PABLO MARANI
(Sociólogo, UBA. Analista de la intersección entre cultura, mercado y
tecnología).
RESEÑA AL ÚLTIMO LIBRO DE GIULIANO DA EMPOLI
“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que
deben”
1.
«Hoy, la hora de los
depredadores ha llegado, y en todas partes las cosas evolucionan de tal manera
que todo lo que deba resolverse, se resolverá por el fuego y por la espada.”
(p.13)
Se trata de la tesis que desarrolla Giuliano Da Empoli en su
último libro, publicado a comienzos de abril de este año y aún no traducido al
español.[1] Se
llama L’Heure des prédateurs (La hora de los depredadores).
La metáfora del fuego y la espada remite a la referencia
histórica que le sirve para enmarcar su tesis y situar el punto de vista desde
el que escribe.
El prólogo recupera la pregunta que se plantea Moctezuma II
frente a la noticia del desembarco de Hernán Cortés.
“¿Qué actitud adoptar frente a estos visitantes inesperados,
llegados de no se sabe dónde a bordo de curiosas ciudades flotantes?” (p.11).
Una primera opción, según algunos consejeros, es repelerlos,
pero, por otro lado, otros alertan que podría tratarse de dioses.
“Atrapado entre estas opiniones enfrentadas, el emperador hizo
lo que los políticos, desde siempre, hacen en este tipo de situaciones: decidió
no decidir. (…)
El resultado fue el que, en todo tiempo, tiende a derivarse de
este tipo de vacilación: habiendo querido evitar la guerra al precio del
deshonor, Moctezuma obtuvo tanto el deshonor como la guerra.” (p. 12)
Una situación similar se presenta, varios siglos después, entre
los líderes políticos de las democracias liberales y los conquistadores de la
tech, con un resultado análogo.
El propósito del libro es dar cuenta de esos hechos, asumiendo
–y aquí es donde la referencia sirve a Da Empoli como lugar de enunciación– la
perspectiva de un escriba azteca. Es decir, alguien que toma nota de la
conquista en el mismo momento que tiene lugar.
2.
El libro está organizado en
secciones, cada una de ellas compuesta por crónicas de eventos o situaciones en
las que Da Empoli ha tenido oportunidad de estar presente (Asamblea General de
las Naciones Unidas, Misión científica en Florencia, Visita junto a un grupo de
CEOs a Riad, etc.).
Las situaciones son el puntapié inicial para desarrollar y
fundamentar sus tesis. Cada sección lleva por título una fecha y un lugar
(Nueva York, septiembre de 2024; Florencia, marzo de 2012, etc.).
Las fechas no se encuentran organizadas cronológicamente, lo
cual, por contraste, sugiere –según nuestra lectura– una perspectiva no
evolutiva ni determinista del gran tema que desarrolla.
Piglia decía que la erudición funciona para Borges como una
forma de sintaxis. La sintaxis argumental de Da Empoli proviene de la historia
y del pensamiento político. Los episodios que cuenta son puntos enlazados por
referencias históricas que les otorgan densidad y sentido.
3.
Este libro puede
inscribirse en una serie junto al gran suceso de El mago del kremlin[2] y Los
ingenieros del caos. La serie tiene como hilo conductor el esfuerzo de
pensar la configuración del juego del poder actual, una configuración viva, en
movimiento.
Si Los Ingenieros del caos, publicado en 2019,
se enfoca en la nueva lógica de construcción de poder en “la era de la política
cuántica” y la novela, publicada en 2022, explora –a través del recurso a la
ficción– el periplo que lleva Putin al poder, así como la lógica de su
ejercicio, La hora de los depredadores da cuenta, reconociendo
como hito clave la segunda elección de Trump, de los elementos que configuran
la nueva era que habitamos.
Al leer el libro, advertimos que Da Empoli retoma y profundiza
algunas ideas de sus textos anteriores, gracias a su sensibilidad para observar
y extraer consecuencias del discurrir político contemporáneo.
La serie, si se quiere, puede entenderse como el retrato de una
trayectoria –la del escenario político– en curso.
4.
