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jueves, 18 de febrero de 2021

DALMACIO VELEZ SARSFIELD vs. JUAN BAUTISTA ALBERDI --- ANECDOTA --- CRÍTICA CONTENIDO CODIGO CIVIL ---



Gentilesa Dr. SANTIAGO SAIN 

 Repasaba recién una deliciosa anécdota protagonizada por dos importantes y fundamentales protagonistas de nuestra historia institucional. 


La transcribo en la creencia de  que viene muy a propósito para  los  tiempos que vivimos


"Cuenta una anécdota muy conocida que el joven y apuesto tucumano Juan Bautista Alberdi había transformado la crítica al contenido del Código de Vélez Sarsfield en su deporte predilecto.


Cierto día, Alberdi pasa por la casa de Don Dalmacio Vélez Sarsfield y éste lo invita a tomar té a la hora de la merienda. 


Luego de conversar amigablemente, Vélez le sugiere un paseo por su biblioteca.


El joven Alberdi no salía de su asombro ante tamaña generosidad de su anfitrión y acepta, registrándose el siguiente diálogo:


- ¿Ve Ud. Alberdi esos tomos amarillentos ubicados hacia la izquierda? 

Alberdi mira cautelosamente. 

-Se trata de los cuatro tomos del Cedulario Indiano. 

Alberdi asiente. 


- ¿Ve Ud. ahora esos tres tomos encuadernados en cuerina roja? 

Alberdi vuelve a mirar. 

-Se trata de la obra de Troplong... Los tomos negros que le acompañan son el Tratado de Aubry et Rau. 


¿Ve Ud. ahora esos tres libros grises del cuarto estante? Alberdi vuelve a mirar. 

-Se trata del Código Holandés, del Napolitano y del Código de Prusia... 


Como usted es mi crítico, se los muestro para que, aunque sea, los conozca por las tapas..."


(Cit. por el Dr Daniel Enrique Butlow en El Nuevo CCC en Sector Comercial e Inmobiliario)




sábado, 13 de febrero de 2021

DESIGUALDAD - POBREZA --- IMPORTANTE RESOLUCIÓN DEL PARLAMENTO EUROPEO CONTRA LA POBREZA Y LA DESIGUALDAD DE LOS TRABAJADORES --- TRABAJADORES EN RIESGO DE POBREZA --- BRECHA PATRIMONIAL --- REDUCCIÓN DE LA COBERTURA DE LOS CONVENIOS COLECTIVOS DE TRABAJO --- AUMENTO DEL EMPLEO ATIPICO Y PRECARIO --- CRISIS DEL COVID-19 --- PARLAMENTO EUROPEO, PROPUESTAS --- RENTA MÍNIMA, SALARIO MÍNIMO QUE PERMITAN VIVIR DIGNAMENTE --- PROTECCIÓN ADECUADA A LOS TRABAJADORES VULNERABLES DURANTE LA PENDEMIA --- TRABAJO EN PLATAFORMAS DIGITALES --- FALSO EMPLEO AUTÓNOMO ---

 

IMPORTANTE RESOLUCIÓN DEL PARLAMENTO EUROPEO CONTRA LA POBREZA Y LA DESIGUALDAD DE LOS TRABAJADORES

 

Compartido por: Pedro Flinstone

El Parlamento Europeo aprobó esta semana una resolución sobre desigualdad y pobreza de los trabajadores. 

Se trata de una información que ciertamente se escapa a la generalidad de las noticias que asoman a los medios españoles, más aún en tiempos electorales como los que estamos viviendo. 

En esta entrada se hace un resumen de los contenidos de esta importante resolución, para al final de la misma, recordar, gracias a la eurodiputada Maria Eugenia Rodriguez Palop (Grupo de la Izquierda en el Parlamento europeo), de la posición que han sostenido frente a la misma los diputados del PP y VOX.

Se trata de la Resolución del Parlamento Europeo, de 10 de febrero de 2021, sobre la reducción de las desigualdades, con especial atención a la pobreza de los trabajadores, cuyo texto completo se puede consultar en este enlace: REsolución Parlamento Europeo 10.02.2021

La resolución se estructura en torno a cuatro grandes ejes: el incremento desde la crisis de 2008 en la Unión Europea de la desigualdad y de la pobreza, la reducción de la tasa de cobertura de la negociación colectiva y contracción de la función reguladora de los convenios colectivos, el aumento del empleo atípico y precario y, finalmente, las repercusiones negativas en materia social y económica de la pandemia Covid-19.


Desigualdad y pobreza crecientes: 

Según la definición de Eurostat, las personas ocupadas se encuentran en riesgo de pobreza cuando trabajan durante más de la mitad del año y su renta disponible equivalente anual es inferior al 60 % de la mediana de la renta familiar nacional (después de las transferencias sociales) y las últimas cifras de Eurostat muestran que el 9,4 % de los trabajadores europeos se encontraban en riesgo de pobreza en 2018. 

Existen desigualdades en los Estados miembros entre sí y éstas varían significativamente. 

Así, la brecha de patrimonio neto entre los percentiles más ricos y el resto es cada vez mayor.  

Mientras que en los países del Eurogrupo el patrimonio neto por hogar disminuyó en el 20 % inferior en 2017, aumentó de forma relativamente acusada en el 20 % superior.  

La deuda neta media de los hogares del 20 % inferior era de 4 500 EUR, mientras que el 10 % más rico tenía un patrimonio neto medio de 1 189 700 EUR. 

Los factores que contribuyen a la pobreza y al aumento de la desigualdad en la riqueza neta son complejos y están interrelacionados e incluyen principalmente 

---la desigualdad salarial, 

---la desigualdad de género, 

---la falta de vivienda asequible, 

---la discriminación, 

---los bajos niveles educativos, 

---los cambios tecnológicos en el mundo laboral y 

---los cambios estructurales en el mercado laboral; 

---que el aumento de la productividad, sin la correspondiente subida de los salarios, incrementa asimismo los desequilibrios económicos en los Estados miembros y entre ellos. 

Pero se destacan como causas muy relevantes los tres puntos siguientes.


Reducción de la cobertura de los convenios colectivos: 

La cobertura de la negociación colectiva en los países de la OCDE ha disminuido en las últimas tres décadas, pasando del 46 % al 32 % por término medio; en al menos 14 Estados miembros de la Unión, el 50 % de los trabajadores asalariados trabaja sin convenio colectivo; únicamente en siete Estados miembros la adhesión al convenio colectivo supera el 80 %, y el descenso de la tasa de cobertura fue más rápido en los países que experimentaron reformas estructurales que tuvieron por objeto la negociación colectiva. 

Hay que tener en cuenta que unos sistemas de negociación colectiva bien coordinados, con una amplia cobertura, fomentan buenos resultados en el mercado laboral, y que los trabajadores cubiertos por convenios colectivos suelen disfrutar de mejores condiciones de trabajo y un entorno de trabajo de mejor calidad que los que no lo están.


Aumento del empleo atípico y precario: 

La proporción de trabajadores que viven en hogares en riesgo de pobreza ha aumentado del 8 % al 9,4 % en diez años, es decir, a 20,5 millones de personas. 

Se ha encontrado una correlación entre el aumento de las formas de empleo atípicas y el aumento del porcentaje de europeos en riesgo de pobreza activa; el 16,2 % de quienes trabajan a tiempo parcial y con contratos temporales están más expuestos al riesgo de pobreza activa, frente al 6,1 % de quienes tienen un contrato permanente. 

La contracción del empleo durante la crisis financiera de 2008 provocó un aumento drástico del número de personas con empleo atípico, trabajo de corta duración y trabajo a tiempo parcial, incluido el empleo a tiempo parcial involuntario. 

Los contratos estándar indefinidos a tiempo completo constituyen sólo el 59 % del empleo total en la Unión, y que el empleo atípico y a menudo precario aumenta incesantemente.


Las repercusiones económicas y sociales de la pandemia de COVID-19:

Durante la crisis financiera de 2008, el desempleo y el empleo precario y atípico aumentaron significativamente y que, en la crisis de la COVID-19, la cuestión social también se centró en la pérdida de puestos de trabajo, el trabajo de corta duración y la necesidad de subsistencia, por ejemplo, para las pequeñas y medianas empresas (pymes), el sector artesanal, el pequeño comercio y los trabajadores fronterizos. 

Teniendo en cuenta que la clase media se reduce, que el aumento de la brecha entre ricos y pobres aumenta y que la crisis de la COVID-19 agudiza los desequilibrios en los Estados miembros, la crisis económica ocasionada por la pandemia de COVID-19 podría tener repercusiones graves y duraderas a largo plazo sobre el mercado de trabajo, en especial para los jóvenes o los trabajadores vulnerables, ya que puede obligarles a aceptar empleos precarios y atípicos, lo cual empeorará considerablemente las condiciones de trabajo y agrandará las desigualdades existentes.

A partir de este diagnóstico, el Parlamento europeo propone en su Resolución una batería de medidas contra la desigualdad, el establecimiento de un nivel de protección mínimo en las condiciones de vida y de trabajo, la necesidad de proteger y reforzar los sistemas de negociación colectiva a nivel nacional, especialmente a nivel sectorial, y como regular el impacto social de la pandemia de COVID-19.

