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viernes, 16 de octubre de 2015

EN ÈPOCA ELECTORAL - LA LECCIÒN DE MAQUIAVELLO - "DIALOGO EN EL INFIERNO ENTRE MAQUIAVELO Y MONTESQUIEU" de MAURICE JOLY - Por FERNANDO SAVATER - BAJO EL BARNIZ DEMOCRÀTICO PUEDE INSTALARSE UNA AUTOCRACIA - INSUFICIENCIAS DE LA DEMOCRACIA - PARADOJAS - BORRAR LAS PASIONES POLÌTICAS - APODERARSE DE LAS IDEAS - BASTAN LAS APARIENCIAS - HÈROE POPULAR QUE ASESINA LOS MALOS - DEBILITAR EL ESPÌRITU PÙBLICO - CONTENTAR AL PUEBLO CON PALABRAS - ADMINISTRAR EL TERROR - DEMÒCRATAS NO MAQUIAVELOS - LA LIBERTAD COMO POSIBLIDAD DE ACCIÒN SOCIAL, NO SOLO UNA IDEA - FORMA DEMOCRÀTICA PARA LEGITIMAR SUS INTERESES - CONTENIDO RADICAL DE LA DEMOCRACIA - ENVILECIMIENTO DE LA CONCIENCIA DEMOCRÀTICA - TERRORISMO - ANTI-TERRORISMO MILITANTE: DEFENSA DE LA INTEGRIDAD DE LA PERSONA - LO QUE DICE Y LO QUE CALLA LA PRENSA -

