encuestas están de nuestra parte”, equivale a decir “Dios está de nuestra parte”, en otro contexto.

 

Pero el tema de las encuestas es engorroso, porque a veces la opinión ilustrada está contra la pena de muerte, mientras que los sondeos están más bien a favor. ¿Qué hacer?

 

Se forma una comisión. La comisión constituye una opinión pública esclarecida que instituirá la opinión ilustrada como opinión legítima en nombre de la opinión pública –que, por otra parte, dice lo contrario o no piensa nada (lo que suele ocurrir a propósito de muchos temas)–.

 

Una de las propiedades de las encuestas consiste en plantearle a la gente problemas que ella no se plantea, en sugerir respuestas a problemas que ella no se ha planteado; por lo tanto, a imponer respuestas.

 

No es cuestión de sesgos en la construcción de las muestras, es el hecho de imponer a todo el mundo preguntas que se le formulan a la opinión ilustrada y, por este hecho, producir respuestas de todos sobre problemas que se plantean sólo algunos; por lo tanto, dar respuestas ilustradas, puesto que han sido producidas por la pregunta: se han creado para la gente preguntas que no existían para ella, cuando lo que realmente le importaba, era la cuestión en sí.

 

Voy a traducirles sobre la marcha un texto de Alexander Mackinnon de 1828 extraído de un libro de Peel sobre Herbert Spencer (5).

 

Mackinnon define la opinión pública; da la definición que sería oficial si no fuera inconfesable en una sociedad democrática.

 

Cuando se habla de opinión pública, siempre se juega un doble juego entre la definición confesable (la opinión de todos) y la opinión autorizada y eficiente que se obtiene como subconjunto restringido de la opinión pública democráticamente definida:

“Es ese sentimiento sobre cualquier tema que es cultivado, producido por las personas más informadas, más inteligentes y morales de la comunidad.

Esta opinión se extiende gradualmente y es adoptada por todas las personas con alguna educación y sentimiento que conviene a un Estado civilizado”.

La verdad de los dominantes deviene la de todos.

 

CÓMO LEGITIMAR UN DISCURSO

 

En los años 1880, en la Asamblea Nacional se decía abiertamente lo que la sociología tuvo que redescubrir, es decir, que el sistema escolar debía eliminar a los niños de las clases más desfavorecidas.

 

Al principio se planteaba la cuestión, pero luego fue totalmente reprimida ya que, sin que se lo pidiera, el sistema escolar se puso a hacer lo que se esperaba de él. Entonces, no hubo necesidad de hablar sobre el tema.

 

El interés del retorno sobre la génesis es muy importante, porque en los comienzos hay debates donde se dicen con todas las letras cosas que, después, aparecen como provocadoras revelaciones de los sociólogos.

 

El reproductor de lo oficial sabe producir –en el sentido etimológico del término: produce significa “hacer avanzar”–, teatralizándolo, algo que no existe (en el sentido de lo sensible, visible), y en nombre de lo cual habla. Debe producir eso en nombre de lo que tiene el derecho de producir.

 

No puede no teatralizar, ni dar forma, ni hacer milagros. Para un creador verbal, el milagro más común es el milagro verbal, el éxito retórico; debe producir la puesta en escena de lo que autoriza su decir, dicho de otra manera, de la autoridad en nombre de la cual está autorizado a hablar.

 

Encuentro la definición de la prosopopeya que estaba buscando:

“Figura retórica por la cual se hace hablar y actuar a una persona que es evocada, a un ausente, a un muerto, un animal, una cosa personificada”.

 

Y en el diccionario, que siempre es un formidable instrumento, se encuentra esta frase de Baudelaire hablando de la poesía:

“Manejar sabiamente una lengua es practicar una especie de hechicería evocatoria”.

 

Los letrados, los que manipulan una lengua erudita –como los juristas y los poetas–, tienen que poner en escena el referente imaginario en nombre del cual hablan y que ellos producen hablando en las formas; tienen que hacer existir eso que expresan y aquello en nombre de lo cual se expresan.