La hora de los
depredadores –este nuevo mundo que adviene– comporta un trastocamiento de los
valores sobre los que se sostenían el mundo anterior.
El respeto por las instituciones, de su juego republicano, los
derechos humanos, la protección de las minorías, etc., todo esto es puesto en
cuestión.
El caos, dice Da Empoli, ya no constituye un recurso de los
rebeldes sino el sello mismo de los dominantes.[3]
Se trata de un mundo que encarna la dinámica descripta por
Tucídides, cuya frase sirve de epígrafe a esta reseña:
“los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que
deben”.
Un mundo donde ya no dicta la ley, sino la fuerza.
Da Empoli propone una serie de ideas para explicar este pasaje.
La decisiva proviene de la historia militar.
Hay momentos de la historia en que las técnicas defensivas
progresan más rápidamente que las ofensivas; estos corresponden a períodos de
paz.
Hay otros en los que las técnicas ofensivas progresan más
rápidamente que las defensivas; en estos, predomina la violencia.
Da Empoli ilustra con distintos ejemplos históricos cada una de
estas configuraciones.
Las transformaciones tecnológicas son el pivote que marca el
pasaje de un momento al otro.
Para ceñirnos al cambio de época: si la disuasión nuclear fue
efectiva hizo prohibitivo el costo de ataques de gran escala luego de la
segunda guerra mundial, la evolución del cuadro geopolítico y el progreso
tecnológico –señala Da Empoli– han puesto fin a esa etapa.
Hoy el agresor vuelve a tener primacía. Internet y el desarrollo
de la era digital –incluyendo aquí las redes sociales y el conjunto de
tecnologías comprendidas bajo la expresión “inteligencia artificial”–
constituyen la serie de innovaciones decisivas que habilitan el pasaje.
En el mundo digital, atacar es fácil; defenderse es mucho más
difícil, incluso a veces imposible.
Impactar –propagar, viralizar– vale más que argumentar.
Cuando la política pasa a estar supeditada a la condición
digital, el acceso al poder organizado por un sistema de reglas se desfonda.
Si el perfil del depredador es el que mejor se adapta a
circunstancias regidas por la lógica de la fuerza, Da Empoli reconoce hoy dos
especies de depredador.
--- En primer lugar, la que llama “borgiana”. (El lector atento
advertirá que una sola letra lo puede cambiar todo.) Quienes la personifican
constituyen una suerte de reencarnación de César Borgia, referencia histórica
de la figura del príncipe para Maquiavelo.
Trump, Milei, Bukele, Mohammed ben Salman –o, más simplemente,
MBS– forman parte de esta especie. La caracteriza un desprecio por la
tecnocracia y por todo aquello que dice no a su voluntad de poder.
Su modo de obrar produce estupor, desconcierto, sorpresa.
Reconoce como prerrogativa del poder la acción irreflexiva,
impulsiva (en francés: l’action irréfléchie).
Da Empoli insiste sobre este aspecto, que describe el poder en
su forma más elemental y que es el emblema de la acción borgiana (es decir, la
del príncipe):
cuando el sistema no produce los resultados deseados, la acción
del poderoso interviene, transgrediendo las reglas, para hacer justicia;
de allí resulta una suerte de milagro, pues el milagro no es
otra cosa que la intervención directa de Dios sobre la tierra;
pero esta intervención no puede sostenerse en otra justificación
que en sí misma, ya que su condición irreflexiva, impulsiva (irréfléchie) es la
única que garantiza el efecto de sorpresa sobre el que se funda el poder del
príncipe.
--- En segundo lugar, se encuentran los “señores de la tech”.
De esta especie forman parte figuras que, al frente de compañías
tecnológicas, han inducido una reconfiguración de nuestro estar en el mundo.
Aborrecen lo establecido, y sobre todo sus reglas; promueven un
nuevo modelo de sociedad donde la Inteligencia Artificial ejerce un rol clave,
en tanto depositaria de una delegación masiva del proceso decisorio.
Da Empoli reconoce en esta especie –a diferencia de la borgiana–
una verdadera novedad.
Decíamos más arriba que la segunda elección de Trump constituye
un hecho decisivo.