La lección de Maquiavelo

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Ahora que, por lo visto, entramos ya en período descaradamente preelectoral, es el momento oportuno para releer uno de los más agudos panfletos políticos del siglo pasado: el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, próximo a reeditarse en lengua castellana. 
Su autor, Maurice Joly, abogado y libelista, contradictor permanente de los grandes de su mundo, acabó pegándose un tiro en 1887. 
Este diálogo singular enfrenta al autor de El espíritu de las leyes,convencido de que las instituciones democráticas son una conquista irreversible y emancipadora de los pueblos, y al sagaz florentino que teorizó el despotismo, seguro también más allá de la muerte de que bajo el barniz democrático puede instalarse una forma de autocracia no menos tiránica que cualquiera de las ya conocidas. 
No es caso repetir aquí las argumentaciones sutiles y proféticas de este último: me limitaré a recomendar vivamente la lectura de esta obra escrita en 1864 a cualquiera que pretenda entender el contexto político en que hoy nos movemos. 
Pero hay un párrafo tan adecuado para la circunstancia presente de este país que no me resisto a transcribirlo por extenso. 
Así alecciona Maquiavelo al perplejo Montesquieu: 
"En nuestros tiempos, se trata no tanto de violentar a los hombres como de desarmarlos, menos de combatir sus pasiones políticas que de borrarlas, menos de combatir sus instintos que de burlarlos, no simplemente de proscribir sus ideas, sino de trastocarlas, apoderándose de ellas. 
(...). El secreto principal del Gobierno consiste en debilitar el espíritu público, hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y de los principios con los que hoy se hacen las revoluciones. 
En todos los tiempos, los pueblos, al igual que los hombres, se han contentado con palabras. 
Casi invariablemente les basta con las apariencias; no piden nada más. 
Es posible entonces crear instituciones ficticias que respondan a un lenguaje y a ideas igualmente ficticias; es imprescindible tener el talento necesario para arrebatar a los partidos esa fraseología liberal con que se arman para combatir al Gobierno. 
Es preciso saturar de ella a los pueblos hasta el cansancio, hasta el hartazgo". 
Palabras escritas a mediados del siglo pasado. 
¿Habrá que recordar que la "fraseología liberal" de entonces tenía al menos una frescura revolucionaria, una credibilidad moral, que en nuestros días ya no guarda ni por asomo, en buena medida por lo bien que los Gobiernos han aprendido y aplicado la lección de Maquiavelo?
A quien cree que la libertad es una idea, en lugar de reclamarla como posibilidad de acción social, con que la libertad se le reconozca en el plano ideal ya le basta para sentirse satisfecho; a quien no le interesa de la democracia más que su forma de legitimar sin escándalo lo vigente, en lugar de tenerla por el instrumento subversivo de revocación permanente de lo dado, con que se le conceda formalmente la democracia, se contenta y ya no pide más. 
El contenido radical de la democracia va siendo descartado como utopía inviable o provocación: sólo se conserva aquello que de la democracia puede utilizar para sus fines Maquiavelo. 
¿Y el resto? Pues el resto queda englobado en lo que tiende a considerarse genéricamente "terrorismo", sección "compañeros de viaje". 
Y es que auténtico terror -a diferencia de los terroristas oficiales, cuya función, lejos de espantar, entretiene al Estado- causan todos los que siguen empeñados en ejercer el potencial reformador de la democracia, en vez, de "defenderla", "apoyarla",, "sostenerla", "elogiarla" o cualquier otra de las reverencias protocolarias que pueden hacérsele: sin practicarla fuera del papel. 
Según este reparto de roles en que vivimos, todo el que no aparece explícitamente aterrorizado puede ser sospechoso de connivencia con el terrorismo. 
En tan creciente envilecimiento de la conciencia democrática -maquiavélico morbo corruptor-, la nefasta ley Antiterrorista (y su anterior sanción y ampliación por cada cual) es un elemento fundamental. 
Pongamos que uno se interese, por ejemplo, por Jimena Alonso y por las torturas policiales sufridas por ella, por sus hijas y por el resto de las personas detenidas con ella y ya puestas en libertad: quizá esta preocupación sea inoportuna dentro de la campaña pascual "Tenemos La Mejor Policía Del Mundo", pero en cualquier caso no se trata de apología del terrorismo, sino de claro antiterrorismo militante, es decir, defensa de la integridad y dignidad de la persona. 
Pongamos que una serie de personas nos movilicemos en solidaridad con Jimena, a la que conocemos desde hace muchos años y no estamos dispuestos a considerar de buenas a primeras como un peligroso monstruo antidemocrático, cuando tantos verdaderos monstruos cuyos zarpazos hemos sufrido en carne propia van tranquilamente de demócratas por la vida, y poiligamos que uno se escandaliza en acto público, como debe ser, de que a Jimena se le niegue la libertad provisional mientras que al señor Alfaro, del siniestro caso Fidecaya (sórdida manipulación del miedo al futuro de tristes ahorradores), se le concede la misma en veinticuatro horas. 
Creo que seguimos sin convertirnos en apologetas del terrorismo, aunque no colaboremos con el aterrorizado silencio general (en la Prensa de la capital nadie se ocupó del acto en favor de Jimena, cuando, en cambio, tanto se nos informa de los conmovedores movimientos anímicos del intachable doctor Iglesias Puga). 
Y hablando de cosas de las que la Prensa no informa: dar cuenta de que decenas de presos vascos han mantenido una huelga de hambre de más de 35 días como protesta por las alarmantes condiciones del penal de El Puerto de Santa María no equivale a suscribir la ideología teológico-homicida de los etarras, sino a hacer creíble el compromiso de humanidad que fácilmente se proclama y aún más fácil y maquiavélicamente se traiciona. 
Aún otro caso, en fin: el del antropólogo Tomás Pollán, acusado de injurias al Ejército por oponerse activamente, como debe ser, al etnocidio de la maragatería. 
La principal injuria que a Tomás se le reprocha, por lo visto, es haber escrito que los ejércitos tienen fines "eminentemente destructivos", obviedad que también Clausewiz afirmó, sin por ello haber pasado a engrosar, que yo sepa, las listas del terrorismo internacional...
Sólo a quien tenga corazón de esclavo y mentalidad de burócrata o de verdugo le sirven las insuficiencias de la democracia como coartada y apología del totalitarismo; pero sólo quien haya nacido para vivir y prosperar bajo el despotismo puede confundir el estado actual de la democracia con su realización efectiva. 
Las paradojas vienen de ambos lados: de quienes condenan aquí la dictadura militar y la defienden en Polonia y de quienes defienden la intervención política de los sindicatos obreros en Polonia y la condenan aquí (son los mismos que ayer la reprimían con las armas, como ahora en Centroamérica), y también por parte de quienes han mantenido el triste mito del héroe popular que asesina a "malos" desarmados por la espalda y que hoy se complementa con las repugnantes loas a los mortíferos y eficaces "hombres de Harrelson" por quienes son incapaces de admirar en la sociedad lo que no sea látigo o voz de mando. 
La lección de Maquiavelo es que el secreto principal del Gobierno consiste en debilitar el espíritu público y contentar al pueblo con palabras: también podríamos decir que consiste en administrar el terror. 
Fomentar un civismo activo, disipar la fascinación engañosa de las palabras y resistir al terror, tales pueden ser hoy algunas de las tareas propias del demócrata no maquiavélico.

sábado, 6 de junio de 2015

ETICA Y POLITICA, EL DEBATE EN TORNO AL PRINCIPE DE MAQUIAVELO - EL PRINCIPE ES UN LIBRO TÉCNICO - PRESCRIPCIONES MORALES - EL RENACIMIENTO - ¿PORQUÉ SE HIZO FAMOSO ESTE LIBRO ? - PLANTEA: 1] ESCISIÓN ENTRE ÉTICA Y POLÍTICA - 2] EL CONCEPTO DE ESTADO - 3] GOBIERNO BIPARTITO - ROMPE ESTRUCTURA MEDIOEVAL Y JERARQUICA DE LA POLITICA - IMAGEN VULGAR Y ACRITICA DEL PRINCIPE - RELACIÓN DE MEDIO A FINES - ÉTICA DE LA EFICACIA - ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD - ARBITRARIEDAD DE LA POLITICA [EL TODO VALE] - EL RESPETO DEL PRINCIPE - ODIO AL PRINCIPE - ASTUCIA Y FEROCIDAD - MITAD HOMBRE Y MITAD BESTIA - USO DEL PÓDER - CONCILIO DE TRENTO 1552 - ESCRITO MALDITO NO APTO PARA CRISTIANOS - REALISMO POLITICO -


sábado, 30 de mayo de 2015


Ética y política, el debate en torno a El príncipe de Maquiavelo

Luis Veloz



Pero, si bien El príncipe es cualquier cosa menos un tratado moral o pedagógico, de ello no se infiere que sea un libro inmoral. 

