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miércoles, 25 de mayo de 2022

NEO-LIBERALISMO *** NEOLIBERALISMO, TRABAJO Y SUBJETIVIDAD ROBADAS *** Por: SEBASTIAN PLUT *** ROBAR LA VOLUNTAD DE LOS SUJETOS *** VOLUNTAD DE PODER *** PLUS DE VOLUNTAD ANÍMICA *** AUSENCIA DE VOLUNTAD *** SUICIDIO TRABAJADORES TELEFÓNICOS *** NÚCLEO DEL NEO-LIBERALISMO *** TRABAJO Y SUBJETIVIDAD *** SUFRIR LA NORMALIDAD *** TRIPLE VASALLAJE *** LÓGICA NEO-LIBERAL *** AMO NEO-LIBERAL *** DEL "ME OBLIGAN" AL "YO QUIERO# *** INVISIBILIDAD DEL FACTOR INDUCTOR *** LA GENTE PIERDE EL CONTROL DE SU VIDA *** ARGENTINA DE LOS 90

 NEOLIBERALISMO, TRABAJO Y SUBJETIVIDAD ROBADAS  

Sebastián Plut
Sebastian Plut

A partir del documental Retiros (in)voluntarios, el autor analiza cómo el neoliberalismo se propone robar la voluntad de los sujetos, cómo busca apropiarse de sus movimientos, sentimientos, pensamientos y su organismo.


Por Sebastián Plut

 

28 de abril de 2022 - 00:55

 

Hay, en el psicoanálisis, un gesto algo desconsiderado para con la voluntad, pese a que Freud le asignó cierto territorio en el patrimonio yoico.

 

Que las determinaciones que empujan dentro nuestro provengan mayormente de fuentes que rehúyen de la conciencia no echa por tierra la existencia de un margen de decisiones discursivas y motrices que, de uno u otro modo, intentamos gobernar.

 

Por caso, voluntad de poder es el concepto con el que Freud designó los destinos constructivos de la pulsión de dominio y, también, se refirió al plus de libertad anímica que se obtiene por el análisis y distingue la actividad consciente de la inconsciente.

 

Un camino diverso para pensar la ausencia de voluntad lo plantea S. Gugliotta en el documental Retiros (in)voluntarios, basado en el libro La privatización de los cuerpos, de D. Pierbattisti, sobre lo cual fui invitado a participar de un debate (1).

 

El documental relata cómo los suicidios de trabajadores telefónicos condujeron a identificar las prácticas laborales que se llevaron a cabo en la empresa telefónica de Francia cuando se privatizó.

 

Asimismo, establece los nexos que unen aquellas prácticas con las desarrolladas en Argentina, unos años antes, cuando también se dio el proceso de privatización de empresas públicas.

 

Allí, de hecho, está el núcleo del neoliberalismo, su instalación, primero, en el mundo laboral y, luego, su ampliación hasta abarcar todos los ámbitos de nuestras vidas.

 

En nuestras investigaciones sobre neoliberalismo, trabajo y subjetividad distinguimos cuatro dimensiones de análisis: la justicia (prácticas abusivas, persecutorias, etc.); el afecto (propósito de suprimir toda solidaridad y empatía); el pensamiento (discurso falso, simplificación de todo razonamiento, etc.) y el organismo (desvitalización y agotamiento de los cuerpos, vaciamiento económico, etc.).

 

No en vano, en la distopía y neolengua orwellianas los cuatro ministerios (MinipaxMinimorMiniver y Minindancia) se ocupaban, respectivamente, de la paz, el amor, la verdad y de los asuntos económicos.

 

Si el punto de partida fueron los suicidios, el documental retrata también el padecimiento de sujetos lesionados en cuerpo y alma que no se (o no les) quitaron la vida, exhibe las formas en que habitantes de un mismo pueblo --y ajenos a la empresa-- argumentan, justifican y desmienten los hechos, así como nos abre el interrogante sobre aquellos trabajadores que continúan en sus puestos sin mostrar, al menos en apariencia, indicadores de perturbación.

 

Esto último, diremos, no deja de ser inquietante, no deja de evocarnos la figura de quienes sufren de normalidad.

 

ENMUDECER Y AGOTAR

 

Me centraré en un problema específico y que resulta central en Retiros (in)voluntarios: cómo a través de amenazas, manipulación emocional, mentiras y precarización, el neoliberalismo constituye una ideología y una práctica que se propone robar la voluntad de los sujetos; es decir, busca apropiarse de sus movimientos, sus sentimientos, sus pensamientos y su organismo.

 

Freud propuso dos trilogías.

*** La primera de ellas es conocida como triple vasallaje, según el cual el yo de cada quien responde a tres amos: el ello, el superyó y la realidad.

Dicho en un lenguaje más simplificado, el yo se ve en la tarea de conciliar lo que desea, lo que debe y lo que puede, y cualquier alternativa que suponga el exceso de una de tales interpelaciones en desmedro de las otras será una fuente de conflictos.