En primer lugar, porque desaloja la idea de que la primera fue
un hecho aislado, un paréntesis, un error. Pero, por otro lado, para los
señores de la tech, porque habilita decir en voz alta aquello que antes debían
eufemizar, decir en voz baja o incluso callar.[4]
Entre ambas especies, dice Da Empoli, existe una convergencia
estructural. También podemos pensar en la idea weberiana –inspirada en Goethe–
de afinidad electiva: un tipo particular de relación en la que formas o
configuraciones independientes se refuerzan y potencian mutuamente.
Los une un desprecio por lo establecido; para destruirlo y hacer
advenir un nuevo mundo transaccionan aquello que permite un beneficio mutuo.
Los borgianos recurren a las herramientas digitales que los
conquistadores facilitan a cambio de terrenos de experimentación.
“En la era de los depredadores, los borgianos ofrecen los
territorios que gobiernan como laboratorio a los conquistadores de la tech,
para que desplieguen allí su visión del futuro sin verse agobiados por leyes ni
derechos de otra época” (pág. 118).
Ahora bien, si la era de los depredadores depende de un
trastocamiento tecnológico que favorece la ofensa, también es cierto –y aquí
retomamos la serie de ideas que explican el pasaje– que la política tradicional
también le abrió una ventana de oportunidad. (Da Empoli se concentra aquí en el
Partido Demócrata de los Estados Unidos. No obstante, la pertinencia de su
planteo no puede reducirse a ese caso.) En este sentido, Da Empoli identifica
dos errores estratégicos.
Por un lado, haber renunciado a gobernar el capitalismo y a
luchar contra la desigualdad, adoptando el proyecto más modesto de representar
a las minorías.
Da Empoli aclara que la representación de las minorías tiene un
valor en sí mismo; el punto, sostiene, es que gran parte del malestar del que
se nutren los depredadores resulta de esa renuncia. (Vale notar aquí que este
punto desarrolla aquello que, en Los Ingenieros del caos, había
dejado de lado –a saber, las fuentes de la rabia– para concentrarse en la
operatoria y en los instrumentos que hacían de ella su insumo.)
Dicho, en otros términos, el abandono de la política tradicional
a encarar esos desafíos abrió una ventana de oportunidad a los depredadores
borgianos.
Por otro lado, haber renunciado, en el momento oportuno, a
limitar el poder de los gigantes de la tech. Esta segunda decisión –u omisión–
estratégica conecta con el inicio del ensayo, y reenvía a la analogía entre la
decisión de no decidir de Moctezuma frente a los conquistadores españoles y la
de la política tradicional frente a los conquistadores de la tech.
Ahora bien, Da Empoli muestra que la historia en este caso es
delicada. Pues fueron los demócratas americanos los primeros en servirse del
soporte de las posibilidades de analítica avanzada que permite la era digital.
La reelección de Obama en 2012 es el caso clave. “Si la victoria
de 2008 fue de naturaleza política, la de 2012 es esencialmente técnica”
(p.115). Se trata de la primera vez en que el desempeño electoral en Estados
Unidos es el resultado de una batalla informática.
A partir de ese momento, no hay vuelta atrás: el juego político
cambia, y los conquistadores de la tech no dejan de ganar terreno, hasta un
punto donde es poco claro quién sirve a quién.
Dos errores estratégicos, también podemos decir: dos formas
acaso involuntarias de complicidad.
5.
Nos encontramos así ante
unas circunstancias que resultan
del trastocamiento de la relación entre técnicas de ofensa y
defensa –habilitado en gran medida por el advenimiento de la era digital–,
del abandono, por parte de los dirigentes tradicionales, del
proyecto de gobernar el capitalismo y
de la renuncia a limitar el poder de los señores de la tech.
Son circunstancias donde la lógica que se impone es la de la
fuerza y donde la figura del depredador es la que mejor se adapta.
Hay algunas ideas más que, creemos, vale la pena destacar.
En primer lugar, que la llegada de esta nueva era, en rigor,
significa el cierre de un paréntesis que se inicia con la segunda posguerra, y
que este paréntesis, desde una perspectiva histórica de largo aliento, es el
que constituye una anomalía.