Ambos juicios son igualmente equivocados. El príncipe no es un libro moral ni inmoral: es simplemente un libro técnico. 


En un libro técnico no hay que ir buscando reglas de conducta ética, de bien y mal. 


El libro no contiene prescripciones morales para el gobernante, ni lo invita a cometer crímenes ni villanías. 


Se ocupa especialmente de los “nuevos principados”, a los que está destinado. 


Ernst Cassirer.                  


El Renacimiento inaugura un etapa histórica de las más ricas y complejas, al tiempo que constituye un puente entre dos tiempos, entre lo que se puede indicar como la antigüedad clásica y la modernidad ilustrada. 

Luis Villoro, por su parte, observa al Renacimiento como un cambio de época, porque dicho período resultó en una transformación en cuanto a la manera en que los hombres experimentaron su mundo y se situaron en él[1]


En este marco que comprendió naturalmente muchas más aristas, se va a escenificar una pequeña obra que no es familiar por su título: El príncipe, escrita por Nicolás Bernardo Maquiavelo.

Este breve escrito que originalmente se tituló De Principatibus, o bien, del gobierno de los príncipes o principados, es a la fecha uno de los documentos más emblemáticos y polémicos de la corta historia del pensamiento político moderno. 

Escrito en 1512, su contenido fue pensado en un clima de caos en la historia de Italia. 


De hecho, cuando Maquiavelo lo redacta, él mismo, por la circunstancia, pasa por un estadio dificultoso de su vida, ya que al caer la república florentina, es destituido de su labor como diplomático, lo hicieron preso y lo torturaron por mandato de la familia Médicis. 


Y gracias a esa represión, se vio en la necesidad de exiliarse a una pequeña finca de su propiedad, de nombre San Casciano, a las afueras de Florencia.  

Como sea, se ha especulado e incluso popularizado que Maquiavelo escribe El príncipe para quedar bien con la familia de banqueros y recuperar con ello su trabajo como político, y que por ese motivo se lo dedicó a Lorenzo de Médicis. 

Sin embargo, no estamos convencidos de eso, más bien pensamos que es un escrito que en su momento tuvo la intensión de aportar consejos políticos inmediatos a un mandatario prudente que pudiera unificar y mantener en equilibrio a Florencia (fuera quien fuera). 


Una Florencia a la que tanto quiso Maquiavelo, y de la cual incluso llegó a decir, como buen patriota, que la amaba más que a su propia vida en una carta dirigida a su amigo Francesco Vettori.[2]

Pero, la pregunta es obvia: ¿por qué se hizo famoso este libro? 

¿Qué dejó escrito que levantó el revuelo de políticos, teóricos, e ideólogos? 


Pues bien, hay que decir que por lo menos, sobresalen en sus páginas tres problemas que podemos enumerar así: 

1) en primer lugar, se encuentra el complejo problema de  la escisión entre ética y política. 

2) Maquiavelo también será pionero en abordar el concepto de estado, Il Stato, que para el florentino  no significaba aún una entidad abstracta, sino concreta, esto es, una entidad situada territorialmente y propiedad de un príncipe, y 

3) alejándose de Aristóteles[3], opta por la clasificación del gobierno bipartito, que para Maquiavelo son la república y el principado, sean éstos heredados o nuevos.




Así, con estos tres puntos, a nuestro parecer, se implanta una nueva tradición que romperá con la estructura medioeval y jerárquica de la política. 

En este sentido, Maquiavelo nos presenta pautas importantes para la compresión del fenómeno político desde su marco de historicidad, como un ente situado, pero que, por la agudeza de su trabajo, fue más allá de su tiempo. 

Ahora bien, como se dijo, aquí nos avocaremos de modo breve a un problema que a la fecha ha devenido en varios y acalorados debates, por todo lo que ello involucra en el campo social: la ética y la política.

Pues bien, sobra decir, que muchas veces el conflicto que se vierte cuando se toca el tema entre ética y política visto en la obra de Maquiavelo se ve desvirtuado por un prejuicio, cierto, en donde se increpa a Maquiavelo de ser un sujeto maligno y nefasto, porque su obra al final de todo justifica los más abominables crímenes de los políticos. 

Tal asunto, sin embargo, puede llevar a tergiversar de facto la obra, sin haberla leído. De ahí que muchos lectores relacionen El príncipe con los criminales más despiadados de la política, y, en casos más específicos, su libro se asocia a la política como negocio, la política para amigos, para el protocolo de alcanzar poder y dinero a costa de lo que sea. 