 

Deben simultáneamente producir un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producción sensible (en el sentido de evocar los espíritus, los fantasmas –el Estado es un fantasma…–) de esa cosa que garantizará lo que ellos hacen:

“la nación”, “los trabajadores”, “el pueblo”, “el secreto de Estado”, “la seguridad nacional”, “la demanda social”, etc.

 

Percy Schramm mostró cómo las ceremonias de coronación eran la transferencia, en el orden político, de ceremonias religiosas (6).

 

Si el ceremonial religioso puede transferirse tan fácilmente a las ceremonias políticas mediante la ceremonia de la coronación, es porque en ambos casos se trata de hacer creer que hay un fundamento del discurso que sólo aparece como auto-fundador, legítimo, universal porque hay teatralización –en el sentido de evocación mágica, de brujería– del grupo unido y que consiente el discurso que lo une.

 

De allí el ceremonial jurídico. El historiador inglés E. P. Thompson insistió en el rol de la teatralización jurídica en el siglo XVIII inglés –las pelucas, etc.–, que no puede comprenderse en su totalidad si no se considera que no es un simple artefacto, en el sentido de Pascal, que vendría a agregarse: es constitutiva del acto jurídico (7).

 

Impartir justicia en un traje convencional es arriesgado: se corre el riesgo de perder la pompa del discurso. Siempre se habla de reformar el lenguaje jurídico sin nunca hacerlo, porque es la última de las vestiduras: los reyes desnudos ya no son carismáticos.

 

PURO TEATRO

 

Una de las dimensiones más importantes de la teatralización es la teatralización del interés por el interés general; es la teatralización de la convicción del interés por lo universal, del desinterés del hombre político –teatralización de la creencia del sacerdote, de la convicción del hombre político, de su fe en lo que hace–.

 

Si la teatralización de la convicción forma parte de las condiciones tácitas del ejercicio de la profesión del clérigo –si un profesor de filosofía tiene que aparentar creer en la filosofía–, es porque ello constituye el homenaje esencial del oficial-hombre a lo oficial; es lo que hay que agregarle a lo oficial para ser un oficial: hay que agregar el desinterés, la fe en lo oficial, para ser un verdadero oficial.

 

El desinterés no es una virtud secundaria: es la virtud política de todos los mandatarios.

 

Las locuras de los curas, los escándalos políticos, son el desmoronamiento de esta especie de creencia política en la cual todo el mundo actúa de mala fe, ya que la creencia es una suerte de mala fe colectiva, en el sentido sartreano: un juego en el cual todo el mundo se miente y miente a los otros sabiendo que se mienten. Esto es lo oficial…

 

1. Alusión a un estudio etnológico que Bourdieu realizó sobre los beréberes kabiles. 2. Nicolas de Chamfort, Maximes et pensées, París, 1795. 3. Dominique Memmi, “Savants et maîtres à penser. La fabrication d’une morale de la procréation artificielle”, Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 76-77, 1989, p. 82-103. 4. Del griego idios, “particular”: discurso particular. 5. John David Yeadon Peel, Herbert Spencer. The Evolution of a Sociologist, Londres, Heinemann, 1971. William Alexander Mackinnon (1789-1870) tuvo una larga carrera como miembro del Parlamento británico. 6. Percy Ernst Schramm, Der König von Frankreich. Das Wesen der Monarchie von 9 zum 16. Jahrhundert. Ein Kapital aus Geschichter des abendlischen Staates (dos volúmenes), H. Böhlaus Nachf, Weimar, 1939. 7. Edward Palmer Thompson, “Patrician society, plebeian culture”, Journal of Social History, vol. 7, Nº 4, Berkeley, 1976, p. 382-405.

* Sociólogo (1930-2002). Este texto se extrajo de «Sur l’Etat. Cours au collège de France 1989-1992», Raisons d’Agir – Le Seuil, París, que aparecerá el 5 de enero. 

 

jueves, 30 de julio de 2026

MAX WEBER, 100 AÑOS DESPUÉS -pOR: Damian Pachón Soto

 


MAX WEBER, 100 AÑOS DESPUÉS

Damian Pachón Soto

Posted on 2020/06/15 Publicado en Arcadia 14/06/2020

 

El filósofo, politólogo y jurista italiano Norberto Bobbio decía, en un texto sobre Max Weber, que un autor clásico es aquél que

ha interpretado su tiempo, de tal manera, que sin esa interpretación tal época no se comprende bien;

igualmente, porque

siempre es actual y sentimos la necesidad de releerlo y reinterpretarlo, pero, ante todo, porque construyó “teorías-modelo de las cuales nos servimos continuamente para comprender la realidad.”