Dicho, en otros términos:
el advenimiento de una era donde la lógica de la fuerza es la
que prima es un retorno a la normalidad. La ilusión ha sido pensar que la
conquista del poder podía ser sometida a un sistema de reglas.
En segundo lugar, que en estas condiciones deja de ser operativa
la asociación de Occidente desarrollado con el centro de la innovación política
y de la periferia con el espacio de adopción.
Vienen a cuento aquí las figuras de Bukele y de Milei inspirando
a Trump medidas de lucha contra la delincuencia o de recortes de las cuentas
públicas.
Que esta nueva era de los depredadores tenga como sustrato la
condición digital es clave. Da Empoli recuerda que, en el plano de la
comunicación política, las técnicas que Cambridge Analytica importa a Europa y
EEUU fueron desarrolladas originalmente por los servicios de inteligencia
británicos en Colombia y Pakistán.
En tercer lugar –y esta idea nos parece fundamental desde un
punto de vista estratégico–, que
en lo sucesivo el clivaje clave se da entre lo humano y la
máquina.
La cuestión viene a cuento de la Inteligencia Artificial,
promovida por los conquistadores de la tech, y la lógica decisoria que
promueve.
Más que económica, la cuestión es eminentemente política.
Uno de los rasgos característicos de la inteligencia artificial,
en su forma de LLMs (Large Language Models) es
la capacidad de producir resultados al precio de perder
trazabilidad del proceso que les dio lugar.
Se trata de una tecnología que tensiona eficacia y
explicabilidad.
Se trata de una tecnología borgiana, dice Da Empoli, por
desentenderse de brindar claridad sobre sus reglas o procedimientos.
Así, en lo sucesivo nos enfrentamos a una disyunción.
Si el dilema que estructuró la política del siglo XX fue la
relación entre el Estado y el mercado –qué parte de la vida y la sociedad debía
ser controlada por el Estado y qué parte por el mercado–, el que estructura el
siglo XXI es qué aspectos de la vida y la sociedad reservar a los sistemas
digitales, y qué aspectos confiar a los humanos.
La discusión así refluye sobre el aprieto al que se enfrenta la
democracia. Decimos aquí “la democracia” genéricamente, como espacio de
discusión de y sobre la gestión de los asuntos humanos, espacio que incluye la
problematización de qué es la democracia.
Si bien Da Empoli se concentra en los regímenes democráticos
existentes –típicamente bajo su modalidad liberal representativa–, la discusión
que habilita los excede.
Dicho de otro modo, si desplegamos el planteo de Da Empoli, no
son solamente las democracias liberales las amenazadas sino la idea misma de
que son los humanos aquellos que tienen el rol decisivo sobre sus propios
asuntos.
De la mano de los conquistadores de la tech viene un nuevo
paradigma: resolver gracias a la tecnología todo aquello que los humanos no han
podido resolver hasta el momento.
Se advierte así el barrido que este paradigma opera sobre
diferencias en otro momento consideras fundamentales. Democracia real vs.
formal, democracia directa vs. democracia representativa, etc.: la diferencia
ya no importa cuando las decisiones son delegadas a la máquina.
Al prestar atención a la secuencia temática del libro, se
advierte que la primera parte se concentra en la figura del depredador
borgiano, mientras que la segunda se enfoca en los desafíos que traen consigo
los conquistadores de la tech. Aquí encontramos un paralelismo entre Los
Ingenieros del Caos y El mago del Kremlin: los capítulos
finales son los que plantean aquello que parece decisivo para Da Empoli, y
donde el tono también deviene más sombrío.
6.
El tono de Da Empoli es
sombrío, lo cual es consistente con la posición de escriba azteca. La cosa no
va bien, y nada indica que vaya a mejorar. Menos aún si tenemos presente el
destino del imperio azteca. Sin embargo, Da Empoli –a pesar de su humor negro e
ironía– no cede en ningún momento al fatalismo. Tampoco al cinismo.
El capítulo final resulta, en este sentido, elocuente: relata
las peripecias del alcalde de una comuna francesa viéndoselas con las
consecuencias producidas por las recomendaciones de la aplicación Waze, de
Google. Revisemos el caso para concluir esta reseña.