Si sólo tomamos en cuenta lo que queremos hacer, el riesgo será la ilusión de omnipotencia; si sólo respondemos a lo que debemos hacer, el riesgo será el sometimiento, en tanto que si sólo registramos lo que podemos hacer, el riesgo será limitar nuestra imaginación y nuestra creatividad.

 

Sin embargo, la lógica neoliberal captura la dinámica de dicho vasallaje al punto que ni siquiera opera uno u otro de los amos de modo excluyente como recién mencionamos.

 

En efecto, el amo neoliberal constituye una realidad despótica que se introduce en el superyó como un deber ser que, no obstante, es adoptado por el sujeto cual si fuera un deseo propio. De este modo, los frecuentes programas de motivación no tendrán por función estimular los deseos sino reforzar (y encubrir) el deber ser. De ese modo, el sujeto ya no podrá decir que se opone a un mandato, pues éste queda encubierto.

 

Si en lugar de pensar “me obligan a”, desconozco ese imperativo y termino pensando “yo quiero”, la única forma de oponerse a este presunto deseo es el desgano. La apatía, pues, es la última resistencia que le queda al sujeto que creyó en lo no creíble.

 

Sumemos otra consecuencia: el conflicto dejará de ser intersubjetivo, dejará de desplegarse en la escena social con ese otro que da una orden, y pasará a desarrollarse solo en el terreno intrapsíquico.

 

El neoliberalismo, pues, no explota tanto la culpa, sino sobre todo el sentimiento de inferioridad, consistente en sentir que uno es insuficiente, que no tuvo suficientes ganas ni estuvo a la altura, escapándose del registro el verdadero proceso que aconteció: el desgano que siente no es ni más ni menos que el desenlace propio de haber cedido sus deseos y cambiarlos por la asunción de un mandato ajeno como si fuera un anhelo propio.

 

Al quedar invisibilizado el factor inductor tales estrategias empresariales producen un particular de entrampamiento que dificulta la expresión del sentimiento de injusticia.

 

La segunda trilogía Freud la denominó triple fuente de sufrimientos, es decir, un conjunto de incitaciones que empujan desde cada quien hacia la resolución del malestar constitutivo.

 

Tales fuentes son el propio cuerpo, los vínculos y el mundo exterior. Por ello solemos decir que pensar la actividad laboral desde el punto de vista psicoanalítico supone considerar el valor del trabajo en la economía psíquica, su función en las relaciones intersubjetivas y la importancia de la actividad transformadora de la realidad.

 

Así se torna imperioso identificar las ocasiones en las que la apelación a la potencialidad del sujeto, las estrategias para desarrollar un sentimiento de pertenencia y el estímulo para hacer, no cumplen con su objetivo sino que van promoviendo un progresivo estado de desvitalización y desamparo.

 

Dicho de otro modo, si la realidad no está disponible para transformarla y los vínculos se tornan amenazantes y falsos, poco a poco el sujeto encuentra que solo puede intervenir sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo cual si, con ello, transformara el mundo externo.

 

En el documental, el intendente de un pequeño pueblo francés, para explicar el suicidio del trabajador, dice: “La gente pierde el control de su vida”. Sin darse cuenta, este hombre dice una verdad o, al menos, una media verdad.

 

En efecto, alude a la gente que pierde el control de su vida, aunque no dice por qué un sujeto pierde ese dominio y, a su vez, quién se apropia de ese control.

 

En efecto, lo que queda no dicho por el funcionario es qué sucede cuando en una organización, la apropiación de los procesos laborales, la cooperación recíproca entre los trabajadores y el uso de la propia inteligencia quedan desestimados por la gestión, por el management y, por lo tanto, los trabajadores pierden todo control sobre sus actos, sus decisiones y sus pensamientos.

 

Retiros (in)voluntarios cuenta sobre una empresa particular, sobre dos épocas y dos países: Argentina durante los ’90 y Francia en la primera década de este siglo.

 

En esa historia, los protagonistas son trabajadores que, derrumbados, no encontraron más salida que el suicidio, otros que fueron desempleados, otros que se enfermaron.

 

También es menester preguntarnos por aquellos que se quedaron trabajando sin que hubieran expresado su malestar, sin que manifiesten su dolor, aquellos que, como se ha dicho, sufren de normalidad.

 

Pero, sobre todo, no debemos considerar el documental ni como un pergamino histórico ni únicamente como una investigación sobre el caso particular. Por el contrario, se trata de una lógica vigente, una lógica que no solo impera en numerosas organizaciones sino que, especialmente, el neoliberalismo procura trasladar a la vida en general, a nuestros intercambios de todo tipo.

 

Resistir, entonces, requiere recuperar el optimismo y el dominio de nuestra voluntad.