En líneas generales, el Parlamento pide a la Comisión y a los Estados miembros que alcancen el objetivo de lograr unas condiciones de vida comparables mediante una convergencia social y económica al alza, que contrarresten las crecientes desigualdades dentro de los Estados miembros y entre los diferentes países entre si, y que aumenten la solidaridad. 

Para ello anima a los Estados miembros a que refuercen los sistemas de negociación colectiva y a que garanticen una protección social mínima y un sistema de seguridad social para todos los grupos de edad.  

Destaca que estos objetivos pueden alcanzarse a través de instrumentos como, entre otros, una renta mínima, un salario mínimo y unas pensiones mínimas en el marco del primer pilar, es decir mediante “pensiones públicas reglamentarias administradas por el Estado y financiadas generalmente mediante cotizaciones a la seguridad social o ingresos tributarios generales sobre la base de un sistema de reparto”.

Respecto del segundo punto, el Parlamento asume las líneas generales del proyecto de Directiva presentada por la Comisión para garantizar que los trabajadores de la Unión estén protegidos por salarios mínimos adecuados que permitan vivir dignamente. 

Eso supone que se debe garantizar, mediante convenios colectivos y salarios mínimos legales, que ni los trabajadores ni sus familias corran el riesgo de caer en la pobreza y que todos puedan vivir de su trabajo y participar en la sociedad; debe garantizar que los salarios mínimos legales se fijen siempre, en su caso, por encima del umbral de pobreza.

Y en lo relativo a las repercusiones de la Crisis del COVID-19, la Resolución señala que la crisis de COVID-19 ha afectado considerablemente a los trabajadores y a las personas desfavorecidas, por lo que las respuestas políticas a la pandemia deben centrarse en las personas y basarse en la solidaridad mundial. 

De esta manera, las medidas de lucha contra la pobreza y la pobreza de los trabajadores son especialmente necesarias y deben tener como objetivo lograr una recuperación rápida, justa y ecológica. 

Por ello pide a los Estados miembros que garanticen una protección adecuada a todos los trabajadores vulnerables durante la pandemia y que colaboren con los interlocutores sociales en la elaboración de soluciones eficaces, prácticas y equitativas para hacer frente a los retos que plantea la pandemia. 

En concreto recuerda, a este respecto, que debe utilizarse una proporción suficiente de recursos adicionales en el marco de REACT-EU para aumentar la disponibilidad de recursos del Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Desfavorecidas; subraya igualmente la importancia de asegurar que el FSE+ reciba suficientes recursos en el próximo marco financiero plurianual.

Coherentemente con lo anterior, se esboza un programa de acción frente a las consecuencias de esta crisis : La Resolución insta a la Comisión a que preste  especial atención a las repercusiones económicas de los regímenes de reducción del tiempo de trabajo, a las personas despedidas de manera temporal o permanente y a las repercusiones sociales para las personas en situación de precariedad, recordando, a este respecto, que los regímenes de reducción del tiempo de trabajo no son idénticos en todos los Estados miembros y que las prestaciones varían considerablemente, y que los trabajadores con bajas prestaciones son especialmente vulnerables al fenómeno de la pobreza de los trabajadores.  

Pide a la Comisión y a los Estados miembros que, a tal fin, protejan a los trabajadores para ayudarlos a mantener sus puestos de trabajo, también mediante ayudas financieras, por ejemplo, mediante regímenes de reducción del tiempo de trabajo y apoyo a las personas con empleo precario y algunas formas de trabajo atípico, y que consideren la posibilidad de prestar ayuda financiera a algunos tipos de trabajadores por cuenta propia que han perdido su base financiera debido a la crisis. 

Además de ello, pide a los Estados miembros que protejan a las personas que viven en condiciones precarias; que éstos presenten unas normas mínimas para sus respectivos sistemas de seguros de desempleo y de garantía de ingresos mínimos nacionales en forma de marco jurídico a fin de mejorar la seguridad social de quienes trabajan y residen en Europa.

El Parlamento considera finalmente de suma importancia asegurarse de que la aplicación del Plan de Recuperación para Europa tenga por objeto la erradicación de la pobreza y las desigualdades socioeconómicas y se base en un mecanismo eficaz con objetivos y valores de referencia que permitan una medición precisa de todos los progresos conseguidos. 

Por ello el Parlamento Europeo debe participar plenamente en el control ex ante y ex post del Plan de Recuperación y que todos sus diputados electos deben poder intervenir oficialmente para garantizar un proceso de aplicación y evaluación plenamente democrático y transparente.

Unos objetivos plenamente compartidos por la ciudadanía europea, que, según el último euro-barómetro, (Eurobarometro)  quiere que la lucha contra la pobreza y la desigualdad sea una prioridad del Parlamento, y como tal es la cuestión que ha ocupado el primer puesto en las encuestas de los ciudadanos europeos según este cuadro:



La Resolución del Parlamento del 10 de febrero, menciona además algunos elementos específicos que son de interés para el actual estado de regulación de las relaciones laborales en nuestro país y que se deberían desarrollar en el marco de esta lucha contra las desigualdades y la pobreza laboral. 

Se trata de la regulación del trabajo en plataformas digitales y la información sobre las condiciones de trabajo, cuestión esta última que  en definitiva viene a recordar la importancia de la Directiva (UE) 2019/1152 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 20 de junio de 2019, relativa a unas condiciones laborales transparentes y previsibles en la Unión Europea.

El trabajo en plataformas digitales es objeto de un proyecto de directiva – del que ya hemos dado cuenta en este blog en esta entrada La regulación jurídico laboral de los "riders" - cuyas líneas fundamentales son explicitadas en la Resolución en la que se pide a la Comisión que vele por que las relaciones laborales entre las plataformas y los trabajadores se adapten a las nuevas realidades de una sociedad y una economía digitalizadas y se clarifiquen cubriendo a estos trabajadores a través de la legislación laboral vigente y de las disposiciones en materia de seguridad social, a fin de mejorar sus condiciones de trabajo, sus competencias y su educación y garantizarles unas horas de trabajo previsibles; y destaca que una propuesta legislativa de la Unión debe garantizar que los trabajadores de plataformas puedan constituir representación colectiva y constituirse en sindicatos para celebrar convenios colectivos.

Reconoce también a su vez que la digitalización y la globalización han dado lugar a un aumento considerable del trabajo por cuenta propia y de las formas atípicas de empleo; acoge con satisfacción el compromiso de la Comisión de evaluar si es necesario adoptar medidas a escala de la Unión que permitan que los trabajadores autónomos se unan y celebren convenios colectivos, así como el compromiso de la Comisión de proponer cambios en la normativa cuando sea necesario y su reciente consulta pública a este respecto; aguarda la publicación de la evaluación de impacto en la que se exponen las opciones iniciales para futuras acciones. 

Pero todo ello – subraya la Resolución  - no debe servir para retrasar ninguna otra iniciativa de la Comisión para hacer frente al falso empleo autónomo y garantizar los derechos de los trabajadores no convencionales.

Como puede comprobarse, se trata de un texto interesante que reivindica el modelo social de la Unión Europea como uno de los puntos fuertes de la misma, aunque  afirma que los avances tecnológicos y la tendencia mundial al aumento de las desigualdades exigen revisar ese modelo social y adaptarlo a un entorno mundial actual, que califica de “trepidante, complejo e imprevisible”. 

Muchas de sus propuestas deben alimentar directamente la acción de reforma y de cambio legislativo en nuestro país. 

Quizá por ello tanto el PP como VOX han intentado evitar que se incorporaran a dicho texto. 

Así, por señalar las cuestiones más llamativas, ambos partidos políticos han votado en contra de "garantizar salarios mínimos legales por encima del umbral de la pobreza", han rechazado los artículos que piden salarios suficientes para que los trabajadores tengan vidas dignas (párrafos 36, 38, 40, 41 de la resolución), y se han opuesto a que el Plan de Recuperación Europeo "tenga como objeto erradicar la pobreza y las desigualdades socioeconómicas". 

Coherentemente con esta postura antisocial, han votado en contra de pedir a la Comisión un marco legislativo para regular el teletrabajo, un marco sobre renta mínima o medidas vinculantes de transparencia salarial (para luchar contra la brecha de género). 

En la votación final, los diputados españoles de VOX han votado en contra (no sólo) y los del PP se han abstenido. 

Llama la atención no obstante ver votando juntos a Buxadé y Tertsch (diputados de VOX, del Grupo Conservadores y Reformistas Europeos) con  Comín i Oliveres, Ponsatì Obiols y Puigdemont i Casamajó (del grupo de No Inscritos) en un tema como éste. 

Una convergencia y unión anómala para quien lo observa en las actas de la votación.

Los elementos positivos y las advertencias que emite la Resolución comentada deben ser recogidas tanto por los actores sociales en las mesas del diálogo social, como por el propio Gobierno en la puesta en práctica de su programa de acción. 

Tanto en materia de garantía de mínimos salariales, como en el fortalecimiento de la negociación colectiva y en la idea fundamental de preservar el empleo en la crisis del COVID 19 son líneas de fuerza que deben orientar decisivamente los próximos pasos del cambio normativo en materia laboral y social. 