La comuna de Lieusaint forma parte de la periferia metropolitana
de Paris y tiene 14 mil habitantes. Desde hace algunos años enfrenta un
problema sin precedentes: miles de vehículos, en lugar de circular por las
autopistas que la bordean, comienzan a atravesarla diariamente alterando su
tranquilidad. Un espacio residencial se transforma en infierno urbano. El
alcalde, Michel Bisson, poco tarda en concluir que esto es efecto de las
recomendaciones de itinerarios que propone Waze, cuya misión consiste exclusivamente
en hacer ganar tiempo a sus usuarios. Bisson emprende una serie de medidas
(modificar la organización del tráfico, poniendo calles en sentido único,
agregando semáforos, reduciendo la velocidad máxima) para desalentar al
algoritmo de la aplicación, pero con escasos resultados.
Busca entonces ponerse en contacto con los responsables de la
aplicación. Extraña empresa: como ocurre con muchas aplicaciones, a pesar de
ser utilizada por millones de usuarios, ello no implica tener un fácil acceso
con quienes la gestionan. Descubre que Waze se nutre del trabajo –disponible
públicamente– de cartógrafos voluntarios, pero al intentar disuadirlos de
reclasificar las calles de la comuna se topa con su orgullo profesional.
Finalmente, decide recurrir a la “solución nuclear”: llamar a
los medios. A pesar de la incomodidad que produce a Bisson la viralización de
su caso (” el alcalde anti–Waze”, etc.) –ya que no se considera para nada un
ludista–, sopesa que es un precio que vale la pena pagar. El ruido mediático da
resultado: la plataforma, sin equipo local en Francia, se contacta desde la
oficina de Amsterdam.
Una reunión tiene lugar. La impresión del alcalde es que, a
pesar de que los ejecutivos se muestran comprensivos y toman nota, tienen poco
margen de maniobra y están ahí, más que nada, para distraer la atención. Luego
de la reunión, el alcalde no tendrá más noticia de ellos.
El libro concluye con una conversación entre Da Empoli y el
alcalde donde evocan con ironía el desenlace adverso de la situación. Las
últimas palabras del libro, luego de evocar esa conversación, son: “la lucha
continúa”.
La situación cifra diversos fenómenos que ya hemos referido (la
potencia destituyente de la tecnología sobre los poderes formales, la
desproporción de la relación de fuerzas, las consecuencias de la lógica de la
eficacia, etc.), así como la perspectiva sombría que de ellos se deriva.
Pero también al no ceder al fatalismo o al cinismo.
Hay en la anécdota –y en el hecho mismo de recuperarla para
cerrar el libro– un “sin embargo”, un “a pesar de todo”, una obstinación que es
clave.
No tiene un carácter heroico; deriva, en cierto sentido, del
mero hecho de estar arrojado a una situación y tener que vérselas con ella.
Es como si Da Empoli, gracias al gesto que encarna el alcalde,
dijera: no es sin una obstinación que a la cosa se le encuentra la vuelta.
[1] En lo sucesivo, las referencias son a la edición de
Gallimard y la traducción es propia.
[2] Libro cuyas repercusiones locales constituyen un episodio
más en el que la ficción se inserta en la realidad. Un nuevo apéndice, tal vez
bizarro, de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius.
[3] Esta idea periodiza, de hecho, la realidad descripta
en Los ingenieros del caos, recordemos, publicado en 2019. “Si a
mediados de la década de 2010, los Brexiters, Trump y Bolsonaro podían parecer
un grupo de outsiders desafiando el orden establecido y adoptando una
estrategia de caos –como lo hacen los insurgentes en guerra contra una potencia
superior–, hoy la situación se ha invertido” (p. 75).
[4] En recientes apariciones públicas, Slavoj Žižek insiste en
caracterizar este momento como un momento shameless, sin pudor. El
pudor es un indicador de que no se puede hacer o decir cualquier cosa. De allí
que, cuando lo que rige es la fuerza –que, por definición, desprecia todo
límite– por ello mismo también cae el pudor.