 

(1) El panel fue organizado por CITRA–CONICET–UMET. Agradezco a D. Pierbattisti la invitación.

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Miembro Fundador del Grupo Psicoanalítico David Maldavsky (GPDM). Coordinador del Grupo de Investigación en Psicoanálisis y Política (AEAPG).

martes, 24 de mayo de 2022

ELIOS SARTHOU *** JUSTICIA SOCIAL *** EL HOMBRE FRENTE AL RIESGO QUE SIGNIFICA VIVIR *** EL TRABAJADOR FRENTE AL RIESGO DEL TRABAJO *** SEGUROS SOCIALES *** PRIVATIZACIÓN SEGURO SOCIAL

 Conozcamos el Derecho del Trabajo en honor al Dr. Norberto Centeno

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José Matías Manzanilla está en Taller de Derecho Laboral y S.S. "José Matías Manzanilla" - UNMSM.

Soern yr 16Ai9a1ts3imah40:6e9 la  · Lima, Perú  · 

 

LA SEGURIDAD SOCIAL

 

38. Si el arranque de la solidaridad tiene lugar en el proceso de luchas del siglo y medio de la clase trabajadora, hay que reconocer que existe una vertiente de solidaridad que se desarrolla durante el mismo siglo XIX, no exclusivamente clasista, que, si bien está en los programas de la clase trabajadora, avanza y se amplía hacia toda la sociedad, que es la concepción de la seguridad social.

 

Esta vertiente de la solidaridad no tiene que ver únicamente con la explotación del trabajador y los riesgos del trabajo —que los incluye—, sino que comprende la lucha contra el riesgo o carga emergente de la vida, resultante de la enfermedad común, la vejez, el fallecimiento del pasivo.

 

Es el hombre frente al riesgo que implica el vivir y no exclusivamente el hombre enfrentado al empleador.

 

A lo largo del siglo XIX se desarrollan las sociedades de socorros mutuos en que la solidaridad encarna en la actividad privada, pero al finalizar el siglo XIX, con Bismarck, se introducen los primeros seguros sociales basados en la solidaridad y en el cálculo de probabilidades del riesgo.

 

También en esta disciplina operó la flexibilización y el neoliberalismo y a fines del siglo XX tuvo un avance muy importante la privatización desolidarizadora consistente en la privatización de la seguridad social.

 

Ya hemos dicho que un área constitucional comprendida en los textos constitucionales suele garantizar la solidaridad frente al riesgo o carga.

lunes, 23 de mayo de 2022

NOAM CHOMSKY *** EL MUNDO EN RIESGO *** SALIDA DIPLOMÁTICA O GUERRA NUCLEAR *** CALENTAMIENTO GLOBAL *** QUE IMPULSAN LA POLÍTICA ? *** LOS AMOS DE LA HUMANIDAD SON LOS PRINCIPALES ARQUITECTOS DE LA POLÍTICA DE LOS ESTADOS *** INTERÉS A CORTO PLAZO PREVALECE *** MERCADOS NO REGULADOS *** COMPETENCIA ENTRE PRINCIPALES ARQUITECTOS DE LA POLÍTICA *** POLÍTICA DE ACELERAR LA MISERIA *** PERPETTUACIÓN DE LA GUERRA *** POSIBLE GUERRA NUCLEAR *** TERMINA LA SOCIEDAD HUMANA *** ENVENENAMIENTO DEL PLANETA ***CORPORACIONES DE COMBUSTIBLES FÓSILES *** FUERZA MILITAR RUSA ABRUMADORA *** PENSAR-DOBLE *** DESANGRADORES Y NEGOCIADORES *** INTELIGENCIA SUPERIOR *** CAPACIDAD MORAL *** SUICIDIO DE LA ESPECIE

 EL MUNDO EN RIESGO

 

Noam Chomsky: EE.UU. no quiere una salida diplomática en Ucrania y abre la puerta a la guerra nuclear

 

En esta entrevista, el reconocido intelectual plantea la necesidad de pelear por una salida negociada urgente a la guerra y analiza cómo Occidente juega con la vida de los ucranianos, y el hambre en todo el mundo, para tratar de acorralar a la Rusia de Putin. 

 

Por C. J. Polychroniou

17 de mayo de 2022 - 15:54

 



Noam Chomsky: EE.UU. no quiere una salida diplomática en Ucrania y abre la puerta a la guerra nuclear.

 

--La guerra en Ucrania está causando sufrimientos humanos inimaginables, pero también tiene consecuencias económicas globales y es una noticia terrible para la lucha contra el calentamiento global.

 

De hecho, como resultado de los crecientes costos de la energía y las preocupaciones por la seguridad energética, los esfuerzos de descarbonización han pasado a un segundo plano.

 

En Estados Unidos, el gobierno de Biden ha adoptado el lema republicano perfora, nene, perfora, Europa está empeñada en construir nuevos gasoductos e instalaciones de importación, y China planea elevar la capacidad de producción de carbón.