El político, en suma, que teniendo un puesto público, puede pisotear a quien él desee.

Sin embargo, nada más lejano a lo que pensó en realidad Maquiavelo. Esa sería la imagen vulgar, y acrítica. Por ello, otros lectores convienen en una idea más precisa, la relación entre medios y fines que toca el florentino en su discurso. 

En este caso, el análisis evocativo de un Maquiavelo que afirma que cualquier medio es válido con tal de obtener el poder del estado y además, mantenerlo, en cierto modo se acerca más al problema que distancia a la ética de la política pero de modo segmentado. De ahí que valga la pena hacer alguna precisión.  

Para  Maquiavelo, en efecto, la ética si bien se ve distanciada de la política, no está anulada en su totalidad (y no tenemos que ir a Los discursos sobre la primera década de Tito Livio para comprobarlo), está ahí, discreta, sobresale en un momento y en otro se cancela, es una exposición a veces contradictoria. 

Pero es de notar, que el objetivo primordial del autor no estuvo en situar a la ética como la piedra de toque, sino a la política, en lo inmediato, para solucionar problemas concretos. 

No por nada, Luis Villoro explica que Maquiavelo en todo caso inaugura una ética de la eficacia, o como diría Max Weber en El político y el científico, una ética de la responsabilidad[4]

De este modo acusamos otra instancia que puede ser útil para una mejor compresión de El príncipe. Ya que, efectivamente, el planteamiento del florentino, según apreciamos, no consistió en fundamentar la arbitrariedad de la política (el todo vale,) sino la eficacia de su ejercicio. Con lo cual, en el capítulo XV y los que restan, Maquiavelo se propone dilucidar con cuidado y profundidad cómo es que se tiene que manejar un príncipe ante los súbditos.




Y aquí es donde entra toda la polémica hasta ahora latente. 

Primero, porque dirá Maquiavelo que un príncipe debe aprender a no ser bueno y valerse de ese comportamiento según la necesidad[5]

Ser bueno en un ambiente donde reina la maldad, la hipocresía y el deseo de poder, no es la mejor opción. 

No es gratuito que Maquiavelo se hiciera una pregunta vertebral: qué es más conveniente para el príncipe, ganarse el respeto de sus súbditos por amor, o bien, por el miedo que pueda inspirar en ellos. 

Y la respuesta se adivina fácilmente, es mejor ganarse el respeto por el miedo, que por el amor, ya que:

“Los hombres se miran menos de ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer, porque el amor es considerado círculo obligado, pero que, por la triste condición humana, se rompe en toda ocasión de propia utilidad; mientras el temor consiste en un miedo al castigo, miedo que no nos abandona nunca”[6]    
Sin embargo, esta recomendación no queda a la deriva, ya que al tiempo que Maquiavelo recomienda ganarse el miedo, también recomienda no ganarse el odio (aunque de ello no hay nunca una garantía). 

Un príncipe, si bien debe infundir miedo en los otros, para hacer saber que es de mano firme, señal clara de que no se retractará cuando haya de castigar, no debe ganarse el odio, porque el odio opaca su gobierno, e infringe desconfianza. 

Un círculo cercano que le tenga odio al príncipe, puede conjurar o conspirar en su contra, planear derrocarlo e incluso asesinarlo (muchos fueron los casos en Florencia). 

En el caso del pueblo sucede lo mismo y se torna igual de radical: la insurrección, los levantamientos, son una muestra inequívoca de que el gobierno puede irse a pique en cualquier momento una vez que el mandatario es claramente odiado por el vulgo, ya que: 

“Así, concluyo que un príncipe debe tener poca cuenta de las conjuras cuando el pueblo le sea benévolo; pero cuando le sea enemigo y lo odie, debe el príncipe temerlo de todo y de todos.”[7]  

Y fueron casos de los que Maquiavelo tuvo la experiencia directa y que, además se percató como un síntoma de la grandeza y el declive de la historia de los grandes imperios (como en Roma) y sus mandatarios, gracias a la enseñanza que tomó de las obras históricas de Tácito y Tito Livio, entre otros.  

Ahora, la pregunta sería: cómo no ganarse el odio. ¿Cómo es que un príncipe procederá para no infundir odio en sus súbditos? 

Y la respuesta, cierto, dejará ver no sólo el consejo racional-pragmático apuntando a la eficacia del hacer político, sino que al tiempo deja entrever una noción ética, ya que, uno de los modos de no ganarse el odio, dice Maquiavelo, es abstenerse de dañar los bienes ajenos. 

Hay que tener respeto. Y aquí, de nueva cuenta y con aguda mira, dice el florentino que debe ser así, porque es más fácil que los hombres olviden la muerte de su padre, que la pérdida de su patrimonio[8]

Entonces, vemos con esto una discreta puerta a la ética, una resistencia por no consentir el todo vale. Por lo tanto, según lo anterior, qué requiere finalmente un príncipe para ser un buen estratega y arquitecto de su ciudad.