 

Pues bien, la imponente figura de Max Weber, quien murió el 14 de junio de 1920, y cuya obra magna “Economía y sociedad” fue publicada poco después, cumple con cada uno de estos requisitos.

 

En primer lugar, porque su participación en los debates de la convulsa política alemana de la época es fundamental para entender el auge y el declive de la República de Weimar, en una época en la cual, como lo recuerda Gadamer, reinaba la desorientación en un clima de “amargura”, “afán de renovación”, pobreza, desesperanza y “voluntad de vida”, generados por la grave situación alemana tras perder La Gran Guerra.

 

Esa “Voluntad de vida” fue la que llevó, por ejemplo, a Heidegger y a Carl Schmitt a abrazar el ocasionalismo, el decisionismo y terminar avalando y hasta legitimando teórica y filosóficamente el nazismo, tal como ha mostrado magistralmente Karl Löwit en su magnífico libro “Heidegger, pensador de un tiempo indigente” de 1984.

 

Lo mismo hizo el pueblo, que ya en la década de los años 20, caía bajo el embrujo de Hitler. Weber, por el contrario, estaba en la otra orilla defendiendo el liberalismo y el Estado de Derecho.

 

En segundo lugar, de su actualidad no hay duda alguna. Nadie que estudie filosofía, sociología, teoría política o ciencias sociales en general puede prescindir de los aportes de Weber.

 

Esa actualidad quedó reflejada en una encuesta realizada entre 1997 y 1998 por el Comité del Programa del Congreso Internacional Sociological Association (ISA) para elegir los 10 libros más influyentes en el campo de la sociología durante el siglo XX.

 

El primer lugar lo ocupó, de lejos, “Economía y sociedad” de Weber, por encima de las obras clásicas de autores como Robert K. Merton, Parsons, Bourdieu o Habermas, para citar algunos nombres de primera línea.

 

De hecho, su otro clásico “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” de 1905, ocupó el cuarto lugar.

 

Que “Economía y sociedad” -texto póstumo publicado por su esposa Marianne Weber, a partir de un plan que su esposo esbozó en 1910- ocupara el primer puesto, se debe a que esta obra es pionera de la sociología, junto con los trabajos de E. Durkheim, Georg Simmel o Ferdinand Tönnies.

 

En ella se refleja la inusual erudición del sociólogo: conocimientos filosóficos, históricos, jurídicos, económicos, políticos y, desde luego, de la historia de las religiones y de las antiguas culturas de Oriente.

 

En tercer lugar, la actualidad de Weber y su estatus de clásico se deben a que aportó una teoría sociológica -la sociología comprensiva- con una metodología, categorías y herramientas teóricas generales, para comprender científicamente la sociedad.

 

Si bien Durkheim y Marx habían realizado importantes aportes a la sociología, es a Weber a quien se le debe un mayor estatus del llamado “conocimiento científico de la sociedad.”

 

Weber fue profundamente influenciado por los debates en torno a las ciencias del espíritu que se dieron en Alemania desde finales del siglo XIX, especialmente, el debate “explicación versus comprensión”; al igual que por las filosofías de Kant, Nietzsche y Marx.

 

Sobre estos dos últimos llegó a decir: “Nuestro mundo intelectual ha sido modelado en su mayor parte por Marx y Nietzsche”.

 

De Nietzsche, Weber atendió a su crítica de la racionalidad y a su teoría de los valores; de Marx, a sus intentos explicativos de la sociedad y el rol dado a la economía, si bien Weber no fue economicista, sino que mantuvo una perspectiva más amplia, atendiendo a la gran cultura.

 

Weber tampoco asumió la mono-causalidad económica que se le ha endilgado (a mi juicio erróneamente) a Marx en la explicación de los fenómenos. Le apostó, más bien, a la multicausalidad en la explicación de los hechos.