La Resolución del Parlamento Europeo supone un texto útil e interesante para proceder a legislar reduciendo la desigualdad y garantizando mínimos salariales y de derechos en el trabajo como condición de procedibilidad política en la salida a la crisis presente.


jueves, 11 de febrero de 2021

ZYGMUNT BAUMAN - DE LOS NUEVOS SEMBLANTES DE LA DESIGUALDAD | POR ZYGMUNT BAUMAN --- CULTURA ACTUAL --- IGUALDAD ECONÓMICA --- MOVILIDAD SOCIAL Y ECONÓMICA --- SUEÑO DE LA CLASE MEDIA --- NIÑOS EN SITUACIÓN DE POBREZA --- PREJUICIOS RACIALES Y DE CLASE --- POSIBILIDADES DE LOGRAR LA IGUALDAD






DE LOS NUEVOS SEMBLANTES DE LA DESIGUALDAD | POR ZYGMUNT BAUMAN  


"Hoy la cultura no consiste en prohibiciones sino en ofertas, no consiste en normas sino en propuestas. Tal como señaló antes Bourdieu,...

[Publicó Bloghemia  febrero 09, 2021]


 "Hoy la cultura no consiste en prohibiciones sino en ofertas, no consiste en normas sino en propuestas. 

"Tal como señaló antes Bourdieu, la cultura hoy se ocupa de ofrecer tentaciones y establecer atracciones, con seducción y señuelos en lugar de reglamentos, con relaciones públicas en lugar de supervisión policial: produciendo, sembrando y plantando nuevos deseos y necesidades en lugar de imponer el deber"

-Zygmunt Bauman

                                    

Por : Zygmunt Bauman

 

Frank Rich, destacado articulista de opinión del New York Times, apunta lo siguiente en el número de ayer a propósito de la voz de la América liberal (de izquierdas): 

«La igualdad económica parecía un objetivo a nuestro alcance en 1956, al menos, para la entonces amplísima clase media. 

La sensación de que la promesa estadounidense de movilidad social y económica era alcanzable para cualquiera que se propusiera ir en pos de ella». 

Ese era, recuerda él a sus lectores (sin fiarse de la propia memoria de estos), el estado de ánimo del país hace cincuenta y cuatro años. 

En cuanto a la clase media estadounidense de hoy en día, a Rich le basta con plantearse una pregunta puramente retórica: 

«¿Cuántos americanos de clase media creen actualmente que sus posibilidades no conocen límites si trabajan duro? 

¿Cuántos se fían de que el capitalismo les dará lo que en justicia les corresponde?», lo que equivale a preguntarse: cuántos estadounidenses han conseguido conservar y mantener la antigua confianza (aquella que tan viva estaba apenas medio siglo atrás) en la «igualdad de movilidad social» o en la «igualdad en movimiento», «la igualdad cada vez más próxima», «la igualdad a nuestro alcance»… 

Una pregunta retórica, sin duda, pues, en este caso, Rich puede estar seguro de lo que sus lectores responderán sin dudar: «No muchos». 

A esto ha llegado, más o menos, el sueño de la clase media que confiaba «en que todo aquel que se esforzara lo suficiente podía entrar en el País de Jauja de las oportunidades y en que a nadie se le negaría ese sueño porque un grupo privado hubiera alquilado y reservado para sí el País del Mañana».

El día anterior, otro columnista de opinión del New York Times, Charles M. Blow, señalaba la siguiente evidencia estadística:

“Según el Centro Nacional para los Niños en Situación de Pobreza, el 42% de los niños estadounidenses viven en hogares de ingresos bajos y en torno a una quinta parte viven por debajo del umbral de pobreza. 

Y la cosa se pone aún peor. El número de niños que viven en situación de pobreza ha aumentado un 33% desde 2000. 

Para que veamos esos datos en perspectiva, tengamos en cuenta que la población infantil del conjunto del país creció solamente un 3% a lo largo de ese mismo periodo. 

Y, según un informe de Unicef de 2007 sobre la pobreza infantil, Estados Unidos ocupaba el último lugar de la lista de 24 países ricos allí recogida. 

[…] [L]a reacción de ciertos sectores sociales a este problema sigue estando mezclada con los prejuicios raciales y de clase: no más ayudas y prestaciones públicas para personas no blancas que han tomado malas decisiones en su vida y no han tenido el sentido ni las agallas necesarias para salir de los hoyos en los que se han metido”

Nadie tiene que decirles a los padres de ese 42% de niños y niñas estadounidenses, apurados como andan día sí y día también, tratando de llegar a fin de mes con lo poco que tienen, que las probabilidades de que sus hijos alcancen la igualdad son reducidísimas, y los padres del 20% de pequeños que viven bajo el umbral de pobreza difícilmente hallarían siquiera rastro alguno de esas «probabilidades» cuya desaparición recogen las cifras más recientes. 

Poco les costaría a los progenitores de ambas categorías, sin embargo, descifrar el mensaje que emana alto y claro de boca de quienes fijan las leyes de la nación y las traducen al lenguaje de los derechos y las obligaciones de los ciudadanos de ese país. 

El mensaje es la encarnación misma de la simplicidad: Estados Unidos ha dejado de ser una tierra de oportunidades; ahora es una tierra para personas con agallas. 

La «igualdad de movilidad» socialmente gestionable encalló en la roca de la desigualdad de agallas individuales y se fue a pique. 

Las «agallas» de los padres son el único bote salvavidas que se ofrece a quienes desean sacar a sus hijos del embravecido mar de la pobreza. 

El bote es pequeño; suerte tiene quien llega a procurarse uno con suficiente capacidad como para que quepa toda la familia. 

Lo más probable, sin embargo, es que sólo unos pocos miembros de esta, los más audaces y cicateros (o, lo que es lo mismo, los más dotados de «agallas»), sepan hacerse un hueco en el bote y mantenerlo todo el tiempo necesario hasta que este alcance la costa. 

Y el viaje ya no es (si es que alguna vez lo fue) un viaje hacia la igualdad. 

Es, más bien, una carrera para dejar atrás a los demás. 

El espacio en la cima está ya prerreservado y allí sólo se admite a los elegidos. 

Como bien dice Frank Rich, «un grupo privado ha alquilado y reservado para sí el País del Mañana»

El país de las oportunidades prometía más igualdad. El país de las personas con agallas sólo puede ofrecer más desigualdad.


jueves, 4 de febrero de 2021

LUIS FRANCO - Luis Franco Poesía y revolución permanentes --- Por Mario Goloboff

 

Luis Franco

Poesía y revolución permanentes

Luis Franco
Luis Franco 

Publicó diario " Página 12" contratapa [04/02/2021]

PUBLICÓ UNA VEINTENA DE LIBROS DE POESIA,  TREINTA EN PROSA, CUENTOS, CUENTOS BREVES, FÁBULAS, CUENTOS POPULARES, ASÍ COMO ENSAYOS BIOGRÁFICOS, HISTÓRICOS, POLÍTICOS, SOSTENIENDO SIEMPRE SUS IDEAS SARMIENTINAS, MARTIANAS, REVOLUCIONARIAS. Y SUS POSTURAS ÉTICAS Y ESTÉTICAS:

“LA VIDA BLANCA Y ROJA (NO UN NEGOCIO SINO UNA AVENTURA MÁGICA, LA VIDA) ES MI MAYOR TENTACIÓN, PERO LA PALABRA Y AUN EL PENSAMIENTO, TIENEN LA PRIVANZA DE MIS HORAS TIRADAS EN BUSCAR UN ARTE DE TEMPESTAD Y MELODÍA.

 

Nacido en Belén, Catamarca, a finales del XIX, vivió la infancia y la adolescencia en la capital de la provincia, fue curioso de todo y buen estudiante, y comenzó a escribir muy precozmente, tanto que antes de los veinte años ganó un premio de honor con su “Oda Primaveral” en los Juegos Florales, con un Jurado presidido por Jaimes Freyre, figura importante del Modernismo hispanoamericano.

Debió viajar en mula hasta Tucumán para recibir la distinción, hecho que no pasó por alto la prensa del país y la revista Caras y Caretas que lo comentaron como un evento singular.

Se radicó en Buenos Aires, donde trabajó en la Biblioteca Nacional del Maestro, después de haber sido labriego en Belén, conocido las tareas de la tierra, la lucha por el agua y el riego, la vida campesina.

Aunque volvía con frecuencia al pueblo, donde recuperaba su trabajo con la tierra, las reivindicaciones por los derechos de sus iguales, sus hábitos campesinos que no abandonó nunca.

Tempranamente simpatizó con las ideas de León Trotsky (escribió un poema-homenaje a Trotsky en 1940, a los pocos días de su asesinato), y participó luego en revistas y grupos de la izquierda.

¿Practicó por ello una “literatura proletaria”?