La respuesta, ahora, gira  en una serie de consejos que van desde no ser un afeminado ni pusilánime, articular un buen ejército (buenas leyes, pero también buenas armas dirá Maquiavelo son pieza clave), que no sea de mercenarios a sueldo (extranjeros que no sentían suya ni le guardaban respeto a Florencia), hasta la prudencia, una virtud practica que desde los tiempos de los antiguos griegos, ha sido considerada como la razón deliberativa por antonomasia, en tanto que permite elegir entre las mejores opciones a la mano. 

Aunque, como señala Luis Villoro, la virtud en Maquiavelo, también puede verse no necesariamente como excelencia, sino también como fuerza para hacerle frente a la fortuna

Por lo tanto, hay que ser virtuoso, prudente, con el fin de acomodarse según lo que traiga la fortuna, es verdad, sea esto bueno o malo, y saber prever según la necesidad. 

Esto, porque será grave que un príncipe se atenga sólo a la fortuna para su mandato. Atenerse a la fortuna, simple y sencillamente es conformarse con lo que vendrá, cosa que sería su ruina segura.

La virtud, pues, es la fuerza que ha de tener un buen príncipe si quiere mantener su gobierno. 

A lo anterior, se le agregan dos imágenes que complementan, y que  recupera Maquiavelo metafóricamente porque son parte de su idea de lo que debe poseer un buen gobernante, y estas imágenes son: la zorra y el león. 

La zorra, es la astucia, y el león, la ferocidad, naturalezas, dice Maquiavelo, que un príncipe ha de requerir imitar[9]

Ser mitad hombre y mitad bestia. Por lo tanto, un príncipe ha de llenar ciertos requisitos que son estimables y que se consiguen en la práctica. 

Pero nótese que no es el caso que un político se comporte de tal modo que sólo vea por él y los suyos, o los intereses facciosos de su grupo, como se dijo antes. Y que para ese fin o cometido se valga de toda artimaña, de toda falta de juicio. Porque, como bien vio Maquiavelo, tal comportamiento siempre es contraproducente. 

De hecho dirá: “No se puede, empero, denominar virtud a matar a sus conciudadanos, traicionar a sus amigos, carecer de fe, piedad y religión, maneras que pueden hacer conseguir imperio, mas no gloria”[10]  

De ahí que Maquiavelo también considere a los príncipes que han hecho un mal uso del poder, no importándole si fueron tiranos o no. Ya que, en el cómo se usa el poder se encuentra el centro del problema: si está bien encaminado, entonces será eficaz, y la prueba es que se conserva y además aumenta. 

No fue por supuesto lo que sucedió en el caso de Florencia, ya que en un lapso de más o menos cien años cambió constantemente de gobierno, de repúblicas a principados, fue eficaz sólo por breves espacios de tiempo. 

Y recordemos que los cambios siempre fueron forzados, es decir, con las armas. Mientras la familia Medici estuvo en el poder, fue claro que no existió la república, y hubo a pesar de su absolutismo monárquico poco equilibrio político, que estuvo amenazado de manera constante tanto por fuerzas internas (conspiradores por un lado) como externas (reino de Francia y España).



En todo caso, aún hoy nos parece paradójico como Florencia, bajo el mandato de los Médicis, fue innegablemente el gran centro del arte renacentista, nada más y nada menos entre sus filas destaca Leonardo; Boticceli, Miguel Ángel, entre otros; es la etapa de los grandes mecenazgos, pero al tiempo también destacó como un estado cruel, ganándose el odio de muchos. 

Sabemos, claro, que los Médicis se mantuvieron implacables con quienes se oponían a su régimen, asesinando consecuentemente a los opositores en público. La pena capital, en suma, fue un asunto bastante común.  

Maquiavelo en medio del caos, se salvó de ser llevado a la horca, aunque no fue eximido de la tortura. 

Sin embargo, en medio de este marco histórico que conjuga la belleza del arte y la violencia monárquica, junto a los varios años que pasó Maquiavelo como secretario de la cancillería florentina (15 años) que le dan pie para entender la política en su forma y su fondo. 

Y supo bien, que para llevar la política a la práctica, tal como se debía y con el fin de decidir entre esto y lo otro, adecuadamente, muchas veces era menester hacer un alto al proceder ético. Pero nunca, eso sí, sin justificación; incluso cuando fuera requerido matar, o como él llamó, hacer un derramamiento de sangre, siempre tenía que ser con justificación y causa manifiesta, mas no gratuitamente.

Estamos así, ante un notable pensador del siglo XVI, un renacentista en toda la extensión de la palabra. Un hombre que tuvo la osadía de plasmar en papel cómo es que funciona la maquinaria técnica y racional de la política. Lo que no se había hecho antes de él. De ahí que, a Maquiavelo se le haya censurado e injuriado. 

Por ejemplo, en el Concilio de Trento de 1552, se prohibió su lectura por no ser apta para cristianos, y después, en 1559, por mandato del papa Paulo IV, se le tachó como un escrito maldito en el Index librorum prohibotorum. Maldito, no apto para cristianos, e incluso para los protestantes calvinistas que también lo atacaron por haber inspirado, dijeron, la matanza de los hugotones en la noche de San Bartolomé. 