 

Por ejemplo, esto es claro cuando en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” afirma que no pretende explicar el capitalismo acudiendo sólo a cierto ethos religioso, el ascetismo protestante, sino que habría que atender a otros factores como “la totalidad de las condiciones culturales y sociales”, la “organización político-social” y los condicionamientos materiales.

 

La mirada de Weber no es, pues, ni culturalista, ni economicista, sino mucho más integral.

 

Por otro lado, de Immanuel Kant parte Weber para construir su teoría de los tipos ideales, “categorías-tipo” o “conceptos-tipo”.

 

En efecto, así como en Kant el sujeto construye el objeto a partir de la interacción entre la experiencia y el entendimiento, en Weber es el sujeto, el investigador, el que construye el objeto de investigación, pues la realidad no se nos da de manera desnuda, sino que exige presupuestos.

 

Ya Nietzsche había dicho en “La genealogía de la moral”: “No existe, juzgando con rigor, una ciencia libre de presupuestos”.

 

De tal manera que lo que se investiga es

un recorte de realidad puesto por el científico social,

delimitado, de acuerdo con sus intereses investigativos, su cultura, su formación.

 

Es lo que Weber llama relación de valor, que no puede confundirse con los subjetivos juicios de valor que contaminan con ideas religiosas o políticas el desarrollo y los resultados de la investigación misma.

 

Los mencionados tipos ideales son categorías, conceptos, que el investigador crea para tratar de explicar la realidad, la estructura social, las acciones, la dominación política.

 

El tipo ideal es una formulación teórica que busca dar sentido a los datos empíricos recogidos en un proceso de investigación.

 

Son esquemas que proponen dar una coherencia a los hechos, articulados en un ámbito de explicación racional; sirven para pensar la empiria, pero no son definitivos, sino que deben, dado el caso, repensarse, reacomodarse…no pueden forzar los hechos.

 

De esta manera construyó Weber su sociología comprensiva, la cual tenía como objeto “la captación de la conexión de sentido de la acción”, la interpretación de la misma, para “encontrar reglas generales del acaecer”.

 

La sociología busca explicar los hechos sociales acudiendo a la comprensión de las acciones de los sujetos,

a los intereses, a los motivos que las generan.

 

Esto quiere decir que a Weber le interesan

los motivos subjetivos de las acciones de los individuos para así comprender los hechos sociales, las estructuras macrosociales, las cuales tienen objetividad.

Se parte del interés subjetivo, pero el estudio de este interés no es en sí mismo el fin de Weber.

A él le interesa encontrar ciertas “leyes” entre los fenómenos.

 

Para Weber la sociedad no se impone como un todo sobre el individuo de manera ineluctable -como en Durkheim-, quien explicaba la parte por el todo, sino que ésta es una construcción humana, es producto de sus acciones.

 

Por eso, si se comprenden las acciones es posible explicar la sociedad y sus estructuras.

 

Weber no renunció a la investigación empírica, ni tampoco al intento de explicación causal;

también diferenció claramente el conocimiento social del conocimiento natural,

pues mientras en la ciencia natural se daban relaciones necesarias entre los fenómenos,

en la sociología las “leyes”, que siempre ponía entre comillas, eran probabilísticas.

 

Si en ciencia natural se dice “dado A debe ser B”, en ciencia social la fórmula es “dado A puede ser B”. Por lo demás, entre más generalidad tiene una “ley” social, menor es su capacidad explicativa.

 

Hoy, las discusiones en torno a las formas legítimas de dominación (tradicional, carismática, legal-racional), la tipología de la acción social (racional con arreglo a fines, con arreglo a valores, tradicional, afectiva), el tratamiento de la burocracia como tipo ideal, el problema de la racionalización en la modernidad, la secularización o, lo que es lo mismo, el desencantamiento del mundo o desradicalización de la realidad, así como los eternos debates en torno a la objetividad en la investigación científica, la neutralidad valorativa, la ética de la responsabilidad en política, etc., conforman un arsenal teórico con el cual tiene que enfrentarse, en distinto grado, todo aquél que pretenda investigar un problema de las ciencias sociales y políticas.

 

*Damian Pachón Soto es Doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Industrial de Santander