En su particular concepción, a contramano de la línea estética realista socialista dominante en el progresismo de entonces, “No (responde él en una entrevista): (esa es) literatura para coadyuvar a la desproletarización del proletariado. /…

/ El arte verdadero es una respuesta autónoma al misterio, otra intuición del mundo./…

/ En el arte, como en la guerra o en la vida, todo lo que no ayuda, estorba. Naturalmente Termidor preferirá siempre la ortodoxia podrida de los frentes populares a la heterodoxia revolucionaria”.

Cada vez que vuelvo sobre Luis Franco recuerdo la inteligente confesión de José María Arguedas inscripta en aquel célebre trabajo “No soy un aculturado”:

“¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico”.

De ahí sus pequeñas joyas:

“El misterio con tapa de cristal, /…

/ la pura libertad en desaliño /…

/ y un renaciente gozo manantial. /…

/ El genio humano, puro, está en el niño. /…

/ Creación, más que la otra, matinal. /…

/ Todo el turbión vital bajo su armiño. /…

/ Un futuro dios, cierto, está en el niño. /…

/ Como ignora la muerte es inmortal” (“El misterio de cristal”).

O esta otra:

“Silencio de diamante. En el campo ni un eco. /…

/ De pronto la calandria que halla en la luz su alpiste /…

/ desciende melodiosa sobre un gajito seco /…

/ como buena noticia sobre un corazón triste” (“La calandria”).

Pero también los poemas más caudalosos donde no se niega a la reivindicación social y política porque, como escribe en algún prólogo, “cree que el arte nuevo no saldrá de las retortas ni de los alambiques sino de una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la sociedad y con su propio espíritu: con su salto de la prehistoria a la verdadera historia el hombre inaugurará de suyo la nueva epopeya y el nuevo idilio”.

Primordialmente, su poesía central es reflexiva, dilatada, existencial, casi panteísta; pone en juego su relación como humano con el mundo, con las cosas, con los seres:

“Ya el hombre ha vivido millones de años en alguna parte. /

Ya anduvo entre las nebulosas; /

estuvo en el corazón de las rocas primeras; /

ha sido alga o pez en el mar; /

dudó entre las formas anfibias y prefirió la tierra; /

se elevó con los árboles para otear el mundo, /

y las tormentas dejaron barro de creación en su alma. /

Todavía ahora /

pájaros y mamíferos transmigran por su cuerpo” (“Suma, 3”).

Y también:

“Dirigimos el mundo como los peces el río.

/ Vamos a caballo sobre lo incomprensible.

/ En la cantidad e intensidad del alma, ¡oh nocturna!

/ nuestra jornada consciente lleva el signo menos”.

Y, con acento algo whitmaniano, como lo tiene casi toda su poesía:

“Me detengo de pronto a mirarme a mí mismo,

/ como a través de una cerradura, ávidamente curioso,

/ como a un recién venido largamente esperado.

/ Y hallo, en efecto, un hombre que veo por primera vez,

/ un ser de evasivas maneras,

/ de miradas por entero impenetrables: / el otro hombre sin alcance que soy yo, / remando con sus remos: el sueño y la vigilia;

/ el dueño de innumerables secretos

/ que apenas distingue sin poder transmitir casi ninguno,

/ que apenas es más dueño de sus actos que el tigre o la yedra” (“Suma, 5”).

Soy hombre, y nada del cuerpo y del alma de la mujer puede serme indiferente.
Creo que alguno me sospechó griego
acaso por la risa, aunque tengo sonrisa muy actual, otro no más que turco.

¿Acaso porque soy polígamo de ideas y creo mejor el gozar de todas que entregarme ciegamente a ninguna? ¿Religión? Soy un impío capaz de escuchar devotamente por horas una cigarra, pitonisa del sol. Soy un ateo calado hasta el hueso de supersticiones de lo divino. (¿Para qué decir que la ignorancia cerrada de la teología figura entre mis grandes erudiciones y que malicio más ciencia de Dios en una calandria que en la Summa?)”

Tal vez quien mejor lo vio crecer fue Roberto Arlt. En 1941 escribió: “Un silencio fervoroso ha saludado la aparición de la monstruosa obra de este poeta –Summa- que, como Walt Whitman, podría decir de sí mismo:

“Yo no soy sólo un hombre. Soy una batalla”.

/ Escribo estas líneas después de haber hojeado archivos, después de haber sopesado el enorme libro, de haberme sumergido en él con el cauto terror que al comienzo nos producen el océano o la selva.

/…/ Describe la batalla del océano contra la tierra… los tiempos del ángel y la bestia en la edad de piedra.

Semejante a Heracles furioso sortea cumbres, va en busca de negros dioses, se detiene junto a los cimientos del mundo, regresa a las cordilleras, cruza las pampas.

La enormidad de su inspiración es tan evidente, que toda palabra se hace lánguida para expresar su altura”.

* Escritor, docente universitario.

 


lunes, 1 de febrero de 2021

MICHAEL HARDT / LA SOCIEDAD MUNDIAL DE CONTROL --- Ya no hay afuera --- paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control --- soberanía moderna --- mundo posmoderno --- el fin de la historia --- El racismo imperial --- racismo diferencialista --- el racismo europeo --- inclusión diferencial --- De la generación y de la corrupción de la subjetividad --- producción social de la subjetividad ---



MICHAEL HARDT / LA SOCIEDAD MUNDIAL DE CONTROL


Deleuze nos dice que la sociedad en la cual nosotros vivimos hoy es una sociedad de control, un término que él tomó del mundo paranoico de William Burroughs. 

Deleuze afirma seguir a Foucault cuando propone esta visión, pero hay que reconocer que es difícil encontrar un lugar en la obra de Foucault (los libros, artículos o entrevistas) que dé un análisis claro del paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. 

De hecho, con el anuncio de este paso, Deleuze formula, después de la muerte de Foucault, una idea que no se encuentra expresamente formulada en la obra de Foucault.

La formulación de esta idea por Deleuze es, sin embargo, muy escasa —el artículo no tiene más de cinco páginas1. Nos dice muy pocas cosas concretas sobre la sociedad de control. 

Constata que las instituciones que constituyen la sociedad disciplinaria —escuela, familia, hospital, prisión, fábrica, etc.— están todas hoy y en todos lados en crisis. 

Los muros de las instituciones se están derrumbando, de tal suerte que sus lógicas disciplinarias no se han vuelto ineficaces, sino que más bien se encuentran generalizadas bajo formas fluidas a través de todo el campo social. 

El espacio estriado de las instituciones de la sociedad disciplinaria cede el lugar al espacio liso de la sociedad de control. O, para retomar la bella imagen de Deleuze, los túneles estructurados del topo son reemplazados por las ondulaciones infinitas de la serpiente. 

Donde la sociedad disciplinaria forjaba moldes fijos, distintos, la sociedad de control funciona a través de redes flexibles, modulables, “como una suerte de molde autodeformante que cambia constantemente y a cada instante, como un tamiz cuya malla varía en cada punto”2.

Deleuze nos da, de hecho, una imagen simple de este paso, imagen sin duda bella y poética, pero que no está suficientemente articulada para permitirnos comprender esta nueva forma de sociedad.

La tarea de articular esta imagen sigue siendo para nosotros una tarea por llevar a cabo, y creo que la mejor manera de hacerlo es poniéndola en relación con una serie de pasos que se han propuesto como características de la sociedad contemporánea. 

Voy entonces a intentar desarrollar la naturaleza de este paso, poniéndola en relación con el paso de la sociedad moderna a la sociedad posmoderna expresada en el trabajo de autores como Fredric Jameson, el fin de la historia descrito por Francis Fukuyama, y las nuevas formas de racismo que se están desarrollando en nuestras sociedades según Étienne Balibar y otros investigadores. 

Pero sobre todo, quiero situar la formación de la que habla Deleuze en función de dos procesos que Antonio Negri y yo hemos intentado elaborar en el curso de estos últimos años: 
--- el primero es que lo que designamos el debilitamiento de la sociedad civil, lo que, como el paso a la sociedad de control, remite al declinar de las funciones mediadoras de las instituciones sociales; 
--- y el segundo es lo que llamamos el paso del imperialismo, que fue perfeccionado ante todo por los Estados-nación europeos en la búsqueda de la dominación mundial, al Imperio, que se presenta como el orden mundial actual. 

Dicho de otra manera, cuando hablamos de Imperio nos estamos refiriendo a una forma jurídica y a una forma de poder que es muy diferente a los viejos imperialismos europeos. 

De un lado, de acuerdo con la antigua tradición grecorromana, el Imperio es una noción de poder universal, una noción de orden mundial que quizá ha sido realizado por primera vez hoy en día. 

De otro lado, el Imperio es la forma de poder que tiene por objeto la naturaleza humana, o incluso la naturaleza en general —o en términos de Foucault diríamos que el Imperio es el régimen de biopoder completamente realizado. 

Me gustaría sugerir, entonces, que la forma social de este nuevo Imperio que estamos viviendo hoy en día no es más que la sociedad mundial de control.


Ya no hay afuera


El paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control se caracteriza de entrada por el colapso de los muros que definían las instituciones. 

En otras palabras, progresivamente se distinguirá menos entre el adentro y el afuera.

De hecho, es un elemento de cambio general en la manera como el poder marca el espacio durante el paso de la modernidad a la posmodernidad. 