Este fue el fenómeno que albergó por varios años el documento prosístico que conocemos como El príncipe. Sin embargo, a pesar de todo, la historia del pensamiento político le ha dado un lugar significativo a Maquiavelo. No por nada las lecturas en torno a él se han multiplicado, entre los teóricos más destacados del siglo XVIII y XIX que retomaron y revitalizaron a Maquiavelo están por supuesto Spinoza; Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Fichte, Hegel, y Marx. Y en el XX, se puede destacar a Gramsci, Carl Schmitt, Antonio Negri, Paolo Virlo, entre muchos otros.

Es claro, pues, que se ha dado un regreso a la obra del antiguo secretario de Florencia, que no se puede minimizar en la actualidad. 

Su obra es a la fecha una de las más importantes de las llamadas clásicas de la filosofía política, dado que conserva una gran riqueza por lo que deja ver en torno al plano practico-instrumental del ejercicio político (lo que se conoce como realismo político), sin que ello indique tajantemente que no se dé en ella una visión de carácter ético, aunque sea fugaz. A poco más de 500 años, vale la pena pues, retomar a Maquiavelo, y leerlo a la luz de nuestros tiempos, con todos los problemas y vericuetos que se padecen. Ya que, como él mismo enseñó, a pesar de que los tiempos cambien, las pasiones humanas permanecen, y ellas son el foco de la política.   



Bibliografía.
Castilla, José E, Para animarse a leer a Maquiavelo, ed. EUDEBA, Buenos Aires, Argentina, 2012.
Maquiavelo, El príncipe, ed. Aguilar, México, 1975.
Robotnikov Nora, Velasco Ambrosio, Yturbe Corina, compiladores, La tenacidad de la política, ed. UNAM, México, 1995.
Weber Max, El político y el científico, ed. Alianza, Madrid, 1975.



[1] Luis Villoro, “Filosofía para un fin de época”, en La tenacidad de la política, ed. UNAM, México, 1995, p. 15.
[2] Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori citada por José E. Castilla, en Para animarse a leer a Maquiavelo, ed. Eudeba, Buernos Aires, Argentina, 2012, p. 16.
[3] Hay que recordar que Aristóteles en la Política, presenta dos criterios fundamentales, quién gobierna y cómo se gobierna, de ahí que clasifique seis formas de gobierno. Según el número de gobernantes, tenemos las primeras tres formas: Monarquía (de uno) aristocracia (de pocos) y politia (de muchos). A la par de estas formas que se consideran buenas, se le oponen las malas: la tiranía, la oligarquía y la democracia. Siendo la menos mala de estas tres, la democracia. 
[4] Max Weber, en el libro El político y el científico, presenta dos vías éticas que chocan: la de la convicción y la de la eficacia. La primera es una ética que se sustenta en máximas incontrovertibles, como es el caso de la que se proyecta en El sermón de la montaña, este tipo de ética es una ética religiosa que no admite replica. En cambio, la ética de la responsabilidad, tiene en cuanta otra vía, los fines. O sea, que prevé las acciones según lo que se busca, de ahí que Weber nos diga que esta ética es la única que se puede dar en la política.     
[5] Maquiavelo, El príncipe, ed. Aguilar, México, 1975,  p. 120.
[6] Ibídem, p. 130
[7] Ibídem, p. 143
[8] Ídem.
[9] Ibídem, p. 150.
[10] Ibídem p. 73.

domingo, 3 de mayo de 2015

MAQUIAVELO, NO TE RAJES - Por: CARLOS FUENTES - LA POLITICA - LAS MISERIAS DE LA POLITICA - LA REALIDAD POLITICA ES UNIVERSAL - ALTERNANCIA EN EL PODER - TRANSICIÓN DEMICRÁTICA - ADULADORES - SABIOS COLABORADORES - LA VERDAD AL PRINCIPE - EL PRINCIPE, LOS PODEROSOS Y EL PUEBLO - NECESIDAD - VIRTUD - FORTUNA -