 

*** ¿Puede usted comentar sobre las implicaciones de estos desafortunados sucesos y explicar por qué el pensamiento cortoplacista sigue prevaleciendo entre los líderes mundiales, aun en un momento en que la humanidad podría estar al borde de una amenaza a nuestra existencia?

 

---La última pregunta no es nueva. En una forma o en otra, ha surgido a lo largo de la historia. Recordemos un caso que se ha estudiado a fondo:

¿por qué los líderes políticos fueron a la guerra en 1914, con absoluta confianza en su propia rectitud?

¿Y por qué los más prominentes intelectuales en todos los países en guerra se alinearon con apasionado entusiasmo en apoyo de su propio Estado… fuera de un puñado de disidentes, los más destacados de los cuales fueron encarcelados (Bertrand Russell, Eugene Debs, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht)? No era una crisis terminal, pero era grave.

 

Este modelo se remonta en el tiempo. Y continúa con poco cambio después del 6 de agosto de 1945, cuando nos enteramos de que la inteligencia humana se había elevado al nivel en el que pronto sería capaz de exterminarlo todo.

 

Si observamos de cerca el modelo, en el curso de los años, una conclusión parece surgir con claridad: lo que impulsa la política no es la seguridad, al menos no la seguridad de la población, la cual es, cuando mucho, una preocupación marginal. Lo mismo puede decirse de las amenazas a la existencia. Tenemos que buscar en otro lado.

 

Un buen punto de partida, creo, es lo que parece el principio mejor establecido de la teoría de las relaciones internacionales: la observación de Adam Smith de que los ‘Amos de la Humanidad’ –en su tiempo los comerciantes y fabricantes de Inglaterra– son ‘los principales arquitectos de la política del Estado’.

 

Utilizan su poder para asegurar que sus intereses ‘sean atendidos de la manera más peculiar’, por ‘dolorosos’ que fueran sus efectos sobre otros, entre ellos el pueblo de Inglaterra, pero con más brutalidad las víctimas de la ‘salvaje injusticia de los europeos’.

 

El objetivo particular de Smith era el salvajismo británico en India, entonces en sus primeras etapas, pero ya bastante terrible.

 

Nada cambia mucho cuando la crisis se vuelve existencial. Los intereses de corto plazo prevalecen. La lógica es clara en los sistemas competitivos, como en los mercados no regulados. Quienes no participan en el juego son excluidos con rapidez.

 

La competencia entre los ‘principales arquitectos de la política’ en el sistema estatal tiene propiedades un tanto similares, pero debemos tener en mente que la seguridad de la población está lejos de ser un principio rector, como la historia muestra con claridad.

 

Usted tiene razón en cuanto al horrible impacto de la criminal invasión rusa de Ucrania.

 

La discusión en Estados Unidos y Europa se centra en el sufrimiento de Ucrania, lo cual es razonable, mientras aplaude también nuestra política de acelerar la miseria, lo cual no es tan razonable. Volveré sobre ello.




 

Veamos sólo un ejemplo, la peor crisis humana, de acuerdo con Naciones Unidas: Yemen. Más de 2 millones de niños enfrentan una hambruna inminente, según informa el Programa Mundial de Alimentos. Casi 100 por ciento de sus cereales son importados, de los cuales Rusia y Ucrania aportan la mayor cantidad de trigo y derivados (42 por ciento), además de harina exportada y trigo procesado para la misma región.

 

La crisis va mucho más allá. Intentemos ser honestos al respecto: la perpetuación de la guerra es, en términos simples, un programa de asesinato en masa sobre buena parte del Sur global.

 

Esa es la menor parte. En periódicos supuestamente serios se analiza cómo Estados Unidos podría ganar una guerra nuclear con Rusia. Tales análisis lindan en una locura criminal. Y, por desgracia, las políticas de Estados Unidos y la OTAN proporcionan muchos posibles escenarios para una rápida terminación de la sociedad humana.

 

Para mencionar sólo una, Putin hasta ahora se ha abstenido de atacar las líneas de suministro de armas pesadas a Ucrania. No sería gran sorpresa si eso terminara, lo cual llevaría a Rusia y la OTAN a un conflicto frontal, con un camino fácil hacia una intensificación que bien podría conducir a un rápido adiós.

 

Más probable, de hecho muy probable, es una muerte más lenta por medio del envenenamiento del planeta. El informe más reciente del PICC dejó en claro que, para que haya alguna esperanza de un mundo habitable, debemos dejar de usar combustibles fósiles ahora mismo, y avanzar con firmeza hasta su pronta eliminación.

 

Como usted señala, el efecto de la guerra actual es poner fin a las de por sí limitadas iniciativas existentes, y de hecho revertirlas y acelerar la carrera hacia el suicidio.