La soberanía moderna siempre se ha concebido en términos de un territorio (real o imaginado y de relación de ese territorio con su afuera. 

Es así como los primeros teóricos modernos de la sociedad, por ejemplo de Hobbes a Rousseau, comprendían el orden civil como un espacio limitado e interior, que es opuesto o distinto al orden exterior de la naturaleza. 

El espacio delimitado del orden civil, su lugar de ejercicio, se define por su separación de los espacios externos de la naturaleza. 

De manera análoga, los teóricos de la psicología moderna han comprendido las pulsiones, las pasiones, los instintos y el inconsciente metafóricamente en términos espaciales como un afuera en el marco del espíritu humano, un prolongamiento de la naturaleza enterrada en el fondo de nosotros mismos. 

La soberanía del individuo reposa aquí sobre una relación dialéctica entre el orden natural de las pulsiones y el orden civil de la razón y de la conciencia. 

Finalmente, diversos discursos de la antropología moderna sobre las sociedades primitivas funcionan, muy frecuentemente, como el afuera que define las fronteras del mundo civil. 

El proceso de modernización reposa entonces, en esos diferentes conceptos, sobre la interiorización del afuera, es decir, la civilización de la naturaleza.

En el mundo posmoderno, sin embargo, se acabó esta dialéctica entre adentro y afuera, entre orden civil y orden natural. 

Éste es el sentido preciso por el cual el mundo contemporáneo es posmoderno. 

“El posmodernismo,” Fredric Jameson nos dice, “es lo que se obtiene cuando se ha concluido el proceso de modernización, y la naturaleza, por su parte, ha desaparecido”3

Ciertamente seguimos teniendo bosques, langostas y tormentas en nuestro mundo, y seguimos entendiendo a nuestras psiques como dirigidas por instintos y pasiones naturales, pero no tenemos naturaleza en el sentido en que esas fuerzas y fenómenos ya no son comprendidos como afuera, es decir, no son percibidos como originales e independientes del artificio del orden civil. 

En un mundo postmoderno, todos los fenómenos y todas las fuerzas son artificiales, o, como lo dicen algunos, son parte de la historia. 

La dialéctica moderna del adentro y el afuera ha sido sustituida por un juego de grados y de intensidades, de hibridación y de artificialidad.

En segundo lugar, el afuera también ha declinado desde el punto de vista de una dialéctica moderna muy diferente de la que definía la relación entre lo público y lo privado en la teoría política liberal. 

Los espacios públicos de la sociedad moderna, que constituían el lugar de la vida política liberal, tienden a desaparecer en el mundo posmoderno. 

Según la tradición liberal, el individuo moderno, que está consigo en sus espacios privados, considera lo público como su afuera. 

El afuera es el lugar propio de la política donde la acción del individuo se encuentra expuesta en presencia de otros y donde busca reconocimiento. 

Ahora bien, en los procesos de posmodernización, esos espacios públicos se ven cada vez más privatizados. 

El paisaje urbano ya no es el del espacio público, del encuentro al azar y de la reunión de todos, sino el de los espacios cerrados de los centros comerciales, de las autopistas y de las parcelaciones con entrada reservada. 

La arquitectura y el urbanismo de algunas megalópolis, como Los Angeles o São Paulo, están tendiendo a limitar el acceso público y la interacción así como limitando la oportunidad de encuentros entre diferentes sujetos sociales, creando más bien una serie de espacios interiores, protegidos y aislados. 

Igualmente, podemos observar cómo la banlieu de París se ha convertido en una serie de espacios amorfos e indefinidos que favorecen el aislamiento, en detrimento de cualquier interacción o comunicación. 

El espacio público ha sido privatizado de tal manera que ya no es posible comprender la organización social en términos de una dialéctica entre espacios privados y espacios públicos, entre adentro y afuera. 

El lugar de la actividad política liberal moderna ha desaparecido, y así desde esta óptica nuestra sociedad imperial posmoderna se caracteriza por un déficit de lo político. 

En efecto, el lugar de la política ha quedado desactualizado.

A este respecto, el análisis de Guy Debord de la sociedad del espectáculo, treinta años después de su composición, parece más apropiado y actual que nunca4

En la sociedad posmoderna el espectáculo es un lugar virtual, o más exactamente, un no-lugar de la política. 

El espectáculo es a la vez unificado y difuso, de tal manera que es imposible distinguir un adentro de un afuera —lo natural de lo social, lo privado de lo público. 

La noción liberal de lo público, el lugar afuera donde nosotros actuamos en presencia de otros, se encuentra a la vez universalizada (pues nosotros estamos hoy permanentemente bajo la mirada del prójimo, bajo la vigilancia de cámaras) y sublimada, o desactualizada en los espacios virtuales del espectáculo. 

Así, el fin del afuera es el fin de la política liberal.

Finalmente, desde la perspectiva del Imperio, o del orden mundial contemporáneo, ya no hay un afuera en un tercer sentido, un sentido propiamente militar. 

Cuando Francis Fukuyama afirma que el paso histórico que estamos viviendo se define por el fin de la historia, quiere decir que la era de los conflictos mayores ha terminado: dicho de otra manera, el poder soberano ya no confrontará a su Otro, ya no se confrontará a su afuera, pero extenderá progresivamente sus fronteras hasta abrazar el conjunto del planeta como su dominio propio5

La historia de las guerras imperialistas, inter-imperialistas y anti-imperialistas ha terminado. 

El fin de esta historia ha introducido el reino de la paz. O en realidad, hemos entrado en la era de los conflictos menores e interiores. 

Cada guerra imperial es una guerra civil, una acción de la policía —desde Los Angeles y Granada hasta Mogadiscio y Sarajevo. 

De hecho, la separación de las tareas entre el aparato interior y exterior de poder (entre la policía y la armada, la CIA y el FBI) se convierte cada vez más vaga e indeterminada.

Para nosotros, el fin de la historia del que habla Fukuyama marca el fin de la crisis que está en el centro de la modernidad, con la idea del conflicto coherente, que tiene una función de definición, y que ha sido el fundamento y la razón de ser de la soberanía moderna. 

La historia termina sólo en la medida en que se la concebía en términos hegelianos: como el movimiento de una dialéctica de las contradicciones, como el juego de las negaciones y las superaciones absolutas. 

Las parejas que definían el conflicto moderno se han desvanecido. 

El Otro, que podía limitar un Yo soberano, se ha pulverizado y vuelto indistinto, de manera que ya no hay afuera para limitar el lugar de la soberanía. 

Durante la Guerra Fría, en una versión exagerada de la crisis de la modernidad, cualquier enemigo imaginable (desde los clubes de jardinería para damas y las películas de Hollywood hasta los movimiento de liberación nacional) podía ser identificado como comunista, es decir, parte del enemigo unificado. 

El afuera era eso que daba a la crisis del mundo moderno e imperialista su coherencia. 

Hoy en día, para los ideólogos de los Estados Unidos es cada vez más difícil señalar al enemigo, o más bien, parece que por todas partes hay enemigos menores e imperceptibles6

El fin de la crisis de la modernidad da nacimiento a una proliferación de crisis menores y mal definidas en la sociedad imperial de control, o como preferimos decirlo, da nacimiento a una omni-crisis.

No es inútil recordar aquí que el mercado capitalista es una máquina que siempre ha ido al encuentro de cualquier división entre el adentro y el afuera. 

El mercado capitalista es contrariado por exclusiones y prospera incluyendo siempre números crecientes a su esfera. 

El provecho sólo puede ser generado por contacto, desarrollo, intercambio y comercio. La realización del mercado mundial constituirá la culminación de esta tendencia. 

Bajo su forma ideal, no hay afuera del mercado mundial: todo el planeta está en su dominio7

Podríamos utilizar la forma del mercado mundial como modelo para comprender en su integralidad la forma de la soberanía imperial. 

De la misma manera como Foucault ha reconocido en el panóptico el diagrama del poder moderno y de la sociedad disciplinaria, el mercado mundial podría servir adecuadamente (incluso aunque no sea una arquitectura; en realidad es una antiarquitectura) como el diagrama del poder imperial y la sociedad de control8.

El espacio estriado de la modernidad constituye lugares continuamente libres y fundados sobre un juego dialéctico con sus afueras. 

El espacio de la soberanía imperial, al contrario, es liso. Podría parecer que está exento de las divisiones binarias de las fronteras modernas, o de cualquier estriaje, pero, en realidad, está recorrido a lo largo y ancho de tantas líneas de falla que sólo en apariencia constituye un espacio continuo, uniforme. 

En ese sentido, la crisis claramente definida de la modernidad, cede su lugar a una omnicrisis en el armazón imperial. 

En ese espacio liso del Imperio, no hay un lugar del poder —está en todas partes y en ninguna. 

El Imperio es un u-topos, es decir, un no-lugar.


El racismo imperial

El final del afuera, que caracteriza el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, muestra ciertamente uno de sus rostros más extraordinarios en las configuraciones cambiantes del racismo y de la alteridad en nuestras sociedades. 

De entrada, debemos señalar que se ha vuelto cada vez más difícil identificar las líneas generales del racismo. 