Maquiavelo, no te rajes

Hace días presenté en el Círculo de Bellas Artes de Madrid mi novela más reciente, La silla del Águila. 
No pude estar mejor acompañado. 
Mis interlocutores eran Felipe González, ex presidente del Gobierno español, y Alan Riding, corresponsal cultural del New York Times en Europa. 
Ambos conocen bien a México. Riding, porque fue corresponsal del Times durante más de una década. Satanizado en su momento por dar su fiel y personal versión de nuestro país -Vecinos distantes-, Riding al cabo venció las prevenciones chovinistas y recibió, el pasado otoño, la condecoración del Águila Azteca de manos del presidente Vicente Fox. 
El águila de la silla aterrizó en el pecho del águila.
Felipe González radicó mi novela en las movedizas arenas de la política mexicana sólo para afirmar que toda política, siendo local, es también siempre universal porque se funda en "la pasión humana, el poder, el dinero, el sexo y el amor". 
También las miserias de la política son universales, subrayó González. 
Hay, en todo poder, una "parte oscura". Pero lo más que se puede ver de la realidad política, concluyó el ex presidente, es sólo la punta del iceberg. Las verdaderas realidades del poder suelen permanecer ocultas.
Sobre nuestro diálogo en Madrid planeaba, como ya lo había previsto Juan Luis Cebrián, en Babelia, una sombra florentina. 
Nicolás Maquiavelo fue citado por todos los participantes, pero yo tenía la particular preocupación de pensar en Maquiavelo para México y muy emparentado con las próximas elecciones legislativas del 6 de julio en nuestro país. 
Hay quienes hablan en México de una alternancia en el poder, pero sin transición democrática real. 
Los obstáculos que ofrece, para llevar al cabo dicha transición, la cultura autoritaria mexicana, son inmensos. 
Aquí viene a cuento Maquiavelo cuando hace una distinción que conviene soberanamente a México.
Maquiavelo distingue entre "principados nuevos" y "principados hereditarios". 
Durante siete décadas, México fue principado hereditario. 
El poder se heredaba cada seis años, canalizado por el PRI (Partido Revolucionario Institucional). 
El Príncipe en turno dictaminaba, desde la silla del águila, quién sería su sucesor. Seguramente, muchos factores concurrían para dar el dedazo y descubrir al "tapado": el poder del dinero, las agrupaciones gremiales, obreras y campesinas, los poderes locales de la Federación, las burocracias, el "vecino distante" de Alan Riding... 
Pero al fin y al cabo, quien ocupaba la silla del águila decidía quién habría de sucederle. ¿El más competente? A veces. 
Ávila Camacho juzgó con acierto que el mejor y más hábil "tapado" era Miguel Alemán (1946); Alemán, muerto su delfín Héctor Pérez Martínez, optó sagazmente que después de la embriagadora actividad de su gobierno, convenía un presidente aspirina. 
El "mejoral" fue Adolfo Ruiz Cortines (1952), acaso el más hábil presidente priísta y el más ajustado a la virtud hereditaria tal y como la describe Maquiavelo: los principados hereditarios son los más fáciles de gobernar. Basta con no hacer olas y contemporizar con los accidentes. 
El sobre lacrado, los líderes "charros", la mano de fierro envuelta en guante de terciopelo... Las mañas de don Adolfo son innumerables... e irrepetibles.
La regla hereditaria se continuó cuando Ruiz Cortines le dio el dedo de oro a Adolfo López Mateos (1958). 
Pero a partir de entonces, el principado hereditario inicia su declive. 
La legitimación revolucionaria entra en crisis, la represión crece (ferrocarrileros, maestros, Siqueiros, Heberto Castillo) y un heredero ingrato, Gustavo Díaz Ordaz (1964), pasa de ser el más sumiso colaborador de López Mateos a su más encarnizado perseguidor, una vez que ocupa la silla del águila. 
El drama florentino se repite cuando Díaz Ordaz destapa al fiel Luis Echeverría (1970) y recibe, fuera del poder, el vehemente ataque de su delfín. 
Lo mismo le sucede a Echeverría con el suyo, José López Portillo (1976), y, en menor grado, a éste con Miguel de la Madrid (1982). 
La sucesión De la Madrid-Salinas (1988) restablece la paz hereditaria, que no tarda en romperse, por última vez, en el choque brutal entre Carlos Salinas y su sucesor, Ernesto Zedillo (1994).
Zedillo es el último "príncipe hereditario". Respeta la ley y transmite el poder al "príncipe nuevo", Vicente Fox (2000), quien no tarda en encarnar todas las advertencias de Maquiavelo acerca del paso de la herencia a la novedad. 
Los hombres, dice el florentino, mudan gobierno creyendo mejorar. Pero el nuevo príncipe, por el simple hecho de su novedad, porque rompe una tradición, porque agita las aguas, no tarda en enfrentarse a una minuta de problemas ausente en la república hereditaria.
El príncipe nuevo, por principio de cuentas, ofende a los que ha desalojado. 
Cuenta con la enemistad fervorosa del viejo orden, sobre todo (léase Roberto Madrazo, priísta a la antigua) cuando de verdad es viejo o sea incapaz de renovarse para mejorar y aspirar al poder en un nuevo clima democrático (léase Beatriz Paredes, priísta renovadora). 