 

Naturalmente, reina gran jolgorio en las oficinas ejecutivas de los consorcios dedicados a destruir la vida humana en la Tierra. Ahora no sólo están libres de restricciones y de las quejas de molestos ambientalistas, sino que se les elogia por ‘salvar a la civilización’ y reciben estímulos para destruir aún más rápidamente. Ahora se les anima a desperdiciar recursos escasos que se necesitan con desesperación para propósitos humanos y constructivos. Y, al igual que sus socios en la destrucción masiva, las corporaciones de combustibles fósiles, absorben recursos de los contribuyentes.

 

¿Qué podría ser mejor o, desde una perspectiva diferente, más insensato? Haríamos bien en recordar las palabras del ex presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de la Cruz de hierro de 1953:

“‘Cada arma que se fabrica, cada guerra que se emprende, cada cohete que se dispara significa, en último sentido, un robo a quienes padecen hambre y no son alimentados, quienes padecen frío y no son vestidos.

“Este mundo en armas no sólo gasta dinero: gasta el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños.

“El costo de un bombardero pesado moderno es éste: una moderna escuela de ladrillos en más de 30 ciudades. Es dos plantas eléctricas, cada una capaz de atender a una población de 60 mil personas. Es dos hospitales excelentes, plenamente equipados. Es unos 80 kilómetros de pavimento de pavimento.

“Pagamos por un solo avión caza con medio millón de bushels de trigo. Pagamos por un solo destructor con nuevas casas que podrían albergar a más de 8 mil personas…

“Ésta no es una forma de vida, en ningún sentido verdadero. Bajo la nube de la amenaza de guerra, la humanidad pende de una cruz de hierro’.

 

Estas palabras no podrían ser más apropiadas hoy.



 

Volvamos a la razón por la que los ‘líderes mundiales’ persisten en este curso insensato.

 

Primero, veamos si podemos ver si alguno de ellos merece ese apelativo, excepto por ironía.

 

Si los hubiera, estarían dedicados a poner fin al conflicto en la única forma posible: mediante la diplomacia y la capacidad política.

 

Las líneas generales de un acuerdo político se han entendido desde hace mucho tiempo. Las hemos examinado antes y también hemos documentado la dedicación de Estados Unidos (con la OTAN a remolque) para socavar la posibilidad de un acuerdo diplomático, de manera bastante abierta y con orgullo. No debería haber necesidad de revisar de nuevo ese registro funesto.

 

Un dicho común es que el ‘loco Vlad’ está tan demente, y tan inmerso en sueños guajiros de reconstruir un imperio y tal vez conquistar el mundo, que no tiene caso ni siquiera escuchar lo que dicen los rusos… y sin duda no hay necesidad de considerar un involucramiento diplomático con semejante criatura.

 

Por tanto, no exploremos siquiera la única posibilidad de poner fin al horror y continuemos aumentándolo, sean cuales fueren las consecuencias para Ucrania y para el mundo.

 

Los líderes occidentales, y gran parte de la clase política, están ahora consumidos por dos ideas principales: la primera es que la fuerza militar rusa es tan abrumadora que pronto podría tratar de conquistar Europa occidental, o incluso más allá. Por tanto, tenemos que ‘combatir a Rusia allá’ (con cuerpos ucranianos), de modo que ‘no tengamos que combatir a Rusia aquí’, en Washington, según nos advierte Adam Schmitt, del Partido Demócrata, presidente del Comité Permanente sobre Inteligencia de la Cámara de Representantes.

 

La segunda es que la fuerza militar rusa ha sido exhibida como un tigre de papel, tan incompetente y frágil, y tan mal conducida, que no puede conquistar ciudades ubicadas a unos kilómetros de su frontera, defendida en gran parte por un ejército de ciudadanos.

 

Esta última idea es objeto de mucho alarde. La primera inspira terror en nuestros corazones. Orwell definió el ‘pensar-doble’ como la capacidad de tener en mente dos ideas contradictorias y creer en ambas, locura sólo imaginable en estados ultratotalitarios.

 

Si adoptamos la primera idea, debemos armarnos hasta los dientes para protegernos de los planes demoniacos del tigre de papel, aun cuando el gasto militar ruso es una fracción del de la OTAN, incluso sin contar a Estados Unidos.

 

Quienes sufren pérdida de memoria estarían felices de saber que Alemania por fin ha recibido el mensaje, y pronto podría superar a Rusia en gasto militar. Ahora Putin tiene que pensarlo dos veces antes de conquistar Europa occidental.

 

Para repetir una obviedad, la guerra en Ucrania puede terminar con un acuerdo diplomático, ya sea con rapidez o en una agonía prolongada. La diplomacia, por definición, es un asunto de toma y daca. Cada lado debe aceptarla. De ahí se sigue que, en un acuerdo diplomático, a Putin se le debe ofrecer alguna puerta de escape.