De hecho, escuchamos decir infatigablemente, de los políticos, de los medios, y aún de los historiadores, que el racismo ha cedido progresivamente en las sociedades modernas —desde el fin del esclavismo hasta los conflictos de descolonización y los movimientos por los derechos civiles. 

Sin duda, han declinado ciertas prácticas tradicionales específicas del racismo, y podríamos estar tentados a ver en el fin de las leyes del Apartheid en África del Sur la clausura simbólica de toda una época de segregación racial. 

Desde nuestro punto de vista, sin embargo, es claro que por el contrario el racismo no ha cedido y que, en realidad, ha progresado en el mundo contemporáneo, tanto en extensión como en intensidad. 

Sólo parece haber declinado porque ha cambiado de forma y de estrategias. 

Si tomamos como paradigma de los racismos modernos las divisiones maniqueas entre adentro y afuera y las prácticas de exclusión (en África del Sur, en la ciudad colonial, en el sureste de los Estados Unidos, o en Palestina), debemos ahora preguntar cuál es la forma posmoderna y cuáles son sus estrategias hoy en día en la sociedad imperial de control.

Muchos analistas describen este paso como un deslizamiento en la forma dominante de la teoría del racismo, de una teoría del racismo fundada sobre la biología a una teoría racista basada en la cultura. 

La teoría racista dominante de la modernidad y las prácticas de segregación que lo acompañan se focalizan sobre diferencias biológicas esenciales entre las razas. 

La sangre y los genes son los que, detrás de las diferencias de color de piel, constituyen la verdadera sustancia de la diferencia racial. 

La gente subordinada es así concebida (al menos implícitamente) como diferente a humanos, como si pertenecieran a un orden diferente. 

Ciertamente podemos pensar en numerosos ejemplos del discurso colonialista que describen a los nativos usando atributos de animales como si no fueran humanos, como si fueran parte de una naturaleza diferente. 

Esas teorías racistas modernas fundadas sobre la biología implican o tienden hacia una diferencia ontológica —una ruptura necesaria, eterna e inmutable, en el orden de los seres. 

Como reacción a esta posición teórica, el antirracismo moderno se posiciona contra la noción de esencialismo biológico y afirma firmemente que las razas están más bien constituidas por fuerzas sociales y culturales. 

Esos teóricos antirracistas modernos operan a partir de la creencia de que el constructivismo social nos liberará del corsé del determinismo biológico: si nuestras diferencias están determinadas social y culturalmente, entonces todos los seres humanos, en principio, son iguales y pertenecen a un mismo orden ontológico, a una misma naturaleza.

El paso al Imperio, sin embargo, el paso de la sociedad de control, a la posmodernidad, ha implicado un desplazamiento en la dirección dominante de la teoría racista, de tal suerte que las diferencias biológicas, representaciones claves del odio y el miedo raciales, han sido reemplazadas por las significaciones sociológicas y culturales. 

La teoría racista imperial toma así al inverso la teoría antirracista moderna, y de hecho, coopta y retoma sus argumentos. 

La teoría racista imperial está de acuerdo en decir que las razas no constituyen unidades biológicas aislables y que no se podría dividir la naturaleza en razas humanas diferentes. 

Igualmente reconoce que el comportamiento de los individuos y sus capacidades o sus aptitudes no son el producto de su sangre ni de sus genes, sino que se deben al hecho de que pertenecen a diferentes culturas históricamente determinadas9

Así, las diferencias no son fijas e inmutables, sino efectos contingentes de la historia social. 

La teoría racista posmoderna y la teoría antirracista moderna están realmente diciendo en gran parte lo mismo, y es muy difícil diferenciarlas. 

De suerte que es precisamente porque se supone que esta argumentación relativista y culturalista es necesariamente antirracista, que la ideología dominante en nuestra sociedad parece estar hoy en día en contra del racismo, y que la teoría racista posmoderna parece no ser racista en lo más mínimo.

Debemos observar, no obstante, más de cerca sobre cómo opera la teoría racista imperial. 

Étienne Balibar califica este nuevo racismo de racismo diferencialista, un racismo sin raza, o más precisamente, un racismo que no reposa sobre un concepto biológico de raza. 

Aunque la biología es abandonada como fundamento y soporte, él dice, la cultura pasa ahora a cumplir el papel que jugaba la biología10

Estamos acostumbrados a pensar que la naturaleza y la biología son fijas e inmutables, pero que la cultura es plástica y fluida: las culturas pueden cambiar históricamente y mezclarse para suscitar híbridos infinitos. 

Sin embargo, hay un límite a la flexibilidad de las culturas en la teoría racista posmoderna. 

Pues, en último análisis, las diferencias entre las culturas y las tradiciones son insuperables. 

Es vano e incluso peligroso, según la teoría racista posmoderna, permitir o imponer una mezcla de culturas: los serbios y los croatas, los hutus y los tutsis, los afroestadounidenses y los coreanoestadounidenses deben permanecer separados. 

La posición cultural no es menos “esencialista” como teoría de la diferencia social que una posición biológica, o al menos establece una base teórica igualmente fuerte para la separación y la segregación social. 

Se trata de una posición teórica de un pluralismo indiscutible: todas las identidades culturales son iguales en principio. 

Ese pluralismo acepta todas las diferencias de lo que somos sólo en el tiempo en que estemos de acuerdo en actuar fundándonos sobre diferencias de identidades y mientras las preservemos como indicadores, tal vez contingentes, pero de hecho sólidos, de la separación social. 

La sustitución teórica de la raza o la biología por la cultura se encuentra así paradójicamente transformada en una teoría de la preservación de la raza. 

Este deslizamiento en la teoría racista nos muestra cómo la teoría imperial y posmoderna de la sociedad de control puede adoptar lo que se concibe, generalmente, como una posición antirracista (es decir, una posición pluralista contra todos los indicadores necesarios de la exclusión racial), conservando un sólido principio de separación social.

Debemos notar con mucha atención en este punto que la teoría racista imperial de la sociedad de control es una teoría de la segregación, no una teoría de la jerarquía. 

Allí donde la teoría moderna coloca una jerarquía entre las razas como condición fundamental que hace necesaria la segregación, la teoría imperial no se pronuncia sobre la superioridad o inferioridad, de principio, de las razas o los grupos étnicos diferentes. 

Esto lo considera como contingente, como una cuestión práctica. En otras palabras, la jerarquía de las razas es vista no como causa sino como efecto de las circunstancias sociales. Por ejemplo, los estudiantes afroestadounidenses de una cierta región tienen resultados generalmente más bajos en los test de aptitud que los estudiantes asioestadounidenses. 

La teoría imperial ve ahí el resultado, no de una inferioridad racial necesaria, sino de diferencias culturales: la cultura de los asioestadounidenses da lugar a una mayor importancia a la educación, estimulando a los jóvenes a estudiar en grupo, y así sucesivamente. 

La jerarquía de las razas es determinada solamente a posteriori, como efecto de sus culturas —dicho de otra manera, a partir de sus performances. 

De acuerdo a la teoría imperial, entonces, la supremacía y subordinación de las razas no es una cuestión teórica, sino que aparece a lo largo de la libre competencia, una especie de ley del mercado de la meritocracia cultural.

La práctica racista, por supuesto, no corresponde necesariamente a la autocomprensión de la teoría racista, que es todo lo que hemos considerado hasta este punto. 

A partir de lo que acabamos de ver, es claro que la práctica racista en la sociedad de control se encuentra privada de un soporte central: no dispone de una teoría de la superioridad racial, percibida como fundante de las prácticas modernas de la exclusión racial. 

Ahora bien, según Deleuze y Guattari, “el racismo europeo […] nunca ha procedido por exclusión, ni por la designación de alguien como Otro. […] 

El racismo opera por determinación de las diferencias de desviación, en relación al rostro del Hombre-blanco, que pretende integrar en las ondas más excéntricas y retardadas los trazos que no le son conformes. […] 

Desde el punto de vista del racismo, no tiene exterior, no hay gente en el afuera”11

Deleuze y Guattari nos llevan, en efecto, a concebir la práctica racista, no en términos de exclusión, sino de inclusión diferencial. 

Ninguna identidad es designada como Otro, nadie es excluido del dominio, no hay afuera. 

De igual manera que la teoría racista posmoderna no puede plantear como punto de partida las diferencias esenciales entre las razas humanas, la práctica racista posmoderna no puede comenzar por una exclusión del Otro racial. 

Lo propio de la supremacía blanca es desarrollar el contacto con la alteridad para enseguida someter las diferencias según los grados de desviación con el carácter blanco. 

Esto no tiene nada que ver con la xenofobia, que es el odio y el temor al bárbaro desconocido. 

Es un odio nacido de la proximidad y que se desarrolla con los grados de diferencia de la vecindad.

Lo que no quiere decir que nuestras sociedades estén exentas de exclusión racial —ciertamente están recorridas de numerosas líneas que crean un obstáculo racial, través de todos los paisajes urbanos y a través del mundo entero. 

Sin embargo, lo importante es que la exclusión racial aparece generalmente como un resultado de la inclusión diferencial. 