El nuevo príncipe, amén de contar con la enemistad del principado anterior, no puede satisfacer a todos los amigos, no puede darles todo lo que le piden. Y sus defensores -Maquiavelo dixit- son tibios. 
La incredulidad pesa sobre las acciones del príncipe nuevo. La censura cae sobre su ausencia de acciones. La falta de experiencia lastra y desprestigia muy pronto al nuevo príncipe.
La actualidad de Maquiavelo la demuestra su funesto aserto: el primer error del Príncipe nuevo es siempre su gabinete. 
Pero más allá de este error -fatal para Maquiavelo -, el "pequeño escribano florentino" le recomienda al príncipe nuevo, ante su gabinete, oír y decir la verdad sin temor de ofender. No hay mejor manera de defenderse de los aduladores. 
Pero -enorme pero- si todos pueden decirle la verdad al Príncipe, la falta de respeto se convierte en norma de la gobernanza. Por lo tanto -recomienda Maquiavelo-, el nuevo príncipe ha de elegir consejeros de Estados sabios y otorgar libre arbitrio a sus colaboradores en función de la demostrada o demostrable inteligencia de cada cual.
En todo caso, le dice Nicolás Maquiavelo a Vicente Fox, el príncipe debe ser origen de los buenos consejos, no los buenos consejos origen del príncipe. 
Le es más fácil al nuevo príncipe, al cabo, oponerse a los grandes, que son pocos, que al pueblo, con el cual el príncipe ha de vivir siempre, en tanto que los grandes pueden ser empequeñecidos, hechos y des-hechos. 
En última instancia, el pueblo puede cambiar al príncipe, pero el príncipe no puede cambiar al pueblo. 
Sin embargo, como Maquiavelo sabe ver todos los ángulos de sus propias proposiciones, los grandes, por el hecho de ser pocos, le dan seguridad al príncipe, y el pueblo, por ser muchos, se la quitan. 
Por lo tanto, el pueblo requiere un príncipe sabio que sepa fundar su gobierno en lo que es suyo y no en lo que es de otros. 
Y el pueblo será suyo, concluye Maquiavelo, si el príncipe entiende que el pueblo amigo es el único remedio cuando, inevitablemente, el gobernante cae en la adversidad.
No paso por alto el realismo cínico de Maquiavelo cuando se aparta de las luces del poder y revela sus sombras. 
El príncipe debe ser temido, pero no odiado. 
Los hombres respetan menos al que se hace temer que al que se hace amar. 
El príncipe no debe apartarse del bien, si se puede. Pero debe ejercer el mal, si es necesario. 
Necesidad, virtud, fortuna. Estos tres pilares de la filosofía política de Maquiavelo matizan y enriquecen poderosamente cuanto llevo dicho. 
Sol y sombra. La necesidad puede ser determinada por las vías nefandas -la víascelerata- para llegar al poder. 
El asesinato, la traición, la infidelidad en nombre de la necesidad. Pero, bien gobernada, la necesidad puede ser estímulo para la acción política. 
Maquiavelo -se olvida a menudo- cree en la libertad ("Nadie podrá arrebatarnos esa mínima y gloriosa parcela de libertad que Dios le ha dado a cada hombre") y la libertad elimina, dice, la posibilidad de un mundo completamente necesario o fatal.
La virtud, segunda columna, está ya implícita en la necesidad. La virtud es el libre albedrío en acción. Pero así como la necesidad se mueve de la sombra a la luz, la virtud puede hacer el trayecto inverso. La virtud puede ser máscara de la simulación política, de tal suerte que lo importante de la virtud política no es tenerla, sino parecer tenerla.
La raíz etimológica de la virtud es vir, hombre. 
La fortuna, tercer principio, es, como su nombre lo indica, femenina y debe ser tratada como el muy misógino Maquiavelo trató a su propia esposa: a palos. 
La fortuna es mujer y, por lo tanto, perturba al gobernante con su ambición desmedida, su volubilidad, su activismo perverso, su amenaza a una política racional. Dura más en el poder quien menos depende de la femenina Fortuna.
¿Qué lección nos deja, en suma, para nosotros, para nuestro tiempo, el gran pensador florentino? 
Sólo y simplemente, esto: 
--- un buen gobierno procede de acuerdo con la calidad del tiempo. 
---Un mal gobierno es el que actúa contra la calidad del tiempo. 
El mal gobierno se arruina si persiste en los vicios del tiempo pasado. 
El buen gobierno, en cambio, muestra respeto y paciencia para con los horarios del tiempo. Los horarios del tiempo -el zeitgeist o espíritu del tiempo en lengua alemana-. 
Conocerlo, sentirlo, actuarlo, es el sello del gran gobernante: Fraklin D. Roosevelt en los EE UU y Winston Churchill en Inglaterra, pero, también en Inglaterra, Clement Attlee; en Suecia, Olof Palme; en Alemania, Willy Brandt, y en España, el propio Felipe González.
Las elecciones del 6 de julio y sus secuelas nos indicarán si, en México, Vicente Fox habrá aprendido a actuar de acuerdo con los horarios del tiempo, o a nadar, de muertito, a contracorriente.
En una ocasión, entrevistándolo, mi esposa, Silvia Lemus, le preguntó el ex presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez si leer El Príncipe de Maquiavelo era requisito indispensable para ser buen gobernante latinoamericano.
"Como andan las cosas -constestó CAP-, lo mejor sería que nos pusiéramos a leer El Principito de Saint-Exupèry".
Carlos Fuentes es escritor mexicano.