 

O aceptamos la primera opción o la rechazamos: al menos en eso no hay discusión. Si la rechazamos, elegimos la segunda opción. Puesto que ésta es la preferencia casi universal en el discurso occidental, y sigue siendo la política estadunidense, consideremos lo que implica.

 

La respuesta es directa: la decisión de rechazar la diplomacia significa que nos involucraremos en un experimento para ver si el perro rabioso irracional se escabullirá silenciosamente, en derrota total, o si empleará los medios con los que sin duda cuenta para destruir a Ucrania y poner el escenario para una guerra terminal.

 

Y, mientras realizamos este grotesco experimento con las vidas de los ucranianos, nos aseguraremos de que millones mueran de hambre por la crisis alimentaria, jugaremos con la posibilidad de la guerra nuclear, y correremos con entusiasmo hacia la destrucción del ambiente que sostiene la vida.



 

Por supuesto, es una posibilidad que Putin sencillamente se rinda, y que se abstenga de usar las fuerzas bajo su mando. Y tal vez podamos reírnos simplemente de las perspectivas de recurrir a las armas nucleares. Es concebible, pero ¿qué clase de persona estaría dispuesta a jugarse esa apuesta?

 

La respuesta es: los líderes occidentales, de modo bastante explícito, junto con la clase política. Eso ha sido obvio durante años, incluso se ha expresado de manera oficial. Y para asegurarse de que todos entendamos, la posición fue reiterada con fuerza en abril pasado, en la primera reunión mensual del ‘grupo de contacto’, que incluye a la OTAN y a los países asociados.

 

La reunión no se realizó en la sede de la OTAN en Bruselas, Bélgica; más bien, se derribaron todas las simulaciones y se llevó a cabo en la Base Ramstein de la fuerza aérea estadunidense en Alemania, técnicamente territorio alemán, pero que en el mundo real pertenece a Estados Unidos.

 

El secretario de la Defensa Lloyd Austin abrió la reunión declarando:

“””‘Ucrania cree sin duda que puede ganar, y así lo creemos todos los aquí presentes”””’.

Por tanto, los dignatarios reunidos no deberían titubear en enviar armamento avanzado a Ucrania y persistir en los otros programas que, anunció con orgullo, llevarán de hecho a Ucrania al sistema de la OTAN.

 

En su sabiduría, los dignatarios asistentes y su líder garantizan que Putin no reaccionará en las formas en que todos sabemos que puede hacerlo.

 

La historia de la planeación militar durante muchos años, de hecho siglos, indica que ‘todos los aquí presentes’ tienen en efecto esas notables creencias. Sea que las tengan o no, sin duda están dispuestos a llevar a cabo el experimento con las vidas de los ucranianos y el futuro de la vida en la Tierra.

 

Puesto que se nos asegura con tanta autoridad que Rusia observará de manera pasiva todo esto sin reaccionar, podemos dar otros pasos para ‘integrar de facto a Ucrania a la OTAN’, de acuerdo con los objetivos del ministerio ucraniano de defensa, estableciendo ‘plena compatibilidad del ejército ucraniano con los de los países de la OTAN’, y garantizando que no pueda alcanzarse un acuerdo diplomático con ningún gobierno ruso, a menos que de algún modo se convierta a Rusia en satélite estadunidense.

 

La actual política estadunidense prevé una guerra prolongada para ‘debilitar a Rusia’ y asegurar su derrota total. Esta política es muy similar al modelo afgano de la década de 1980, que, de hecho, ahora es postulado explícitamente en los altos círculos, por ejemplo por la ex secretaria Hillary Clinton.

 

Puesto que es cercana a la política actual del país, incluso un modelo funcional, vale la pena observar lo que en realidad ocurrió en Afganistán en la década de 1980, cuando Rusia lo invadió.

 

Por fortuna, hoy tenemos un recuento detallado y autorizado hecho por Diego Cordovez, quien dirigió los exitosos programas de la ONU que pusieron fin a la guerra, y por el distinguido periodista y académico Selig Harrison, quien tenía extensa experiencia en la región. Ambos autores ya fallecieron.

 

El análisis Cordovez-Harrison derriba por completo la versión recibida. Los autores demuestran que la guerra fue concluida por una cuidadosa diplomacia dirigida por la ONU, no por la fuerza militar.

 

La política estadunidense de movilizar y financiar a los islamitas más radicales para combatir a los rusos significó, concluye el análisis, ‘combatir hasta el último afgano’, en una guerra subrogada para debilitar a la Unión Soviética.

 

‘Estados Unidos hizo todo lo posible por evitar que la ONU participara’, es decir, para evitar los cuidadosos esfuerzos diplomáticos que acabaron con la guerra.

 

La política estadunidense retrasó la retirada rusa que se había considerado desde poco después de la invasión, la cual, mostraron los autores, tenía objetivos limitados, sin parecido alguno con los espantosos objetivos de conquista mundial que conjuraba la propaganda estadunidense.

