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domingo, 30 de agosto de 2026

BETRAND RUSEL - SOBRE EL TRABAJO - TRABAJO ESCLAVO - NO MÁS DE 4 HS DIARIAS DE TRABAJO

 


BERTRAND RUSSELL, SOBRE EL TRABAJO:

 

“Cuando propongo que la jornada laboral se reduzca a cuatro horas, no quiero decir que todo el tiempo restante deba dedicarse necesariamente a la frivolidad”

El filósofo británico cuestionó uno de los grandes dogmas de la sociedad industrial: que trabajar más equivale a vivir mejor

Lucía Fernández Moreno - Redactora de National Geographic

Actualizado a  30 de agosto de 2026, 16:00 · Lectura: 5 min

 

"Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán: la ociosidad es madre de todos los vicios.

Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual...

Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y

que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado..."

 

A comienzos del siglo XX, cuando la fábrica, el reloj y la disciplina industrial habían convertido el trabajo en una medida casi universal del valor de una persona, Bertrand Russell decidió poner el dogma patas arriba.

 

Frente a la idea de que el tiempo libre era sospechoso y que la productividad debía ocupar cada hora disponible, el filósofo imaginó otra posibilidad: una sociedad en la que trabajar menos no significara vivir peor, sino tener tiempo para vivir.

 

En 1932 plasmó aquella revolución de ideas en Elogio de la ociosidad, un ensayo que todavía hoy obliga a mirar de otra manera una pregunta aparentemente sencilla: 

¿cuánta vida estamos dispuestos a entregar por trabajo?

 

Un filósofo que quiso poner orden en el pensamiento

Bertrand Arthur William Russell nació en 1872 en el seno de una de las familias aristocráticas más destacadas del Reino Unido. Filósofo, matemático, lógico y escritor, acabaría convirtiéndose en una de las figuras intelectuales más influyentes del siglo XX. En 1950 recibió el Premio Nobel de Literatura, entre otras razones por sus escritos en defensa de los ideales humanitarios y de la libertad de pensamiento.

Su trayectoria intelectual estuvo marcada por una obsesión: alcanzar claridad allí donde el pensamiento se había vuelto confuso. Russell fue, junto al filósofo y lógico alemán Gottlob Frege, uno de los fundadores de la filosofía analítica, una corriente que concedió una importancia central a la lógica y al análisis del lenguaje para abordar los problemas filosóficos.

La filosofía de Russell nació también de una ruptura. A comienzos del siglo XX participó en la llamada “revuelta contra el idealismo británico”, rechazando la idea de que la realidad debía entenderse como un todo único e indivisible. Frente a ello, defendió que lo complejo podía analizarse a partir de elementos más simples y que el conocimiento debía apoyarse en aquello que pudiera ser examinado con precisión.

Esa confianza en la lógica y en la razón atravesó buena parte de su obra. Russell creía que muchos problemas filosóficos nacían de confusiones producidas por el lenguaje y que aclarar exactamente qué significan nuestras palabras podía ayudarnos a desmontar aparentes contradicciones. La filosofía debía, en su opinión, alejarse de la superstición y de las afirmaciones sin fundamento y acercarse a la precisión de la ciencia.

La revolución de Russell contra el culto al trabajo

 

Es precisamente esa mirada crítica la que aparece en Elogio de la ociosidad, ensayo publicado originalmente en 1932. Russell parte de una idea aparentemente sencilla, pero extraordinariamente provocadora para su época

la sociedad ha concedido al trabajo un valor moral que no merece.

“Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno”, escribe.

 

Para Russell, el problema no era únicamente trabajar muchas horas, sino haber convertido el trabajo en una especie de virtud en sí misma.

 

La cuestión era sencilla:

si la tecnología permitía producir más con menos esfuerzo, 

¿por qué seguir obligando a las personas a dedicar prácticamente toda su vida a trabajar?

 

El filósofo distinguía además entre dos tipos de trabajo. Por un lado, estaba el que consistía en transformar físicamente la materia, generalmente desagradable y mal pagado; por otro, el de quienes daban órdenes sobre el trabajo de los demás, normalmente mejor remunerado.

 

Con esta distinción señalaba una paradoja de la sociedad industrial: 

no necesariamente trabaja más quien recibe más dinero, ni es más útil quien ocupa una posición más alta.

 

Russell iba todavía más lejos al cuestionar la llamada “moral del trabajo”. 

“La moral del trabajo es la moral de los “esclavos”, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud”, afirma.

 

En su visión, el desarrollo tecnológico había abierto una posibilidad histórica inédita:

reducir el esfuerzo necesario para producir los bienes que necesita una sociedad y repartir entre más personas el tiempo que antes estaba reservado a unos pocos privilegiados.

 

Cuatro horas para trabajar y el resto para vivir

 

Ahí aparece una de las ideas que han convertido Elogio de la ociosidad en una obra especialmente llamativa incluso décadas después de su publicación.

 

Russell sostenía que, con una organización razonable, cuatro horas de trabajo al día podrían ser suficientes para cubrir las necesidades de la sociedad.

 

“Cuando propongo que la jornada laboral se reduzca a cuatro horas, no quiero decir que todo el tiempo restante deba dedicarse necesariamente a la frivolidad”, aclara.

 

El ocio que Russell defendía no consistía en pasar las horas sin hacer nada, sino en recuperar aquellas actividades que no tienen que justificarse por su utilidad económica: aprender, conversar, leer, crear, jugar, contemplar o simplemente disfrutar del tiempo.

 

Para él, el problema era que la sociedad moderna había empezado a considerar que todo debía hacerse por una razón determinadaIncluso el tiempo libre parecía necesitar una justificación. Y esa obsesión por la eficiencia podía acabar empobreciendo precisamente aquello que hace que una vida merezca la pena.

 

Russell advertía, además, de una paradoja. Si alguien había trabajado durante toda su vida jornadas interminables, podía no saber qué hacer cuando de repente disponía de tiempo libre. Pero eso no demostraba que el ocio fuera inútil; demostraba, según él, que habíamos perdido la capacidad de disfrutarlo.

 

“El sabio empleo del tiempo libre es un producto de la civilización y de la educación”, escribió.

 

Casi un siglo después de que Russell escribiera estas palabras, su pregunta continúa abierta: si el progreso tecnológico permite producir cada vez más con menos trabajo humano, }

¿por qué seguimos midiendo el éxito de una vida por la cantidad de tiempo que somos capaces de vender a cambio de un salario?

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