En otras palabras, sería erróneo plantear hoy en día como paradigma de la jerarquía racial las leyes del apartheid sudafricano o las leyes de Jim Crow. 

La diferencia no está inscrita en las leyes, y la imposición de la alteridad no llega hasta el extremo de la Otredad. 

El Imperio no piensa la diferencia en términos absolutos —no plantea nunca las diferencias raciales como diferencias de naturaleza, sino siempre como diferencias de grado, nunca las plantea como necesarias sino siempre como accidentales. 

La subordinación es realizada en los regímenes de las prácticas cotidianas que son más móviles y flexibles, pero que crean jerarquías raciales que no son menos estables y brutales.

La forma y estrategias adoptadas por el racismo posmoderno en la sociedad de control contribuyen más generalmente a poner en evidencia el contraste entre soberanía moderna y soberanía imperial. 

El racismo colonial, el racismo de la soberanía moderna, comienza por llevar la diferencia hasta el extremo y entonces recupera en un segundo momento al Otro como fundamento negativo del Yo. 

La construcción moderna de un pueblo se encuentra directamente implicada en esta operación. 

Un pueblo no se define solamente en términos de pasado común, de deseos o potencial comunes, sino ante todo en una relación dialéctica con su Otro, su afuera. 

Un pueblo (sea o no diaspórico) se define siempre en términos de lugar (sea virtual o real). 

En contraste, el orden imperial nada tiene que ver con esta dialéctica. 

En la sociedad de control, el racismo imperial, o racismo diferencial, integra a los otros en su orden y entonces orquesta esas diferencias en un sistema de control. 

Las nociones fijas y biológicas de los pueblos tienden así a disolverse en una multitud fluida y amorfa, a la que por supuesto atraviesan líneas de conflicto y de antagonismo, pero sin que ninguna aparezca como frontera fija y eterna. 

La superficie de la sociedad imperial se mueve continuamente, de tal suerte que desestabiliza cualquier noción de lugar. 

El momento central del racismo moderno se produce en su frontera, en la antítesis global entre adentro y afuera. 

Como lo ha dicho Du Bois hace casi cien años, el problema del siglo XX es el problema de la barrera del color. 

Pero el racismo imperial, pensando quizá en el siglo próximo, reposa sobre el juego de las diferencias y la gestión de microconflictualidades en un dominio continuamente en expansión.

Por supuesto, para mucha gente alrededor del mundo el relativismo racial del Imperio y su movimiento primero de inclusión universal es en sí amenazador. 

Estar afuera ofrece una cierta protección y autonomía. En ese sentido, podemos ver en el ascenso de diversos discursos de la diferencia, racial o étnica, esencial y original, una reacción de defensa contra la inclusión imperial. 

El ascenso del confucionismo en China o de los fundamentalismos religiosos en los Estados Unidos y en el mundo árabe plantean, todos a su manera, la identidad del grupo como fundado sobre orígenes antiguos y, en última instancia, inconmensurable con el mundo exterior. 

Así, hemos adoptado el hábito de comprender los conflictos étnicos en Ruanda, en los Balcanes y aún en el Medio Oriente como reemergencias de alteridades antiguas, irreprimibles e irreconciliables. 

Pero desde nuestra perspectiva, esas diferencias y conflictos no podrían comprenderse en el contexto de orígenes antiguos sino situándolos en la configuración imperial actual. 

El Imperio acepta siempre las diferencias raciales y étnicas que encuentra y las pone a trabajar; permanece a la sombra, observa esos conflictos e interviene cuando es necesario un ajuste. 

Cualquier tentativa de permanecer como Otro al Imperio resultará vana. El Imperio se nutre de la alteridad, relativizándola y gestionándola.


De la generación y de la corrupción de la subjetividad

La falta progresiva de distinción entre el adentro y el afuera en el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, tiene implicaciones importantes para la forma de la producción social de la subjetividad. 

Una de las tesis centrales y más comunes en los análisis institucionales de la teoría social moderna es que la subjetividad no está dada de entrada y originalmente, se forma, en cierto grado al menos, en el campo de las fuerzas sociales. 

Las subjetividades que interactúan sobre el plano social son ellas mismas sustancialmente creadas por la sociedad. 

En ese sentido, esos análisis institucionales han vaciado de su contenido cualquier noción de subjetividad presocial; para en su lugar arraigar la producción de la subjetividad en el funcionamiento de las instituciones sociales mayores, tales como la prisión, la familia, la fábrica y la escuela. 

Debemos subrayar dos aspectos de ese proceso de producción. 

--- Primero, la subjetividad no está considerada como algo fijo o dado. Es un proceso constante de generación. Cuando el jefe saluda en el taller, o el director en el colegio llama a izar la bandera, se forma una subjetividad. 

Las prácticas materiales presentadas para el sujeto en el contexto de la institución (sea que se trate de arrodillarse para orar o de cambiar cientos de pañales) forman procesos de producción de su propia subjetividad. 

El sujeto es activo, engendrado de manera reflexiva por las vías de sus propios actos. 

--- Segundo, las instituciones proporcionan sobre todo un lugar discreto (el hogar, la capilla, el salón de clase, el taller) donde se monta la producción de la subjetividad. 

Las diversas instituciones de la sociedad moderna deberían ser vistas como un archipiélago de fábricas de subjetividad. 

En el transcurso de una vida, un individuo atraviesa linealmente por dentro y por fuera de esas diversas instituciones (de la escuela al cuartel y a la fabrica) y es formado por ellas. 

Cada institución tiene sus propias reglas y lógicas de subjetivación: 
-“La escuela nos dice: ‘Ya no estás más en la familia’, 
- y la armada nos dice: ‘Ya no estás más en la escuela'”12 

De otro lado, en el interior de los muros de cada institución, el individuo está, al menos parcialmente, protegido de las fuerzas de otras instituciones —en el convento, estamos en un lugar seguro contra el aparato de la familia, y en casa, fuera del alcance de la disciplina fabril. 

La relación entre adentro y afuera es central para el funcionamiento de las instituciones modernas. 

De hecho, el lugar claramente delimitado de las instituciones se refleja en la forma regular y fija de las subjetividades producidas.

En el paso a la sociedad de control, el primer aspecto de la condición disciplinaria moderna ciertamente es todavía válido, el cual es que las subjetividades continúan siendo producidas en la fábrica social. 

De hecho, las instituciones sociales producen la subjetividad de una manera más intensa que nunca. 

Nosotros podríamos decir que el posmodernismo es lo que se obtiene cuando la teoría moderna del constructivismo social es llevada a su extremo y toda subjetividad es reconocida como artificial. 

El paso, entonces, no es de oposición sino de intensificación. 

Como lo dijimos antes, la crisis contemporánea de las instituciones significa que los espacios cerrados que definían el espacio limitado de las instituciones han dejado de existir, de tal manera que la lógica que funcionaba hasta hace muy poco en el recinto de los muros institucionales se extiende hoy en día sobre todo el terreno social. 

Debemos señalar, sin embargo, que esta omni-crisis de las instituciones tiene un aspecto muy diferente según el caso. 

Por ejemplo, en los Estados Unidos la proporción de la población implicada en la familia nuclear decrece constantemente, mientras la proporción de la población encerrada en prisiones crece regularmente. 

Pero podemos decir que esas dos instituciones, familia nuclear y prisión, están igualmente y por todas partes en crisis en el sentido en que el lugar de su efectividad es cada vez más indefinido. 

Los muros de las instituciones se derrumban, de tal suerte que afuera y adentro devienen indistinguibles. 

No hay que creer que la crisis de la familia nuclear haya llevado al declinar de las fuerzas patriarcales —al contrario, los discursos y prácticas que invocan los “valores de la familia” parecen investir todo el campo social. 

La vieja consigna feminista “lo personal es político” ha sido revertida de tal manera que las fronteras entre lo público y lo privado han quedado fracturadas, desencadenando circuitos de control a lo lardo de la “esfera pública íntima”13

La crisis de la prisión también significa que las lógicas y técnicas carcelarias están cada vez más extendidas a otros dominios de la sociedad. 

La producción de la subjetividad en la sociedad imperial de control tiende a no limitarse a lugares específicos. 

Uno sigue siempre en la familia, sigue siempre en la escuela, sigue siempre en prisión, y así sucesivamente. 

Así, en el colapso generalizado el funcionamiento de las instituciones es a la vez más intensivo y más extensivo. 

Las instituciones trabajan incluso aunque ellas se estropeen —y quizás ellas trabajan mejor mientras más se estropeen. 

Sus lógicas pasan entre las ondas de intensidad a través de superficies sociales que se ondulan. 

Sus lógicas recorren las superficies ondulantes en olas de intensidad. 

La indefinición del lugar de la producción corresponde a la indeterminación de la forma de las subjetividades producidas. 

Las instituciones sociales de control en el Imperio podrían, entonces, percibirse en un proceso fluido de generación y corrupción de la subjetividad.

El control es así una intensificación y una generalización de la disciplina, donde las fronteras de las instituciones han sido infringidas, corrompidas, de tal manera que ya no hay una distinción entre el afuera del adentro. 