 

‘Claramente la invasión soviética no era el primer paso en un plan maestro expansionista de un liderazgo unido’, escribió Harrison, confirmando las conclusiones del historiador David Gibbs, basado en archivos soviéticos revelados.

 

El principal directivo de la CIA en Islamabad, quien encabezó en persona las operaciones, expresó con sencillez el objetivo principal: la idea era matar soldados rusos; dar a Rusia su Vietnam, como proclamaron altos funcionarios estadunidenses, revelando la colosal incapacidad de entender nada sobre Indochina que fue la marca de la política estadunidense a lo largo de décadas de matanzas y destrucción.

 

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Cordovez y Harrison escribieron que el gobierno estadunidense ‘estuvo dividido desde el principio entre los desangradores, que querían que las fuerzas soviéticas permanecieran atascadas en Afganistán y de ese modo vengarse por Vietnam, y los negociadores, que querían forzar su retirada mediante una combinación de diplomacia y presión militar’.

 

Es una distinción que aparece muy a menudo. Los desangradores por lo regular ganan y causan inmenso daño. Para ‘el que decide’, para tomar la definición que George W. Bush hacía de sí mismo, es más seguro verse rudo que blando.

 

Afganistán es un buen ejemplo. En el gobierno de James Carter, el secretario de Estado Cyrus Vance era un negociador, quien sugería acuerdos de largo plazo que casi sin duda habría evitado, o por lo menos reducido en gran medida, lo que tenía el propósito de ser una intervención limitada.

 

El consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski era el desangrador, empeñado en la venganza por Vietnam, cualquier cosa que eso significara en esa visión confusa del mundo, y matar rusos, algo que entendía muy bien y disfrutaba.

 

Brzezinski prevaleció. Convenció a Carter de enviar armas a la oposición que buscaba derrocar al gobierno pro ruso, anticipando que los rusos serían arrastrados a un lodazal semejante a Vietnam. Cuando eso ocurrió, apenas podía ocultar su regocijo.

 

Cuando, tiempo después, se le preguntó si sentía remordimientos, la pregunta le pareció ridícula. Su éxito en atraer a Rusia a la trampa afgana, afirmó, fue la causa del colapso del imperio soviético y del fin de la guerra fría, lo cual, en gran medida, es un absurdo.

 

Y a quién le importa si dañó a ‘algunos musulmanes agitados’, como el millón de cadáveres, haciendo a un lado incidentes como la devastación de Afganistán y el surgimiento del islam radical.

 

Hoy se maneja públicamente la analogía afgana y, lo que es más importante, se lleva a la práctica en la política.

 

La distinción entre desangradores y negociadores no es nada nueva en los círculos de la política exterior. Un ejemplo famoso de los primeros días de la guerra fría es el conflicto entre George Kennan (negociador) y Paul Nitze (desangrador), ganado por este último, lo cual sentó las bases para muchos años de brutalidad y casi destrucción. Cordovez y Harrison respaldaron explícitamente el enfoque de Kennan, con abundante evidencia.

 

Un ejemplo cercano a Vance-Brzezinski es el conflicto entre el secretario de Estado William Rogers (negociador) y el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger (desangrador) sobre la política hacia Medio Oriente en los años de Richard Nixon.

 

Rogers propuso soluciones diplomáticas razonables al conflicto entre Israel y los árabes. Kissinger, cuya ignorancia sobre la región era monumental, insistió en la confrontación, y ello llevó a la guerra de 1973, que Israel ganó por escaso margen con una seria amenaza de guerra nuclear.

 

Estos conflictos son permanentes, casi. Hoy sólo quedan desangradores en los puestos altos. Han llegado al extremo de promulgar una Ley de Préstamos y Arrendamientos para Ucrania, aprobada casi por unanimidad.

 

La terminología evoca la memoria del enorme programa de préstamos y arrendamientos que metió a Estados Unidos en la guerra europea (como se pretendía) y vinculó los conflictos en Europa y Asia en una Guerra Mundial (lo que no se pretendía).

 

‘El programa de Préstamos y Arrendamientos unió las luchas separadas en Europa y Asia para crear, hacia finales de 1941, lo que con propiedad llamamos la Segunda Guerra Mundial’, escribe el historiador Adam Tooze.

 

¿Es esto lo que queremos en las actuales circunstancias, muy diferentes?

 

Si lo es, como parece, por lo menos reflexionemos en lo que implica. Es lo bastante importante para repetirlo.

 

Implica que rechazamos de entrada las iniciativas diplomáticas que en realidad pusieron fin a la invasión rusa de Afganistán, pese a los esfuerzos estadunidenses por impedirlo.

 

Por tanto, nos embarcamos en un experimento para ver si la integración de Ucrania en la OTAN, la derrota total de Rusia en Ucrania y otros movimientos posteriores para ‘debilitar a Rusia’ serán observados de manera pasiva por los líderes rusos, o si recurrirán a medios de violencia que sin duda poseen para devastar a Ucrania y poner el escenario para una posible guerra general.

 

Entre tanto, al extender el conflicto en vez de tratar de ponerle fin, imponemos severos costos a los ucranianos, empujamos a millones de personas a morir de hambre, lanzamos al planeta ardiente aún con más rapidez hacia la sexta extinción en masa, y –si tenemos suerte– escapamos a la guerra terminal.

 

No hay problema, nos dicen el gobierno y la clase política. El experimento no conlleva riesgo porque sin duda los líderes rusos aceptarán todo esto con ecuanimidad, y pasarán sin chistar al cenicero de la historia.

 

En cuanto al ‘daño colateral’, pueden unirse a las filas de los ‘musulmanes agitados’ de Brzezinski. Para tomar prestada la frase que Madeleine Albright hizo famosa: ‘Es una elección difícil, pero el precio… pensamos que el precio vale la pena’.

 

Por lo menos, tengamos la honestidad de reconocer lo que hacemos, con ojos abiertos.

 

---Las emisiones globales se elevaron a un nivel sin precedente en 2021, de modo que el mundo regresó a un enfoque de normalidad una vez que lo peor de la pandemia de covid-19 se aquietó… por ahora.

***¿Qué tan arraigada está la conducta humana?

*** ¿Somos capaces de tener deberes morales hacia la gente del futuro?

 

---Es una pregunta profunda, la más importante que podemos contemplar. La respuesta es desconocida. Podría ser útil reflexionar en ella en un contexto más amplio.

 

Consideremos la famosa paradoja de Enrico Fermi: en palabras simples, ¿dónde están? Fermi, distinguido astrofísico, sabía que había un enorme número de planetas a distancia de un contacto potencial que reúnen las condiciones para sostener la vida y una inteligencia superior.

 

Pero ni con la búsqueda más asidua podemos encontrar rastros de su existencia. Entonces, ¿dónde están?

 

Una respuesta que se ha propuesto con seriedad, y que no puede desecharse, es que la inteligencia superior se ha desarrollado en innumerables ocasiones, pero ha resultado ser letal: descubrió los medios para la auto aniquilación, pero no desarrolló la capacidad moral para evitarla.

 

Tal vez ése es incluso un rasgo inherente a lo que llamamos ‘inteligencia superior’.

 

Ahora estamos comprometidos en un experimento para determinar si este sombrío principio se sostiene con respecto a los humanos modernos, llegados a la Tierra en fecha bastante reciente, hace unos 200 mil o 300 mil años, un parpadeo en el tiempo evolutivo.

 

No queda mucho tiempo para encontrar la respuesta o, con más precisión, para decidir la respuesta, como lo haremos, de una forma u otra.

 

Eso es inevitable. O actuaremos para mostrar que nuestra capacidad moral llega al punto de controlar nuestra capacidad técnica de destruir, o no.

 

Un observador extraterrestre, si lo hubiera, habría concluido por desgracia que la franja es demasiado inmensa para evitar el suicidio de la especie, y con él, la sexta extinción en masa. Pero podría estar equivocado. Esa decisión está en nuestras manos.

 

Existe una forma aproximada de medir la franja entre la capacidad de destruir y la capacidad de contener el deseo de morir: el Reloj del Día del Juicio del Boletín de Científicos Atómicos. La distancia de las manecillas a la medianoche se puede considerar una indicación de esa franja.

 

En 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron estallar armas termodinámicas, el minutero se fijó en dos minutos para la medianoche, que es donde el reloj está ahora. No volvió a llegar a ese punto hasta el periodo de Donald Trump en la presidencia. En su último año, los analistas abandonaron los minutos y pasaron a los segundos: 100 segundos para la medianoche, donde el reloj está ahora. El próximo enero volverán a fijar la hora. No es difícil argumentar que el segundero se adelantará más hacia la medianoche.

 

La sombría pregunta surgió con brillante claridad el 6 de agosto de 1945. Ese día aportó dos lecciones:

*** 1) la inteligencia humana, en su gloria, se acercaba a la capacidad de destruirlo todo, logro que se alcanzó en 1953; y

*** 2) la capacidad moral humana iba muy rezagada. A pocos les importaba eso, como las personas de mi edad recordarán muy bien.

 

Al observar el pavoroso experimento en el que con tanto entusiasmo estamos metidos ahora, y lo que implica, es difícil ver alguna mejoría, por decirlo en términos escuetos.

 

Eso no responde la pregunta. Conocemos muy poco para responderla. Sólo podemos observar de cerca el único caso de inteligencia superior que conocemos, e inquirir lo que sugiere con respecto a la respuesta.

 

Lo que es más importante: podemos actuar para decidir la respuesta. Está en nuestro poder lograr la respuesta que queremos, pero no hay tiempo que perder.

 

*De La Jornada de México, especial para Página/12. Esta nota f