Se debería reconocer que los aparatos ideológicos de Estado como operantes en la sociedad de control, quizás con más intensidad y flexibilidad de lo que jamás lo imaginó Althusser.

Ese paso no es exclusivo de los países económicamente más avanzados y más poderosos, sino que tiende, en diferentes grados, a generalizarse en el mundo entero. 

La apología de la administración colonial siempre apunta hacia su establecimiento de instituciones sociales y políticas en las colonias. 

Las formas no-coloniales de dominación contemporánea implican igualmente la exportación de instituciones. 

El proyecto de modernización política en los países subdesarrollados o subordinados tiene como finalidad establecer un conjunto estable de instituciones que sea capaz de formar la espina dorsal de una nueva sociedad civil. 

Los regímenes disciplinarios necesarios para poner a punto el sistema fordista mundial de producción, por ejemplo, han demandado que se constituya toda una gama de instituciones sociales y políticas. 

No es difícil dar ejemplos de esta exportación de instituciones (que simplemente indica un proceso más general y más difuso) donde las instituciones primarias en Europa y los Estados Unidos adoptan y protegen instituciones todavía balbucientes: los sindicatos oficiales como la AFL animan y forman sucursales extranjeras, los economistas del Primer Mundo contribuyen a crear instituciones financieras y enseñan la responsabilidad fiscal, e incluso los parlamentos europeos y el Congreso de los Estados Unidos enseñan las formas y procedimientos de gobierno. 

Brevemente, mientras que en el proceso de modernización los países más poderosos exportan formas institucionales hacia los países subordinados, en el proceso actual de posmodernización lo que es exportado es la crisis general de las instituciones. 

La estructura institucional del Imperio es como un programa de software que llevaría en sí mismo un virus, de tal suerte que modulara y corrompiera continuamente las formas institucionales que lo rodean. 

Es necesario que olvidemos cualquier idea de una secuencia lineal de las formas por las cuales debería pasar cada sociedad —desde el así llamado “estadio primitivo” hasta la “civilización”—, como si las sociedades de hoy en día de América Latina o de África pudieran tomar la forma que tenía la sociedad europea hace cien años. 

Cada formación social contemporánea está ligada a todas las otras, como parte del diseño imperial. 

Quienes hoy en día reclaman a grandes gritos una nueva constitución de la sociedad civil como medio para salir de los Estados socialistas o de los regímenes de dictadura, coincidiendo en el sueño de una modernización política que no era tan rosa cuando ella tenía todavía una cierta efectividad, son simplemente nostálgicos de un estadio anterior de la sociedad capitalista. 

La posmodernización imperial, en cualquier caso, hace de todo esto, irrevocablemente, una cosa del pasado. 

Tendencialmente, la sociedad de control está por todas partes al orden del día.


Conclusiones

Quisiera proponer tres hipótesis con respecto a las sociedades de control, tres hipótesis embrionarias, que puedan ser materia de discusión.

--- Primera hipótesis: la sociedad de control (imperial y posmoderna) se caracteriza por la corrupción. 

La sociedad moderna, lo sabemos, estaba caracterizada por la crisis, es decir, por una contradicción bipolar y una división maniquea. 

Piensen, si ustedes quieren, en la guerra fría o en el modelo moderno del racismo. 

La sociedad de control, al contrario, no está organizada alrededor de un conflicto central sino en una red flexible de microconflictualidades. 

Las contradicciones en la sociedad imperial son múltiples, proliferantes. 

Los espacios de esta sociedad son impuros, híbridos. El concepto que la caracteriza es, entonces, ya no la crisis sino la omni-crisis; o bien, como prefiero llamarlo, la corrupción.
No daremos a este concepto de corrupción una significación moral o apocalíptica. 

Hay que concebirlo, a la manera de Aristóteles, como el proceso inverso de la generación, como un devenir de los cuerpos, un momento en el vaivén de la formación y de la deformación de las subjetividades. 

Entonces hay que pensarlo según su etimología latina: corrumpere, estropear. 

Si la máquina capitalista sólo funciona estropeándose, como lo dicen Deleuze y Guattari, la sociedad de control también se estropea, y no funciona más que estropeándose. He aquí su corrupción.

--- Segunda hipótesis: la sociedad de control representa una etapa ulterior hacia una sociedad propiamente capitalista; en ese sentido propone una forma de soberanía (o una forma de gobierno) que tiende hacia el campo de inmanencia. 

Ahora bien, me parece que en la época moderna siempre había conflicto entre la trascendencia de la soberanía y la inmanencia del capitalismo. 

El concepto de soberanía de la soberanía moderna implicaba siempre una trascendencia, es decir, una superioridad y una distancia entre el poder (del Estado, por ejemplo) y las potencias de la sociedad. 

Aún la noción de institución en la sociedad disciplinaria, con su territorialización y su estriaje del espacio social, indicaba una cierta distancia, una cierta trascendencia con relación a las fuerzas sociales inmanentes. 

El capitalismo,en cuanto a sí mismo, no es una forma trascendente. 

Según Deleuze y Guattari, “el capitalismo define un campo de inmanencia, y llena permanentemente ese campo. 

Pero ese campo desterritorializado se encuentra determinado por una axiomática […]”14

El desmoronamiento de los muros de las instituciones, que caracteriza el paso hacia la sociedad de control, constituye un paso hacia el campo de inmanencia, hacia una nueva axiomática social, que quizá es más adecuada a una soberanía propiamente capitalista. 

Una vez más, como el capitalismo mismo, la sociedad de control sólo funciona estropeándose. 

Con la sociedad de control llegamos finalmente a una forma de sociedad propiamente capitalista que la terminología marxiana llama la sociedad de la subsunción real.

--- Tercera y última hipótesis: no podemos pensar la sociedad de control sin pensar el mercado mundial. 

El mercado mundial, según Marx, es el punto de partida y el punto de llegada del capitalismo. Con la sociedad de control tocamos finalmente este punto, el punto de llegada del capitalismo. 

Como el mercado mundial, ella es una forma que no tiene afuera, sin fronteras, o mejor aún, con límites fluidos y móviles. 

Para volver al título de mi exposición, la sociedad de control es ya, e inmediatamente, una sociedad mundial de control.

notas:


* Traducción a partir de la traducción de Ernesto Hernández.

** Texto presentado en los “Encuentros Internacionales Gilles Deleuze” realizados en Sao Paolo y Rio de Janeiro entre el 10 y el 14 de junio de 1996, y publicados en el recopilatorio Gilles Deleuze. Una vida filosófica, bajo la dirección de Eric Alliez. La versión castellana de estos encuentros fue publicada bajo la dirección de Ernesto Hernández por Euphorion y la Revista Sé Cauto (e-book, Cali: 2002).

1. Cf., Deleuze, Gilles. Poruparlers (1972-1990). París: Les Éditions de Minuit 1990 (“Post-scriptum sobre las sociedades de control”. En: Conversaciones. Valencia: Pre-Textos, 1995, pp. 277-286).

2. Ibíd., p. 242 (en la edición francesa).

3. Jameson, Fredric. Posmodernism, or the cultural logic of late capitalism. Duke University Press, 1991, IX.

4. Ver Guy Debord, La sociedad del espectáculo (Valencia: Pre-Textos, 2000).

5. Fukuyama, Francis, The End of History and the Last Man (New York: Free Press, 1992).

6. “Nosotros hemos observado a la máquina de guerra… en la mira de un nuevo de tipo de enemigo, no más otro Estado, o incluso otro régimen, sino ‘l’ennemi quelconque’ [el enemigo cualquiera]…” (Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil Mesetas [Valencia: Pre-Textos 2010])

7. Indudablemente existen zonas de privación en el mercado mundial donde el flujo de capital y mercancías se reduce al mínimo. En algunos casos esta privación está determinada por una decisión explícitamente política (como en las sanciones económicas en contra de Irak) y en otros casos se sigue desde las lógicas implícitas del capital mundial (como en los círculos de pobreza y hambruna al sur del desierto de Sahara en África). Sin embargo en cualquiera de estos casos, estas zonas no constituyen un afuera del mercado capitalista, sino que más bien funcionan en el mercado mundial como los peldaños más subordinados de la jerarquía económica mundial.

8. Para una excelente explicación de la noción de diagrama de Foucaul, ver Gilles Deleuze, Foucault (Minneapolis: U de Minnesota P, 1988) 34-37).

9. Ver Étienne Balibar, “Is There a ‘Neo-Racism’?” en Étienne Balibar and Immanuel Wallerstein, eds., Race, Nation, Class (London: Verso, 1991) 17-28.

10. Ibíd., 21-22.

11. G. Deleuze – F. Guattari. Mille plateaux. París:Les Éditions de Minuit, 1980, p. 218.

12. Ibíd., p. 254.

13. Ver Laurent Bernal, The Queen of America Goes to Washington City: Essays on Sex and Citizenship (Durham: Duke UP, 1997). Para su formación del reverso reaccionario en la consigna “lo personal es político”, ver 175-180. Para su análisis de la “esfera pública íntima” ver 2-24.

14. G. Deleuze – F. Guattari. L’Anti-Oedipe. París: Les Éditions de Minuit. 1973, p. 298.